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L10

LA VIOLENCIA DEL CAPITALISMO.

INVITACIÓN A REFLEXIONAR
A PARTIR DE UN CUENTO
TITULADO DARWIN


MIRIAM PARDO FARIÑA

 

RESUMEN: La instalación de discursos dominantes en nuestra sociedad actual, los que desde la revolución industrial no han parado en continuar alienando al ser humano, hoy en día por medio de la implacable globalización, lleva a plantear la fuerza que ha tenido el capitalismo y la corriente neoliberal “a través de la imposición brutal del mercado mundial unificado que amenaza a todas las tradiciones étnicas locales, sin excluir la propia forma del Estado-nación”(1). De esta manera, etnias, grupos etarios, planes de desarrollo políticos, económicos y sociales, son planteados por medio de discursos que transversalizan lo humano para reducirlo a un plano objetivable tendiente a unificarlo, lo que posibilita aplacar las diferencias que vienen a cuestionar el poder hegemónico.

Lo sagrado tampoco queda excluido al ser profanado de diversas formas, ya sea que se trate del campo religioso, de la cosmovisión de pueblos aborígenes, o de grupos que luchan por transmitir el cuidado de la naturaleza, entre otros. La denostación a las creencias religiosas y sus prácticas, discusiones constantes sobre la tierra que será otorgada o quitada a los pueblos indígenas, congresos acerca del calentamiento global del planeta, etc., van dando cuenta de la profanación de lo humano a partir de lo que Zizek denominaría “violencia sistémica fundamental del capitalismo”(2).

A través del siguiente cuento, de autoría propia, se pretende mostrar esta problemática, cuyo afán se centra en despojarlo todo para servir al Amo mercantilista a costa del exterminio deshumanizante y que, tarde o temprano, viene a interrogar al propio exterminador.

Palabras claves: Discurso dominante, globalización, alienación, naturaleza, comunidades.

 

 


DARWIN

Darwin era como il capo della mafia; había logrado el respeto de toda su comunidad y se había encargado de enseñar a su sucesor para que siguiera sus pasos, tal como le había ocurrido a él con su propio padre y así, de generación en generación.

Su entorno ambiental era formidable. Siempre había vivido en el sur de Chile y el lugar elegido se trataba de un bosque precioso, con árboles muy altos como las Araucarias, aunque sin ellas, y con vegetación frondosa que dejaba pocos senderos para caminar; debido a la frecuencia de las lluvias, la tierra solía estar húmeda, desprendiendo ese aroma peculiar, mezclado de tierra, maderas, hojas y hierbas; si había eucaliptus, más exquisito era el aroma, por lo que Darwin vivía feliz allí, aunque con la preocupación de que algunos quisieran venir a invadir tan hermoso hogar, un genuino oasis dentro de otros muchos que existían al sur del mundo.

Caminar por ese bosque implicaba ver los rayos del sol tras los enormes árboles que siempre brindaban cobijo, por lo que la temperatura nunca era muy alta aunque fuera pleno verano. Sin intervención del ser humano, el bosque tenía su propio orden, era como si el Creador se hubiera empecinado en hacer perfecto ese paraíso aromático, tranquilo, excluido de sonidos y ruidos que no fueran los del propio hábitat, como el canto de las aves, el croar de los anfibios, el rugido de algún puma, el zumbido de las abejas y de otros insectos, la sonoridad uniforme de la lluvia y de la vegetación movida por el aire o por los vientos potentes. Darwin y su familia, eran muy buenos conocedores de todo eso, incluyendo las resonancias del lago que estaba dentro de ese entorno natural y de las aguas enlodadas que agrupaban otro tipo de seres vivos.

La rutina diaria ya era conocida por todos los habitantes del lugar. El movimiento de cada ser viviente, por lo general, iniciaba con los primeros rayos de sol y nadie se inmiscuía en las labores de los otros, cada uno en particular hasta las agrupaciones más sofisticadas, se dedicaban a vivir la existencia tal como lo indicaba la genética.

