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EL MALESTAR DE LA SUBJETIVIDAD CONTEMPORÁNEA

 

Florencia Carolina Aguirre

 

 


Resumen:

A partir de la lectura de un texto de Judith Butler, Mecanismos psíquicos del poder, en el que se encara el análisis del sometimiento como forma de poder, la autora pone en relación sus planteos con algunas ideas de Foucault y Deleuze que fundamentan la tesis de construcción del sujeto en oposición a la determinación.

 

Palabras clave:
Sufrimiento, fragilidad, confort, aislamiento, mecanismos psíquicos, poder, ciencia, política, religión, control, sometimiento, ocuparse de sí, deseo, arte, autocreación, sujeto.

 

...Hemos inventariado todo el dolor que eventualmente el verdugo podía extraer de cada pulgada de nuestro cuerpo; luego con el corazón oprimido, fuimos e hicimos frente.

PartageFormel, René Char

 

...quien asegura el porta-estandarte, tiene arte, tiene arte...

      Maracatú atómico, Jorge Mautner-Nelson Jacobina

 

 

1.- Desde la antigüedad clásica se encuentran registros de la existencia de minuciosas técnicas destinadas a moldear el carácter de los hombres para enfrentar las instancias dolorosas de la vida. La inquietud de sí tomó en la literatura helenística y romana la forma de una techné, un arte meditado, un sistema de prácticas tales como la navegación, la medicina o el gobierno de otros. Los epicúreos -por ejemplo- contaban con una noción específica: paraskeue, que refería precisamente al equipamiento, la preparación del sujeto y su alma de modo que estén armados para las circunstancias de la vida. La paraskeuetendía a lo que ellos llamaban la physiología, esto es, a formar individuos valientes, llenos de arrojo, libres de ataduras. Semejante preparación específica -con la forma de un corpus de reflexiones y técnicas- no es usual en nuestros días.

Y no es porque el dolor de la vida haya desaparecido.

Sin embargo, todo a nuestro alrededor pretende hacer que olvidemos que nuestros cuerpos se pondrán viejos, que enfermaremos y moriremos; que indefectiblemente sufriremos a manos de la naturaleza o de los humanos; que es muy probable que nuestro amor no sea jamás correspondido; que veremos cómo nuestros seres amados sufren y mueren, o simplemente como dejan de amarnos... No tenemos manera de amortiguar los embates de estos hechos trágicos: los tragamos y se nos indigestan, los cargamos de un lado a otro y terminan por enquistarse en nuestras espaldas. Nuestra debilidad frente al sufrimiento sea tal vez un fruto de la época.

Vemos como las ciudades han hecho retroceder a la naturaleza, y como consecuencia, nuestra tolerancia a las incomodidades ha bajado, convirtiendo a los urbanitas en seres frágiles que sólo pueden soportar la aventura en la forma adocenada que le imprime el turismo comercial. Los seres urbanos no gustan de los imprevistos, sus sentidos e instintos se han dañado, han perdido fineza. A golpes de periodismo nos hemos acostumbrado a lidiar con información y casi la preferimos a la experiencia. Una de las características del confort es su previsibilidad, su capacidad de hacer desaparecer lo sorpresivo, aquello que no está planificado. Salir del subterráneo y encontrar que la escalera que asciende hacia la calle no es mecánica puede ponernos de muy mal humor...

El confort aísla: se perfecciona el funcionamiento sin roces del mecanismo social al tiempo que se embota la relación con los demás, otrora estimulada en forma continua por la necesidad. El hombre de las ciudades vive cerca de millones de seres iguales a él en estado de aislamiento. El contacto humano se reduce al mínimo por vergüenza, por higiene, por miedo. Nos alejamos de los perimidos ritmos circadianos: no hay porque despertar con el sol ni buscar el descanso en el reino de la luna y las estrellas. 

Nuevos calmantes de lindos colores amortiguan a gran velocidad el dolor profundo que cargamos entre los hombros, en el cuello y en el corazón estrujado y nos permiten volver al trabajo felices y contentos. Cada vez más frecuentemente los niños conocen la psico-medicación temprana, e incluso una cantidad creciente de maestras de enseñanza primaria mantienen un ojo en el cronograma de toma de comprimidos de sus educandos hiperactivos. El silencio y la concentración en la clase -que durante siglos se logró mediante rígidas técnicas de autodominio- hoy puede ser obtenido bajo forma de píldoras.

La tecnología (la gadgetología mas bien) nos tiene saturados de chirimbolos inútiles para cubrir necesidades que ni siquiera alcanzábamos a sentir. La publicidad nos enseña a desear, nos amaestra para necesitar, nos acorrala con sus metáforas que asimilan el hombre a la máquina. Paradójicamente nos gustaría más parecernos al último modelo de computadora i-Mac que poseerla. I’m the screen, the blinding light; I’m the screen, I work at night...canta el insomne corporativo de la canción de R.E.M .

