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C8

THE MIRROR

ANNA FUERSTENBERG (*)

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fuerst@sympatico.ca.

Traducción: Ana Laura Díaz Herryman

e-mail: analadiaz@gmail.com

Hace muchos años, en el tiempo de nuestros abuelos, vivió una Mujer en un pequeño, maravilloso país, ubicado en la parte más angosta de las Américas. La Mujer vivía al costado de una gran montaña con su gato llamado Gatito, en un encantador ranchito y en una pequeña casa de madera con tejado de palmera.

La Mujer había perdido a su esposo y sus hijos en la larga guerra contra los Hombres de acero y piedra que llegaron del Norte. A pesar de esto, ella nunca estaba triste porque tenía un espejo mágico. Este espejo había sido un regalo de su esposo, pero desde su muerte, siempre que se miraba en él, podía ver su alma. En el espejo mágico, su alma siempre se veía joven, apasionada y bella, como su esposo la había visto, sin importar la edad o los hilos plateados mezclándose en sus cabellos.

Cada mañana el sonido de los pájaros y los animales la despertaban. Ella se desperezaba, alimentaba a los animales, saludaba a la mañana y luego se miraba en su espejo mágico. La Mujer saludó a su gato Gatito. “¡Qué maravilla, siempre que me miro en mi espejo mágico puedo ver mi alma y es tan joven y bella como la mañana; este espejo me da la fortaleza y el coraje para vivir y ser feliz!”

Luego, la Mujer recogió sus instrumentos y partió por el camino hacia la granja del pequeño campo junto al rio. Se detuvo en su jardín, miró hacia el cielo y saludó al sol. “¡Buenos días Dios de Sol! Gracias por el calor y la luz que tan generosamente nos das.”

Él contestó con una voz atronadora, “Oh hija, que tu día sea cálido y luminoso.”

La Mujer fue hacia el bosque donde se detuvo a admirar a la Diosa de la Selva. “¡Cuanta belleza y abundancia oh Diosa de la Selva!” La Diosa de la Selva susurró con el murmullo de las hojas. “Hija, eres bienvenida a las frutas, nueces, hongos y madera que proveo para ti.”

En su camino, ella sintió la brisa del Dios de los Vientos. “Ah ahí está él, el Dios de los Vientos. Gracias por la fresca brisa y las nubes de lluvia que hacen crecer todo en abundancia.”

El Dios de los Vientos sopló una respuesta entre las montañas: “Querida hija puedo besar tu frente y refrescar tus campos con la lluvia.”

Por último la Mujer caminó hacia el rio que corría junto a su pequeña huerta. Mientras ahuecaba su mano para beber, agradecía a la Diosa del Rio por sus refrescantes y cristalinas aguas. “Diosa del Rio, esta agua es dulce y fresca, te agradezco por ella.” “Oh, hija,” burbujeaba la Diosa del Rio, “eres bienvenida a lavar, bañarte y beber de aquí.”

La Mujer pasó todo el día trabajando.

En ocasiones notaba que faltaban algunos tomates o un poco de maíz; siempre pensó que eran los espíritus de su esposo e hijos fallecidos que venían a tomarlos. Pensaba que querían su compañía y les hablaba mientras trabajaba. Cantaba las canciones que habían entonado juntos durante tantos años y se sentía reconfortada.

Luego de varias horas de duro trabajo en la huerta, la Mujer escuchó la extraña canción de la Diosa de la Luna, y supo que era tiempo de parar el trabajo y regresar a casa.

Una mañana la Mujer despertó con el rugido del Dios de los Vientos. El pequeño ranchito donde vivía fue súbitamente levantado de la tierra y arrojado hacia ella otra vez. Sus vasijas fueron rotas, fueron dispersadas por el suelo y su cama se encontraba destruida. Todos sus platos y cerámicas yacían rotos en el piso.

¡Con terrible miedo y azoro, tomó la caja de caoba donde se encontraba el espejo y sintió una fuerte conmoción! ¡Ella miró con horror; el espejo estaba hecho añicos! ¡Oh no! ¿Qué debo hacer? ¡Mi hermoso espejo está destrozado!” ¡Ella estaba devastada! ¡Estaba horrorizada! Se sentía rota por dentro, donde su alma y corazón habitaban.

