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ROSTRO Y CORAZÓN:
ESCRITURAS DEL SUJETO

(UNA VISIÓN ANTROPOLÓGICA
Y PSICOANALÍTICA)


LETICIA HERNÁNDEZ VALDERRAMA

 

Rostro y corazón: una herencia escrita que nos habita de los antiguos a los actuales mexicanos.

Uno a uno voy reuniendo tus cantos,
cual jades los voy engarzando,
con ellos hago un collar,
el oro de cuentas es resistente,
¡Adórnate con ellos!
Son tu riqueza en la región de las flores…
Son tu riqueza aquí sobre la tierra…

Cantares mexicanos.

Introducción

El rostro y el corazón visto desde tiempos remotos nos conducen a cuestionarnos ¿qué de esta herencia escrita en nuestra cultura ha llegado hasta nuestros días? Hablar del amor en México como en todo el mundo, parte de pensar un tanto el contexto donde situamos nuestro trabajo; es cuestionarnos si la forma actual de amar es exclusiva de estos tiempos, qué de nuestro pasado prehispánico y colonial puede alcanzarnos hasta nuestros días.

Pensar al mexicano es pensar en su rostro y corazón que son producto de una historia escrita en México. Hablar del sujeto en psicoanálisis es también tener presente su cultura y sus raíces que han ido determinando las distintas percepciones culturales. ¿Cómo entender las fisuras del amor y el dolor en los adolescentes mexicanos? ¿Cómo su forma de sentir y pensar?

El espacio de la antropología y el psicoanálisis es necesariamente histórico, puesto que se trata precisamente de un espacio cargado de sentido por grupos humanos, y por la singularidad de cada sujeto, en otras palabras, se trata de un espacio simbolizado. Esta simbolización, que es lo propio de todas las sociedades humanas, apunta a hacer legible a todos aquellos que frecuentan el mismo espacio cierta cantidad de esquemas organizadores, de puntos de referencia ideológicos e intelectuales que ordenan lo social. Estos temas principales son: la identidad, la relación afectiva y precisamente la historia. A decir verdad, están imbricados entre sí. La identidad personal de un sujeto está en función de todo aquello que ha heredado de sus antepasados, una herencia llena de mitos y rituales muy elaborados que permitían, y permiten aún en ciertos casos esclarecer y dar sentido a parte de su realidad.

La simbolización del espacio que se habita constituye para quienes nacen en una sociedad dada un a priori partiendo del cual se construye la experiencia de todos y se forma la personalidad de cada uno: en este sentido, esa simbolización es a la vez una matriz intelectual, una constitución social, una herencia y la condición primera de toda historia, individual o colectiva. En términos más generales, forma parte de la necesidad de lo simbólico que ha señalado Lévi-Strauss y que se traduce mediante un ordenamiento del mundo del cual el orden social (las relaciones instituidas entre la gente) es sólo un aspecto.

Un testimonio de la transmisión de la herencia cultural la podemos pensar desde nuestras raíces desde el mundo prehispánico, desde el escenario mismo donde surgieron una serie de culturas que le dieron sentido y prestigio al México antiguo. Por otro lado, la cultura hispana; lo avasallante de su conquista y la fusión de ambas culturas en el nacimiento de la raza mestiza, que daría paso a los actuales mexicanos.

Cómo saber sobre los antiguos mexicanos. Pero no sólo a partir de la historia tradicional hablada en los textos clásicos que recopilan y señalan los datos históricos, cómo saber sobre el sujeto participante de la historia del mundo náhuatl, cómo de su vida, qué de su ser como sujeto.

Y entonces el atrevimiento y la osadía se perfilan para plantearnos las siguientes preguntas: ¿El psicoanálisis en México puede encontrar simbolismos que le permitan acercarse a conocer a los antiguos mexicanos? ¿Cómo vivieron?  ¿Cuál fue su concepción de la vida y de la muerte? ¿Qué sabemos de sus discursos para dar cuenta de su visión del mundo? ¿De qué manera esa herencia subjetiva y cultural nos llega a hasta nuestros días influyendo a los actuales mexicanos?

