home.jpg

 

P2

PROGRESO, MODERNIDAD, BARBARIE:

APROXIMACIONES Y TENSIONES
EN LAS LECTURAS POLÍTICAS DE WALTER BENJAMIN Y SIGMUND FREUD


OCTAVIO PATIÑO GARCÍA

 

La crítica de Walter Benjamin a la idea ilustrada de progreso es algo sobre lo que ya se ha escrito mucho, baste decir que Las tesis sobre el concepto de historia, son citadas a menudo como referencia a este hecho, sobre todo la tesis número IX. No obstante ello, aquí desarrollaremos otros pasajes de Benjamin sobre este asunto, su crítica de la que proponemos cierta coincidencia no sólo con la crítica que hace también el psicoanálisis a la idea de progreso, sino con cierto ánimo de desencanto en los pensadores en su época, pensadores que vivieron en el germen de la primera guerra mundial. En el caso de Benjamin, sus escritos llegaron a ser una advertencia de lo que sería la segunda guerra, la experiencia del horror del holocausto. Sin haber llegado a ese momento histórico pues muere en 1940, deja un legado de gran talante del que no es descabellado decir, entrañaba una mentalidad visionaria.

Es importante decir que su crítica del progreso no es separable de su crítica al tiempo. Benjamin expone:

  La teoría socialdemócrata, y aún más su práctica, estuvo determinada por un concepto de progreso que no se atenía a la realidad, sino que poseía una pretensión dogmática. Tal como se pintaba en las cabezas de los socialdemócratas, el progreso era, primero, un progreso de la humanidad misma (y no sólo de sus destrezas y conocimientos). Segundo, era un progreso sin término (en correspondencia con una perfectibilidad infinita dela humanidad). Tercero, pasaba por esencialmente indetenible (recorriendo automáticamente un curso sea recto o en espiral). Cada uno de estos predicados es controvertible y en cada uno ellos la crítica podría iniciar su trabajo. Pero la crítica —si ha de ser inclemente— debe ir más allá de estos predicados y dirigirse a algo que les sea común a todos ellos. La idea de un progreso del género humano en la historia es inseparable de la representación de su movimiento como un avanzar por un tiempo homogéneo y vacío. La crítica de esta representación del movimiento histórico debe constituir el fundamento de la crítica de la idea de progreso en general.(1)

Es decir, el fundamento para una crítica del progreso se debe hallar en la crítica al avance homogéneo del tiempo mismo. La crítica benjaminiana no era sólo para las formas que el fascismo mostraba desde el nacionalsocialismo alemán, también se dirigían a los socialdemócratas y al marxismo como tal. Recordemos el fuerte impacto que sintió Benjamin al conocer el pacto entre las fuerzas revolucionarias y el fascismo, esta alianza además de ser de facto, lo era en la íntima configuración de las mentalidades que si bien parecían contrapuestas, se tocaban. Las concepciones socialdemócratas ubicaban al progreso como inevitable: un progreso de la humanidad, un progreso científico-técnico, un progreso infinito. Ideal de progreso que se concentraba en el tuétano la misma idea de tiempo homogéneo, rectilíneo, hacia donde se encaminaban las fuerzas de la revolución y de la historia.

Ahora bien, no sólo en las Tesis sobre la Historia podemos leer esta posición crítica de Benjamin sobre el progreso, en el Libro de los Pasajes existen múltiples comentarios en este mismo sentido. Llegando a definir al progreso como catástrofe. “Hay que basar el concepto de progreso en el de catástrofe. Que esto “siga sucediendo”, es la catástrofe. Ella no es lo inminente en cada caso, sino lo que en cada caso está dado. Así Strindberg - ¿en Después de Damasco?-: el infierno no es nada que no sea inminente, sino esta vida aquí.”(2)

El infierno del progreso está aquí, dice Benjamin acudiendo a Strindberg, no es algo por venir, sino que está presente, es la vida en el “sigue sucediendo” del progreso.  Catástrofe que contrasta radicalmente con los sueños de la Razón ilustrada. Benjamin, decíamos, perteneció a una generación de pensadores que se movían al margen de los sueños ilustrados de la razón, la idea de progreso que era una figura medular de estas aspiraciones, que era propagada como destino inevitable de la historia humana.  Siguiendo a Ricardo Forster:

  …era indispensable escuchar las voces de aquellos que, desde las miradas antimodernas o críticas de la Ilustración, permitían, sin embargo, descifrar eso que para el discurso entrampado en la lógica del progreso se volvía indescifrable. Mostrar de qué modo en el corazón de la razón moderna se dibujaba el rostro de la barbarie constituyó uno de los desafíos centrales del pensamiento benjaminiano, desafío que motivó su preocupación por el problema del mal y su derivaciones que le hicieron volver la mirada hacia aquellos que habían permanecido en los márgenes del gran dispositivo de la racionalidad moderna.(3)

La crítica benjaminiana al progreso no sólo se deja ver con mayor algidez en los últimos momentos de su obra, sino que es un asunto que atravesó su producción teórica desde tiempos tempranos dado que estuvo ligada a su crítica del tiempo. En Calle de dirección única, un escrito de 1928 podemos leer: “Pero las situaciones estables no tienen por qué ser, ni ahora ni nunca, situaciones agradables, y ya antes de la guerra había estratos para los que las situaciones de estabilidad no eran sino miseria estabilizada. La decadencia no es nada menos estable ni más sorprendente que el progreso.”(4)

Catástrofe y decadencia, dos concepciones que petardean la figuración idealizada del progreso en la época iluminada de la Modernidad. Benjamin hace cepillar a contrapelo la ilusoria travesía bajo los reflectores de los avances científicos, de sus ímpetus humanizadores, para mostrar las entrañas oscuras de destrucción que se agitaban latentes a la espalda de la razón instrumental. Como lo dice Forster, Benjamin trata de mostrar lo que se esconde en el corazón de los modernos ilustrados, de su razón enarbolada en la vertiginosa y lineal temporalidad progresista. Detrás del dispositivo de la racionalidad moderna se encontraba la barbarie.

Esta posición de Benjamin no es lejana a la de Freud, quien logró advertir sobre los monstruos que empujaban detrás de la moral y civilizada humanidad. Una sospecha que terminó siendo advertencia. El acento tanto de Benjamin como de Freud no era sobre los evidentes avances en cuestiones técnicas y científicas cacareados por los defensores del progreso, sino sobre la catástrofe humana que ello implicaba, la decadencia, las ruinas que el paso de la locomotora del progreso producían:

  Mientras que la humanidad ha logrado continuos progresos en el sojuzgamiento de la naturaleza, y tiene derecho a esperar otros mayores, no se verifica con certeza un progreso semejante en la regulación de los asuntos humanos; y es probable que en todo tiempo, como en esta época nuestra, muchos hombres se preguntaran si este sector de la adquisición cultural merecía preservarse.(5)

En efecto, tanto Freud como Benjamin nos advierten de las trampas de la ilusión ilustrada del progreso, Freud muestra lo propiamente humano, la profunda destrucción que habita en el corazón de la humanidad, el más allá del principio de placer que a pesar de las ilusiones y autoengaños descarrilaba los ánimos más optimistas. La edad de Oro, podríamos decir con Benjamin el triunfo del progreso, no era realizable sino a consta de la propia catástrofe humana.

 

Se creería posible una regulación nueva de los vínculos entre los hombres, que cegara las fuentes del descontento con respecto a la cultura renunciando a la compulsión y a la sofocación de lo pulsional, de suerte que los seres humanos, libres de toda discordia interior, pudieran consagrarse a producir bienes y gozarlos. Sería la Edad de Oro; pero es dudoso que ese estado sea realizable…. Yo creo que es preciso contar con el hecho de que en todos los seres humanos están presentes unas tendencias destructivas, vale decir, antisociales y anticulturales…(6)

Freud pudo escuchar el síntoma, las voces acalladas del inconsciente que escandalizaban el maquillaje de la Modernidad. Por ello, la catástrofe, el infierno, la decadencia, de igual manera desde Benjamin, remiten a un estado de malestar, a una experiencia íntima de los seres humanos que no está dispuesta a desaparecer vía el progreso. Las pretensiones propias de la modernidad no lograron menguar las fuerzas destructivas que llevaron a la barbarie. Aun sin llegar a presenciar el Holocausto y las bombas de Hiroshima y Nagasaki,  Benjamin lo anunció. Las citas de Benjamin nos dejan ver que su modo de pensar la condición humana no era ingenuo, mucho menos reaccionario. Si bien como lo plantea Forster, tuvo que echar mano de los pensadores antimodernos, que se movían al margen del proyecto ilustrado de la Modernidad, también parece que su propia condición de vida lo hizo condensar una perspectiva por el lado de la experiencia del malestar.