Finalmente se levantó del suelo de tierra y corrió afuera a preguntar al Dios de los Vientos por qué había hecho algo tan terrible y por qué había tenido que perder su espejo.

El Dios de los Vientos resonó hacia ella. “Esto es culpa de la gente del Maíz. Ellos han olvidado por años las ofrendas al Volcán desde los tiempos de la guerra. Ahora el Dios del Volcán está llamando a todos los Dioses para que se manifiesten y ataquen expresando la furia que el siente ante esta terrible negligencia.”

Pero yo siempre he tenido presente las fiestas de nuestro pueblo. Llevo los frutos de la cosecha hasta los mismos labios del Dios del Volcán y doy libremente todo lo que tengo en agradecimiento por su quietud ¿por qué entonces esto tan terrible me tiene que pasar a mí?

Pero el Dios de los Vientos había volado ya a otras regiones de la montaña y todo lo que le quedó a la Mujer fueron su maltrecho espejo y su destruido corazón.

Decidió implorar a todos los Dioses y Diosas que le ayudaran. “Mi espejo mágico, el espejo de mi alma, se encuentra deshecho en pedazos, y yo les ruego que vengan a mi ayuda Dioses y Diosas.” El Dios del Sol descendió misericordioso. “Yo solo puedo darte luz y calor hija mía, pero no sé nada de espejos.” La Diosa de la Selva susurró y vibró. “Estoy feliz de ofrecerte madera, frutos, nueces y sombra. No sé nada de espejos.” La Mujer se precipitó por la montaña a rogar a la Diosa del Rio su ayuda, pero todo lo que esta dijo fue: “Permíteme señalar que te puedes ver en el reflejo de mis aguas tranquilas.”

La Mujer se estremeció y lloró. “Oh Diosa del Rio, no puedo ver mi alma en tus serenas aguas. Solo puedo ver mi exterior, este arrugado anciano cuerpo y este deteriorado rostro.”

La Mujer pensó que su corazón se rompería. Para entonces, el día había acabado y la Diosa de la Luna comenzó a entonar su extraña canción. La Mujer solo se sentó y lloró.

En la madrugada ella recordó que en las montañas, en el pueblito donde nació, vivía una vieja amiga de su niñez, Doña Tea, y quizás fuera capaz de darle una mano. Doña Tea había realizado muchos huipiles ceremoniales con espejos cosidos a ellos. Huipiles que las jóvenes utilizaban en fiestas y bodas. Seguramente Doña Tea sabría cómo reparar un espejo.

Encontró un bastón, empacó un poco de comida, algunos utensilios y comenzó a escalar la montaña. Durante el día recogía frutos y durante las noches se envolvía en una ruana de lana y pedía a la Diosa de la Selva que la protegiera.

Un día notó al despertarse, que su cuchillo no estaba. “¿Quién pudo haber tomado mi cuchillo? Tal vez fue Tío Coyote, siempre dispuesto a jugar malas pasadas a los Hombres del Maíz.” Esa tarde, después de haber acampado, estaba segura que había escuchado susurros raros entre los árboles y que tenía algunas manzanas de menos en su bolsa.

Pidió a la Diosa de la Selva que la ocultara. Pidió al Dios de los Vientos que enviara el olor de su cuerpo muy lejos de aquello que la estuviera rastreando. Se sentía preocupada de que fuera La Llorona. La Llorona era famosa por engañar a los hombres extraviados, especialmente después de haber sido malvados con sus esposas o haber bebido de más.

La Mujer no había hecho nada traicionero por tanto pensó que podía haberse topado con uno de los hombres de Acero y Piedra que estaba perdido. Tenía miedo de que hubiera algún soldado enemigo explorando nuevas formas de atacar a los hombres del Maíz, su pueblo.

