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L8

TRANSFORMACIONES
SOCIALES Y SUBJETIVIDAD:

DEL MALESTAR DE LA RESTRICCIÓN
HACIA EL MAL-ESTAR DEL EXCESO
(*)

RODRIGO BILBAO RAMÍREZ

rbilbaor@yahoo.com y rbilbao@unab.cl

Resumen: Este artículo revisa la relación sujeto /cultura desde una lectura psicoanalítica. Inicialmente presenta el paso de la modernidad a la postmodernidad mostrando sus efectos subjetivos. En función de ese paso, se describe el punto de partida propuesto por Freud a propósito del Malestar en la cultura, que da cuenta de un modo de estar en la sociedad desde la restricción. Finalmente se describe un nuevo malestar que orienta las vivencias subjetivas a partir del exceso, sostenido por el cientificismo y el discurso capitalista imperante.

 

Palabras clave: discurso capitalista, postmodernidad, malestar cultural, subjetividad, psicoanálisis.

Presentación del problema

Sigmund Freud describe un malestar basado en la restricción, y despliega su clínica a partir de ese sujeto social, una sociedad constituida para la contención de las pulsiones y que ofrezca vías de satisfacción a través del deseo, con las dificultades inminentes de esa tensión en el malestar de la cultura. Surge la interrogante respecto a lo qué ocurre a partir de las transformaciones sociales del siglo XX que exacerba la postmodernidad; en este contexto ¿los actuales cambios culturales habrán cambiado las condiciones del malestar planteado por Freud a principios del siglo pasado? ¿redundara una cultura del exceso en nuevas formas de malestar? ¿la fenomenología límite puede dar cuenta de algunas de estas variaciones?

 

Subjetividad, modernidad y postmodernidad

La modernidad promueve un tipo de sujeto que rompe con los cánones del romanticismo y el renacimiento, quiebre sobre el cual Freud, a lo largo de su obra, develará sus consecuencias. No es solo el quiebre, sino, sobre todo, los efectos que supone una superposición de tendencias, estilos, cambios en la sociedad que inciden en los individuos como en sus modos de vincularse y estar en el mundo. De esta manera Freud funda y despliega el psicoanálisis sobre el modo de ser del sujeto propuesto por la sociedad y muestra los efectos sintomáticos de la tensión que genera la modernidad a partir de sus contradicciones, exigencias, y los efectos del paso paulatino (o a momentos radicales) de un período histórico a otro.

La modernidad con sus ideales racionales, laicos, y su optimismo científico, produjo una ruptura, una discontinuidad, basada en la negación de la tradición y en el culto a la novedad. Esta sociedad puso en cuestionó el fundamento divino y dio lugar a un momento histórico único en occidente que colocó al individuo, en el vacío dejado por la religión, por encima de todas las cosas, al interior de una cultura plagada de contradicciones.

La concepción moderna que favorece una definición del yo a partir de la razón, la opinión estable y la intención, rompe con la concepción romántica del yo que nos hablaba de la pasión, el alma, la creatividad y la moral (Gergen, 2006). Sobre esta tensión Freud desplegará su lectura de la subjetividad, sus efectos inconscientes y los síntomas.

Ahora bien, a partir de mediados del siglo XX podemos reconocer un vuelco en la sociedad. Mucho se ha discutido respecto de una "mutación social" y el quiebre que supone para la sociedad y sus individuos la postmodernidad. En este contexto, se puede plantear la postmodernidad desde distintas perspectivas: como una extensión de la modernidad; un quiebre con la modernidad; como la expresión máxima de la modernidad o la expresión de su fracaso; o, también, como un intento fallido de culminar una modernidad tenida como inconclusa. Más allá de esta discusión que nos conduce a un campo conceptualmente rico, podemos reconocer un vuelco social en el siglo XX que a nadie deja indiferente. Este quiebre se reconoce en todas las esferas sociales. Si bien el arte y el psicoanálisis fueron los primeros en percibir este cambio, las transformaciones sociales repercutieron en los campos de la política, la economía y en la escena cultural, científica y educativa.

Fue Lyotard (2008) uno de los primeros autores que reconoció a finales de la década de 1970 un cambio fundamental en la escena social, planteando que, si el lazo social se constituye desde los enunciados de los individuos, cabría preguntarse por los efectos en la sociedad cuando existe un cambio en la legitimación de esos enunciados.

Desde la antigüedad las sociedades se han sustentado en relatos que legitiman su actuar; mitos, cuentos, andanzas de héroes y dioses, definían el modo de proceder de los individuos. Pero como efecto del progreso de la ciencia, señala Lyotard (2008), tales fundamentos son cuestionados; la postmodernidad deslegitima estos metarrelatos y los coloca del lado de la incredulidad. Podemos agregar que desde fines de 1950 se produce un cambio en el saber, en el cual, a partir de un despliegue económico, se transforma la ciencia –hasta ese momento independiente– en una primacía técnica. La pregunta que moviliza al discurso científico ya no es por la verdad, sino por la utilidad.

La postmodernidad podría caracterizarse, de manera preliminar, como esta mutación histórica en la cual el Estado pierde su capacidad reguladora, la ciencia pierde su independencia, el individuo se olvida de sus referencias externas remitiéndose cada uno a sí mismo y el saber se comercializa. Se favorecen competencias prácticas que convierten a la ciencia en una fuerza productiva transable por el mercado. El saber ya no tiene su fin en sí mismo, sino está subordinado al poder y al capital.

Para Lyotard (2008), serán los enunciados performativos, sobre los que no se discute su validez, los que se impondrán en la escena social excluyendo lo metafísico y favoreciendo un cálculo racional en una función pragmática de saber bajo criterios de eficacia y eficiencia. Todo lo anterior cuestionará fuertemente el vínculo social poniendo en tela de juicio el modo de unirse de la sociedad; los referentes externos se cuestionan, la verdad cae sobre el sujeto, pues lo que se busca es la utilidad, produciendo, con ello, cambios subjetivos.