En una ocasión, uno de los integrantes de la familia de Darwin, que se caracterizaba por ser el vigía del lugar, avisó que había visto a varios hombres con casco y planos en la mano. “Quizás alguno de ellos sea ingeniero forestal, el que explicaba los planos a los otros”, señaló con convicción y toda la familia, que era muy numerosa, se preocupó sobremanera ante la posibilidad de ser echados de la zona, tal como le había ocurrido a otras familias aledañas que tendieron a desaparecer con el paso del tiempo. Darwin pensaba que se habrían cambiado de zona, pero tenía dudas, porque nunca más los había vuelto a ver, a menos que se hubieran trasladado muy lejos. Darwin resolvió que había que investigar para tomar una buena decisión y así lo hicieron, estableció un equipo de trabajo, al mismo tiempo que calmó al resto de la familia.

Como buen líder, determinó que Fermín hiciera las investigaciones iniciales; debería escuchar de primera fuente el plan que traían los intrusos y como era astuto y tremendamente ágil podría hacer malabares como un ninja avezado en logística y acrobacias, logrando efectividad en su cometido. Celayo debería continuar más que nunca con sus labores de vigilancia, pero asignaría al menos a dos integrantes extras para que le ayudaran al unísono cuidando algunas zonas de ese entorno que Darwin había determinado como posibles vías de entrada. Quiso que Fermín fuera acompañado, pero este último se negó prefiriendo trabajar solo, como a él le gustaba, ya que podría concentrarse mejor y, en caso de peligro, huir con mayor facilidad.

Ese día, Fermín inició su misión y espió con extraordinaria cautela los movimientos del grupo de intrusos. Sabía que no era suficiente, ya que tendría que conocer a cabalidad sus planes al ser los ojos y los oídos de su clan. En la mañana temprano el grupo de intrusos llegó al lugar y comenzaron a armar carpas. Era lógico, si algo planeaban no sería posible de otro modo, porque el pueblo más cercano quedaba muy lejos y sería muy agotador para ellos trasladarse constantemente pese a llegar en camionetas. Fermín también descubrió que como era verano estaban a tono con el período estival y querían disfrutar la naturaleza, extraña paradoja si es que sus sospechas de que iban a destruir algo era ciertas.

Cuando concluyeron el armado de las carpas, ocho en total, empezaron a hacer un asado entre risas y cervezas. Fermín estimó que podía comer también; se sentía exhausto y quería reponer fuerzas, así que aprovechó de almorzar tranquilo hasta posicionarse en el lugar preciso para continuar su misión. Tipo seis de la tarde, el grupo se reunió al aire libre y desplegó un plano sobre la mesa; el ingeniero forestal comenzó a explicar por qué era conveniente talar todos esos árboles gigantes y reforestar con pinos después, en caso de ser necesario; el proyecto ya estaba visado y no había ninguna oposición, inclusive, se le había otorgado el carácter de prioritario para el turismo de la región. Los árboles eran de buena madera y no estaba prohibido por ley el cortarlos, no había ninguna sola Araucaria por ejemplo, y las ganancias económicas serían cuantiosas. Si después llegara a haber algún reclamo, simplemente se reforestaría e, incluso, como la propuesta incluía la implementación de un resort, aprovechando el enorme lago y las zonas fangosas que podrían servir para llevar a cabo turismo aventura, obtener la aprobación de la gente también sería un éxito, “solo estamos transformando el ambiente para que las personas lo disfruten. Si no fuera por nuestra intervención, ¿quién sabría de este fantástico lugar?”. El ingeniero también propuso dejar una zona con los árboles altos, con la finalidad de asegurar entretenciones a futuro como el caso del canopy o hasta la construcción de una casita en el árbol, comentario que hizo reír a todos.

La explicación había sido elocuente; Fermín controló al máximo sus emociones para no desbordarse, le hubiera gustado sacarlos a todos de una vez, pero no era prudente, sabía que Darwin armaría un buen plan, pero antes, tendría que saber a ciencia cierta, cuál era la zona del bosque que devastarían, según el brillante negocio del ingeniero forestal, quien, a su vez, había sido contratado por una empresa que le pagaría varios millones. “¡Vaya amante de la naturaleza!”, pensó Fermín mientras se trasladaba hacia un lugar estratégico, esperando que el grupo se disipara o fuera a otro lugar.