Se ocultó cuidadosamente entre los árboles. Justo antes de la salida de la Diosa de la Luna vio a un pequeño niño subiendo a un árbol como si fuera un pequeño mono. Se dirigió hacia donde ella había formado su campamento para pasar la noche, olisqueó la comida, la ruana, una manta y finalmente tomó una taza pequeña hecha de madera.

La Mujer estaba tan aliviada que comenzó a reír a carcajadas. El pequeño niño subió rápidamente al árbol, pero la Diosa de la Selva bajó la rama del árbol hasta el suelo. La Mujer tomó al pequeño en sus brazos. “¿Por qué me estás robando? ¿Dónde están tus padres y cuándo comiste por última vez?”

El pequeño no forcejeó, se volvió hacia ella y comenzó a llorar. Le explicó que sus padres habían muerto en la guerra contra los Hombres de Acero y Piedra quienes quemaron todo a su paso. Entonces él decidió vivir por su cuenta en el bosque. Era demasiado joven para saber lo que significaba robar, solamente quería cosas y por eso las tomaba, como los frutos de los árboles, las uvas y las bananas que encontraba. Ella comprendió quien había tomado los tomates, el maíz, los pimientos de su huerta y se burló de su torpeza por pensar que podían haber sido los espíritus de sus familiares.

La Mujer se sintió conmovida; había sostenido en sus brazos al pequeño lo suficiente como para recordarse sosteniendo a sus propios hijos cuando eran pequeños. Ella le explicó que estaba de regreso en su antiguo pueblito en busca de Doña Tea, para encontrar una forma de reparar su espejo mágico. Además, sugirió al pequeño niño (al que llamó cariñosamente Monito) que debía venir con ella.

Entonces Monito y la Mujer hicieron su camino a través de la montaña hasta el antiguo pueblito. Finalmente subieron una última colina y alcanzaron el ranchito de Doña Tea al anochecer. Doña Tea reconoció a la Mujer inmediatamente y saludó a ambos visitantes con una taza de chocolate y unas tortillas frescas.

La Mujer le explicó sobre su mágico espejo, le contó a su amiga como su corazón se había hecho añicos como el cristal al no poder ver más su joven y hermosa alma.

Doña Tea negó con la cabeza. “Solo soy una pobre e ignorante campesina, una mujer ordinaria que solo cocina y cuida de sus nietos. Cuando éramos jóvenes Mujer, tú eras la más lista de todas. Pero no te desesperes. Esta noche hay una gran fiesta en el pueblito y estoy segura de que alguien allí estará dispuesto a ayudarte con tu espejo.”

Las dos mujeres tomaron las manos de Monito y emprendieron el camino hasta el valle. Desde muy lejos podían escuchar el alegre sonido de las fiestas. Había música, risas y todas las montañas se estremecían con el alegre sonido… incluso el burro y señor coyote se unieron a la fiesta.

Al llegar, la Mujer quedó sorprendida de ver semejante fiesta y tanta comida. En el lugar de reunión, un inmenso rancho nuevo en el centro del pueblito, se encontraban apilados grandes sacos de maíz y arroz, pimientos secos y tomates, patatas multicolores y frutos secos.

Ella dejó a Monito con Doña Tea, y se acercó al líder del pueblito; preguntó al Cacique por qué estaban celebrando si este era un tiempo poco común para ese tipo de fiestas.

Él la miró con gran orgullo. “Mujer, cuando estuvimos en guerra, todos sufrimos grandes pérdidas. Ni una sola familia tenía suficientes semillas para plantar una cosecha decente. Decidimos que, con el fin de recuperarnos, debíamos plantar nuestros campos juntos, criar a nuestros hijos en grupo y ayudarnos entre todos como una comunidad. Y bueno, ha sido tan fantástica la cosecha que tendremos suficiente comida por unos años.

La Mujer comprendió la sabiduría de este plan y pudo ver sus resultados en la riqueza de todo lo que la rodeaba. “Eso es realmente maravilloso y es ciertamente, motivo de celebración. Pero Cacique, yo tengo un problema. Mi hermoso espejo, mi espejo mágico está roto y ya no puedo ver mi alma en él. ¿Podría ayudarme?”

