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LA LUZ AMARGA

José Francisco Zapata *

 

 


I

Contra la muerte no hay poema guerrero.
Existen aventuras que desangran el eco,
visiones en donde cada quien fortalece la mandíbula
en espera de un mejor punto a su tristeza,
lamentos dentro o fuera del cráneo
que nunca levantan hojas, ni polvo de agua,
sentimientos en pulpa convertidos en serpientes,
en algo menos que palabras y plegarias opacas.

Contra el estropicio de los sueños
y el enorme favor que brindan a la realidad
sólo existe la lujuria del caos hermoso,
el morir sereno tierra adentro
con nube de aves provocando nudos.


 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre rocas se fundan dátiles,
sobre rocas nacen canciones de amor,
por rocas el universo es marginal
y no causa a su cauda ningún temblor.

Se arroja el ancla maravillosa al vacío,
el nombre que truca en cualquier rostro,
la mudez heroica de las estatuas
y el crecimiento imparcial de la pala.

Un danzante gira al tam tam universal,
de sus ojos y su curva uno vive fiel al presentimiento,
el crepúsculo descansa en su hoguera
e incendia primigenias piedras, eleva templos;
uno es fósil en tales hallazgos,
uno quema antorchas bajo el influjo lunar,
el serpentino microbio nocturno es pira
mas sobrevive un diminuto chiste de luz
y pasa por la cacareada aventura del milagro.

Fuera de la realidad la belleza trepa por ondas radiales,
no le teme al océano,
brilla en su pedestal de oro y esqueleto,
en su amoroso disfraz de vieja reina
el desfile de hormigas atrae multitud de ranas,
nada le arredra ante el hipo miserable,
con capa y espada abrió la tela
del hombre que indefenso la soñaba
y pronunció una frase victoriosa, Nunca Triunfaré.

Hasta ahora sólo el viento entiende de andanzas
por las jetas del miedo del mundo,
es energía contra la que no hay batalla,
en él los espíritus muertos giran alegremente
provocando remolinos, tornados y trastornos,
sólo en él la distancia sabe cuánto pesa
el milenario transcurso de las vocales,
sólo la lejanía capisca el tonelaje de las consonantes,
el tiempo que tarda en madurar su fruto
y la fuerza insólita para que caiga.

Hasta ahora sólo se habla de virtudes,
del goce que brindan nuestras manos,
pero no del animal,
el pequeño animal que nada exige a la tierra
y mira algunas noches el lejano encanto de las estrellas
sin formular giros poéticos, imágenes,
la metáfora eres tú,
metáfora es un lobo aullando por sus territorios ya dominados,
determinación, de-termina-ción, fórmula mágica,
llave en el bolsillo del espíritu triunfante,
rítmica clave que hace bailar cojos,
escribir tuncos, admirar ciegos y cantar sordos.

Contempla árboles desde la montaña más alta,
tira piedras al agua y no escondas la mano,
dale un giro enloquecedor a la belleza,
a su destino de ornato y mariposas muertas,
pinta de colores el hoyo cósmico y píntate
de tus ganas de cielo y muchedumbre,
dale tregua a su encanto,
mide los centímetros de tu vuelo
y en la balanza pon tus palabras y mídeles la profundidad.

Sin música no somos más que pájaro seco,
nada somos sin un violín propio,
es claro,
qué tumbo rítmico sin una tumba,
qué redondez de órbitas craneales
si la voz no eleva su canto,
apenas suena en la noche el río y su orquesta
y baila el negro que llevamos dentro
y si el río suena es porque algo sueña,
porque piedra son iniciales en la memoria,
porque volcán es un sabio tambor
que mueve carpios de isla en isla,
porque negro canta sin esperar esperanza
y tumba talentos de su taritmo,
¡una negra que sepa bailar,
una negra que sepa bailar,
mas una mano que paso a pasito invite a volar!