Los habitantes del México Antiguo llegaron a desarrollar una cultura propia, distinta, de las de hombres de otros tiempos y latitudes. Se trata aquí del pueblo que tuvo como ideal forjar rostros sabios y corazones firmes. Sus creencias y ritual religioso, su sistema educativo, sus normas morales y el mundo maravilloso de su arte, todo ello en continuada evolución creadora, trajo consigo un auténtico sentido de la vida y del hombre.

La visión mexica del mundo y de la vida fue durante mucho tiempo la que conocieron los historiadores y antropólogos del México Antiguo. Más, como ya se ha mostrado, no fue ésta la única forma náhuatl de concebir la existencia. A su lado floreció también la actitud de quienes pretendían ser auténticos seguidores y renovadores del pensamiento de origen tolteca. Coexistiendo en más o menos velada oposición con la concepción guerrera de los aztecas, esta otra visión de la vida llegó hasta nosotros a través de poemas y discursos portadores del rico simbolismo presente también en varias creaciones del mundo casi mágico de su arte(1).

La forma de pensar, comprender y explicarse la vida en el mundo prehispánico nos obliga a encontrar nuestras coincidencias, pues son nuestra raíz, nuestra sangre,… nuestro legado. Partimos de distintos modelos conceptuales uno aportado por el hombre occidental; el otro, nos ofrece la posibilidad de contemplar y conocer desde un punto de vista mesoamericano lo que nos es propio, los eternos enigmas que circundan el existir humano. Ser sensibles y escuchar las múltiples resonancias que están en nuestra historia, que influyen y -en muchos de los casos- determinan parte del pensamiento contemporáneo.

En el mundo prehispánico, los mexicas lejos de ser únicamente un grupo guerrero, se ocupaban de todo aquello que rodea al hombre. Pensaban particularmente en lo que es hermoso y bueno: las flores y los cantos, los plumajes de quetzal, las obras de arte, las doradas mazorcas de maíz, los rostros y los corazones de los amigos, el mundo entero que ha existido en diversas edades o soles. La reflexión profunda acerca de lo que existe, lleva a descubrir que todo está sometido al cambio y al término. Ambos temas: inestabilidad de lo que existe y término fatal, que para el hombre significa la muerte, parecen ser los motivos que en la mayoría de los casos impelen al sabio indígena a meditar y a buscar un más hondo sentido en las cosas. Tomemos un ejemplo para recordar la amistad y las cosas bellas, exclamaba así el señor Tecayehuatzin:

 

¡Águilas y tigres!
Uno por uno iremos pereciendo,
Ninguno quedará.

Meditadlo, oh príncipes de Huexotzinco,
Aunque sea jade,
Aunque sea oro, también tendrá que ir
Al lugar de los descarnados(2).

El término muerte ha aparecido en casi todos los contextos. La muerte es constitutiva del orden simbólico, porque el símbolo, al ocupar el lugar de la cosa que simboliza, es equivalente a la muerte de ésta última: “El símbolo es la muerte de la cosa”(3). Y sabemos que el  símbolo que representa a la muerte del otro, es la tumba. El sujeto necesita de la tumba de sus muertos, para poder tener un significante que le represente su propia muerte y poder así concebirla. Lacan dirá: “Es en el significante, y en cuanto el sujeto articula una cadena significante, que se topa con el hecho de que puede desaparecer de la cadena de lo que él es”. El significante también lleva al sujeto más allá de la muerte, porque “Ya lo considera muerto, por naturaleza lo inmortaliza”.(4)

Pero tener el concepto de la muerte, hizo del pueblo náhuatl un pueblo que a través de la flor y el canto, supo darle un sentido y color a su existencia, sin por ello dejar a un lado la incertidumbre del fin:

  ¿A dónde iré, ay?
¿A dónde iré?
Donde está la Dualidad...
¡Difícil, ah, difícil!
¡Acaso es la casa de todos allá
¿Dónde están los que ya no tienen cuerpo?,
¿En el interior del cielo?
O acaso aquí en la tierra es el sitio
¡Dónde están los que ya no tienen cuerpo!
Totalmente nos vamos, totalmente nos vamos.
¡Nadie perdura en la tierra!
¿Quién hay que diga: Dónde están nuestros amigos?
¡Alegraos!