El Cacique entristeció, y miró en sus oscuros ojos. “Mujer, desgraciadamente no sabemos nada de espejos por aquí, pero también tenemos nuestros problemas. No tenemos quien cuide de nuestros animales y cada día nos siguen hasta los campos y causan daños en él. No tenemos quien eduque a nuestros niños y están corriendo salvajes por los alrededores.”

La Mujer respondió entusiastamente. “Esos son problemas con los que puedo ayudar. La Diosa de la Selva nos proveerá maderos para hacer un corral y refugio para los animales y yo misma conozco como educar a los niños.” Pero entonces recordó su ranchito y se entristeció. El Cacique siendo tan sabio, supo enseguida qué hacer. “No te preocupes Mujer, enviaré a nuestros jóvenes a tu montaña y siempre cuidaremos de tus animales y tu casa.”

Entonces la mujer ayudó a los pobladores a recolectar los maderos que la Diosa de la Selva les ofreció. Ella enseñó a los niños y se alimentó de sus risas y de su rápido aprendizaje. Ayudaba en las cosechas y en los preparativos de las fiestas. En el equinoccio lideró los cantos. A veces pensaba en su espejo roto y en su pequeño ranchito donde había vivido con su familia. Estaba tan ocupada con las fiestas, ceremonias, clases y la curación de animales y enfermos, que quedaba poco tiempo para recordar el espejo quebrado.

Un día, cuando se encontraba de regreso al ranchito que los jóvenes habían reconstruido para ella, encontró a Xiomara, la hija del Cacique, llorando bajo el árbol de nogal. La Mujer la tomó en brazos. “¿Hija, por qué lloras? La cosecha ha sido buena, los animales están siendo cuidados y todos los niños están aprendiendo a hacer frente a los Dioses y Diosas. De seguro este es un momento de alegrías.”

Xiomara secó sus ojos en un pañuelo que le dio la Mujer. “Yo nunca podré ser feliz. El día de la selección en el pueblito, me enamoré de Tecum. El pertenece a uno de los pueblos cercanos que también fue destruido en la guerra. Éramos felices juntos, y aunque él no tenía nada, era fuerte e inteligente, y buen cazador, agricultor y constructor. Nos comprometimos desde entonces.”

“¿Tu padre se opuso a Tecum porque era de otra pueblito? El parece un hombre sabio para hacer algo como eso.” Xiomara negó firmemente. “Mi padre quería a Tecum como a un hijo. Pero un día, siete meses atrás, el salió de cacería y nunca más regresó. Algunos piensan que encontró otra joven que le gustó más en otro pueblito.” La Mujer acarició la cara de Xiomara y miró en lo profundo de sus negros ojos. ¿Tú no crees en la Llorona?

“Yo no creo que la Llorona perjudique a hombres con buen corazón, y Tecum nunca hubiera bebido fuera de los días festivos. Lo que realmente temo es que los Hombres de Acero y Piedra lo hayan secuestrado. Mi padre cree que si él fue secuestrado, los Hombres de Acero y Piedra lo forzarán a trabajar y pelear para ellos. Ahora mi padre quiere que escoja a otra persona para casarme.”

La Mujer pensó durante un rato, y finalmente preguntó a Xiomara que era lo que ella quería hacer. “Yo quiero esperar por Tecum a que regrese. Yo lo amo con toda mi vida, corazón y aliento. Nunca habrá alguien más para mí. Yo quiero esperar por él. Sé que el regresará.”

Esa noche en la reunión del pueblito, preparando la próxima fiesta, la Mujer contó la antigua historia de la Llorona, aquella que llora.

Muchos, muchos años atrás, antes de nuestros abuelos, los hombres a caballo llegaron a nuestras tierras. En un bello valle, cerca de la montaña de oro, los habitantes del pueblo se reunieron para la selección de esposos. Todas las mujeres jóvenes del pueblito usaban sus más hermosos huipiles y decoraron sus cabellos con orquídeas, gardenias y cardamomo.