Ya eran las veinte horas y algo, y Fermín se percató que parte del grupo se subió a la camioneta. El momento era perfecto para inspeccionar el mapa que abarcaba casi toda la mesa, ya que otros habían decidido recostarse o caminar cerca del lugar. Con la destreza de un bailarín de ballet, elongándose de manera increíble, malabares que podía hacer como rana que era, miró con atención el plano. Distinguió con precisión la zona que sería talada, se encontraba como a cuatroscientos metros del lago abarcando mucho más metraje hacia el interior del bosque; con sus manitas petaliformes fue marcando algunas coordenadas hasta que vio a uno de los intrusos que se acercaba furioso a la mesa. “¡Qué hace esa rana estúpida sobre el plano!” y se abalanzó sobre ella con la cacha de la escopeta para golpearla, ya que se trataba de una rana grande y no de un insecto que podría aplastar con suma facilidad. Fermín esquivó el golpe haciendo un salto largo como de gimnasta y cayó sobre la tierra; rápidamente, se parapetó contra un tronco que servía para sentarse y empleó el mejor de sus camuflajes para parecer un trozo de madera o roca. El intruso se despistó sin poder encontrar su presa, “¡aparece mierda!, no te puedes esconder tanto rato!” y la buscó concienzudamente, sin éxito. Al rato se sumaron los compañeros que habían regresado con la camioneta. Sólo la habían ido a dejar a una zona más segura por lo que el retorno fue más pronto de lo previsto; el intruso contó lo que había sucedido y los demás se rieron. “Pero ¡escúchenme!, la rana se tramaba algo, miraba con mucho interés los planos, como si entendiera de qué se trataba!”. El grupo se echó a reír con fuerza y uno de ellos dijo: “es lo más ridículo que he escuchado en toda mi vida, una rana de agente 007” y las risas se intensificaron, incluso uno de ellos dijo “juguemos a CSI y busquemos huellas, a lo mejor identificamos al espía”, más risas continuaron resonando en la silenciosa naturaleza hasta que uno de ellos dijo, “pero nos faltan esas luces especiales para distinguir la rana”, otro dijo, “¡ya cállate huevón que me duele la guata de tanto reírme!”. El que se había enfrentado con Fermín, se enojó sobremanera; se dio cuenta que no lo iban a entender así que o se sumaba a la jarana o perdía como en la guerra porque lo molestarían sin tregua. Mientras tanto, Fermín permanecía inmóvil a la espera que el grupo se retirara a dormir, lo que demoró mucho más tiempo de lo que había supuesto, ya que aprovecharon de jugar a las cartas, mientras el jefe, el ingeniero forestal, enrollaba el valioso plano colocándolo dentro de su carpa. Cuando estuvo seguro de que todos se fueran a descansar, entonces Fermín inició su regreso al bosque para contar con detalle lo sucedido.

Lo esperaban ansiosos, Darwin estaba preocupado por su excesiva demora, aunque confiaba en la precisión de su enviado y con esa confianza animaba a todas las ranitas, y que eran francamente muchas, a la espera de una decisión. A Darwin se le transformó la cara, sus ojos de párpados pronunciados destacaron más con una expresión entre tristeza y decepción. “Ahora entiendo dónde fueron a parar nuestras compañeras, no emigraron, fueron exterminadas seguramente y quizás ya somos una especie en extinción”; tan solo pronunciar esa palabra le apenaba más que nunca, sabía que las ranas de Darwin dependerían de sus decisiones y todas lo miraban expectantes y silenciosas, ni siquiera, se atrevían a croar. Darwin preguntó si ya se sabía cuándo se iniciaría el procedimiento y Fermín le dijo que en dos días más iba a comenzar a llegar maquinaria pesada, mientras tanto los intrusos estudiarían el lugar. El proyecto estaba aprobado, pero faltaban las firmas que autorizaran el comienzo de los trabajos y ya estaba casi todo listo. Darwin calmó a todos indicándoles que tenía muy buenos contactos, se había ganado la aprobación de la mayoría de las especies, inclusive de los árboles más añosos y de mal carácter. “Estamos todos involucrados” dijo con convicción mientras le pidió a Fermín y a Famke, una rana hembra experta en artes marciales y estrategias, que lo acompañaran.