En el mundo náhuatl prehispánico, como lo prueban antiguos textos, se llegó a la elaboración de un concepto afín, aunque de características propias exclusivas. Si se hablaba de la muerte, había que tener un corazón fuerte y aprender a soportar la idea de que sólo un poco sobre la Tierra, y entre flores y canto aprender a vivir. Especialmente en las pláticas o discursos, pronunciados de acuerdo con las reglas del tecpillatolli, o sea, “lenguaje noble y cultivado”, se encuentra una expresión que aparece casi siempre dirigida por quien habla a su interlocutor. Lo sabemos, lo que nos engancha al otro es la palabra que nos atrapa en su discurso. Así hay frases dichas por el sabio náhuatl: “Hablaré a vuestro rostro, a vuestro corazón; no se disguste vuestro rostro, vuestro rostro y vuestro corazón lo sabían...”.(5)

Se esperaba estar ante la imagen idealizada del sabio náhuatl, de quien se afirmaba poseía el atributo de saber hacer: “sabios los rostros y firmes los corazones”. Al presentar algunos textos la descripción del supremo ideal del hombre y la mujer nahuas, se dice de ellos que debían alcanzar a ser “dueños de un rostro, dueños de un corazón”. Y en el caso de la mujer se añadía todavía otro rasgo expresivo. Se dice que “en su corazón y en su rostro debe brillar la femineidad”, expresando esto en náhuatl con el  término abstracto y colectivo a la vez de cihuáyotl. He aquí sólo dos textos que muestran lo dicho:

  El hombre maduro:
Corazón firme como la piedra,
Corazón resistente como el tronco de un árbol;
Rostro sabio,
Dueño de un rostro y un corazón,
Hábil y comprensivo.(6)

La mujer ya lograda,                                             
En la que se ponen los ojos...
La femineidad está en su rostro...(7)

In ixtli, in yóllotl, rostro y corazón, simbolizan así en el pensamiento náhuatl lo que puede llamarse fisonomía moral y principio dinámico de un ser humano. Y debe subrayarse que, al incluir al corazón en el “concepto náhuatl de persona”. Se afirma que si es importante la fisonomía moral expresada por el rostro, lo es con igual o mayor razón el corazón, centro del que parece provenir toda la acción del hombre. Se complementaba así entre los nahuas, mejor que entre los mismos griegos, la idea del rostro, con la del dinamismo interior del propio yo. Porque conviene recordar que yóllotl, corazón, etimológicamente se deriva de la misma raíz que oll-in, “movimiento”, para significar en su forma abstracta de yóll-otl, la idea de “movilidad”, “la movilidad de cada quien”, la movilidad en sus afectos y vínculos con los otros.

Consecuencia de describir al hombre como “dueño de un rostro, dueño de un corazón”, fue la preocupación de los tlamatinime por comunicar sabiduría a los rostros y firmeza a los corazones, esto precisamente constituye el ideal supremo de su educación, la Ixtlamachiliztl, “acción de dar sabiduría a los rostros” y de otras prácticas como la Yolmelahualiztli, “acción de enderezar los corazones”. Grande era el empeño, no sólo de los supremos dirigentes del mundo náhuatl, sino de los mismos padres y madres de familias por inculcar a sus hijos desde temprana edad los principios que hicieran esto posible. Signos  que representan la grandeza de un Pueblo. Y que una vez hechas lenguaje se convertían en significantes que se dirigían a formar una identidad náhuatl. Porque hablar es ante todo, hablar a otros, la importancia recae en la estructura de la palabra, el sujeto recibe su mensaje del otro en forma invertida como nos dice Lacan en el Seminario III (1981). La palabra plena, esencial, la palabra comprometida, está fundada en esta estructura.

Conocemos por las fuentes indígenas algo que hoy nos parece asombroso: la existencia de un sistema de educación universal y obligatorio. El Códice Florentino indica, por ejemplo, que entre los ritos que se practicaban al nacer un niño náhuatl, estaba precisamente el de su dedicación o consagración a una escuela determinada. Consecuencia de esta educación obligatoria entre los niños nahuas prehispánicos era la inserción de todo ser humano en la propia cultura, con una preparación específica para realizar dentro de ella la misión de cada uno.  