 

... Nada es pues más parecido, bajo diversas figuras, que la humanidad de todos los tiempos. El mismo genio creador en acción, la misma impotencia... para recoger sólo los buenos frutos de ella. Uno no puede menos que quedar atónito cuando profesionales del pensamiento no se cansan de descubrir en este progreso limitado... y precario, un movimiento de la “razón universal”. (7)

Lo vemos claramente, su idea de progreso no sólo toca lo referente a una posición política o filosófica propiamente dichas, sino que es más amplio, subyace en su crítica una experiencia de la vida misma en la  modernidad. Cuando acude a su noción de tiempo del ahora, ya lo decíamos, acude a una experiencia personal, cuando desarrolla sus conceptualizaciones sobre la memoria es notorio su acento también en lo sensible. 

Lo sensible histórico del sujeto mismo, eso que no cesa de causar malestar, lo propiamente humano que provoca desórdenes en la razón, volcaduras en la linealidad, eso que escandaliza pero que es soterrado, reprimido, arrojado a las sombras, a las cunetas de la historia tanto del sujeto mismo como de la humanidad. Benjamin, al igual que Freud, observan con mucha agudeza que el aplastante peso de la “Razón instrumental” del proyecto de la Modernidad, entrañaba una gran trampa, un engaño, del cual sus propulsores ni siquiera sospechaba, o peor aún, intentaban ignorar para evitar enfrentarse al horror de su propia impronta.

 

En el curso de las últimas generaciones, los seres humanos han hecho extraordinarios progresos en las ciencias naturales y su aplicación técnica, consolidando su gobierno sobre la naturaleza en una medida antes inimaginable. Los detalles de estos progresos son notorios; huelga pasarles revista. Los hombres están orgullosos de estos logros, y tienen derecho a ello. Pero creen haber notado que ésta recién conquistada disposición sobre el espacio y el tiempo, este sometimiento de las fuerzas naturales, no promueve el cumplimiento de una milenaria añoranza, la de elevar la medida de satisfacción placentera que esperan de la vida; sienten que no los han hecho más felices.(8)

Es decir, el progreso no trae la felicidad de suyo propio, por ello Benjamin lo asemeja a la decadencia, a la barbarie, a la catástrofe. Paradójicamente, el progreso más allá de paliar los sufrimientos humanos los recrudece, puesto que se paga muy alto el mantener lustrosa a la Razón como núcleo fundamental de la vida política, social, cultural, etc. En términos freudianos, la renuncia pulsional en aras de la producción social del bienestar, no desaparece el empuje agresivo y destructor humanos. El progreso tiene mucho que ver con ese empuje de manera maquillada. Freud parece muy cercano a Benjamin en este análisis. A saber, cómo lidiar en la vida con este malestar en la cultura, específicamente, cómo lidiar con el empuje de la época moderna al ideal progresista. 

 

Vivimos en una época muy curiosa. Descubrimos con asombro que el progreso ha sellado un pacto con la barbarie. En la Rusia soviética se han lanzado a la empresa de elevar a unos cien millones de seres humanos, mantenidos en la sofocación, hasta formas de vida mejores. Se tuvo la osadía suficiente para quitarles el «opio» de la religión, y se fue lo bastante sabio para concederles una medida razonable de libertad sexual. Pero, en cambio, se los sometió a la compulsión más cruel, y se les arrebató toda posibilidad de pensar libremente. Con parecida violencia, el pueblo Italiano es educado para el orden y el sentimiento del deber. Uno se siente casi aliviado de una aprehensión oprimente viendo, en el caso del pueblo alemán, que la recaída en una barbarie poco menos que prehistórica puede producirse sin apuntalamiento en ideas progresistas.(9)