Llegaron primero donde Gigante, el árbol líder, uno de los tantos Alerces que estaban en el recóndito bosque, midiendo casi 56 metros de altura y que los estudios del proyecto no habían detectado. A ninguna de las tres ranas les costaría subirlo, así que lo hicieron como si ya conocieran los recovecos de Gigante hasta llegar a lo que se podría decir su corazón. Darwin habló y presentó la situación respaldado por Fermín, quien entregó, en esta ocasión, detalles altamente precisos del mapa. El árbol se impresionó por la gestión realizada y con unas gotas de sabia agradeció la ayuda, solo se preguntó por qué habían recurrido a él en primera instancia, si sería el candidato perfecto para ser talado, sobre todo por su preciada madera, pese a la prohibición de cortarlo. Darwin le explicó que tenía una estrategia que solo él podría iniciar con la ayuda de los otros Alerces dada su altura; consistiría en convocar a la naturaleza, a través de sus movimientos, para que el espacio aéreo se percatara y así los vientos aumentaran su velocidad, trayendo nubes cargadas de condensación desde lugares cercanos, mientras la tierra haría todos sus esfuerzos para evaporar agua acumulándola en la atmósfera en el afán de conseguir un implacable temporal con lluvias, relámpagos y truenos, hasta con rayos si fuera necesario al ionizarse las moléculas del aire; todo esto impediría por un buen rato lo que los humanos pretendían hacer. Luego le dio los otros detalles del plan ante el cual Fermín y Famke reaccionaron asombrados, no pudieron dejar de emitir un sonoro croar. Gigante le dio todo su respaldo con la intención de iniciar desde ya lo pedido, todos deberían unirse o la devastación sería irremediable.

Con llamativa rapidez las tres ranas descendieron el árbol y Darwin dio cuenta de todo su plan a las ranas que no se habían ido del lugar, esperando lo que el líder les dijera. Consideraron que la estrategia era brillante, por lo que se llenaron de fuerza para iniciar la lucha al día siguiente, la arenga ya estaba planteada y todos, sin excepción, dispuestos a sacrificarse para triunfar. Aún así, Darwin fue enfático en señalar que no quería sacrificios, menos aún si la especie estaba en extinción; les dio la confianza necesaria para que recurrieran a sus habilidades que superarían con creces a los humanos, entendiendo que además conocían el bosque a la perfección, preciada ventaja en esta guerra. Saltos, camuflajes, eyección de veneno, acrobacias, en fin, Darwin presentía que todo saldría muy bien; aún así tenía que ir a conversar con otros líderes, lo que haría solo con la compañía de Fermín, en tanto Famke fue encargada de contactarse con la Machi de la familia mapuche que habitaba en lugares cercanos. No fue sola, Darwin le pidió a Charlie que la acompañara.

Cuando Famke se contactó con la Machi, ella entendió con creces el mensaje y convocó a la comunidad para iniciar una ceremonia ritual. Tenían el lugar dispuesto para dar comienzo a la ceremonia de rogación, el nguillatún, y que dura un mínimo de dos días, tiempo preciso para contrarrestar el error humano. Utilizando sus instrumentos representantes de la naturaleza, viento, cielo, agua, inspiraciones de su música, comenzaron sus cánticos, bajo los sones del tambor, el kunkulkahue, el kultrún y la trutruca, centrando las oraciones principales para pedir al Pillán y al tótem, por la ansiada lluvia.