Sabemos que está es la pretensión todo grupo cultural, pero en cada uno, no sucede lo mismo, el psicoanálisis nos permite entender cómo funciona el discurso transmitido a un niño en su singularidad. Es en este discurso del sujeto singular y su intelección donde recae siempre lo diferencial del deseo. Y donde podremos ubicar la célebre fórmula lacaniana “el inconsciente es el discurso del Otro”, designando así al inconsciente como el efecto sobre el sujeto de la palabra que le es dirigida desde otra parte, por otro sujeto que ha sido olvidado, por otra localidad psíquica (Lacan, 1953).

Es cierto que el ideal de los rostros sabios y corazones firmes que se pretendía inculcar por medio de la educación en el mundo náhuatl, no siempre fue el mismo; además existían diferencias entre los que se dedicaban a diferentes actividades y participaban de la visión místico guerrera del mundo, propia de los mexicas. Sin embargo, ese ideal que el niño náhuatl adoptaba, la podemos entender como una introyección simbólica. Era ese ideal del yo que es el significante que opera como ideal, un plan internalizado de la ley, la guía que gobierna la posición del sujeto en el orden simbólico, y por lo tanto anticipa la identificación secundaria (edípica) o bien es un producto de esa identificación.

Por ahora será conveniente dar unos ejemplos de algunas exhortaciones repetidas en el hogar,  en las cuales de manera bien clara quedan asentados los ideales que todo “rostro y corazón” debía seguir. Recibiendo así el símbolo, la lengua, lalengua, la materna, para hacerse hombre y/o mujer cada uno en su singularidad. Y cuando lo individual aparentemente se repite se pude dar una lectura de lo cultural, mas no de que suceda igual en cada sujeto. De verse así, se trataría en todo caso, de nuestra incapacidad para encontrar la diferencia en lo que suena y resuena como igual.

El texto que se ofrece forma parte de las pláticas que ya desde el hogar se dirigían a la niña náhuatl. Lo que nos pone de manifiesto la importancia que se concedía a la educación, no ya sólo del hombre, sino también de la que habría de ser su compañera en la vida.

Pasemos al discurso:

Aproximadamente a los seis o siete años de edad, un día buen día el padre llamaba a su hija, y en presencia de la madre daba principio a su alocución. Probablemente lo hacía frente a las imágenes de los dioses tutelares. Allí, el padre náhuatl revelaba a su hijita, con palabras sencillas, la antigua doctrina de sus mayores –el legado que debían recibir “rostros y corazones”- acerca del sentido de la existencia humana y del modo como debía vivir una mujercita náhuatl. Es decir, el padre cumplía con su función simbólica de transmitir la herencia cultural de su pueblo. A la vez transmitía también su propio deseo con respecto a sus hijos. Ambos como “deseos únicos” que se ligan, y exaltan haciendo manifiesto que: “el  deseo es el deseo del Otro” como dirá Lacan.(8)  Pero que la vez, se sabe que el deseo más exactamente se sostiene gracias a un fantasma, uno de cuyos pies por lo menos está apoyado siempre en el Otro. Asimismo en su Cultura y en la religión que le preexisten y fundamentan.

 De acuerdo con Miguel León Portilla (1983:151), el mensaje era el siguiente:

 

“Aquí estás, mi hijita, mi collar de piedras finas, mi plumaje de quetzal, mi hechura humana, la nacida de mí. Tú eres mi sangre, mi color, en ti está mi imagen.

Ahora recibe, escucha: vives, has nacido, te ha enviado a la tierra el Señor Nuestro, el Dueño del cerca y del junto, el hacedor de la gente, el inventor de los hombres.

Ahora que ya miras por ti misma, date cuenta. Aquí es de este modo: no hay alegría, no hay felicidad. Hay angustia, preocupación, cansancio. Por aquí surge, crece el sufrimiento, la preocupación, cansancio.