Es decir, que la barbarie irrigaba casi todos los campos de la experiencia humana de principios del Siglo XX. Los regímenes fascistas, en su entraña, se presumían como progresistas. Benjamin pudo de igual manera que muchos críticos de su generación, pensadores marginales, Freud por ejemplo, descubrir los hilos que movían a las marionetas del sueño ilustrado, poner el acento en el “lado oscuro” de la historia no para caer en un pesimismo fácil, sino para denunciar las falacias que se hacían pasar por mitos a cumplirse, tanto de purificación de las raza como del triunfo de la lucha de clases. Forster refiere que Benjamin “construyó una crítica de la Modernidad que mostraba, en la compleja dialéctica del mal, de qué modo detrás de las promesas de un progreso indefinido se escondían las formas siniestras del horror y la destrucción.”(10)

No podemos caer en el reduccionismo fácil de pensar a Benjamin como una equiparación de las tesis freudianas, en absoluto, sin embargo vemos como sus líneas de argumentación se tocan. Un espíritu crítico, propio de una generación, una posición sospechosa y de alguna manera irreverente ante la aplastante marcha de la historia los ubica a ambos dentro de líneas de denuncias, de advertencias. Escrituras ciertamente destructoras de sueños enarbolados en la tersa ensoñación de la razón.

En este mismo sentido, Buck-Morss, en su libro Dialéctica de la mirada nos expone que Benjamin logró acentuar su crítica sobre la fetichización de los avances tecnológicos, del tiempo, del progreso, llegando a la figura de “la moda” como objeto de contemplación que era el desenlace de la historia…”desenterrar marcas ocultas que muestran al “progreso” como la fetichización de la moderna temporalidad que es una repetición sin fin de lo “nuevo” como lo “siempre lo mismo". El jeroglífico en el que aparece esta temporalidad es la moda.”(11)

En la interpretación de Buck-Morss y apoyándonos en Freud, pareciera que Benjamin nos trata de mostrar “el inconsciente” de la historia, del tiempo, de modo que su labor de cepillar a contrapelo se asemeja a un proceso de resignificación, de elaboración retroactiva. Ese destellar del tiempo del ahora implica un percatarse de lo que parecía no había allí, que había sido olvidado, pero que empuja, insiste.  El hombre camina hacia la muerte, a pesar de que pretenda maquillar la historia con barnices progresistas, modernos, en la fetichización de los objetos de la moda.

Sabemos con Freud que el fetiche es un objeto de sustitución ante la experiencia de la castración, la moda así se puede pensar como un resistirse a la muerte, al agujero de la castración dado que se resalta la novedad, “lo nuevo” como ese pasaje inevitable del avance del tiempo. No sólo esto se observa en Benjamin cuando realiza su crítica a la modernidad en su libro de Los Pasajes, sino que al desarrollar su obra de La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica también hablaba de la fetichización del Aura, como es brillo de carácter inclusive totémico que debía ser venerado. El artista se convertía así en un cierto creador de fetiches que las masas sacralizaban.

Estas concepciones entrañaban una evidente frustración de la humanidad, podríamos decir una “castración” denegada, detrás de todo ello hacían su escándalo las voces acalladas, lo propiamente humano y pulsional que sacudía las más ambiciosas empresas de fines de siglo XIX. Freud nos propone esta clave para el análisis:

 

Que un número terriblemente grande de seres humanos están descontentos con la cultura y son desdichados en ella, la sienten como un yugo que es preciso sacudirse; que lo esperan todo de una modificación de esa cultura, o llegan tan lejos en su hostilidad a ella que no quieren saber absolutamente nada de cultura ni de limitación de las pulsiones. En este punto se nos objetará que ese estado de cosas se debe justamente a que la religión ha perdido una parte de su influencia sobre las masas, a consecuencia del lamentable efecto de los progresos científicos.(12)

La Modernidad ilustrada trajo consigo la secularización de la humanidad, pretencioso proyecto emancipador, la vieja “contenedora de barbarie”, la religión, se trasmutaba en ciencia. Freud lo pudo advertir, el desencantamiento del mundo no evitó ni eliminó los sufrimientos a partir de los progreso científicos, sólo fue un cambio de razón social, el sufrimiento en el mundo ofrendado a los misterios de la otra vida seguía siendo sufrimiento en espera de la cura, del fin del hambre, del triunfo de la revolución, de la dictadura del proletariado, del fin de las clases sociales.