Lipovetsky (2008a) plantea que esta mutación social es una nueva fase, en la historia del individuo moderno, que se produce a partir de la segunda mitad del siglo XX. Fase que estará marcada por los efectos de la segunda guerra mundial en la que comienza un proceso creciente de personalización único en la historia, que se convierte en una mutación sociológica global para el mundo occidental. Si la modernidad promueve el ascenso del individuo con sus metas racionales; la postmodernidad llevará hacia un nuevo estado individual, marcado por el hedonismo y el narcisismo, en un contexto de vacío interior. Este proceso de personalización rompe con los ideales colectivos de las sociedades modernas, llevando a un estado de vacío, apatía y desencanto en la subjetividad, solo movilizada por intereses individuales. Es el "surgimiento del individuo puro, narciso en busca de sí mismo" (Lipovetsky, 2008a, p. 47).

Este individuo hedonista se despliega en un contexto social donde los grandes ideales, las instituciones, las exigencias y normas, el conflicto de clase y el conflicto psíquico, las ideologías y la religión, ceden; dando paso a un mundo desencantado, cool, individualista, pluralizado, con un consumo desmedido, una debilitación de las normas y límites que da lugar a la configuración de un nuevo individuo (Lipovetsky, 2008a) narcisista, hedonista que busca su propia realización desconectado del otro, o solo conectado con fines utilitarios para su bienestar; es el prototipo de la postmodernidad donde ya ni la tradición ni el futuro son importantes. Es el triunfo del aquí y ahora, la satisfacción inmediata, el logro personal, la deserción de los valores en una ética de bolsillo. “Dios ha muerto”, dijo Nietzsche, pero a nadie le importa un bledo, es la coronación del individuo aislado, vacilante, vacío y reciclable.

Esta descripción no agota la subjetividad postmoderna, ni tampoco supone un quiebre absoluto ni la desaparición radical de otra expresión subjetiva; da cuenta de un nuevo modo de estar en lo social que rompe con la postura modernista, llevándola quizás a sus últimas consecuencias. Se podría pensar que en la modernidad estaban sentadas las bases para su expresión postmoderna; en este contexto debemos poder pensar el despliegue posible del sujeto con estos nuevos ejes ¿cuáles serán las condiciones de posibilidad para su desarrollo? ¿cuáles serán los efectos de esta tensión modernidad/ postmodernidad? Si Freud muestra la tensión romanticismo/ modernidad ¿qué podemos esperar de esta nueva tensión modernidad/postmodernidad?

La postmodernidad se presenta como quiebre y prolongación de la propia modernidad, en una explotación extremista de los postulados modernos, según Lipovetsky (2006), con una hipertrofia y negación de cualquier orden estable.

Para Gergen (2006) la concepción postmoderna rompe con la concepción moderna y romántica, y la modernidad prepra el camino para esta ruptura. La postmodernidad ofrece al yo una multiplicidad de lenguajes incoherentes entre sí, donde el sí mismo o el verdadero yo no logra encontrarse. En este contexto el yo se fragmenta debido a las tecnologías de saturación social; inventos de la técnica que exigen al yo toda una serie de despliegues múltiples, a momentos inabordables, pasando desde el teléfono hasta la era Internet, chat, redes sociales, etc. Estas tecnologías de saturación social colapsan la conciencia de sí, construida desde el romanticismo y consolidad en la modernidad, proponiendo al individuo una oferta demasiado amplia de identidades, contactos y referentes.

La subjetividad que se desarrolla en la postmodernidad es como ninguna otra, síntoma de su propia era, efecto residual de un nuevo modo de estar en sociedad, de advenir como un individuo de excelencia, capaz de todo, de lo ilimitado y desligado por completo de la tradición. Pero como bien nos muestra Ehrenberg (2000) la asunción de un nuevo individuo no será completa ni sin consecuencias.

En la clínica contemporánea surge la pregunta por las consecuencias, expresada quizás en los nuevos cuadros nosológicos llamados borderline (estados límite, sujetos borde, limítrofes, dependiendo del autor). A modo descriptivo, cuando se habla de un paciente límite se describe un sujeto de ánimo inestable; dificultades en la imagen corporal y las relaciones interpersonales; alteración de la identidad, sensación de aburrimiento o vacío, ausencia de control de impulsos; un sujeto que si bien cuenta con juicio de realidad conservado, presenta pequeños quiebres en el sentido de la realidad (Gomberoff, 1999). La ausencia en el control de impulsos se expresa en autolesiones, uso de sustancias, expresiones de ira y violencia, con mecanismos de defensa de tipo psicóticos de expresión atípica. Por otra parte, las distorsiones en la imagen corporal se expresan en cuadros de anorexia y/o bulimia; destacando una angustia flotante que se descargan en una sintomatología corporal grave y recurrente a través de acting out.

Diferentes autores entienden la expresión sintomática de lo límite en correlación con el estado cultural, y presentan al paciente límite como el paciente contemporáneo por esencia (Amigo, 1999; Green, 1990; Heinrich, 1999; Rassial, 2001; Lebrun, 2003; Kristeva, 1993; Miller, 2006). Destacan la expresión sintomática particular de lo límite como un modo diferente a las expresiones metafóricas y simbólicas conversivas en la Neurosis (paradigmáticas en la histeria) y delirantes en la Psicosis, presentando una sintomatología corporal peculiar y grave.

Aunque no debemos caer en homologar una descripción sociológica del individuo y su sociedad, con una manifestación psíquica de tensiones inconscientes, pulsiones y deseos, tampoco podemos pretender desprender al sujeto y sus vicisitudes del estado actual de la civilización. En este sentido, a partir de Lacan (2008), no hay sujeto sin Otro, entendiendo Otro como lugar tercero donde se aloja la verdad o lugar de lo simbólico; pero también y sobre todo, Otro como encarnación, como sujeto encarnando esa alteridad, mamá, papá, hermanos, profesor, juez, pareja, etc. La subjetividad se construye en función de esa encarnación de lo social en figuras, en un contexto y en un momento. En este sentido, la relación sujeto/Otro está interconectada.

Podemos hipotetizar que esta descripción de la condición postmoderna tendrá efectos en el sujeto actual (Lipovetsky, 2008a; Ehrenberg, 2000; Amigo 2007). La sintomatología extrema de lo límite refleja esa condición, es más, sería el síntoma del fracaso de la subjetividad propuesta por la postmodernidad, el fracaso del sujeto dueño de sí mismo. Un sujeto que muestra la exaltación narcisista (Lipovetsky, 2008a) y a su vez el fracaso de esa fachada yoica (Gergen, 2006) que no logra ser sustentada a partir de las vicisitudes sociales.

