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LA MUERTE DE MAMÁ
(Fragmento)

Yván Silén

 

A Tití Marcialita.

“…vio un caballo plateado que bebía el agua crapulosa de un charco.”
Jorge Luis Borges

“Me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas…”
Juan Rulfo

“…qué firme es la soledad de esta mujer…”

 

 

 

Cuando me enteré de la muerte de mamá no pude contener la risa.

Las enfermeras me miraron con todo el desprecio que les fue posible. Llovía a cántaros y yo no hacía nada por escamparme. Caminé no sé cuantas cuadras sin darme cuenta de que estaba empapado. Había bajado las escaleras del hospital seguro de que las mujeres se habían equivocado conmigo y me juzgaban mal. Y mientras deambulaba apretaba con todas mis fuerzas el último telegrama que Judith me había enviado. Cuando llegué al enorme portón gris oscuro del hospital tuve la sensación de que me había despertado. Tenía vértigo del tiempo, me extraviaba como si tuviera fiebre y no sabía si hoy era ayer, o si hoy era mañana. Había perdido el sentido del mundo y vagaba.


No sabía cuántas horas había caminado. Ni sabía tampoco cuántas bocacalles había cruzado, cuántas avenidas, cuantas horas, pero por fin divisaba la copa de los flamboyanes que cubrían los letreros de “no estaciones”, de “no cruce”, de “propiedad privada”. La jauría de los galgos rusos, de los galgos ingleses silenciosos, monótonos como sombras, jorobados sobre su propio peso me deslumbraba. Verlos pasar como enormes ovejas, deteniéndose a veces, esperándome, aguardando de mí esa orden que  no acaecía, me impresionó profundamente. Eran dóciles como el amor maligno de algunas mujeres enamoradas. Eran peligrosos como el amor de las amantes y mamá lo sabía.


-¡Cuídate de los perros! – me dijo.


Parecían signos de muerte, o almas de la muerte. Ignorándolo, alejándolos de mí, viéndolos trotar contra la noche, gemir quedamente debajo de la lluvia, los contemplé hasta que cruzaron delante de las ovejas y la luna. Me acerqué a uno de los caballos de plata, a uno que era extrañamente gris, y lo tomé por la crin, lo jamaquié con todas las fuerzas de mi tristeza. El rucio me miró con aquellos ojos sucios y sacudió su cabezota hacia abajo y hacia arriba como si estuviera midiendo la estatura de mi dolor. . Entonces lo besé en los ojos húmedos. Estaban fríos, lagañosos. Tenían en ellos toda la belleza acumulada de la tarde y de la muerte y aquel sentimiento de mujer que los percherones poseían.  Relinchó quedo y oyó mi voz como si fuera cierta, oyó mi voz como si me entendiera. Golpeó con su tremenda pata todo el polvo del mundo. Mi voz se perdió en su relincho y le dije al oído todo lo que se le puede decir a una bestia.


-He venido a contemplar la muerte de mamá.


Mamá me despertó en el vértigo de aquella fiebre eterna que me consumía para informarme que la carta de Judith estaba sobre la mesa. Oscura, casi limo, casi como si su carne de muñeca hubiera perdido su encanto, su magia, me miraba con ese brillo oscuro de los ojos de los caballos. La muerte la había alcanzado, pero todavía no la anochecía. Herida como estaba me sonreía. Mamá ya no poseía la atracción de las fiestas patronales que poseía para mí cuando era niño. Ni siquiera tenía el olor de mujer que había conocido en el lujo de sus jabones. En los retiros de la iglesia, en las noches de la lluvia como ésta, o en las tardes de asma, o en aquellos domingos largos y monótonos de los cuales ella se deshacía en esos restaurantes extraños donde no bebíamos vino, ni licor, sino aquella seudosangría que calmaba la sed y los temores. Aquellas tardes en donde nosotros, traicionando la costumbre de las siestas, nos refugiábamos en los nombres extranjeros del placer: el Zipperle, Under the Tree, el Swiss C halet. Ella, a su vez, se repetía en aquellos vestidos exóticos en donde lucía eróticamente su virginidad de madre. Sus sandalias de oro, o de plata, que hacían relucir sus pies diminutos de Cinderela que exhibía asexualizados en su propia vanidad de cristiana. Contemplar aquella riqueza que ella era y que el tiempo iba arrastrando en la complacencia de los otros era escandaloso.


Mamá era sublime.