 

Las cuestiones que la humanidad expone a la naturaleza están condicionadas por el estadio de su producción. Y este es el punto en el que fracasa el positivismo. En el desarrollo de la técnica ha podido percibir los progresos de las ciencias naturales, pero no los retrocesos de la sociedad. Pasó por alto que dicho desarrollo está decisivamente condicionado por el capitalismo. Y de igual modo se les escapó a los positivistas entre los teóricos socialdemócratas que ese desarrollo hacía cada vez más precario el acto, comprobado como urgente, con el que el proletariado debiera haber tomado posesión de esa técnica. No reconocieron el lado destructivo del desarrollo, porque eran extraños al lado destructivo de la dialéctica.(13)

Otra vez Benjamin denuncia la precariedad de la mirada positivista aun siendo socialdemócratas sus propulsores, la limitación que paradójicamente es consecuencia de luz de la razón. El avance en la ciencia no necesariamente implica el avance social, y aquí nuevamente se observa la coincidencia con Freud, aún sea desde el materialismo dialéctico: Exhiben como la incapacidad del saber cómo la existencia del “lado oscuro” del desarrollo, de la dialéctica, produce destrucción al amparo del anhelo progresista.

En el Libro de los pasajes declara como uno de sus objetivos la disección de la idea de progreso del materialismo histórico.   “Se puede considerar como uno de los objetivos metódicos de este trabajo mostrar claramente un materialismo histórico que ha aniquilado en su interior la idea de progreso. Precisamente aquí, el materialismo histórico tiene todos los motivos para separarse con nitidez de la forma burguesa de pensar. Su concepto principal no es el progreso sino la actualización.”(14)

Benjamin tiene en la mira al progreso, pero se da cuenta de que el progreso como idea, está anidado en una idea mayor, la del tiempo. Por ello separa progreso y actualización, los opone, dado que el tiempo que le importa es el tiempo del ahora, la actualización. En la tesis IX condensa los elementos conceptuales que vertebran su crítica del tiempo y del progreso. Podemos leer lo soterrado, lo dejado de lado, lo que salta al cepillar a contrapelo la historia, eso que podemos decir muestra una manifestación sintomática de la historia.

 

Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso.(15)

El huracán del progreso viene del paraíso, arrastra al Ángel de la historia hacia el futuro, si bien se puede pensar que el paraíso está relacionado con el futuro, pues es hacía el futuro donde se dirigen todas las fuerzas del progreso para que no falte nada es también claro que el pasado sopla hacia allá, su soplido es huracán, pero ese soplido, ese huracán es para Benjamin el progreso mismo, entonces existe una torsión, es el paraíso el que está en el pasado y arroja un huracán hacia el futuro, el paraíso está arrojando al progreso hacia el futuro, y en su camino va dejando ruinas. En su trayecto de espaldas, el Ángel ve acumularse las ruinas bajo sus pies, la catástrofe misma que el paso de la historia va dejando en su imperiosa marcha hacia el futuro. Vemos como para Benjamin el paraíso es lo que ya fue, y no lo que vendrá, tesis parecida a la propuesta freudiana del “Porvenir de una ilusión”, el pasado entraña la experiencia placentera la plenitud en el vientre materno, el sentimiento oceánico de la vida ¿cómo podría quererse un paraíso pensado en el futuro como destino del progreso, si es que no se hubiera experimentado ya? 

Si bien Freud trata de rescatar ciertos avances científicos, lo hace contraponiéndose de alguna manera a las ideas religiosas. No hay que olvidar que Freud quería ser un científico respetado, no obstante ello, llama “ilusión” a este deseo de recuperar la experiencia de plenitud propia del pasado, estamos refiriéndonos a la experiencia inconsciente de la plenitud en el vientre materno, que quedará marcada como huella, que advendrá ilusión y se vivirá como promesa. El progreso entonces, se vive como fuerza avasalladora que discurre como el tiempo mismo, en una sucesión hacia el futuro pleno. Ante ello Benjamin se sitúa en una línea cercana a Freud: esta marcha sucesiva es destructora. El progreso tiene como correlato la catástrofe.