Poco a poco lo vamos logrando.

Tenemos garantizada una parcela de dolor desde el momento mismo en que nacemos a este mundo. Pero ese dolor hoy se nos antoja un defecto aberrante del sistema, una falla intolerable de la ciencia. Cada vez menos preparados para la resignación que ayer nos daba la religión o una hidalguía forjada en rigurosos entrenamientos físicos y mentales, nos paralizamos frente al dolor que no podemos concebir como parte de la vida misma, tan arcaica, tan frágil, tan humana.

Cuentan que los toreros son formados todavía con una frugal paraskeue, útil frente al toro y frente a la vida: cuando viene el embate, es cuestión de aguantar, parar y mandar. No es poca cosa...

Walter Benjamin sitúa a Charles Baudelaire entre los tipos psiquiátricos traumatófilos, evocándolo bajo la imagen de un esgrimista. Cuenta que el poeta se hacía cargo de la tarea de detener los shocks -de donde quiera que estos provinieran con su propia persona espiritual y física. La imagen no puede ser más opuesta a la que proyecta el hombre urbano, quien lejos de “ponerle el pecho” al impacto, huye o pide anestesia.

¿Seremos nosotros una raza de traumatóbos?

2.- Las prácticas de sí de la antigüedad clásica no desaparecieron, sino que en su gran mayoría fueron absorbidas por instituciones religiosas, pedagógicas, médicas, psiquiátricas, etc. Esa vasta cultura del yo fue tomada por el cristianismo, y puesta al servicio del poder pastoral. Foucault nos muestra una radical distinción entre estas prácticas absorbidas o institucionalizadas y las que inicialmente florecieron en la antigüedad grecorromana bajo el imperativo de ocuparse de sí. No sitúa esa diferencia en la virtualidad mágica de un pasado idílico, sino en la circunstancia de que originariamente esas prácticas eran facultativas, formaban parte de una ética singular que no se fundaba en la religión ni en sistema legal alguno, era de algún modo autónoma. Las prácticas y técnicas nacidas de la medicina, la educación, la psicología, el estado -por el contrario- distan mucho de ser facultativas. Para el momento en que un ser humano puede llegar a reflexionar sobre la manera en la que desearía ocuparse de sí y que forma le gustaría darse, ya ha recibido una pesada (y quizá determinante) dosis de saberes y técnicas que han hecho de él un tipo determinado de sujeto.

Interroguemos a esas técnicas y saberes que nos vienen de las ciencias, de la política o de la religión a la manera nietzscheana, preguntándoles: ¿Quién? ...que es lo mismo que decir ¿Cuáles son las fuerzas que se apoderan de ellas, cual es la voluntad que las posee? ¿Quién se expresa, se manifiesta y al mismo tiempo se oculta en ellas?. Y veremos que muchas de ellas no nos sirven en esa tarea de ocuparnos de nosotros y que lejos de darnos la forma que deseamos, nos imprimen el sello de la uniformidad. Nos enfrentaremos eventualmente con la tarea de desmantelar aquello que forma nuestro propio yo, que ha sido prolijamente tallado a fuerza de procedimientos repetidos, silenciosos, obcecados, casi imperceptibles.

¿Se trataría de una especie de autorepudio?

En las palabras de Foucault: se trata de descubrir qué somos, pero para rechazarlo. Imaginar y construir la manera de zafar de la individualización y totalización simultánea de las estructuras de poder que se nos pegan hasta formar parte de nosotros mismos de tal manera que no vemos la costura de unión. Y al mismo tiempo hacer frente al desafío de la autocreación. En las palabras de Deleuze: ¿Tenemos algún modo de constituirnos como sí mismo y, como diría Nietzsche, trata de modos suficientemente “artísticos” más allá del saber y del poder? ¿Somos capaces de ello (ya que, en cierto modo, en ello nos jugamos la muerte y la vida)?

¿Y qué hay más allá del saber y del poder? ¿Nos sometemos voluntariamente al poder? ¿Podemos resistir? ¿Dónde podemos hacer pie para dar batalla? ¿Podemos serruchar las patas de la silla en la que estamos sentados? ¿Podemos desobedecer? ¿Qué nos motiva a desobedecer? ¿Qué técnicas podemos utilizar en esos momentos de desobediencia? ¿Desobedecemos realmente o simplemente tomamos otro camino de sumisión que se nos aparece como una heterodoxia?