Cada muchacha había pasado el año con ocho o diez jóvenes. Las mujeres ordenaban a los jóvenes cumplir diferentes tareas. Un joven para limpiar un pedazo de tierra para el cultivo, otro para cazar. Uno de ellos fue el encargado de construir un grande y fuerte ranchito y otro de construir los muebles. Algunos fueron encargados de criar los animales y otros de cantar y bailar.

Al finalizar el año, cada mujer debía elegir solo un hombre. Ellos vivirían juntos, por el resto de sus días. Algunas veces, el decepcionado joven que no había sido elegido, era tan infeliz que se arrojaba a la laguna o al volcán y moría de amor.

Cuando la ceremonia de selección comenzó, los pobladores vieron, bajando de la montaña, un pelotón de jinetes con grandes armaduras de metal, que brillaban con fiereza al resplandeciente sol. El líder de los jinetes, un apuesto español, fue directo hacia la hija del Cacique. Le tendió una caja de joyas y un hermoso caballo blanco y los ofreció a la doncella. La hija del Cacique se enamoró del español y lo escogió para ser su pareja por siempre y para siempre.

Los hombres de los caballos se asentaron en el pueblito y los años pasaron rápidamente. Pero un día un mensajero llegó de Antigua. Decía que el gobernador de la colonia quería a sus hombres de regreso con todo el oro que habían encontrado, porque el Rey de España estaba preguntando por ellos.

El líder de los jinetes estaba tan enamorado de la hija del Cacique y de sus pequeños hijos que no deseaba regresar a Antigua o España. Pero sus hombres comenzaron a molestarlo. Ellos extrañaban a sus esposas que vivían en España y extrañaban sus familias que dejaron atrás. Día y noche se quejaban ante su líder. Esta no es forma de volverse rico. Ellos no habían arriesgado sus vidas por una mujer de piel canela y un ranchito en el Nuevo Mundo. Ellos querían oro y fama y fortuna, eso significaba algo en su país.

Los habitantes del valle habían llevado oro en sus pendientes, en sus manos y alrededor de sus cuellos. Pero la Pachamama, la Diosa de la Tierra, les había prohibido a los Hombres del Maíz compartir el secreto de la fuente de oro con extraños. Por lo que los españoles no contaban con grandes cestos de oro con los que regresar a su tierra.

La frustración fue creciendo en los soldados. Comenzaron a beber. Se volvieron irrespetuosos con el Cacique y con las personas que le dieron abrigo por tantos años. Golpearon a las mujeres y abusaron de los ancianos.

La hija del Cacique amaba al español más que a su vida y más allá de la muerte. Una mañana ella decidió contarle a su esposo donde la Pachamama, la Diosa de la Tierra, escondía sus tesoros. En la madrugada partieron con sus dos pequeños hijos a caballo hacia las colinas.

Ellos estuvieron lejos por más de dos semanas. La hija del Cacique, su esposo y sus pequeños regresaron de la montaña con cestas llenas de pepitas de oro. Estaban cerca del pueblito cuando se dieron cuenta de lo que había ocurrido.

Los soldados debieron haber estado muy ebrios. Ellos habían asesinado a todos los pobladores y tomado todo el oro que pudieron encontrar en sus cuerpos. Luego regresaron a Antigua.

La hija del Cacique apretó a sus hijos en sus brazos, llorando desconsoladamente. Cuando su esposo vio lo que sus soldados habían hecho, saltó sobre las rocas de la Laguna y se mató. La hija del Cacique estaba loca de dolor. Tomó a sus hijos, cabalgó hasta el borde del volcán y sosteniendo sus pequeñas manos, se sumergió en la lava ardiente.

Los antiguos sabios del Pueblo del Maíz siempre han creído que cuando en las noches oscuras, un hombre se tambalea camino a casa, confundido por la Chicha (licor de maíz), si está ebrio y especialmente si ha traicionado a su mujer esa noche, la Llorona aparece. Ella puede ser escuchada llorando entre los árboles, en las cimas de las colinas, en las grietas de las montañas y especialmente cerca de la Laguna. Después de su caída al volcán, su piel quemada colgaba de sus huesos ennegrecidos. Su voz se quebró y rascó con los gritos por su pueblo, su esposo y sus hijos. Los hombres que la ven, bien se vuelven locos o mueren de terror. Es por eso que nuestra gente teme a la Llorona.