 

Que entre el mundo de la técnica moderna y el  arcaico mundo simbólico de la mitología se establecen correspondencias, sólo lo puede negar el observador distraído. Al principio la novedad técnica funciona desde luego como tal. Pero ya en el primer recuerdo infantil cambia sus rasgos. Toda infancia  en su interés por los fenómenos técnicos, en su curiosidad en todo tipo de inventos y máquinas, vincula las conquistas técnicas a los viejos mundos simbólicos. No hay nada en el ámbito de la naturaleza que pueda estar excluido por principio de esta vinculación. Sólo que no se establece en el aura de la novedad, sino en el de la costumbre. En recuerdo, en infancia y en los sueños.(16)

Vemos la fuerza de esta argumentación, no hay nada nuevo, por ello la crítica a la moda, a su fetichización. Las novedades técnicas están impregnadas, como botones de muestra del inevitable progreso, de simbolismo, de fantasía infantil, son más costumbre que novedad. Son emociones arcaicas, del tiempo del niño. Cuando la humanidad se topa con los avances tecnológicos les coloca el aura de lo mágico, los proyecta al futuro sin saber que su ilusión viene del pasado, pero no puede detenerse porque la avasalladora fuerza del falo imaginario lo arrasa. La modernidad está repleta de esta imaginarización fálica, la mercancía es el fetiche, la moda, la acumulación que  pretende borrar la historia, donde el pasado ya no existe sólo lo nuevo encarnado en el objeto. 

 

Benjamín fue más persistente en su ataque, contra el mito del progreso histórico automático. Durante toda su vida, al borde de la era nuclear y en el ocaso de la inocencia tecnológica, este mito todavía permanecía en gran parte incuestionado, y Benjamin lo consideraba el mayor peligro desde el punto de vista político. Ahí donde otros intérpretes han visto su pesimismo sobre el curso de la historia como una característica tardía de su pensamiento, respuesta al Pacto de No Agresión Nazi-Soviético o la guerra inminente, el Passagen-Werk muestra una preocupación de tiempo atrás (si bien intensificada) Las primeras notas describen el objetivo del proyecto “erradicar toda huella de ‘desarrollo’ de la imagen de la historia”', derrotar la ideología del progreso.... en todos sus aspectos”.(17)

Proyecto desmitificador, de gran alcance político, pero que entraña la experiencia de lo íntimo como manifestación humana. Acudir a la infancia como figura de pensamiento para articular una crítica es ya de principio inusual, a excepción de Freud, en su época. Introducir elementos que tocan la vida familiar, la tradición de los antepasados, la experiencia del padre, como líneas para construir argumentaciones nos permiten sospechar de la importancia que Benjamin daba la su propia vida privada desde un punto de vista del acontecimiento. Su experiencia infantil, ser un hombre de fronteras, de franjas, apartarse de la tradición judía sin abandonarla del todo, pertenecer a la cultura alemana sin sentirse incluido en realidad, aspectos que dejan ver fisuras, desarreglos, fracturas, pero también alguna posibilidad de resistir, aunque con debilidad.

 

No hay en Benjamin ninguna certeza que pueda desprenderse de su contraimagen, ninguna promesa que logre destituir por completo la presencia de lo agrietado, de lo fallido, de lo potencialmente destructivo y ominoso. La fascinación que sintió, como muchos otros integrantes de su generación de entreguerras, por la violencia destructiva y aniquiladora está en la raíz de su interpretación del mal como una fuerza que combina catástrofe y esperanza.(18)

Es decir, un constante malestar, que quiere ser ignorado por la marcha triunfal del progreso. La modernidad ilustrada acentuó lo racional contra las fuerzas oscuras de la sinrazón. El malestar que sacudió a Benjamin parte de una escisión en la historia misma, él mismo notaba, como ya lo vimos antes, que los positivistas desconocían el otro lado de la dialéctica, su aspecto destructor. Pero ello es un asunto que si bien remite a los mismos orígenes de la humanidad, se actualiza, está presente, a saber el malestar que con Freud es consecuencia de la renuncia pulsional. Con Freud podemos pensar que todo lo que vivimos como creación de instituciones deriva de este sentimiento de culpa “…situar al sentimiento de culpa como el problema más importante del desarrollo cultural, y mostrar que el precio del progreso cultural debe pagarse con el déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de culpa.”(19)