Había escapado de ella para vertirla en mis textos sabiendo que los contemporáneos, los escritores homosexuales de turno, sin entender la tragedia de mamá, me robarían el tema, lo vulgarizarían y lo convertirían en el escándalo de la última novela, del último libro de cuentos, del último poemario posible. Enclaustrado como estaba, sepultado del acontecer mundial era sencillo despojarme. Había escapado de ella en cada palabra mía (la palabra como delito, otro robo de otros ensayistas) que los críticos tomaban de mis versos sin darme crédito –o aquellas otras palabras: lo añejo, las greñas, su vulva de alambre, luminosa, incisiva, punzante-. Antes que ella ya yo había sido sepultado en un ataúd famoso que los jóvenes ignoraban. Guardé silencio ante la maldad de los flemáticos, ante el silencio de ellos y acaricié realmente  la cabeza del caballo, como si acariciara la cabeza canosa de mamá. Me jugaba con ella toda mi vida, porque era ella, y no mamá-Yocasta, quien me había parido. Una cosa era nacer de la carne y otra cosa más brutal nacer del espíritu.


Su vida se había ido gastando en esa verdad que ninguno de nosotros comprendíamos, pero de la cual ella se quejaba sin hacer absolutamente nada. Contempló también  la ruina de su clase y el avance inmortal de los invasores sin quejarse y sin asumir posiciones políticas. Copiándolos al principio, en la humillación misma de la anexión que llegó a defender por momentos, o en el pánico muñocista de su ruina, y posteriormente, como si se apiadara de su propio simulacro, se alejó de ellos y se hundió en aquel independentismo cristiano de sus tacitas de té. La necesidad y el deseo no se encontraban en la dimensión de su cuerpo, Estaba sola y  no hacía nada por remediar aquella soledad en donde ella se consumía. De noche, bajo el sonido de la luna, bajo los eclipses remotos, yo soñaba su muerte con el llanto callado de ella. Aquel llanto de auxilio mutuo, aquel llanto del Hospital Presbiteriano, o aquellos otros hospitales que la muerte sembraba apolillados, sucios, añejos, contra la costa misma de la isla. Aquellos corredores en donde la cólera acumulaba sus microbios.


Sólo los caballos de plata, como si fueran reales, como si fueran falsos, lo sabían y lo veían. La muerte, como un recuerdo, creía vertiginosamente sin ser todavía la estatua de sal de sus caballos favoritos, o el espantapájaros de oro que vigilaba lánguido la ruina sigilosa del tabaco. Ellos, los percherones, encendidos al fuego de la luna, soportaban el celo de sus noches tropicales sin pronunciar, sin decir, un solo relincho. El viento creía en el orgasmo de las yeguas, noche tras noche, entre las campanitas de cristal que se descascaraban al sonido “En mi viejo San Juan”, o “Mis amores” de Juan Morel Campos. El viento sonaba en las crines metálicas de sus caballos de ceniza  sonaba también entre las flores rojas, azules y amarillas de aquellos flamboyanes árabes que se habían a las paredes de los sueños del Castillo del Morro, o a las ruinas del eco del San Cristóbal. Yo lo miraba todo sin decírselo a Miguel Elí y sin decírselo a Juan Augusto. La casa acontecía y se prolongaba en donde estuviera ella independientemente de la muerte que estaba ocurriendo.


Ella era todo el verano, todos los flamboyanes, todos los úcares, los robles, los pinos de raras bellotas encendidos (azules, anaranjados, amarillentos, oscuros, negros, castaños) y ella era toda la primavera, el invierno y el otoño. Ella era  la Reina de Saba hasta que apareció Judith coqueta, sublime, desgarrante. Aun así, ella se mantuvo en pie, como las estatuas de Venus y de Dionisio que adornaban siniestramente el parque Muñoz Rivera. Cuando los abuelos murieron ella también fue el dique que resistió la muerte. Lo había desafiado todo y se había convertido en el sentido mismo de mis libros, aquel escándalo (aquel sonido de mar aquellos barcos hundidos, aquellos cangrejos escalando los tejados, mis temores, las tapias, que no entendían los plagiarios), pero mamá no era perfecta. Hacía afanes oscuros por borrar el dolor sexual y tierno que la consumía. Había un deseo místico en ella (Santa Teresa al volante de su Chevrolet de último modelo) de borrar el pasado, la traición de Oscarluis, en la belleza fulminante de sus autos y sus joyas. Aun así, la traición de Oscarluis la consumió. Vivía acorralada entre su deseo anestésico y el pasado de aquella iglesia que el abuelo había fundado con sus ojos azules de extranjero. Entonces decidió, ebria, alucinante, vender la casa histórica de la abuela. No necesitábamos dinero todavía, pero ella necesitaba clausurar el pasado que la aplastaba mientras  oía complacida, los primeros versos abyectos de su hijo. Ya yo oía el eco del tiempo que ella marcaba, pero no podía conceptualizar lo que sé ahora del instante, del momento, o de aquella amante fugaz que nos había separado.