Cuando la mujer miró a los pobladores, supo que habían estado hablando de Xiomara. “solo recuerden que un hombre, que es puro de corazón, nunca verá a la Llorona.”

El padre de Xiomara miró a la Mujer y sonrió. “Supongo que tú nos recuerdas a la Llorona porque mi propia hija quiere otro año para esperar a Tecum. Xiomara no cree que Tecum haya sucumbido a la Llorona, porque él era puro de corazón.”

“Yo también creo que él era puro de corazón. Me temo que un grupo de Hombres de Acero y Piedra lo hayan secuestrado. Ellos lo deben estar maltratando y haciendo realizar horribles tareas. Bien, voy a permitir que Xiomara espere un año más para escoger esposo. Ahora déjanos beber, comer y bailar.”

Cada vez que Monito veía algo brillante o útil él lo guardaba en su bolsillo. Los niños del pueblito ponían objetos inútiles como cepillos viejos y rotos con fragmento de estaño y viejos cristales pulidos que habían permanecido en el lecho del rio, en su camino. El miraba el objeto, lo agarraba e inmediatamente escalaba a lo alto de un árbol, mientras los niños se reían de él. Un día Mujer descubrió lo que los niños hacían.

La Mujer los reunió y les dijo que pensaran antes de reírse de Monito. Por muchos meses Monito había vagado solo por el bosque, sin más protección que la de la Diosa de la Selva. A pesar de esto, él no había sido comido por jaguares o picado por serpientes, tampoco había caído en ninguna cueva y resultado herido. Él era un huérfano como muchos de ellos, pero… ¿Alguna vez lo habían visto llorar o poner excusas a la hora de sentarse bajo el árbol del aprendizaje?

Trepar a los árboles, cuando encontraba algo comestible, había sido la única forma que el encontró para resguardarlo de los monos, jabalíes y otros animales a su alrededor. Ahora que estaba seguro, el necesitaba tiempo para aprender una muy importante lección. Nadie en el pueblito quería quitarle algo. Ellos solo querían compartir con él lo que tenían. Para algunas personas lleva tiempo aprender a tomar lo que les ofrecen y otras nunca aprenden a compartir lo que tienen, incluso cuando tienen mucho de todo.

Los chicos del pueblito se rieron. ¡Imaginen a alguien que no sepa como compartir! Que tonta idea era esa. ¿Cómo puede alguien vivir en comunidad sin compartir? ¿Por qué alguien querría muchas cosas si hay otra persona que carece de ellas? Que extraño, ellos no podían siquiera imaginar a alguien así. Los niños prometieron nunca más jugar malas pasadas a Monito.

Un día un sonido horrible fue escuchado en el puebito. Zumbando y haciendo eco en las montañas llegó el impresionante sonido del caracol, advirtiendo que un ejército se acercaba.

Algunos habitantes corrieron al gran rancho, otros agarraron a sus hijos y corrieron a la jungla; estaban tan asustados que nadie tenía un plan o dirección y parecía como si una loca y caótica danza se hubiera apoderado de ellos.

La Mujer encontró un gran tambor y comenzó a tocarlo al ritmo del corazón: Pa poom, Pa poom, Pa poom. Inmediatamente todos se calmaron y se reunieron alrededor de ella para escucharla:

“Hubo siete sonidos de concha, lo cual quiere decir que tenemos algunas pocas horas para prepararnos. Primero quiero que todos se calmen y rueguen al Dios del Sol que deje caer un calor insoportable.” Los pobladores hicieron lo que ella pidió. El Dios del Sol brilló como lava fundida y el aire se volvió casi demasiado caliente para respirar.

Ahora debo hablar con la Diosa de la Selva. “Oh Diosa de la Selva, si Tecum está marchando en esta dirección, sostenlo fuerte en tus brazos y no lo dejes ir hasta que lo hayamos encontrado.” Xiomara comenzó a ver lo que la Mujer estaba planeando.