Hablar de progreso cultural, es hablar de un malestar para Freud, dado que las condiciones que se imponen al individuo, al sujeto en aras de su felicidad implican la renuncia pulsional, pero sobre todo, un sentimiento de culpa, pues el crimen fue el origen de la sociedad, por ende de la cultura. Podemos pensar entonces a las instituciones como un producto de la culpa, a los sistemas de pensamiento como justificadores del crimen, en el sentido de tratar de explicar lo que somos, quizá como un modo para expiar la culpa.  “El horror al incesto y una potente conciencia de culpa eran los relictos de esta prehistoria individual. Quizás había ocurrido exactamente lo mismo en la prehistoria general de la especie humana, y los comienzos de la eticidad, de la religión y del orden social se enlazaban de la manera más íntima con la superación de esa época primordial.”(20)

Efectivamente Freud, nos propone que la superación implicó la creación de instituciones religiosas, y sistemas de pensamiento sobre todo de carácter ético, ¿cómo poder menguar esa potente conciencia de culpa, cómo resolver el horror ante la tentación del incesto?

Sobre la institución religiosa Freud desarrollo trabajos fundamentales como El porvenir de una Ilusión y Moisés y la religión monoteísta, ambos trabajos pero sobre todo el segundo, traen a colación la tesis del parricidio, en El porvenir…, la religión está referida a dos elementos fundamentales, la conciencia de culpa y la impotencia del niño ante el adulto, desvalimiento del niño ante el padre, donde nuevamente Freud retoma el amor-odio al padre, al que si bien se le odia y desea su muerte es necesario erigirlo como protector. En ello podemos leer una recuperación del padre, de ese padre asesinado usado ahora como protector, no es descabellado ubicar aquí nuevamente la culpa, dado que el padre asesinado regresa como protector, para resituarlo en un lugar de regulación. Por ello Freud nombra a la religión como la neurosis obsesiva humana universal.  Por otro lado, en  Moisés y la religión… advierte el parricidio en Moisés y en Cristo, fundante también de la religión donde la culpa instaura al padre muerto en el psiquismo, y la institución religiosa, llámese judaísmo o cristianismo, se consuma como pacto pulsional, para expiar el crimen fundante.
Benjamin parece que sabía esto, o al menos lo intuía, ya que podemos ubicar en la siguiente cita, elementos de análisis que coinciden con la propuesta freudiana, pero va más allá, observa una imperiosa laboriosidad del discurso científico por borrar la tradición. 

 

El momento prehistórico del pasado ya no queda encubierto, como antes, por la tradición de la iglesia y la familia. Esto es a la vez consecuencia y condición de la técnica. El viejo terror prehistórico se cierne sobre el mundo de nuestros padres porque ya no estamos unidos a él por tradición. Los mundos perceptivos se descomponen velozmente, lo que tienen de mítico aparece rápida y radicalmente, rápidamente se hace necesario erigir un mundo perceptivo por completo distinto y contrapuesto al anterior. Así es como se ve, bajo el punto de vista de la prehistoria actual, el ritmo acelerado de la técnica.(21)

Crítica a lo vertiginoso del tiempo en su marcha sucesiva y homogénea traducida en técnica, crítica a la fetichización de la mercancía como intento de obturación de la castración heredada, léase: la tradición. La técnica viene a trastocar la experiencia familiar. El velo que proveían la misma familia y la iglesia cae, pues la técnica oferta un producto que sustituye la experiencia de la tradición, cambia el esquema perceptual. Benjamin advierte sobre cómo el tiempo en su marcha progresista trastocará las subjetividades mismas, llevando a la catástrofe.

El malestar no desaparecerá, al contrario se recrudecerá trayendo aparejado altos montos de violencia en aras de una purificación de la historia, que no dará marcha atrás en su ideal ilustrado del progreso.