Así la sociología nos muestra un individuo que llega a fin de siglo agotado, débil, deprimido, alcoholizado, adicto a sustancias legales (medicamentos) e ilegales (tóxicos de todo tipo). Al parecer tanta libertad no trajo consigo la realización del ser. En esta línea Ehrenberg (2000) utiliza la depresión como prisma para leer las transformaciones sociales del siglo XX y observa cómo esta enfermedad colma los diagnósticos de salud mental desde mediados del siglo pasado.

Ahora bien, si la presencia de lo psíquico –es decir esa concepción de interioridad con un sujeto que se piensa a sí mismo razonando– es algo característico de la modernidad, Ehrenberg (2000) observa una declinación sistemática de este espacio en la subjetividad postmoderna. Podemos pensar que la exaltación yoica, al parecer, no trae consigo una consolidación de producción subjetiva simbólica. Esta reducción se ve reflejada en la depresión y las adicciones (dos caras de un mismo malestar) que nos muestra un sujeto vaciado del conflicto y llenado por drogas (antidepresivos, ansiolíticos, alcohol, cocaína, heroína, etc.). La depresión y la adicción son "manifestaciones de una dificultad simbólica con las nociones de ley y de conflicto" (Ehrenberg, 2000, p.18), son la dificultad de ser uno mismo. La postmodernidad promueve la asunción del individuo a su máxima expresión, existe un empuje a ser uno mismo, a realizarse individualmente, perfilando las condiciones sociales y a la sociedad al servicio de este objetivo. Pero, paradójicamente, la respuesta del sujeto es el agotamiento, la depresión, la angustia flotante, que dan cuenta de un sujeto insuficiente para llegar a la meta propuesta.

Es interesante resaltar lo que muestran Garcia-Valdecasas y colaboradores (2009) al señalar cómo, a finales del siglo pasado en el momento que surgen los manuales de psiquiatria de la mano de las aseguradoras, aumentaron de una manera exponencial desproporcionada una serie de diagnósticos que requieren fármacos (depresión, trastornos ansiosos, psicosis); con esta acción se favorecieron los intereses económicos derivados de la relación del ejercicio clínico, la industria farmacéutica y los manuales clasificatorios, por encima de la actividad médica. Como veremos más adelante, ciencia y mercado fusionados. Es decir, si bien en términos clínicos se aprecia el aumento de patologías que apuntan al vacío psíquico, en términos nominales este aumento también responde a lógicas de mercado insertas en el seno de la postmodernidad neoliberal en su discurso capitalista.

Podemos señalar que en la primera mitad del siglo XX se produce el fin del auge moderno en el que se promovía la liberación y la iniciativa individual, pero en la segunda mitad nos encontramos, con la inseguridad identitaria y la impotencia para actuar (Ehrenberg, 2000), el vacío depresivo y la adicción como respuesta. La modernidad apuntó hacia el descubrimiento del yo racional, y la postmodernidad no hizo más que triturar la fortaleza prometida a partir de una sintomatología caracterizada por el vacío interior y la ausencia simbólica; es el inconsciente real que aflora en su crudeza desoladora (Miller, 2009). En 1800 la patología se movía en el polo locura-delirio; en 1900 el tema era la culpabilidad; en el año 2000 son la responsabilidad del individuo franqueando la ley de los padres y los sistemas de obediencia tradicional de reglas exteriores, "la depresión y la adicción son como el anverso y el reverso del individuo soberano, del hombre que cree ser el autor de su propia vida mientras sigue siendo el sujeto en el doble sentido del término: el actor y el paciente" (Ehrenberg, 2000, p. 273).

El contexto para este despliegue se configura a partir de una mutación social acontecida a mediados del siglo XX, donde la prohibición cede su lugar a la iniciativa individual y se busca la responsabilidad de este individuo, manifestándose, de manera sintomática, una sensación de insuficiencia, más que de falta, en el individuo soberano de sí mismo pero incapaz de sostener sobre sus hombros tal desafío. Si nada está prohibido nada es realmente legítimo. Las múltiples referencias con  que se encuentran las personas en la postmodernidad (Gergen, 2006; Ehrenberg, 2000; Lyotard, 2008), movilizan al sujeto hacia un afianzamiento en su exterior, referencia en sí mismo, teniendo como resultado este narcisismo hedonista que describe Lipovetsky (2008a), pero que no logra el sustento último.

El equilibrio entre lo permitido y lo prohibido, declina, dice Ehrenberg (2000), poniendo la tensión de lo posible e imposible en primer lugar. Esta posición conlleva una serie de dificultades, ya que si la norma pierde su lugar y ya no funda la culpa que señalaba Freud (1913), ¿con qué nos encontramos en la subjetividad de fines del siglo pasado y comienzos de este?; en definitiva, lo que muestran estos autores, con cambios profundos en el modo de vincularse socialmente y sus efectos en sujetos que devienen más individuos que nunca;  in-dividuos en el sentido de suprimir la división subjetiva de la palabra, el deseo y lo inconsciente. Diríamos un individuo no dividido por su discurso, sino más bien buscando la unificación imaginaria, una identidad que no presente fisuras, que imaginariamente se ofrece suturada como primacia frente a lo simbólico, pero la clínica límite evidencia un sujeto que no logra sostenerse desde la identificación y favorece el acting como puro retorno de la pulsión desde lo real. El vuelco modernidad/postmodernidad genera un contexto para la proliferación de identidades como no había ocurrido en occidente, y una serie de características desde lo psicopatológico hasta lo fenomenológico muy distintas de lo visto a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Los estados límite al parecer dan luces de este fenómeno, podemos suponer una conexión, pero no estamos autorizados para hacer una homologación que elimine una u otra propuesta.

Sobre este punto podemos adelantar que Freud (1930) realiza una propuesta en su texto El malestar en la cultura, en el cual la cultura coarta la satisfacción a los individuos como modo de sostener el lazo social. Pero al parecer esta posición no alcanza para explicar los fenómenos observados a finales del siglo XX, y los albores del XXI, con los estados límite y la descripción de la subjetividad que hemos hecho.