Y llegó el día. Desde temprano en la mañana los intrusos habían notado que se había nublado, pero restaron importancia al hecho en tanto los meteorólogos no habían anunciado lluvia. El sur de Chile tendría uniformemente buen tiempo; sin embargo los nubarrones negros llamaron su atención; ya estaban llegando las maquinarias pesadas y las motosierras que cada operador tendría: el ingeniero forestal junto con el jefe de obras estaban afinando los detalles de la zona que intervendrían. Cada uno de los obreros recibió clara instrucción y partieron equipados hacia el bosque. A poco andar se descargó una fuerte lluvia que desestimaron por tratarse del sur. Celaya avisó del avance de los humanos y todas las ranitas de Darwin comenzaron a croar con más fuerza que nunca; Darwin mantuvo tranquilos a cada una de las especies, incluyendo vegetación y animales; estos últimos querían atacar dese ya, pero Darwin insistió en que respetaran la táctica. Era el turno de los árboles y de la tierra en contacto con las nubes, después llegaría el momento de los demás. Los leones chilenos controlaron su rugir confiando en que Darwin era sabio y su estrategia daría buenos resultados. Las nubes se condensaron cada vez más hasta que unas luces brillantes iluminaron el cielo, relámpagos y truenos se descargaron sin cesar y la lluvia se hizo cada vez más intensa, por lo que algunos trabajadores dudaron si continuar o no. El jefe de obra hizo su propia arenga y les ordenó comenzar con los árboles más altos que se batían con fuerza ante la llegada del temporal que ellos mismos le habían pedido a los vientos. Algunos se acercaron a Gigante con la motosierra encendida, pero un rayo hizo lo suyo impidiendo el daño; el trabajador desistió, pero llegaron otros dispuestos a seguir para no perder la oportunidad de avanzar y ganar dinero, les había dicho el jefe de obras que si no talaban nada, no habría paga y necesitaban ese ingreso. Se inició una discusión hasta que decidieron esperar que amainara el temporal para seguir, situación que Darwin ya tendría prevista porque la tormenta no podría mantenerse por tanto tiempo. “Esto parece un clima tropical” afirmó uno de los trabajadores.

Pese a todo el esfuerzo del cielo confabulado, la tormenta no pudo continuar y entonces por la tarde se reanudaron las tareas y fue el turno de los animales e insectos. Estos últimos fueron fantásticos en su forma de molestar a los invasores quienes comenzaron a desesperarse, inclusive los anfibios hicieron lo suyo arrojando veneno y moviendo con increíble destreza ramas que terminaban chicoteando a los invasores que se abrían paso. “¿Ven? Les dije que esto tenía mala cara, ya he visto a varios sapos atacando y tenemos todos en contra” dijo el trabajador que se había enfrentado con Fermín. La imposibilidad de arremeter hacia el interior del bosque, ya sea caminando o con maquinaria pesada, hizo considerar la situación a los jefes; entonces hicieron una prueba de acuerdo a la catastrófica experiencia que llevaban hace horas. Cada vez que intentaban cruzar una línea que trazaron entre dos árboles, algo ocurría, era como si la naturaleza entrara en modo ataque y nada se pudiera hacer. “¿Nos estará diciendo algo esto?” preguntó uno de los trabajadores. El ingeniero forestal consideró el comentario, en tanto había notado al observar que las abejas hacían lo suyo en conjunto con los avispones y abejorros, cuando alguien ingresaba por esa entrada y eso ya era extraño; los frutos justo comenzaban a caer de los árboles como proyectiles cuando los trabajadores avanzaban, las hormigas habían salido por centenares, los pájaros carpinteros había picoteado a varios y justo el rayo había caído al primer intento de usar la motosierra. Para qué decir el temporal que se descargó por horas, impredecible e implacable, y solo en este lugar, ya que según sus investigaciones, no llovía en ninguna otra zona.

“¡Al diablo con todo esto!”, dijo el jefe de obras, “no se va a arruinar este negocio por un temporal que ya se fue o unos insectos y menos por las ranas que están por todas partes. Somos superiores a ellos y los venceremos”. El ingeniero forestal se quedó en silencio, logró recordar lo que había aprendido hace tantos años en la Universidad y no fue capaz de responder al comentario. Otro de los mandamases estuvo de acuerdo con el jefe de obras; la tormenta ya había pasado y aunque le tenía respeto a los insectos que, en esos momentos, emitían sonidos demasiado intensos, encontró que sería de poco hombre acobardarse. Y varios arremetieron al bosque pese a la oposición de las especies de animales y vegetales que el ingeniero forestal contemplaba atónito. Ingresaron con sus motosierras dispuestos a destruir lo más pronto posible; decidieron atacar a unos árboles no tan grandes y como se habían preparado apropiadamente con trajes y mascarillas, difícilmente los insectos podrían dañarlos, incluso las abejas, abejorros, zánganos y avispas. Encendieron las motosierras, y aunque las ranitas de Darwin intentaron detenerlos, solo el rugido de los leones hicieron lo propio. Comenzaron a rugir con fuerza hasta presentarse delante de estos taladores; ambos bandos se veían demasiado potentes y feroces, el movimiento sigiloso de los leones amedrentaron a los trabajadores quienes comenzaron a retirarse lentamente caminando hacia atrás sin quitar la mirada a los felinos y cuando los perdieron de su vista, los cinco hombres huyeron corriendo lo más rápidamente posible, con la adrenalina y el cortisol en niveles impensables, hasta que salieron del bosque, es decir, hasta que atravesaron la línea imaginaria trazada por sus jefes.

