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C2

DOS CUENTOS

FELIX POBLACIÓN

 

 

LA CACHAVA DEL ABUELO

  A A. R. D., que anduvo un siglo con el corazón puesto en una idea, y estrenó una cachava de castaño para que el marcapasos de su corazón tomara finalmente el descanso de la tierra.

El abuelo Juan dejaba siempre la cachava en el abaz de la cocina cuando regresaba de la calle. En tu casa no había paragüero pese a que los inviernos estaban llenos de lluvia. Los paraguas se dejaban a secar sobre el suelo de madera de la galería, abiertos y empapados. La tela húmeda expandía un olor a intemperie doméstica, fresco y vivificante, que invitaba a guarecerse debajo con la imaginación acampada en cualquier aventura. La que más te fascinaba era vivaquear en el Everest inventándote el vértigo y los tronado­res aludes. El día en que tu madre compró un pesado paragüero de loza, perdis­te aquella y otras fantasías de no menos altura.

El abuelo Juan, sin embargo, mantuvo su costumbre. La cachava per­manecía colgada del aparador. Y tú, mirándola con frecuencia, sentías una especie de fascinación por el aura de dignidad que desprendía su imagen. Por mucho que te apeteciera, pocas veces llegaste a descolgarla. Te limita­bas casi siempre a tocar su madera de castaño, reluciente y pulida, o a rozar con los labios la gastada empuñadura. Ese contacto ocasional y tangente obedecía quizá al respeto y afecto que profesabas al viejo. Tal sentimiento no era tan explícito con tu propio abuelo como con el cayado que lo repre­sentaba. Vuestra relación afectiva era de un sobriedad modélica, distante por igual de la sequedad arisca y de las empalagosas zalemas. La cachava era para ti la abstracción conceptual de su figura, una alegoría evocadora de su existencia y de sus pasos cansados. Cuando la mirabas y remirabas no po­días evitar esa identificación. El objeto revalorizaba la dimensión humana del personaje, como si lo hiciera más vivo, más próximo, más real y efectivo que la propia presencia de su portador. Tu actitud contemplándola bien podría deberse a esa humanizadora transmutación de la cosa en su usuario, efecto que a tus pocos años no podía dejar de maravillarte.

Curiosamente, cuando alguna vez te dejabas arrastrar por la tentación y sobrepasabas esa pasiva admiración evocadora, el bastón perdía todo su carisma entre tus manos. Era como si se banalizara en un momento, mientras tonteabas jugando con él a una ancianidad fingida. Tenías incluso la impre­sión de que tu comportamiento podía llegar a ser en cierto modo ofensivo. Máxime si el abuelo te lo recriminaba. Nunca lo hacía de malos modos, pero sus palabras y su gesto tenían la suficiente contundencia como para aver­gonzarte. Volvías a dejar la cachava en el abaz. Volvías a mirarla y remi­rarla, ladeando la cabeza, arro­bado, absorto, seducido por su línea grave y limpia, fascinado otra vez por la reconversión que adquiría como testimonio evocador del anciano en cuanto reposaba en el aparador.

Pero lo que más te pasmó siempre de la cachava del abuelo Juan fue su nombre. Lo más propio hubiera sido llamarla bastón, que sonaba más común y hasta gozaba de cierto abolengo. Así la nombraban al menos los abuelos de todos tus amigos. Don Lauro, el abuelo de Cosme, usaba un bastón que tenía tallada la cabeza de un perro en la empuñadura dorada. Como se reía mucho y tenía muelas de oro, aquel mango hacía juego con su risa. En ocasiones parecía que se reía hasta el mismísimo perro, trocando sus fauces amenazadoras por una carcajada postiza. A lo mejor Don Lauro había comprado un bastón así para reírse con frecuencia y con aquella im­postada armonía de metal noble.

El abuelo Juan no tuvo ese problema. Tenía dentadura propia. Le fal­taban algunas piezas, que eran sus dientes de aire, según le oíste decir en alguna ocasión. Quizá por eso, cuando se reía, que era muy pocas veces, lo hacía siempre para dentro, como si el mundo no le hiciera demasiada gracia o la carcajada fuera una frivolidad juvenil cuya jocunda elasticidad se había ido difuminando entre las arrugas del rostro. Esa frugalidad de alborozo se correspondía con la sobriedad de su garrota de castaño.