Y no importa qué música suene en tus complejos cimientos
si en ella descansa tu ser y tu nombre,
la memoria y la valentía de tus olvidos;
¡ que nadie pise tu sombra !
¡ que nadie intervenga tus secretos ¡
solo con tu música a otro baile,
solo con tu santa respiración,
solo contra quien atente contra tu pie,
contra quien se quiera sentar en tu ropa,
solo en tu solitaria contención de la alegría,
sólo altura y vértigo de hormigas,
de gallinas ciegas, ciempiés tuertos,
porque ya gorriones con esas mareas
que perturban tu andar y tu camino,
porque ahora tus ojos son el túnel
por donde se liberan cuervos, trigales y tristezas
y un atajo por el cual tu espíritu da el rodeo
para llegarle al frescor de los cántaros,
porque esclavo eres sólo de tus debilidades,
del amor a lo desconocido,
del trago que tumbos en el tonelaje del aire
y quién sabe,
tal vez de tu signo zodiacal,
del oro rojo de los días y sus espinas de lumbre,
quizá de tu muerte y su calaverita de azúcar,
mas no de la mano del hombre o la mujer,
no de sus lagos en tu mente,
no de sus ojos que buscan incendiar el peso de tus pasos
y hacerte más que polvo, ceniza negra,
huir, huir sin perder el rumbo de las sienes
de quien ha posado sus amapolas negras
en la bulliciosa altura de tus hombros,
palabra de profeta,
y no es la temperatura de la huida lo más hermoso,
tal vez guardar silencio allá en la distancia
o quizá morir al filo de obsidiana,
dancemos, pues, sobre los perímetros de la piedra,
dancemos muy lejos del horror
y demos el tiro de gracia al camaleón de la lengua.

Estar en el nombre de todo movimiento
como quien ha peleado contra el mareo,
ascender despacio colinas de placer
con el sólo deseo de respirar hondo
viejos secretos del águila y el ocelote,
morir lejos, en el lomo de la espuma,
en el verde comentario de los bosques,
en escarabajos, en colores cacto de sol,
morir sobre olas fatales, de madrugada
con aullido de coyote o de perro,
en los amplios brazos de la tiniebla
y en el regazo somnífero de la luz.

Morir en la casa de agua de los pensamientos
con la mente limpia de sepulcros;
ser el pez de antiguas profundidades,
ola que rompe contra el crepúsculo,
marea roja que asciende a la luna,
claridad que ilumina el paisaje,
árbol derribado en plena carretera,
tajo que cruza trópicos,
la cruzada de las aves,
ala rota de la realidad,
pluma que lento cae al culo tibio
de la eterna contemplación,
ser el muerto, el espantaperegrinos,
el espantapresos rodeado de golondrinas,
huitzis, tórtolas, toloaches,
ángeles azules y pirotécnicos Ícaros.

Morir adentro, en la raya del viento,
a un costado de la suprema melancolía
agradeciendo la emoción, el punto de enlace,
el agua que beben los tiempos,
el frío y la calentura de los huesos.

No descansa la locura de los trazos,
no respira ahora el querubín,
no medita aquí el gusano monje,
no asciende el humo, ni la llama,
solo se muere las veces que uno desee,
solo se encuentra el número para echar a andar,
solo el enemigo aparece en el espejo,
solo se muere a toda madre,
solo se pregunta el cangrejo funesto
de quién es el amor que te habita
y para qué carajos alegra la vida.

Frescura y sangre de enamorados,
frescura y fuego en las límpidas comarcas,
humedad y maravilla en tu mano ardiente,
almendra triste en los labios,
multitud de señales en la piel
que a pocos da su lámpara y su pan,
¿ no es esto línea tras línea
un arduo temblor de criptas,
de luciferinos manifiestos ?.

No te detengas en el vitral de los umbrales,
toca el gong, afila y bautiza tu hacha,
derriba puertas, pasajes y chiquiones poetas,
pues el mundo ya no es como lo pintan
y no hay nadie en estas pisadas
que pueda deshacer los amarres de tus zapatos.

¿Amar?

que se curve el cosmos en mi casa,
que en un amigo la patria se incendie
y de una muchacha salte la liebre
libre de ensueños, vestiduras y engaños
y por las pupilas tecnicolor de Dios
todo pedregoso aparezca como un espectáculo
en el cual el gran mago ha muerto.