3.- Fue en este punto del trabajo que presento que inicié la lectura sugerida por la cátedra de Mecanismos psíquicos del poder de Judith Butler. Este texto me llevó a repensar algunas ideas que tenía sobre el punto. Allí se encara el análisis del sometimiento como forma de poder, es decir la forma psíquica que toma el sometimiento. Primariamente nos representamos el poder como algo que viene de afuera contra el que resistimos o al que nos sometemos. Pero aprendemosque el poder es algo que forma al sujeto, lo determina en su existencia en cuanto tal y en cuanto a las cosas que desea.

El sujeto tendría entonces una condición ambivalente, es decir, como efecto de un poder anterior y como condición de posibilidad de una forma de potencia condicionada, y esta condición ambivalente debe ser especialmente tenida en cuenta por cualquier teoría del sujeto. Butler -en la senda del trabajo de Foucault- encara el interesante desafío de investigar cómo es posible oponerse al poder aún reconociendo que toda oposición está comprometida con el mismo poder al que se opone. Considera que el proceso de asumir el poder por el sujeto -ese acto de apropiación- puede conllevar una modificación tal que el poder asumido o apropiado acabe actuando en contra del poder que hizo posible esa asunción.

La autora propone que este vínculo originario con la sujeción no implica forzosamente el fracaso de cualquier movimiento de oposición, al tiempo que nos pone en guardia contra cualquier posición ingenua que ignore esta filiación.

Esa complicidad no es entonces eliminable pero tampoco necesariamente determinante.

Butler sostiene que una evaluación crítica de la formación del sujeto será importante para enfrentar los vaivenes que la lucha por la emancipación nunca nos ahorra. Deberemos abandonar la perspectiva de un sujeto ya formado para poder embarcarnos en un devenir, una práctica ardua y riesgosa.

En ese sentido es también Deleuze quien enfatiza la importancia de inventar modos de existencia. A la pregunta ¿Qué nos queda por hacer frente a la manera en la que el poder afecta nuestra vida cotidiana? Responde: al sujeto nunca le queda nada, puesto que constantemente hay que crearlo como núcleo de resistencia.

Esta apelación a una práctica, a una actividad, evoca el ethos filosófico que Foucault describe en el texto llamado ¿Qué es la Ilustración. Allí se ponderan las posibilidades de activación de una actitud, que se caracterizaría como la crítica permanente de nuestro ser histórico. Esta actitud tiende a escapar de los chantajes o simplificaciones que presionan a estar adentro o afuera. De este modo se trata -lejos de pretensiones globales o radicales- de una labor de pequeñas acciones precisas, trabajando siempre en las fronteras, manteniendo una actitud límite: “Se trata, en suma, de transformar la crítica ejercida en la forma de la limitación necesaria en una crítica práctica en la forma del franqueamiento posible”

En Mecanismos psíquicos del poder se pone de manifiesto como los lazos que nos unen con nuestra propia sumisión son lazos apasionados, ya que la sumisión se pone del lado del ser: la sumisión hace existir y preferimos existir en la subordinación a no existir en lo absoluto. El deseo intenta descomponer al sujeto, pero ese movimiento fragmentador es detenido por el mismo sujeto. Para poder seguir siendoel sujeto tiene que frustrar su deseo, o bien para realizar su deseo debe transitar por senderos muy cercanos a su disolución.

La pregunta por la posibilidad de hacer saltar el cerrojo y hurtarse al poder queda latente.

Las derivaciones y reflexiones sobre las cuestiones de género (los llamados genderissues) que surgen de la lectura de Butler son poderosamente fértiles en cuanto resignifican otras que escapan a esa temática en particular. Del mismomodo las reflexiones de Foucault en el reportaje de la revista TheAdvocate en 1982. Puede verse en la posición de éste último, en su constante rechazo de las individuaciones forzosas que vienen del poder, en la apelación a la creación de modos de vida y afirmación del derecho a la variación y a la metamorfosis, una energía que trasciende el tema de la homosexualidad.

Es que estudiando la utilización política de la identidad sexual podemos reflexionar sobre otras manipulaciones queoperan de manera similar respecto de otros tipos de clasificaciones y encasillamientos que nos calzan perfectamente...o lo harán en el futuro.

4.- Las continuas invitaciones a la lucha y a la resistencia van perfilando la imagen de un moderno guerrero capaz de daresa batalla...un guerrero que no es fácil imaginar como una encarnación de nuestrotraumatófobo contemporáneo.

¿Qué trance puede despertar el deseo de pelear por su derecho a ser diferente? ¿Qué puede desincrustar nuestras identidades sabidas y conocidas y permitir un poco de movimiento? ¿Por qué nos apartaríamos de la tibia comodidad de lo previsible para dar batalla en nombre de nuestro derecho a ser diferentes? ¿Podemos atentar contra lo que hay de estable en nosotros sin -al mismo tiempo- instalarnos en otra estabilidad?