Había además otras concomitancias, reveladoras del género femenino.  Un día le oíste decir a sus amigos los jubilados del parque Isabel que la ca­chava era la mejor novia a sus años, por lo que te pareció muy natural que fuera femenina, si tan íntima era su vinculación. Pensaste entonces, sin dic­cionario a mano, que el género se lo otorgaba la curvatura del mango, inexis­tente en el bastón de don Lauro, recto y ligero. Don Lauro, además,  había trabajado como tenedor de libros. Aquel oficio, que para ti entonces era el culmen de las profesiones intelectuales por su connotación posesiva, distaba mucho de parecerse al de tu abuelo, que no había pasado de capataz en el ferrocarril del Norte, después de abandonar sus raíces campesinas en Tierra de Campos. Esa diferenciación profesional presuponía a tu juicio una dispar elección de apoyatura para el último tránsito de sus respectivas  existencias.

Por un lado estaban los señores con muelas de oro, que parecían sos­tener la orondez sonora de sus abiertas carcajadas en un bastoncito entre elegan­te y retórico, masculino y un tanto accidental, que les servía para de­finir su ancianidad con una cierta elegancia. Éstos solían utilizar sombrero y abusaban de una cierta coquetería parsimoniosa al ponérselo sobre la ca­beza. Por otro, los viejos algo más achacosos y mucho menos risueños, que, como tu abuelo Juan, tenían la risa volcada hacia el interior y el cuerpo ma­nifiestamente avanzado hacia ese tercer punto de sustentación, esencial para su andadura. La mayoría usaban boina.  Si para aquéllos, largos años aco­modados en una silla tras un escritorio repleto de contabilidades, el bastón era una especie de aditamento que decoraba sus canas en consonancia con su dentadura, para éstos la cachava tenía el arraigo de la necesidad y la coherencia de una comunicación con la tierra más entrañada en sus vidas. Don Lauro había sido  escribiente, inclinado entre kilómetros de cifras bajo la amarillenta luz de un flexo en una oficina de la ciudad. El abuelo Juan había dejado correr su primera juventud en los surcos ocres de la meseta. Don Lauro sólo había conocido un paisaje de números, apilados en sus li­bros como un horizonte vertical sobre el que únicamente cabía perseguir  la rigurosa exactitud de los balan­ces. El abuelo Juan trabajó después en los primeros caminos de los trenes, al raso de las distancias cruzadas por fogo­sas locomotoras. A los dos se les quebró la espalda sobre el salario de cada día. No fue desde luego igual el ángulo de esfuerzo. Don Lauro podía pre­sumir de bastón, mucho más erguido y hasta esbelto sobre su risa estentórea y relajada. Tu abuelo no podía prescindir de su cachava, vencida su figura hacia adelante, con la risa adentrada en su boca como un atributo devorado por la fatiga de su andadura.

Pocas cosas recuerdas de tu abuelo mejor que su cachava. Si no hu­biera existido esa referencia sustentante, probablemente el abuelo Juan hu­biera sido sólo una sombra fugaz al pie de la cabecera de tu cama de niño, cuando tarareaba para dor­mirte viejas canciones campesinas. Sabrías dibujar hoy fotográficamente  aquella cachava  con absoluta precisión. Gracias a esa imagen sabes que el abuelo Juan te llevaba a menudo de la mano a un par­que junto al mar y que al regreso estudiabas con él el rumbo de las nubes y  los barcos, mientras se ponía el sol y sus últimas luces refulgían en el  ritmo de sueño de las olas, distendidas sobre la arena como una lenta y dilatada caricia.

Es muy posible que cuando rozabas con tus labios la pulida empuña­dura de aquella atractiva cayada de castaño, tu gesto fuera una expresión de respeto por todos los silencios que tu abuelo dejó apostados en la tosca talla de su ma­dera. Le estás viendo las tardes de invierno, con la barbilla encima de sus manos, grandes y temblonas, apoyadas sobre la empuñadura, como si la cachava fuera el cimiento de una larga cavilación que se repitiera día tras día, mientras la noche entraba por la galería de la casa y los latidos del reloj de pared del comedor cobraban una inusitado relieve en el silencio del crepúsculo. Tú jugabas a los trenes, y él muy de vez en vez, con aquella risa que le bailaba clandestinamente entre los labios, te corregía el nombre  de las estaciones:

           - Venta de Baños, hija, no Veinte Baños. Ya sabes, donde los emi­grantes cogen el exprés de Francia.

Todos tus trenes pasaban por Veinte Baños. Con un poco de suerte, si al abuelo le daba la gana, que eso nunca se sabía, podía llegar a contarte la repetida y siempre nueva historia de París, donde había estado de asis­tente de un militar de alta graduación durante el servicio. Allí había estre­nado casi el nuevo siglo y un amor de aureola romántica. 