Este último punto generará dudas en tanto que la posición freudiana fomenta un sujeto de la renuncia y del deseo, pero la condición postmoderna fomentaría un sujeto de la pulsión. Lo que Lipovetsky (2006) plantea como una cultura que incita a la satisfacción inmediata en todos los niveles, un consumo impaciente sin renunciar a nada, "la cultura del todo ya que sacraliza el goce sin prohibiciones" (p. 65). Es la sociedad hipermoderna, luego de pasar por la postmodernidad, como sociedad del consumo bajo el signo del exceso en todos sus niveles (técnica, economía, salud, etc.); tercera etapa de la modernidad, donde los elementos funcionan en una lógica desregulada y desinstitucionalizada. ¿Cuál es el rol de esos cambios sociales, económicos, políticos, en la subjetividad? ¿El cambio de roles supone cambios psíquicos profundos?

La hipótesis que barajamos es la constitución sintomática peculiar que ofrecería la postmodernidad a partir del discurso capitalista imperante en las sociedades hipermodernas que alude Lipovetsky (2006). Es decir, la postmodernidad vuelve sobre el sujeto unas exigencias yoicas que son insostenibles, amparados sobre una constitución de lo social que no regula la restricción al modo propuesto por Freud en 1930. Este momento histórico –tal como lo presentamos– promueve el ascenso del individuo, pero al mismo tiempo promueve su caída. Los estados límite sirven como operador de lectura en una clínica que evidenciaría un sujeto marcado por el declive simbólico, que trae consigo una cantidad de pulsión de muerte no tramitada, exceso de Real en términos de Lacan. La pregunta en este sentido es si la hipótesis de Freud, respecto a la regulación y limitación del pacto social propuesta en 1930, es capaz de explicar la sintomatología postmoderna por excelencia que ha sido caracterizada por lo límite; toda vez que entendamos lo límite de manera amplia, en el sentido de englobar una serie de fenómenos disimiles que discrepan de la neurosis y la psicosis, y que contienen una serie de fenómenos descriptivos (trastornos de personalidad desde la psiquiatria; toxicomanías, somatizaciones, trastornos alimenticios, clínica del acting out, etc.); pero que se caracterizan por la expresión de lo Real en su sintomatología pulsional, más que muestra del deseo y lo simbólico (Bilbao, 2011).
La clínica borderline se presenta como un límite interno para el mismo ejercicio clínico, y a su vez co

límite para la conceptualización. Como señala Peskin (2008) la teoría desde un comienzo en psicoanálisis llega tarde a la experiencia analítica; de este modo debemos esforzarnos en conceptualizar fenómenos subjetivos y clínicos que siempre desbordan nuestros entramados teóricos. En este sentido ¿el punto de partida freudiano hasta dónde ilumina la experiencia?

 

Un punto de partida: Freud y el malestar de la restricción

Pensar en la relación existente entre el sujeto y la cultura, desde el psicoanálisis, exige remitirse a lo presentado por Freud en 1930 a través del texto que articula el vínculo posible del sujeto con la cultura. Este intercambio supone y necesita dolorosas abnegaciones y limitaciones del individuo en pro de lo social; supone un sacrificio, un impuesto a pagar para entrar en el lazo social. Todo sujeto deberá entonces pagar, paga con su cuerpo que es lo que posee; en el sentido de una pérdida de satisfacción pulsional. La hipótesis de Freud es que no se puede satisfacer completamente el individuo, esta satisfacción debe ser reglada y normada. El sujeto tendrá que ceder su satisfacción en beneficio de un lazo común, entrega no menos dolorosa en términos de generar síntomas por un lado y un malestar general que se reconoce en el devenir de la civilización; malestar provocado por este antagonismo irremediable entre la pulsión que exige y la cultura que restringe. Freud está pensando que los miembros de una comunidad deben postergar sus necesidades pulsionales para poder mantener la vida colectiva.

Este es el punto de partida que señala Freud para pensar el vínculo social, su entramado y el devenir de la cultura, que siempre es un por-venir en tanto el vínculo no está asegurado de antemano, sino es efecto o resultado del intercambio entre sujeto y cultura. Freud señala que "la sociedad culta se encuentra bajo una permanente amenaza de disolución" (1930, p. 109), prueba de aquello son las numerosas y constantes fracturas históricas que ponen a prueba la civilización agudizadas en el siglo pasado. Guerras y conflictos armados entre naciones; segregación de razas y etnias; luchas sin cuartel en pro de una creencia o fe; numerosos fenómenos de aislamiento subjetivo con síntomas que hablan de una desinserción social (toxicomanías, violencia de género, etc.), encrudecimiento de ideologías extremas de tipo religioso, ecológico, xenófobas; segregación producto de delincuencia, entre otros.

Todos estos fenómenos nos hacen saber de una pulsión que la cultura no logra contener, con esto no queremos sumarnos al discurso apocalíptico que habla de "lo mal que está el mundo", sino más bien evidenciar que estas manifestaciones, de uno u otro modo, se agudizaron y evidenciaron en el siglo pasado de manera notable, más allá de los medios de comunicación que favorecen el intercambio, pero que no garantizan de ningún modo un punto de anclaje común. En otras palabras, no nos sumamos a una reflexión rápida que habla de la "carencia" de lo social, desde una comparación con un ideal pasado que se presenta como perfecto, en tanto la represión actuó y hundió los puntos débiles, sino que ponemos de manifiesto lo que se vislumbra con esta fenomenología descriptiva de lo social. En definitiva el vínculo no está garantizado y existe una tensión permanente que lo pone a prueba, esta tensión surge –dice Freud– por la renuncia pulsional que impone la cultura y afecta el devenir.

Desde una lectura psicoanalítica la subjetividad se ve afectada por el devenir cultural, Freud, desde un comienzo, muestra este fenómeno y a partir de Lacan podemos decir, con más determinación, que el sujeto se constituye a partir del Otro. Precisamente como nos dice Marinas "el psicoanálisis [y su sujeto agregaríamos] nace y se desarrolla en contexto (es decir tejido) con esas formas inseparables de él pero que no se confunde con ellas. Distintos y unidos como el bordado y el tejido que lo soporta" (2008, p.13). Existe así un entramado sujeto y cultura, que en puntos se diferencian pero en otros se funden; leer este encuentro supone un esfuerzo de reconocer cruces en la trama, vislumbrar el bastidor, y puntuar las intersecciones de encuentro y desencuentro del sujeto en/con la cultura.