Contaron su experiencia y el ingeniero forestal propuso conversar con la Machi para despejar sus dudas. Los demás le dijeron que eso sería suicida, que lo matarían, sobre todo si el grupo de mapuches se enteraba de los propósitos que tenían. El ingeniero forestal no desistió, esto era algo que superaba lo racional y solo esa mujer sabia le podría explicar la situación, él estaba en conocimiento de que la comunidad mapuche más cercana tenía una Machi. Uno de los trabajadores, tan impactado como él, quiso acompañarlo y partieron caminando hacia el reducto mapuche. Se presentaron de manera humilde y la Machi salió pronto a su encuentro, haciendo un ademán a los miembros de la comunidad para que se quedaran tranquilos. Los hizo pasar a la ruca y comenzó una larga conversación; la Machi les explicó lo que las ranas habían venido a decirle, los dos hombres no comprendieron cómo unos anfibios iban a hablar, pero ella argumentó lo que significa estar en contacto con la naturaleza de la cual todos formamos parte, incluso ellos que se empecinan en destruirla. “Ese bosque es un tesoro que contiene una gran variedad de especies, incluyendo las ranitas de Darwin que están en camino a ser extinguidas. La naturaleza ha hablado y no los dejarán destruirla más, primero morirán ustedes antes que la madre tierra y sus habitantes”. La Machi se percató de lo conmocionados que estaban estos dos hombres, “tú tienes estudios pero es como si no los tuvieras, eres como un pirata tras los tesoros, si no quieres a la naturaleza, para qué estudiarla. A la naturaleza hay que vivirla”, el ingeniero forestal tenía los ojos llenos de lágrimas y el otro trabajador comenzó a llorar. La Machi resolvió hacer un ceremonial de rogación para calmar a la naturaleza asegurándole que nadie la destruiría; los dos hombres participaron del rito solo observando los cánticos, bailes y oraciones que decía la Machi y la comunidad. Cuando el rito terminó, los dos hombres pidieron perdón por su ceguera y se fueron donde estaban sus compañeros.

Se escucharon aplausos cuando los vieron regresar pasada la madrugada. Relataron con detalle lo que la Machi les había dicho y el trabajador que había visto a Fermín la primera vez, exclamó: “¡les dije que esa rana algo se tramaba!, pero ¿cómo una rana va a leer planos?”, preguntó al mismo tiempo desconcertado; el ingeniero forestal le dijo a todos: “nunca lo vamos a entender… propongo terminar esto e irnos, este bosque está encantado y jamás podremos dañarlo, eso fue lo que le entendí a la Machi”; todo el grupo estuvo de acuerdo y cuando asintieron se escuchó un fuerte croar a la entrada del lugar. Allí estaba Darwin mirándoles como perfecto guardián y los hombres sintieron un profundo respeto hacia él y hacia la naturaleza que se había manifestado con elocuencia.

Desde allí en adelante, aquel lugar fue denominado El bosque encantado. Los jefes y trabajadores dieron constantes testimonios de sus vivencias a través de la televisión y la prensa escrita internacionalizándose este bosque que todos querían conocer. Fue declarado patrimonio de la humanidad.

 

                                                                Viña del Mar, 2017

 

 

REFERENCIAS

1

Zizek, Slavoj, “El frágil absoluto o ¿Por qué vale la pena luchar por el legado cristiano?”, Pre-textos, Valencia, 2002, (p. 22).

2 Ibídem, p. 25.

 

 

 

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