      - Se llamaba Madelaine... Aquel día cumplía yo veinte años y me dedicó una canción con su violín en los muelles del Sena. Era una noche de mucho calor...

Te encantaba ver como al tiempo que recomponía su memoria, su cuerpo se enderezaba, insólitamente enhiesto, y cruzaba sobre la cachava, ajustada sobre su hombro izquierdo, el imaginario arco de un violín cuyos compases  trazaba con afinada mímica y no menos virtuosa entonación.

- Quise abrazarla y, al hacerlo, el violín se fue al río, como los amo­res que una vez nos tocan y después pasan a ocupar el fondo más hondo de la memoria...

 

EL SUDOR DE LAS LETRAS

Tulio, el niño del panadero, aprendió a leer a los seis años. Pero no aprendió a leer como muchos otros niños, que mientras leían las sílabas parecía que les gustaba saborearlas igual que si fueran caramelos, que hasta se relamían y todo como si fueran dulces, e incluso babeaban un poco No. Tulio lo pasó muy mal aprendiendo a leer. Decía que sudaba, sudaba, y eso era algo bien cierto.

Venga, Tulio, saca el silabario de tu cartera y vamos a leer un poco, le decía la maestra, una señora bastante obesa y algo malhumorada, muy viejecita, con gafas de culo de vaso y el pelo tirante, muy blanco, encopetado en un rodete sobre la cabeza.

En cuanto Tulio sacaba el libro de las sílabas y lo ponía sobre el pupitre, ya empezaba a florecerle como un rocío cálido un hilillo de sudor que se le escapaba por las sienes:

A ver, pequeño, la ELE con la A y con la S suena... LAS, decía Tulio, y una lagrimita de sudor se le desprendía del flequillo. Y la ELE con la E... LE, contestaba el chico mientras la lagrimita se le descolgaba por la nariz como una hormiga húmeda y picajosa. Y la TE con la ERRE y con la A y con la ESE... TRAS, pronunciaba el hijo del panadero con la frente recién bañada de esfuerzo.

Y así seguían maestra y alumno hasta terminar una frase, que podía ser, por ejemplo: Las letras son la voz de la escritura.

Hasta ahí todo iba más o menos bien. Tulio solía saberse cada sílaba con mayor o menor dificultad, aunque eso le costase quitarse varias veces con la mano el sudor de la frente. Lo malo era cuando la maestra le pedía que le leyera la frase entera desde el principio, sin volver a silabear antes cada palabra, letra con letra.

Decirla, la frase, terminaba diciéndola, claro que sí, con todas sus palabras mejor o peor articuladas, pero el esfuerzo de la memoria era tanto que se le bañaban las cejas, los ojos, los carrillos, los labios, el cuello y hasta las orejas de un sudor fino que le picaba en la piel como si cada gota fuera la molesta y urticante picadura de un mosquito. También le sudaban las manos, y sobre todo el dedito índice con el que el chiquillo iba señalando cada sílaba sobre la página del libro.

Por culpa de eso, del dedo mojado siguiendo el dibujo de las palabras, el sudor se le quedaba pegado al papel del silabario y se emborronaban un poco las letras de cada frase, de modo que la página quedaba un tanto sucia. A la maestra no le gustaba que Tulio manchase el libro al juntarse el sudor de sus dedos con la tinta de las letras. Por eso le regañaba a menudo y le decía que fuese más limpio, como si el pobre niño pudiese dominar aquella sudorina que tanto le desasosegaba

Todas las noches, antes de acostarse, el padre de Tulio, que se despedía de él par ir a  la tahona, le preguntaba a su hijo lo que ese día había aprendido en la escuela. El niño entonces le mostraba el silabario y le leía las frases más sucias de cada página porque eran las que mejor se sabía…  A su padre no parecía importarle que todas aquellas palabras estuviesen manchadas.

¿Manchadas? ¿Cómo que manchadas?, le decía. Sólo las has regado de trabajo, como yo el pan y el violinista la música. Y las letras, si se las trabaja, florecen como el trigo y suenan como un violín tocado con un arco de plata.

Alguna vez Tulio, mientras dormía, soñaba que a la mañana siguiente, al abrir en el colegio el libro de las sílabas delante de su maestra, de cada página iban a brotar doradas espigas y de cada letra emborronada un trino musical tan brillante como la luz de la luna.

 

 

 

 

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