Este es el atrevimiento en el que se embarca Freud en 1930 cuando lee el choque del sujeto con la cultura y extrae sus consecuencias. Así podríamos hablar también de un sujeto promovido por el estado de la civilización, en tanto, el entramado señala algunas directrices desde la cual se despliega la subjetividad. Como bien señala Marinas (2004), la psyche está tejida con la polis, con redes y vínculos sociales de carácter predominantemente inconsciente. Es decir, pensar la subjetividad es pensar al sujeto en el encuentro con su civilización, con su polis, con la política, pero enmarcado en cierta manera a un momento histórico, en una confluencia de circunstancias, hechos y vivencias que marcan el devenir.

Como señalábamos, la tesis fundamental de Freud (1930), es que la cultura restringe la satisfacción pulsional de cada individuo, en tanto, la pulsión exige una satisfacción a partir de un empuje constante que son teñidos por deseos de agresión (pulsión de muerte) que comandan este movimiento. En estos términos el otro (el semejante) cobra un carácter de objeto pulsional para el sujeto, por lo tanto esa hostilidad debe ser regulada debido a la posibilidad de ser destinatario de la agresión. Las relaciones humanas muestran el destino tanto del amor como del odio; por ejemplo, desde la temprana infancia un niño deposita su agresión y amor en los padres quienes pueden contenerlo o desconocerlo.

Es en función de esta dificultad social, que la ley entra en juego, al limitar el goce del sujeto a favor de un deseo regulado. No se puede dar cabida al desenfreno de la pulsión, la ley regula la satisfacción y norma nuestras interacciones; el mejor ejemplo son las leyes civiles que nos regulan el diario vivir. Freud en 1913 sostiene que la primera ley recae sobre la sexualidad, del mismo modo que Lévi-Strauss (1985) plantea cómo la prohibición del incesto regula la organización social estableciendo el límite entre naturaleza y cultura, es decir, la regla fundamental se establece sobre una limitación sexual que será el pilar de la organización comunitaria.

Para esta descripción Freud está usando el modelo de la neurosis y desde allí comprende el lazo social, en el cual el síntoma es efecto de la regulación y uno de los destinos de la pulsión debido a su insatisfacción. El síntoma como retorno de lo reprimido permite una satisfacción a la pulsión, retorno por un lado del deseo reprimido y satisfacción por el otro de esa pulsión de muerte. En este sentido, las expresiones sintomáticas individuales o sociales podemos entenderlas desde este prisma y nos pueden dar luces en la comprensión de los fenómenos culturales.

Un segundo destino predilecto sería el superyo, instancia sobre el cual recae aquella introyección de la pulsión que se inhibe y subroga a lo social a partir de una conciencia moral y conciencia de culpa, en definitiva una introyección de la agresión que recae en la instancia psíquica.

De allí que al deseo reprimido ya no se pueda escapar, la pulsión es introyectada y los deseos de aniquilación y dominio no se pueden ocultar al superyó, quien es omnipresente para el sujeto.

En definitiva Freud ubica dos efectos de reprimir la pulsión, por un lado el síntoma que cuenta con un componente de la libido y otra cara del Tánatos; y por otro lado el sentimiento de culpa de carácter más punitivo que capta la pulsión agresiva. Así la búsqueda de la felicidad por parte del sujeto, entendida como la satisfacción de la pulsión, deberá ser regulada, se confronta por un lado con el principio de realidad y por otro con la cultura en pro del lazo social. En este sentido, el perfil más pulsional, de empuje de satisfacción es concebido como proveniente de la pulsión de muerte, la cual supone un efecto de corte en las representaciones, de desligar, (no la unión que genera vínculo) en el sentido de atacar el campo simbólico. Esta es una de las vertientes que Freud (1917) descubre a propósito del síntoma en donde su cara energética o de pulsión de muerte ataca el campo de lo simbólico intentando reducirlo, campo sobre el cual se sustenta el intercambio social y a su vez se sostiene la cultura.

La pregunta que surge desde este contexto, es si la lógica propuesta por Freud alcanza para entender la subjetividad postmoderna, y si a su vez permite dar cuenta de fenómeno de los estados límite; en tanto la lógica inicial contempla la subjetividad por vía del deseo y limitando el goce. Las manifestaciones clínicas de fin de siglo expresan al parecer una lógica diferente, a esto debemos agregar los cambios sociales, culturales y en el conocimiento que describíamos inicialmente, a la luz de las sociedades del capitalismo tardío donde prima la tecnociencia que veremos más adelante, expresiones de la ciencia anudadas al discurso capitalista que afectan directamente el devenir histórico de la actualidad.

Ahora bien, ¿qué pasa si la cultura promueve la satisfacción de las pulsiones y no las restringe, como señalaba Freud a propósito de la neurosis y el malestar en la cultura?. El punto de partida para Freud es la cohesión por un ideal común de renuncia individual, en función de ganar seguridad en el lazo social y el desarrollo de la cultura; en este contexto, la ciencia y la técnica se ponen del lado del sujeto (otorgándole dominio sobre la naturaleza por ejemplo), pero Freud reconoce en este uso una deriva hacia la omnipotencia, tendencia que puede dislocar el propio vínculo.

Se sostiene a partir de una concepción de ciencia que cuenta con una técnica a su servicio para ofrecer seguridad y desarrollo, pero Freud reconoce allí una semilla que podrá funcionar de operador de lectura para los fenómenos acontecidos desde la segunda mitad del siglo pasado, marcados por el exceso e imperativos de consumo que afectan el devenir cultural y someten a lógicas de mercado a espacios tradicionalmente protegidos.