En el texto ya mencionado: ¿Que es la ilustración? Foucault analiza de Le peintre de la vie modernede Baudelaire recogiendo la imagen del pintor moderno, quees el que en la hora en que el mundo entero abraza el sueño, se pone a trabajar y lo transfigura. Al tiempo que valora especialmente el momento actual une indisociablemente esa apreciación con el empeño en imaginar ese presente de otra manera y en transformarlo -sin destruirlo- captándolo en lo que es. Es allí la modernidad una relación con el presente y consigo, un ascetismo, un trabajo duro sobre sí mismo. Este trabajo sobre sí, este juego de la libertad con lo real para su transfiguración no puede tener lugar en la sociedad misma, o en el cuerpo político.

Solo puede ocurrir en un lugar diferente que Baudelaire denomina el arte.

Si las nuevas formas de vida no están ocultas en el pasado para alguien se digne descubrirlas, no hay otra salida quecrearlas. Lo que nos falta es creación, resistencia al presente... La tarea de creación nos impone enfrentar el caos, dejar de lado las opiniones tras las que nos guarecemos, tener coraje de rasgar el paraguas de convenciones y opiniones, de ser artistas o de dejarnos afectar por el arte y el pensamiento que crea. No pienso aquí en el arte como poder institucionalizado sino en cuanto paradigma de prodigio humano capaz de sacar algo de la nada.

La tarea de resistir al presente es ardua, las armas con las que contamos pueden volverse en nuestra contra. Formarnos opiniones y blandirlas como escudo se nos ha hecho una segunda naturaleza. Lo caótico nos amenaza: queremos reconocer, encadenar, deducir. La sola mención de la necesidad de la lucha, el tormento, la aniquilación de las apariencias es suficiente para generar desconfianza. No hay quien nos convenza que en el peligro pueda crecer nada que nos salve. ¡No nos vengan con peligros vocacionales en este mundo que explota y contra el que se estrellan aviones fanáticos!

Nuestras percepciones favorecen lo esperado y obstaculizan el ingreso de lo imprevisible, aquello que podría desestructurar, actuar como solvente, sacudir nuestras fatigadas y atiborradas neuronas.

El arte crea, al tiempo que hace frente a problemas, algunos tan viejos como su propia historia, otros hijos del comercio generalizado y la difusión masiva e instantánea del siglo XX. La sobreoferta y el consumismo atentan contra la posibilidad de dar al arte y al pensamiento el tiempo que requieren. La repetición y la multiplicación banalizan el objeto artístico, tornándolo prácticamente transparente a la mirada, haciéndole perder su halo misterioso y su virtualidad mítica. Y el arte despojado de su insensata pretensión de reinar y valer incluso como conocimiento, sin su hechizo indecente...es superado con ventaja por la más vulgar de las ciencias.

Quizá podamos tornar artísticos algunos medios de combate. Quizá valga la pena inventar prácticas ascéticas para borrar ritmos y gestos aprendidos y dar paso a otros nuevos de nuestra creación...cuanto más inútiles y antieconómicos mejor.

Quizá podamos tornarnos auto-imperialistas y empujar sin pausa nuestra estulticia hasta los límites, a fuerza de implacable propaganda intra-psíquica. Quizá tengamos la audacia de elegir a nuestros maestros a través del olfato y no por sus credenciales. Aprender a salir al encuentro de cosas, de músicas, de animales. Despojarse de otra capa de piel, manteniéndose un paso adelante del perseguidor interno. Adoptar voluntariamente subjetividades deploradas sin dandismo, solo para experimentar qué se siente, para luego no contar a nadie la experiencia, ni escribir ningún artículo sobre el asunto: incluso ser capaz de negarlo hasta la tumba. Quizá debamos deshacernos metódicamente de todas las sensiblerías y comenzar a explorar el dolor y los límites de lo que realmente podemos tolerar. Los más talentosos puedan quizá escribir peligrosos libros-bombamientras que los restantes ensayaremos la explosión casera de alguno que otro...o bien -imitando a Jean-Luc Godard- aprendamos a tirarlos por la ventana tan pronto como demos vuelta la última hoja: leer libros para sentir la sacudida y no para amontonar erudiciones.

O quizá debamos optar por enseñarnos metódicamente el silencio, aprendiendo a callar y a permanecer callados, a jamás justificarnos, a no prestar ni buscar consentimientos. Tal vez nuestra arma más eficaz consista en cerrar los ojos soberanamente -como propone René Char- y dejar que nuestra parte más activa sea...nuestra ausencia.

 

 

 

 

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