No podía entender tampoco el moho prematuro de sus caballos remotos, al borde del tiempo, al borde de su corazón abandonado. Yo era un adolescente que ardía en el deseo de Dios y en el deseo de los cuerpos de esas niñas arrebatadas por la marihuana de mi propia cosecha. Yo era como ella: altivo fugaz indómito. Había sido edificado por ella, con sus defectos y su esplendor. Pero ella no se jactaba, como decían sus enemigos, de mis bufandas de seda y de mi sombrero de copa. Ella era fastuosamente sencilla. Daba a manos llenas, ebria, como si el dinero que ganaba fuer el fuego que se anidara en el corazón y la consumiera. Era como las cenizas que sus caballos esparcían contra las bacantes del parque. San Juan nuca había sido tan extraño. Y mientras más daba mamá a la alcaldía, más extraño se tornaba San Juan. Llegó a ser tan raro que si se les contara a los contemporáneos lo que era San Juan para nosotros no lo creerían. ¿Dónde empezaba mamá y dónde terminaba yo? ¿Dónde comenzaba la muerte y dónde empezaba San Juan? No lo sabíamos. ¿Cuántos dólares de plata había que robarle a mamá para que aquel San Juan no se extinguiera? No lo comprendíamos, porque mamá daba a manos llenas para ocultar que estaba sola. Para ocultar que la soledad que la acompañaba se la estaba gastando. Mamá daba y repartía su cariño como un dios.


Mamá era terrible.


En aquellos días en que los flamboyanes florecían, ella luchaba con nosotros para que no la dejáramos sola. Para que la acompañáramos como antaño al Teatro Tapia, pero ya la locura de ser yo, interponiéndose, avanzaba inquieta, oscura, por el humo de la yerba. Ya se esculpían las primeras estatuas de los sueños orgiásticos. Yo fumaba marihuana, faltaba a clases de teología de la universidad, fracasaba en música, traficaba mezcalina y hongos en mi sombrero de copa y me vestía escandalosamente como el dandy que ella mimaba y admiraba. Mis rizos negros, largos, de guata, caían como resortes, como espirales, sobre mi pequeña joroba que las muchachas acariciaban inquietas. Estaba ebrio de sueños, como ebria de dar estaba ella. Opuestos ya, encontrados, combatíamos con los mismos motivos de Próspero. La madre era el amor, pero a pesar de ella misma era el conflicto. Los límites de San Juan eran las paredes de su voz, los calabozos de su amor. Porteando, arrojando las puertas de caoba, temerosos de su poder, desafiante ya, huía hacia el sonido de la casa antigua. Saltaba las escaleras de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro, para que su broma no me alcanzara. Pero no bien había salido a la acera, no bien había puesto mi pie sobre la brea de la caliente, su voz emergía en el sueño mío y los vecinos levantaban la cabeza sonreídos. Ella oyéndome saltar, oyéndome correr, se asomaba incisiva a la baranda del balcón, casi atalaya, a marcarme el corazón con el carimbo de su voz:
-¡Adiós, Conde de las Greñas! –gritaba y el coro de las madres histéricas susurraban irónicas en miedo de las galerías  del sueño, mientras ella volvía a gritar: “Conde de las Greñas!” –aullaba como si la realidad se hubiera vuelto loca.
El tiempo de estar a su lado había terminado.

1 La muerte de mamá, uno de los varios libros de Yván Silén,  fue editado por El Instituto de Cultura Puertoriqueña, San Juan Puerto Rico, 2004. El fragmento de esta novela que aquí publicamos es una invitación a erranzar por la diversidad de la escritura de este importante autor, poeta y ensayista, latinoamericano, integrante del Comité Editorial de Errancia, a quien agradecemos su amorosa y solidaria implicación.   

 


 

 

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