Sobre este campo conceptual se articula la idea de una nueva manera de estar en el mundo, un nuevo modo de relacionarse con los objetos y de desplegar la subjetividad. La clínica contemporánea describe una serie de fenómenos de borde que reconocen esta tensión y no se dejan capturar por las mismas lógicas iniciales. Sobre esta problemática se despliega el análisis sobre lo social y la relación existente en el devenir contemporáneo a partir de las dinámicas de exceso denominadas tecnociencia que se contraponen a la restricción y renuncia descrita inicialmente.

 

La primacía de la ciencia: cientificismo y técnica

Existe una tensión clara –desde una lectura que inaugura Lacan (1956)– entre la posición de la ciencia moderna que funda el cogito de Descartes, y por otro lado los efectos de la ciencia cuando se une a la técnica en el afán productivo. Como una breve síntesis, la primera posición de la ciencia implica una negación del sujeto y su verdad (división subjetiva), pero sigue sosteniendo en su interior un límite; la segunda se inaugura –para muchos– a partir de los efectos de la segunda guerra mundial, y alude ya a una forclusión del sujeto y una anulación de todo límite.

Esta ciencia unida a la técnica, Lebrun (2003) la comprende como el cientificismo hacia el que tiende la ciencia moderna, "la ciencia lleva espontáneamente en su seno el germen del cientificismo" (p.185), el cual también se ha denominado como tecnociencia (Amigo, 2007; Alemán & Larriera, 2009). Como característica principal el cientificismo no incluye el límite en sus bases y pretende concebir todo lo real, encontrar todas las respuestas, develar la verdad absoluta de los fenómenos, tener por fin aquella explicación última.

La ciencia moderna intenta suturar al sujeto dividido, buscando borrar la verdad subjetiva y por su parte el psicoanálisis pretende restituir esa verdad. Esta es la apuesta freudiana en el sentido de escuchar la otra escena, el inconsciente que muestra la división del sujeto. En este sentido, cuando la ciencia deviene tecnociencia se busca forcluir aquella verdad de la incompletud en su ser del  sujeto y la del Otro incompleto, esta última supone que no hay verdad última, que no se puede saber la verdad de la verdad como señala Lacan. Cuando la ciencia intenta borrar la verdad del sujeto, es cuando surge su malestar diríamos, malestar que describe Freud a través de la enseñanza de las histéricas de Charcot, padecer de la histeria que no tiene escucha en la ciencia del momento, lo que permite a Freud con su invento (el psicoanálisis) dar un lugar a ese malestar.

En estos términos, para Lebrun (2003) la ciencia confunde al sujeto al mover el límite de lo posible y evacuando el lugar de lo imposible, que podría poner en peligro el sentido del límite y en definitiva el sentido común. Situación postmoderna donde estaría en juego la sensación de cierta omnipotencia "que tenemos como la reactivación mutua del deseo de omnipotencia siempre inscrito en la realidad psíquica de un sujeto y de la reducción de pensamiento inscrita en la modalidad misma de constitución de la ciencia moderna" (Ibid, p. 59).

Se juega una doble tensión entre el límite para el sujeto en lo social y la incidencia del límite para la subjetividad, en tanto, para Lebrun el desplazamiento y luego "anulación" del límite en lo social promovido por la ciencia, trae los efectos devastadores en el sujeto que carece de límite, del referente externo a introyectar, agregaríamos. De algún modo es lo que plantea Ehrenberg (2000) a propósito del sujeto postmoderno, en tanto al desdibujarse la problemática de la ley y lo permitido, entra en escena en lo social la temática de lo posible y lo imposible, que la ciencia maneja y ofrece. Esta idea es la que conjuga la postmodernidad que responde a una lógica diferente a la que describíamos en el apartado anterior y que Freud (1930) trabajaba a propósito del malestar en la cultura. En el sentido de un estado de lo social promovido por la tecnociencia que no se construye desde el límite (ley) y la culpa (trasgresión), sino por evacuar toda posición de límite para la subjetividad. Lebrun (2003) lee una relación entre la declinación del padre y la asunción de la ciencia en el sentido de cientificismo. De algún modo es la idea del sujeto postmoderno (Ehrenberg, 2000; Lipovetsky, 2008a) como aquel sujeto autónomo que se autoriza a sí mismo.

El sujeto es llevado a una deriva de goce más que a una orientación hacia el deseo, entendiendo esta última como la que se desprende de la prohibición que establece el pacto social que describe Freud (1913). Sería una modalidad que se orienta hacia la satisfacción pulsional (goce) sosteniéndose por fuera de la ley, la restricción o la prohibición que describía Freud en 1930.

Precisamente esta última lógica es subvertida en la postmodernidad y se podría reconocer sus efectos en la clínica contemporánea de los estados límite. Esta expresión en la clínica describe una serie de fenómenos marcados por el estado de la civilización ante la confrontación de los límites y su expresión viscosa y confusa. Muestran la proliferación desde fines de siglo pasado de una expresión clínica marcada por el acting, cortes, automutilaciones, toxicomanías, fenómenos acuñados desde el psicoanálisis como expresiones de la pulsión (Green, 1990; Amigo, 1999; Rassial, 2001; Kernberg, 1997); en todos ellos se constata una ausencia de representación simbólica o de recursos simbólicos de elaboración (Ehrenberg, 2000; Amigo, 1999; Kristeva, 1993). Sujetos restados de la palabra, ausente las expresiones metafóricas del conflicto, formaciones del inconsciente como sueños, donde finalmente no se reconoce con facilidad el deseo y sus expresiones de retorno desde lo inconsciente que buscan elaborar la problemática psíquica.

En este sentido, el goce parcial que Freud reconoce implicado en la renuncia que se debe hacer para sostener el vínculo social, traía aparejado la prohibición y el deseo que busca una satisfacción posible en la cultura. La histeria muestra metafóricamente en su síntoma conversivo este conflicto, su imposibilidad estructural de satisfacción total, pero al mismo tiempo su enlace con lo social como efecto del deseo; aunque la sintomatología de lo postmoderno muestre su envés.