 

En 1940 sabía que el porvenir de esa ilusión se encontraba amenazado de muerte, que la historia del progreso se hallaba ante las puertas del infierno no como un desvío que nada tenía que ver con su propia esencia, sino como trágica culminación de la barbarie de la razón……este último Benjamin intentando huir de los burócratas de la muerte, tratando de escaparle a un destino que parecía sellado, prefiguró, en la escritura apresurada de sus “Tesis”, la terrible desolación de  una historia que había nacido de paraíso en la Tierra y había concluido como infierno.(22)

El pacto pulsional se rompió, los hombres emprendieron encarnizadas batallas por hacer triunfar la luz de la razón. El exterminio se produjo como una consecuencia inevitable de la historia, la barbarie como experiencia cotidiana dejó ver las pulsiones de muerte, que sin su consecuente dique operado por la culpa, habían terminado por impregnar de tinieblas al Siglo de la Luces. Los deseos del niño, en su omnipotencia, en su fantasía de matar al padre habían terminado por mostrar que la humanidad no habría alcanzado su añorada “mayoría de edad”,  que el paraíso buscado implicaría el crimen como su correlato, y quizá por ello Benjamin dejaba una puerta abierta al mesías, cuestión que puede sugerirnos una cierta reivindicación del “padre” para poner un alto, accionar el freno de mano contra la marcha despiadada del progreso.

 

Breve derivación

Pero… ¿de qué padre se trata? Ante la barbarie que sigue habitando el vientre del progreso algunos han querido encarnar al padre caído, lo han reclamado, y han pretendido materializarlo, lo han erigido como el gran déspota, el Soberano, el no-castrado. Interrogar ello es interrogar lo que ha ocurrido en nuestro tiempo sobre el  pasaje del mito a la estructura, de lo simbólico a lo lógico, del Nombre del Padre a su pluralización, al No-todo, preguntar por la herencia, la tradición, el tiempo-del-ahora que es memoria encarnada, palabra en carne viva que se hace acto y escritura, detención.  Ese lugar ¿Es un lugar vacante y no ocupable? ¿Es sólo un nombre que se inscribe en lo imposible?

Algo habremos de escuchar, de decirnos… algo habrá por hacer. 

 

 

Referencias

1 Benjamin, W. (1941) Benjamin, W. (1941) Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Edición y traducción de Bolívar Echeverría. (2008) México, U.A.C.M. En su versión electrónica. pág. 28
2 Benjamin, W. (2005-2) Libro de los pasajes Benjamin W. Madrid. Akal. (N9 a 1) pág. (476)
3 Forster, R. (2013). La Travesía del abismo. Mal y modernidad en Walter Benjamin. FCE. BA. pág. 31
4 Benjamin, Walter. (2005). “Panorama Imperial”, En Dirección Única. Alfaguara, Madrid.  pág. 27.
5 Freud, S. (1927) El porvenir de una ilusión, Vol. XXI. En Obras completas. Buenos Aires. Amorrortu.  pág.
6 Ídem.
7 Benjamin, W. Tesis… (Ms-BA 1096)
8 Freud, S. (1930) El Malestar en la cultura. En: Obras completas. Vol. XXI. BA.  pág. 86
9

Freud, S. (1939 [1934-38) Moisés y la religión monoteísta. Vol. XXIII. BA. Amorrortu. pág. 52.

10 Forster, R.  Op. cit. pág. 15
11 Buck-Morss S. (1995) Dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los pasajes. Visor. Dis. Madrid. pág. 73.
12 Freud, S. (1927) El porvenir de una ilusión. En: Obras completas. Vol. XXI. BA. Amorrortu. pág. 37
13 Benjamin, W. (1937) Historia y coleccionismo: Eduard Fuchs. En discursos Interrumpidos I. España. Taurus. pág. 99
14 Benjamin, W. (2005-2) El libro de los pasajes. pág. 463
15 Benjamin, W. (1941) Tesis…  pág. 29
16

Benjamin, W. (2005) Libro de los pasajes. pág. 464

17 Buck-Morss S. Op. cit. pág. 96
18 Forster op, cit. pág. 16
19 Freud, S. (1930) El Malestar en la cultura. pág. 130
20 Freud, S. (1925) Las resistencias contra el psicoanálisis. Amorrortu. Argentina pág.234
21 Benjamin, W. (2005-2). El libro de los pasajes. pág. 464.
22 Forster, R. Op. cit. pág. 71-72.

 

 

 

 

 

 

REGRESAR