¡ Ah, desierto y puertas, lluvia de astros y alegorías ¡
¿no son tus colores el arcoiris
que todos llevamos dentro para manifestarlo
en la rebelión de los horizontes?
Extiéndete lento y a gusto hacia tu imagen,
extiende hacia tu vecino el corcel negro del odio
si es necesario, putea los puntos,
no perdones a quien te ofende
y libérate del mal amén de tus plegarias,
el trueque amoroso es miel de dos que son la humanidad
y por ahí puedes andar ligero y sin perder
de la mira lo que da tristeza,
dale aliento a los metales preciosos del amor,
crece en él como un huracán,
sé su trabajador aunque dinero no percibas,
sé una bestia, un tembloroso relámpago en despoblado,
crece con la paciencia de la rosa
y al filo del mediodía estalla en pétalos radiantes,
sé tan cursi como la herida que otro amor dejó
en el cadavérico rostro de Agustín Lara,
canta o ahórcate bajo un farol
y espera a que nazca tu mandrágora favorita,
pues ya sabes que contra la muerte nada
y tanto amor y no poder está cabrón.

 

II

Estaca mereces en tu santísimo pecho

si no miras por el brillo que bajo el sol
y bajo la ternura de la madre oscuridad
anuncia dimensiones, círculos, rumbas y rombos,
está cabrón que sólo los muertos
suspiren ante el resplandor de la manzana
y desde su niebla la faz del búho
aparezca hoguera de leños verdes
y ellos mismos, venerables muertos
brinquen en la penumbra para que tú, ídolo de tus terruños,
puedas pasar Juan por su casa de oro
y mirar todo ese brillo ancestral
que posee la cintura y la espalda de tu mujer,
puedas mirar, dama insólita,
el diamante que brilla en los hombros de tu amado,
porque en esta vida el que no brilla esplende
y hay que aprender que la roca de los cimientos
es la brillante idea de una mente universal
en donde todos a la intemperie vamos alazanes
al encuentro de palomas exiliadas
que en la soledad de la naturaleza también desean
que el gusano de la tumba sea un brillo
sin penar en las travesías noctívagas.

Todos en el relámpago cumplimos nuestro sueños
a punta de pájaros y maromas,
estamos iluminados desde la primera respiración
sólo que murciélagos, topos viejos,
vemos nuestra luz no por estar despiertos
sino por andar entre la luz y la tiniebla,
sabemos que ante el punto y aparte
la sinceridad se detiene en el traspatio de la lengua,
que la mano derecha sólo es diferente
por su adiós o su saludo,
por el golpe de pecho o mandamiento
o por la felicidad que entre los dedos
se ha convertido en la estrella de las angustias.

Todo pasa por el manantial de las manos,
por ellas se tambalea la incredulidad,
en sus líneas la indiferencia es reina
arrojando ardientes piedras al ojo de la realidad,
el terror es iris negro en las cuencas,
una triste secuencia de vías y piedras,
de despidos masivos en el hormiguero,
diarios embrutecimientos en las pantallas
y la solemnidad con que se aguarda el mandarinazo,
no se sabe la diferencia entre derecha e izquierda,
a quién tomarle el pulso o por quién morir.

No hay ojo que no pase por las manos,
no existe Dios manco, no hay Dios sin pulseras,
en ellas la humana impotencia medita
sobre la inutilidad del despertador,
de los tintes,
las líneas predicen cero en crecimiento,
se apagan velas, se encienden las naves,
uno se queda solo a cada parpadeo,
no hay salida clara ante la existencia,
sólo nos resta aceptar con humildad
que nada más por lindos pechos calientitos
en suerte hemos llegado a este barrio,
que somos más allá de la curva
la simple y asombrosa creación de quién sabe cómo
y de cuándo no sé parará esta multitud de entierros.