Frente a esta situación nos encontramos en lo contemporáneo (postmoderno) con una fenomenología que habla más bien de la búsqueda de una satisfacción total, instantánea, que no afronta esta renuncia, es la clínica contemporánea del acting, que cuenta con su caso paradigmático en las toxicomanías. Si nos detenemos en estos cuadros, podemos reconocer allí la búsqueda desenfrenada de la que hablábamos, búsqueda de la satisfacción por el tóxico, sustancia creada por la ciencia y su técnica, transada por el mercado legal (alcohol, medicamentos) e ilegal (cocaína, pasta base, etc.) y que ofrecería la tan anhelada satisfacción total por fuera de todo intercambio social o vínculo con el otro. En la soledad del consumidor, desconectado de lo cultural con su sustancia, las relaciones sociales se descomponen, el amor se desvanece, observándose el fenómeno descrito a lo largo de este trabajo. Aquí, ahora, yo, la droga, todo, no hay más; búsqueda de una satisfacción absoluta en el exceso, o por ese exceso. Precisamente en esta expresión tan contemporánea podemos leer el nuevo malestar del exceso, que como veremos brevemente se representa en el discurso capitalista y la ciencia.

 

El Discurso Capitalista y la Tecnociencia: el malestar contemporáneo del exceso

El análisis de la problemática límite, en un cruce con el estado de la civilización, tiende a la promoción de la idea de un fomento del goce por sobre el deseo. La propuesta central plantea que las condiciones sociales impulsadas por el discurso científico, a la luz del discurso capitalista (Lacan, 1972), ofrecen una relación a los objetos de goce, diferente al camino del deseo, evadiendo la castración. Así llama Freud a la restricción de satisfacción en pro del lazo social, el sujeto es castrado en su satisfacción para entrar a la cultura, pero al mismo tiempo puede recuperar parte de esa satisfacción a través del deseo que une lo social.

Cuando, por ejemplo, el mercado a través del marketing ofrece los últimos inventos (ipod, ipad, tv lcd, etc.) y nos propone alcanzar la felicidad con esa compra, cada uno entra en la ilusión de contar con un elemento que complete su subjetividad, era lo que me faltaba, se suele decir para justificar una compra a veces absurda. Igualmente constatamos una y otra vez que, en el momento de conseguir ese bien, surge el iPad 9.0 o iPhone 10 como muestra de nuestra próxima necesidad. Esa es la evanescencia del deseo, una quimera que nos confunde y moviliza una y otra vez.

Pero la clínica contemporánea de los fenómenos límite muestra una relación de objeto sostenida sobre un discurso que no contemplaría la castración, sería más que una mera vuelta del discurso de todo neurótico que no quiere saber nada de la castración; sino más bien es un estado de lo social que subvierte el vínculo, ofreciendo renegar la finitud y posesionando lo ilimitado, como señalábamos con anterioridad.

Si el capitalismo se construyó sobre una moral ascética protestante que promovía la postergación y el ahorro como sus virtudes, las sociedades de consumo neoliberales post segunda guerra mundial subvierten estos principios, lo trituran y promueven un nuevo sujeto social. El exceso y la producción desenfrenada marcan desde la segunda mitad del siglo XX, hasta lo que llevamos del XXI, una espiral tecnocomercial sin precedentes.

Como veíamos, el psicoanálisis es heredero del surgimiento de la ciencia moderna, pero a su vez esta ciencia desprende sobre los individuos un malestar que Freud localiza y sobre el cual el psicoanálisis ofrecerá algún tipo de respuesta. Pero pese a lo anterior, se reconoce una torsión en este fenómeno que genera una nueva tensión, podríamos decir que el malestar postmoderno y el sujeto que se desprende de este momento, es solidario con una transformación de la ciencia en un cruce con el modelo de producción capitalista.

Los psicoanalistas Jorge Alemán y Sergio Larriera (2009) proponen que los efectos conflictivos en la subjetividad actual no están tanto del lado de La ciencia, sino más bien en la transformación de la ciencia en tecnociencia a la luz del discurso capitalista. Metamorfosis de la cual la ciencia se desentiende y se presta para un juego de tintes perversos en el sentido de suspender el vínculo social. Es decir, la ciencia moderna (que se desprende del cogito cartesiano) realiza un pliegue sobre sí, esta vez anudada con la técnica y el discurso capitalista. Así, la ciencia ya no podrá desprenderse de la técnica en el marco del discurso capitalista, provocando ciertos efectos en lo social. La conjunción es llamada "tecnociencia".

El Discurso Capitalista (Lacan, 1972) representa esta época de producción desmedida de objetos, en una disponibilidad absoluta de ellos, con un "transito acelerado y en todas las direcciones de infinidad de objetos de la técnica" (Alemán & Larriera, 2009, p.174). Si el sujeto del inconsciente ha renunciado al goce absoluto procurándose un modo parcial de goce (deseo); cómo entender los efectos de un discurso que le ofrece otra salida. En este sentido se plantea un nuevo problema, ya que si la renuncia de goce conlleva una recuperación de goce parcial en la fantasía; es decir, si se hace necesario una cierta renuncia para alcanzar la escala del deseo (fantasma por excelencia), cómo comprender los efectos de esta variedad del Discurso del Amo.

Lo que llama la atención sobre todo, es la unión entre discurso capitalista y técnica, en el sentido de que hay una transformación desde aquella ciencia moderna que ocultaba la verdad del sujeto, como sujeto dividido por la palabra, pasando hacia una tecnociencia que se ofrece al servicio de la pulsión de muerte. Esto lo plantea Alemán siguiendo a Heidegger, al proponer que en la base de la ciencia moderna está una técnica que se aleja del campo epistemológico de la ciencia, es decir, en el interior de sus fundamentos se encontraba esta posible torsión.

La ciencia como dominio humano contempla construcciones de saber que conciben un límite, en tanto cada ciencia es un saber compartimentado de esto o aquello con cierta especificidad de campos, en otras palabras, "la ciencia moderna existe, mientras el sujeto del lapsus, del sueño o fantasma, se mantenga en exclusión interna al discurso científico"(Alemán, 2009, p.50), en la línea del olvido del ser que plantea Lacan (1966), el olvido del sujeto cartesiano, olvido que supone su presencia pero negada.