Aquí en la tierra es lugar de mucho llanto, lugar donde se rinde el aliento, donde es bien conocida la amargura y el abatimiento. Un viento como de obsidianas sopla y se desliza sobre nosotros.

Dicen que en verdad nos molesta el ardor del sol y del viento. Es este lugar donde casi perece uno de sed y de hambre. Así es aquí en la tierra.

Oye bien, hijita mía, niñita mía: no es lugar de bienestar en la tierra, no hay alegría, no hay felicidad. Se dice que la tierra es lugar de alegría penosa, de alegría penosa, de alegría que punza.

Así andan diciendo los viejos: para que no siempre andemos gimiendo, para que no estemos llenos de tristeza, el Señor Nuestro nos dio a los hombres la risa, el sueño, los alimentos, nuestra fuerza y nuestra robustez y finalmente el acto sexual, por el cual se hace siembra de gentes.

Todo esto embriaga la vida en la tierra, de modo que no se ande siempre gimiendo.

Pero, aun cuando así fuera, si saliera verdad que sólo se sufre, si así son las cosas en la tierra, ¿acaso por esto se ha de estar siempre con miedo?

¿Hay que estar siempre temiendo? ¿Habrá que vivir llorando?

Porque se vive en la tierra, hay en ella señores, hay mando, hay nobleza, águilas y tigres. ¿Y quién anda diciendo siempre que así es en la tierra? ¿Quién anda tratando de darse la muerte? Hay afán, hay vida, hay lucha, hay trabajo. Se busca mujer, se busca marido”(9).

Se advierte que “la realidad” no es un dato independiente sino que está configurada por los discursos que sobre ella se vierten, y que por lo tanto la ideología forma parte, y parte esencial, de la misma. La deformación da forma a lo que deforma. El discurso sobre la identidad mexica no era un puro epifenómeno sino que era constituyente de los sujetos que se encontraban en ella. Vemos el concepto de la antigua sabiduría, la condición del hombre en la tierra. “Es éste un lugar de alegría penosa, pocas son las cosas que dan placer, pero, sin embargo, no por esto hemos de vivir quejándonos. Es necesario seguir viviendo para cumplir así la misión que nos ha impuesto el Dueño del cerca y del junto”. Para que la niñita pudiera cumplir con su propio destino, continuaba el padre náhuatl señalándole ahora cómo había de obrar:

 

....”Como si fueras una yerbita, una plantita, así brotaste. Como sale la hoja, así creciste, floreciste. Como si hubieras estado dormida y hubieras despertado.

Mira escucha, advierte, así es en la tierra: no seas vana, no andes como quiera, no andes sin rumbo. ¿Cómo vivirás? ¿Cómo seguirás aquí por poco tiempo? Dicen que es muy difícil vivir en la tierra, lugar de espantosos conflictos, mi muchachita, palomita, pequeñita”....

Freud en psicología de las masas, nos habla del término identificación y lo designa como un proceso por el cual un sujeto adopta como suyos uno o más atributos de otro, para finalmente designar a la identificación como la operación por la cual se constituye el sujeto humano. Vemos que el concepto tiene una importancia central para la constitución de un sujeto, pero que a la vez suscita varios problemas teóricos. Uno de los principales, es la dificultad de establecer la relación precisa entre la identificación y el objeto de amor.

Asimismo vemos como la palabra colorea y escinde la subjetividad pero también, marca y plasma su deseo sobre el otro, alienándolo en él. Para la niñita, como para todo pequeño, -si lo pensamos desde el psicoanálisis,  nada hay de nuevo-, al reconocerse en las palabras de su padre, lo mira como el espejo que invierte y presenta una superficie infrangible, creando un espacio virtual por oposición al real, precipita al sujeto en una estructura de ficción, etc. pero ese espejo es indispensable para que el sujeto se constituya, porque no hay subjetividad sin el engaño fecundo que el espejo posibilita y que el desconocimiento de sí, apuntalado en el reconocimiento imaginario, es la argamasa de la existencia humana. Y así sucede con las ideologías en tanto que sustancia sobre la que opera el psicoanálisis: sólo pueden disolverse los espejismos una vez que se los ha detectado. Estos objetos ideales son matices de identificación: si así me describen, si así me ven, si así soy, así seré. Los rasgos que se ven en el espejo llevan las marcas del deseo del Otro. El ideal del sujeto es el ideal del Otro.

