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MUESTRA POÉTICA

Roger Wolf*

 

El peso del mundo


No puedo leer un solo libro.
Una sola página.
Un solo párrafo.
Ni una línea.
No puedo escribir,
ni coger el teléfono,
ni encender un cigarrillo,
ni extender las piernas,
ni levantarme
siquiera
de esta silla.
Si me buscara
el pulso
estoy seguro
de que no me lo encontraría.
Realmente no sé
lo que me pasa.
No es asco.
No es hastío.
No es abulia.
No es cansancio.
No es indiferencia.
Son todas esas cosas
y no es ninguna.
Es como si el mundo
se me hubiera
parado
encima.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gente
Gente.
Pedazos de carne
con patas.
Dos cosas
que se llaman ojos.
Dos cosas
que se llaman pies.
Un boquete arriba
que llamamos boca.
Gente.
La hay de todos
los tamaños.
De todas las trazas
que se quieran
imaginar.
Gente.
Pedazos de carne
que se mueven.
Se abren.
Se cierran.
Degluten.
Evacuan.
Hacen ruido.
Se agitan.
Y un buen día
se detienen
se derrumban
se callan
y se mueren.
Pero siguen
siendo gente.
Gente muerta.
Y gente
viva.
Y gente.
Por todas partes
gente.
La mujer
a la que llamo
mi mujer
es gente.
La gente
a la que llamo
amiga
es gente.
La gente
a la que amo
es gente.
La gente
a la que odio
es gente.
Gente.
Yo soy gente.
Odio a la gente.
Gente.
Todos somos
gente.

 

Las palabras
Las palabras son inútiles, tercas, retorcidas
como tornillos que no entran rectos.
Y me cansan. Pero son lo único que tengo.
Los juguetes de un niño pobre.
Yacen destripadas a mi alrededor.
Todo su encanto se derrama por sus vientres abiertos.
El mecanismo hace tiempo que dejó de resultar
intrigante o atractivo.
No hay desafío. No hay chispa. No hay color.
El mundo es tan gris como mi asco.
Las palabras son los puntales de mi abulia.
Pero son –lo he dicho, lo repito– lo único que tengo.

 

Café y cigarrillos
Salgo del trabajo. Los huesos, el cuerpo entero
dulcemente dolorido, como -a veces-
después de un polvo de los buenos.
La luna, sajada en dos pedazos, me recuerda
el ojo ese famoso de Buñuel,
asomada un tanto tenebrosamente
por encima de los árboles.
El coche no me arranca. El parabrisas
es una roca enorme y congelada.
Así que vuelvo a casa andando,
velado el claqueteo de mis pasos
por la luna, la cabeza
llena de café caliente y cigarrillos.
Llego al portal y me detengo,
soplándome en las manos, bajo
el arco de luz que proyecta la ventana
sobre el hielo, la hierba sucia y abrasada.
Y al otro lado de esa luz te encuentras tú.
Y es que un hombre necesita en esta vida
otras cosas que no sean
lunas surrealistas, coches, oscuras
películas de Luis Buñuel.

 

Odio

                                Me faltan algunos odios todavía.
                                          Estoy seguro de que existen.
                                                    
Céline

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el locutor deportivo
de la radio del vecino
esos domingos por la tarde.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el macaco de uniforme
que sentencia -arma
al cinto- que el semáforo
no estaba en ámbar, sino en rojo.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el cívico paleto
vestido de payaso
que te dice
que no se permiten perros
en el parque.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con la gente que choca contigo
por la calle
cuando vas cargado
con las bolsas de la compra
o un bidón de queroseno
para una estufa
que en cualquier caso
no funciona.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con los automovilistas
cuando pisas un paso de peatones
y aceleran.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el neandertal en cuyas manos
alguien ha puesto
ese taladro de percusión.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
cuando le dejas un libro a alguien
y te lo devuelve en edición fascicular.

El odio es una edición crítica
de Góngora.

El odio son las campanas
de la iglesia
en mañanas de resaca.

El odio es la familia.
El odio es un cajero
que se niega a darte más billetes
por imposibilidad transitoria
de comunicación con la central.

El odio es una abogada
de oficio
aliándose con el representante
de la ley
a las ocho de la mañana
en una comisaría
mientras sufres un ataque
de hipotermia.

El odio es una úlcera
en un atasco.

El odio son las palomitas
en el cine.

El odio es un cenicero
atestado de cáscaras de pipa.

El odio es un teléfono.

El odio es preguntar por un teléfono
y que te digan que no hay.

El odio es una visita
no solicitada.

El odio es un flautista
aficionado.
El odio 
en estado puro
es retroactivo
personal
e intransferible.

El odio es que un estúpido
no entienda
tu incomprensión,
tu estupidez.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con este poema
si tu pluma
valiera
su pistola.

 

Roger Wolf nacido en Westerham, Kent, Inglaterra, reside desde su infancia en España. 
Poeta, ensayista y novelista promueve lo que él denomina “Escritura total” que algunos definen como un realismo contemporáneo español. Entre su obra se cita Diecisiete poemas (1986), Días perdidos en los transportes públicos  (1992), Hablando de pintura con un ciego (1993),  Arde Babilonia (1994), Mensajes en botellas rotas (1996), Cinco años de cama (1998), Enredado en el fango (1999), El arte en la era del consumo (2001), Noches de blanco papel, que una compilación de su poesía (1986-2001), entre otros escritos, ensayos y poemas. Aquí presentamos algunos poemas que circulan el orbe.

 

 

 

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