Brillan las manos, en la calle brillan los anhelos,
por ahí andan las antorchas,
en los resquicios los fantasmas duermen,
en el tronco hueco golpea rítmico el ser,
en la mesa la convidada de piedra gusta
los aromas del ajonjolí, del maíz y del mezcal,
siempre es bueno invitar una copa a nuestros muertos,
agradable cocinar los tamales de bienvenida y esperanza,
darle al chiquillo que somos su calaverita,
su pan de muerto y su agua de azahar,
pues no hay que pelear contra la parca,
ni doblegarse ante su frialdad,
de ella sólo interesa la frescura de su sonrisa,
su hermoso sombrero y sus tacones lejanos.

Hay demasiadas contradicciones en un esqueleto,
hoy toma una espiga y hace un brillo
tan grandioso que uno mismo se asusta,
mañana agarra la parranda de la desesperación
y rompe cristales en la casa del esplendor,
vive convulso en un pequeño haz de lucidez,
nada debe a la confesión cotidiana,
respira gratis,
no paga por el curso intensivo de eternidad.

Todo brilla y muere bajo el sol,
bajo la grandiosa imagen de la oscuridad
todo se ve morir y todo se ve nacer,
partimos del parto y parto somos,
así que en la conciencia nos partimos
sin la angustia del nunca jamás de nuevo aquí.

No hay que morir antes de tiempo,
para que dejar la vida toda marchita;
yo, el que platica, sufro de impaciencia,
sufro por mis delicados abismos,
por cada hueso que no responde al tacto
cotidiano de los suspiros,
por las altanerías ante el espejo de mis manos,
por el sólo hecho de querer la libertad sufro,
pero ustedes con sus manos construyen puentes,
pueden establecer contacto con la dignidad,
ver en las estrellas los ojos del amado
y no la lujuria del territorio,
ilusión tras ilusión,
¿qué esperamos de nosotros mismos,
qué queremos de la respiración y brillo
de todo cuánto alrededor se mueve,
hasta cuando nuestro loco afán de poder
dejará crecer un lirio morado en paz?.

La respuesta no gira en el aire,
no la trae el viento como braga de puta,
está en mi corazón y en el de todos ustedes,
pero los latidos son sólo sordos fragmentos,
nos aterra la botella vacía, el pan duro,
la tortilla con sal, el chile de amor,
da miedo el café a solas,
el café amargo en los días de tormenta da tristeza,
queremos al mundo a nuestro parecer
sin averiguar si estamos en él o en su espantajo,
cada domingo el hastío es una borrachera de saludos,
cada sábado el cabrón arrea cabras al tormento,
todos los viernes el individuo nace y gasta
el sudor en trincheras, cerrojos y negros adioses,
del resto de la semana mejor no brindo
señora humanidad del consumo, señora vivencia
que también nos consume y a cada instante
nos hace ganar peso y enfermedad
queriendo a solas una isla, una piedra,
un pétalo para la bondad que aún en los adentros
puede encontrar su guarida;
tantos arranques, tantísimas máscaras para un solo día,
tantos países para un planeta tan pequeño,
tanta inútil muerte por un pedazo de cerro,
por una pinche piedra que gira y gira
sobre nuestras leves y grandiosas conciencias.

Ya decíamos antes que el universo es marginal,
en qué punto poner los caminos,
en qué charco devolvernos el rostro,
por cuál virtud brillaremos en la piedra negra,
ya se dijo que la muerte no es la muerte,
que nada tiene que ver con el desorden de los sentidos,
ni con el tan tan del ocultamiento,
¿qué haremos entonces mientras permanezcamos?.

Quietud en la maleza, quietud en la desgracia,
amplia manifestación de ternura en la hora fatal,
sencilla madera para este pequeño trance
y que valga quien quiera valer,
que toque a gloria quien merezca tal desafío,
aquí se rompió una taza,
aquí no hay donde sentarse,
aquí cada quien fortalece la mandíbula,
aquí respira un trébol
y crece en el furor del pensamiento
la hierba iluminada por los acontecimientos mínimos,
la hierba de la nada y del todo,
la yerbabuena de la sonrisa clara
y el ser libre, ancestral y distraído,
la yierba, el pastito,
el claro resplandor de la tumba.

 

 

*José Francisco Zapata es director de la revista de poesía DERIVA y es integrante del Consejo Editorial de Erranza… la palabra inconclusa.

 

 

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