Así se pasa de la primacía de la ciencia a una amalgama tecno-científica, comandada por la técnica, "mientras la ciencia padece el retorno de lo reprimido en sus momentos de dislocación, rupturas epistemológicas, emergencias de nuevas invenciones, nuevos paradigmas incomprendidos, etc., la técnica solo promueve el retorno de lo forcluido en lo real" (Alemán, 2009, p. 52), no concibe un sujeto limitado por su palabra. Se puede decir que la ciencia moderna promovía un discurso semejante al discurso histérico en el cual se producía un saber con la verdad oculta para el sujeto, la verdad de su división que expresa el síntoma metafórico conversivo. Es en este sentido que existe el lapsus u otras manifestaciones de lo reprimido, aunque sea excluido internamente en el discurso, pues las propias fracturas de la ciencia, con cambios de paradigma, cuestionamientos de modelos, etc., muestran ese retorno de lo reprimido como un saber no completo ni clausurado internamente.

Pero la tecnociencia, como modo imperante de la ciencia a partir de la segunda mitad del siglo XX se muestra como una torsión donde el saber se anuda a la pulsión de muerte, en tanto, la técnica no tiene sujeto, es una "voluntad acéfala sin límite" (Alemán, 2009, p. 51). Introduce lo ilimitado, al modo de un olvido consumado del ser, es el olvido del olvido ya como forclusión retornando en lo real lo forcluido, siguiendo la máxima lacaniana. En este sentido no sustenta la castración, ya que se ofrece como discurso que no tiene límite. Si la ciencia moderna asumía de algún modo su límite, la tecnociencia a la luz del discurso capitalista lo anula; desde este nuevo orden lo importante es la producción, producir bienes en una lógica de todo es posible, lo que no está inventado ahora podrá ser creado. Todas estas son máximas de este orden y que se puede ilustrar con el paradigma científico-biológico, imperante actualmente, que busca dar cuenta completamente de la subjetividad y entregar todas las respuestas de lo humano a partir de la genética, por ejemplo. La tecnociencia se ha convertido de algún modo en una ideología totalitaria que se presenta como EL modo de dar cuenta de la verdad y no como UN modo de hacerlo.

Podemos agregar que se ofrece este paradigma contingente como si fuera algo naturalizado, casi un modelo perfeccionado de los anteriores que vendría a cerrar el círculo del progreso; y a su vez se plantea como el garante último de la verdad. Basta con observar la tendencia actual a validar todo tipo de saberes con estudios empíricos y a momentos validar lo que el propio "sentido común" señala, pero en tanto no este "respaldado" por un estudio "científico", no cuenta para validarse en lo social.

De esta manera, la falta de límite, y esa falta de contención para lo nuevo (Marinas, 2004), va minando al sujeto y provocando su malestar. Se produce finalmente una cierta paradoja en este nuevo escenario, ya que el progreso moderno, amparado en las nuevas tecnologías de producción, ofrecía una cierta felicidad en esta abundancia, se podrían satisfacer las necesidades materiales, y ello solo ocurre para algunos en definitiva. Pero como señala Marinas "tal vez no haya mayor violencia que la que ejerce la inagotable disponibilidad de cosas" (2004, p. 174); es decir, la abundancia no trajo la tranquilidad esperada sino que satura al sujeto, lo presiona hasta homologarlo con el consumidor, otorgándole una identidad y su "satisfacción" permanente.

Como señala Alemán, "la miseria moderna no es la no satisfacción de las necesidades materiales... si no estar a solas con la pulsión de muerte en el declive de toda la estructura simbólica" (2009, p. 39). En estos términos el paradigma del exceso se ofrece como una representación del estado de la sociedad contemporánea, un exceso que desde el psicoanálisis lo leemos como pulsión de muerte, manifestaciones fuera de la contención simbólica que afloran en el silencio de la agresión y desolación, esfuerzos de ruptura del vínculo social. Ahora bien sabemos que el cierre propuesto no es una clausura definitiva en el devenir subjetivo, quedamos a la esperar de la llegada de un nuevo S1 (significante amo) que pueda reordenar los vínculos y como un efecto de interpretación y desde su carácter sorpresivo irrumpa dando un nuevo vuelco en la organización social.

 

Consideraciones finales

El presente trabajo ha buscado mostrar la relación de la subjetividad con el estado de la civilización, en un cruce y entramado que no reduce el uno al otro. Diríamos que la cultura no es sin sujeto y el sujeto no existe fuera del lazo social, por ende, intentar entender los cruces de esta relación es definir lo social y la subjetividad en un proceso. La dificultad de este esfuerzo quizás se debe a la interrelación que la provoca, lo uno no es lo otro ni lo uno se reduce a lo otro, sujeto y cultura son irreductibles entre sí, pero son inseparables. Podríamos pensar una especie de principio de incertidumbre (Heisenberg) subjetivo; en la medida que determinamos la cultura sola, desconocemos el sujeto; y la definición aislada de la subjetividad desestima la cultura, pero insisto intentando evitar cualquier reducción de lo uno a lo otro. En este sentido, la lectura freudiana de comienzos de siglo ofrece una producción de subjetividad que quizás no alcance para leer las expresiones sociales y sintomáticas de finales de siglo pasado. La clínica borderline muestra una serie de fenómenos contradictorios con las lógicas freudianas, quizás la lógica sociales, políticas y económicas entrelazadas que describe Lacan a propósito del Discurso Capitalista den luces para comprender el estado social tecnocientifico.

El exceso y la restricción se oponen como lógicas de producción, producción de bienes y constitución de subjetividades; he querido destacar el paso de dos momentos socio-políticos diferentes y en ese tránsito difuso, confuso y complejo, la clínica puede ofrecerse como prisma de lectura para dar cuenta de la vida anímica que ilusionaba a Freud.

Finalmente toda lectura de esta interrelación no es más que una contingencia que se convierte en necesaria, pero queda abierta una nueva lectura y reescritura que de un modo a posteriori resignifique y reoriente el entramado social y las subjetividades atadas a esa producción, el devenir es siempre un por-venir.

 

Referências

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  REFERENCIAS
* Este texto se publicó por primera vez en vol.11, no.1, de la Revista virtual Summa psicologíca UST. Universidad Andrés Bello, Santiago de Chile, en la siguiente dirección electrónica: http://pepsic.bvsalud.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0719448x2014000100002 Errancia agradece a Rodrigo Bilbao Ramírez su escritura y a la revista Summa psicologíca su publicación.

 

 

 

 

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