La Mujer corrió hacia la Diosa del Rio. “Cuando los Hombres de Acero y Piedra vayan hacia ti apresurados, porque sus armaduras estarán ardiendo bajo el abrasador sol, recíbelos amablemente, pero cuando quieran dejar tus aguas desborda tus orillas.”

La Diosa del Rio burbujeo en anticipación. “Trae las lluvias.” La Mujer alzó los brazos hacia el cielo. “Dios de los Vientos tráenos nubes llenas a rebosar de agua, rayos y truenos.”

Los Hombres de Acero y Piedras se animaron al ver el pueblito del que se rumoraba había tenido una rica cosecha. Ellos habían hecho el camino bromeando sobre la batalla que tendrían por delante. El caliente sol los ralentizó, pero ellos continuaron con su marcha. Encontraron el rio con gran alegría y se sumergieron hasta los brazos en la Diosa del Rio. Los Hombres de Acero y Piedras saltaron en las aguas frescas gritando de felicidad.

El viento barrió nubes que de repente se precipitaron sobre ellos. La lluvia, rayos y truenos se añadieron a la terrible confusión. Los Hombres de Acero y Piedra lucharon para mantener el equilibrio, pero la Diosa del Rio inundó sus orillas y horrorizados fueron arrastrados hacia el mar.

El pueblito estaba a salvo. Cuando la fiesta había comenzado y todos estaban bailando, la Mujer llevó a Xiomara con ella hacia el bosque. Con la luz de la Diosa de la Luna, encontraron a Tecum dormido en las ramas de un nogal. Xiomara saltó al árbol y a sus brazos. Ambos hablaron a la vez. “Estabas perdido para mí. Te deben haber secuestrado y forzado a trabajar para ellos.” “Solo pensaba en regresar a ti.” “¡Ellos casi me obligan a casarme!” “Nunca pensé que podría regresar vivo.”

La Mujer fue respetada y querida; utilizó sus conocimientos en hierbas y plantas para sanar enfermedades, su sabiduría para inspirar a los niños. Un día recordó su pequeño campo y su distante ranchito al costado de la montaña. Por cinco años había prosperado y conocido gran felicidad. La Mujer recordó su espejo mágico.

La mujer tomó sus cosas y comenzó el camino de regreso a la montaña donde había vivido con su esposo y sus hijos. Monito, Xiomara y Tecum decidieron ir con ella. Al llegar pudo constatar cuan bien habían cuidado de su ranchito. Había arboles de jacarandas purpura floreciendo y plantas de gardenia creciendo por todos lados. Dentro del ranchito todo estaba tal y como ella lo había dejado.

La Mujer tomó la pesada caja de caoba de donde siempre había estado, bajo su cama. Sacudió un poco el polvo. Cuando abrió la caja, pudo ver que el espejo aún se encontraba astillado, justo como ella lo dejó.

Pero cuando se miró en los pedazos rotos, Monito saltó a sus brazos y la abrazó. Cuando la apartó para darle un beso, la Mujer pudo ver en sus oscuros ojos un alma saltarina, una joven, energética y bella alma. La Mujer supo en ese instante que ella siempre podría ver su joven y bella alma en la sonrisa de las personas a las que había ayudado; en el amor de Xiomara y Tecum, en la alegre risa de Monito y recordando la vida que tenía en su nuevo hogar. Sus espíritus se habían ido volando. Ella se percató de que había aprendido una muy importante lección, la lección del espejo mágico. Trabajando para su comunidad  había recuperado su alma. ¡Ya no necesitaría más de un espejo mágico para verla!

 

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Anna Fuerstenberg nació en un campo de refugiados en Stuttgart Alemania. Cuando era niña, su familia llegó a Canada. A los ocho años ganó un concurso y entro a la escuela de teatro. Le cambió la vida. Anna escribe obras de teatro, cuentos y poesía. Fue la primera mujer canadiense formada en dirección de teatro en su país. Ha dirigido en Canadá, el Media Oriente, los Estados Unidos, Sur América y América Central. Recién dirigió una obra de Michel Tremblay en Guayaquil, Ecuador.

 

 

 

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