No sólo los padres transmitían sus consejos con el ideal de integrar a sus hijos al calpulli al que pertenecían y hacer de ellos grandes rostros y corazones, sino que también los hijos deseaban ser aquello que sus padres les demandaban. Es decir, ser aquello que el padre o madre pedía de él o ella, El ideal del sujeto es el ideal del Otro. El deseo se produce en el más allá de la demanda, por el hecho de que al articular la vida del sujeto a sus condiciones, poda en ellas la necesidad, pero también se ahueca en su más acá, por el hecho de que, demanda incondicional de la presencia y de la ausencia, evoca la falta en ser  que constituye el fondo de la demanda de amor, del odio que viene a negar el ser del otro, y de lo indecible de lo que se ignora en su petición.

Breve como ha sido lo expuesto acerca de la idea náhuatl del hombre, puede vislumbrarse ya lo valioso del legado espiritual del México Antiguo en este punto.

Hay que negarse a psicologizar los hechos sociales. Diría que esta es una exigencia epistemológica y que, obedeciéndola, se desvanecen en buena medida los fantasmas del psicoanálisis aplicado sin que por ello se dejen de reconocer las determinaciones inconscientes de las posiciones subjetivas que se manifiestan en la vida social. Es tomando a los individuos uno por uno como podemos entender los modos en que los mitos, indisociables de la forma en que la historia es contada, presentes en lalengua, constituyen a sus sujetos y los hacen sujetos soportes, agentes de las narraciones que ellos sostienen con sus aventuras o desventuras. La historia mexicana ha sido escrita y reescrita varias veces según los intereses del poder. Ninguna de esas historias es la verdadera, pues la verdadera historia es la de los combates entablados en torno a la historia que se escribirá. No es novedad decir que el poder segrega el discurso que le conviene, y que los sujetos repiten y transmiten. Así sucede con esta historia de un México originario, indígena, organizado, que fue corrompido por un invasor despiadado que desangró, explotó y violó con la espada, con la cruz y con el falo.

Inútil volver la espalda a la pasión por la vida concebida con dolor y sufrimiento. Con ello sólo se logra que el destino la habite y que la vida transcurra en un fatalismo miserable, en un infortunio deshonroso. Si no se está preparado entonces, el infortunio se apodera de la vida del sujeto. Los antiguos mexicanos estaban preparados, sabían del dolor de vivir y de las cosas que ayudaban a vivir bien. Ellos evitaban esa dimensión de tragedia en lo general.

La conquista agravó las cosas y le dio esa dimensión trágica en su momento; ya que cada mexicano sería el efecto del trauma de la conquista y habría de identificarse con la patria pisoteada, humillada y envilecida por los padres desobligados, negadores de su papel y de su responsabilidad en la fecundación de hijos no queridos ni por ellos ni por las madres agraviadas. El recurso a la historia dio un tono fatalista (¿quién podría contar algo contra el pasado?) y de presunto eterno retorno de lo mismo, el mito de la conquista y la violación de la madre, a lo que es... el eterno retorno de lo mismo: las estructuras de la expoliación imperial, la presencia de sectores dominantes en la sociedad que están aliados al capital extranjero, la corrupción de las funciones y de los funcionarios de todos los regímenes, el falocratismo y el ninguneo de las mujeres, el discurso racista que se afirma como tal en la intimidad y que se deniega con proclamas altisonantes en la tribuna, la violencia criminal ejercida por los desposeídos, la delincuencia, la palabrería hueca, el narcotráfico, etcétera.(10)

La historia del Pueblo de México, la Conquista, el surgimiento de la raza mestiza y del México contemporáneo ha sido la fusión de dos formas de ver y apreciar la vida, la muerte y el mundo. Es por ello que en una época en la que se habla simultáneamente de “mundialización de la cultura” y de “respeto de las diferencias”, la antropología es hoy más que nunca necesaria y posible. Es necesaria para analizar la crisis del sentido social en todo el planeta y de ciertos grupos en particular. Y es posible, en la medida en que su tradición, sus procedimientos y su objeto le permiten adaptarse a los cambios de escala que acompañan la aceleración de la historia. El encogimiento del plantea por la anulación de las distancias y la individualización de los destinos. Por otro lado, el psicoanálisis que nos permite acercarnos al sujeto en su singularidad; Freud concibió al psicoanálisis, su destino histórico determina la visión y el trasfondo experiencial que éste contiene. Con el psicoanálisis creó una nueva forma de investigación; o sea, un modelo de pensamiento que permitía tanto nuevas preguntas como nuevas respuestas sobre viejas cuestiones. Pero ¿cómo se constituye tal forma de investigar? El descubrimiento del inconsciente. Pero eso es sólo un lado, el individual; el otro es el lado cultural, al que podemos aproximarnos, si partimos de la circunstancia de que el “inconsciente” juega también un papel esencial en “secciones” muy diferentes de la cultura, como en el arte y la filosofía entre otros. Muchos temas de los que el psicoanálisis se ocupa como los movimientos pulsionales, el incesto, la ambivalencia, la bisexualidad, las perversiones, el dolor, el amor y, sobre todo, los sueños, que dominan la pintura y la poesía. No por casualidad muchos conceptos psicoanalíticos han tenido por función explicar el inconsciente de los sujetos estudiados en sus síntomas, sueños y proyecciones culturales.

El discurso de los mexicanos sin duda tiene un efecto de representaciones vernáculas, de ideas sobre lo que cada mexicano entiende de su historia y cómo se vincula con ella, con determinaciones ideológicas, imaginarias e inconscientes, inspirados por un discurso del Otro que es asumido como propio. Pero también en la posición de que si no se conoce la historia en general y la de su pasado en particular, están obligados a repetirlo, justificándose en historizaciones míticas y encubridoras de la violenta y opresiva realidad cotidiana. El infortunio que acompaña a la vida, es un ejemplo de ello, tal como era conceptualizado por los antiguos mexicanos, y que no dista de seguir siéndolo en nuestros días. El terreno del amor nos basta para pensar la vida de los sujetos, vemos: los que aman sufren, los que aman lloran, los que aman celan, por momentos odian, padecen y sufren con su cuerpo.

En el próximas escrituras trataremos de destacar la importancia de pensar los cambios que ha tenido la familia y los efectos que ha generado en sus integrantes, pensar la forma de amar en la adolescencia y la manera en que la cultura participa en los nuevos modelos de relación o de síntomas. Mostrar diferencias entre organizaciones familiares, hablar sobre la familia nuclear, sobre la decadencia de la autoridad del padre, sobre la relevancia o no en la actualidad de la institución matrimonial y la mayor frecuencia de las familias monoparentales, para esclarecer que el nacimiento de toda relación amorosa está basada en sus primeras relaciones de amor con sus padres.

 

 

 

 

Referencias

1 León Portilla, Miguel “Los antiguos mexicanos”, Fondo de Cultura Económica, México, 1983, p. 174.
2

Ms., Cantares Mexicanos, fol. 14v.

3 Lacan, Jacques Escritos I, Ed. Siglo XXI, México, 1989,  p. 104.
4 Lacan, Jacques, “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desdeFreud”, en: Escritos I.  Siglo XXI Editores. México, 1984, pp. 482 – 489.
5 León Portilla, Miguel, Los antiguos mexicanos, Fondo de Cultura Económica, México, 1983,  p. 149.
6 Informantes de Sahún, Códice Matritense de la Academia, México, fol. 109 v.
7 Ibid. fol. 112 r.
8 Lacan, Jacques “La significación del falo”, en: Escritos 2. México, Editorial Siglo XXI, 1988, pp. 671-674.
9 Códice Florentino (Textos de los informantes de Sahún), Lib. VI, cap. XVII, México, folios 74v. y ss.
10 Braunstein, Néstor,  México: en psicoanálisis, en “Por los caminos de Freud”, Editorial Siglo XXI. México, 2001,  p. 202.

 

 

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