home.jpg

 

Imagen9.png

DEL DESEO DE NO SER (UN) CUERPO

Sergio Espinosa Proa

 

 

He aquí al hombre compuesto de dos partes.

La primera es toda naturaleza; la otra, arte.

Robert Herrick, Upon man

1.

Que el ser humano sea un compuesto casi nadie, en ninguna parte y momento, ha podido ponerlo en tela de juicio. Somos, similares a los escarabajos, animales articulados. Por dentro y por fuera. Entre nosotros, y con otra cosa. Socios hasta en la muerte. El fuego, naturalmente, y la sepultura. El útil y el adorno. Con todo, es manifiesta cierta unidad en la disparidad.

Ahora, el resultado de esta composición de partes inconexas no siempre es feliz. Abundan humanos del tipo fantoche, o del género monstruo. En general, las mezclas andan tirando o quemando aceite. Pero, a su modo, funcionan. Incluso esmirriadas.

 

La verdad es que ningún hombre se arma caballero sin ayuda de un paje. “No hay hombre que no desee ser déspota cuando se le pone dura”, blasfemará el divino Marqués. ¿Podría cantar? ¿Ser poeta sin destinatario? La naturaleza nos es dada —al menos hasta hoy— sin sobornos; pero esa otra parte, que el poeta señala como “arte”, ¿de dónde es menester obtener su merced? ¿Cómo se llega a ser lo que se es?

Uno es aquello que ama, o por lo menos en el intento alcanza a un poco asemejársele. Por consiguiente, eso que uno es nunca es uno mismo. Ni al principio, ni al final. No se reduce a ello, a riesgo de graves mutilaciones. “Uno es aquello que ama”, sentencia sobre la que en determinados parajes sólo estaremos dando vueltas. Frases así invitan a deshojarlas.

 “Aun cuando no toda niña pueda hacer de un hombre un poeta”, establece, por no ir más lejos, Sören Kierkegaard, “toda mujer puede, sin embargo, impedir que un hombre llegue a serlo si se casa con ella, yo lo garantizo, y sobre todo y mejor que ninguna, una niña que estuviera a punto de hacer de él un poeta”[1]. La parte artística se aviene mal, de en rigor avenirse, con el comercio e institución conyugal. O se es un buen marido o se es poeta, tal sería por lo pronto la disyuntiva (existencial).

Desde luego, la recíproca es igualmente valedera: “un poeta debe vivir solo”, he leído de refilón en algún diario íntimo. El sexo es aquí indiferente. El inventor del existencialismo, cristiano hasta la pared de enfrente, acierta de nuevo: nunca la felicidad, es la desdicha el verdadero origen de la poesía. El hombre es mitad naturaleza y mitad arte en la exacta medida en que sufre. Motivos para sufrir habrá a montones. El solo hecho de ser mitad naturaleza y mitad otra cosa que de antemano no se puede saber se cuenta acaso entre los principales. ¡Se ama el obstáculo interpuesto para la realización del amor!

Un animal que da rodeos, que titubea y se arrepiente, que en suma (se) la hace cansada. Y de seguro así debe ser, pues lo inmediato le está (¿por naturaleza?) vedado. Animal pasional, tal será la rúbrica correcta. La razón sólo aparece en su instancia mediadora: ella jamás decide los fines de su proceder. “Sin pasión no hay poeta”, exclama el danés. No, ni siquiera poeta cómico.

Ahora bien, el escritor comprueba, al lado de su odiado Hegel, que el tiempo de la poesía ha (es) pasado[2]. ¿En qué forma? El animal pasional lo es exclusivamente en la irrealidad o irrealizabilidad de su objeto. Un motivo, dígase al pasar, eminentemente lacaniano. “El amor”, observa, “amenaza con transformarse en espanto si él no sigue adelante con su deseo”[3]. Un hombre llega a ser lo que es mientras permanezca en la senda de su deseo. Renunciar a él lo deja a expensas de la naturaleza, pues, de no malentender demasiado al danés, ella coincide con lo finito e inmediato.

La ascendencia cartesiana del razonamiento es patente: el “deseo” da nombre a un elemento infinito enfundado en algo finito. La “composición” de un ser humano concierne a esta imposible conjunción, una reedición decimonónica de la ya antigua dualidad alma/cuerpo. Por eso le es bastante sencillo pasar del discurso apasionado o erótico al tono religioso. Por lo demás, la dualidad alma/cuerpo, que ha sido reformulada en el par deseo/necesidad, es a su turno una duplicación —metafísica— de la oposición —más física— hombre/mujer. Kierkegaard evoca esta oposición bajo una figura reconocible: “Miro al hombre como si estuviera bajo el poderío del espíritu, con tendencia a lo religioso, y a la niña en las categorías estéticas”[4]. Jesús y Magdalena, obvio.

El hombre es un compuesto en virtud de que se agolpan en él, hombre o mujer, impulsos opuestos. El cielo de la abstracción y la tierra de los sentidos. ¿Hay conjunción, acuerdo? No, explica el danés. “Lo trágico es que los dos enamorados no se comprenden; lo cómico es que los que no se comprenden, se aman”[5]. Un lado ama porque es bueno, la otra porque es bello; el amor subsiste y hasta se alimenta del desacuerdo.

¿Hay, pues, que evitar el acuerdo para mantener viva la llama del deseo? “Bueno” significa, en el contexto, “útil, benéfico”; de otra parte, lo “bello” alude a lo inútil e ilusorio. El danés teje fino: lo ético y lo estético son construcciones humanas, idealidades sobrepuestas a lo real: “La idealidad estética”, arguye, “es superior a la realidad antes de la realidad; la idealidad religiosa es superior a la realidad después de la realidad; existe, pues, en virtud de una relación divina”[6]. Arriba y abajo, el vínculo amoroso reconoce la disparidad masculino/femenino, pero al precio de disminuir al último.

Nada nuevo bajo (y desde) Platón.

Lo interesante es que Kierkegaard asume la naturaleza ilusoria de ambos polos. Lo estético-femenino llega y se queda antes de lo real; lo religioso-masculino viene después de ello. ¿Quién tiene la alta misión de comandar el proceso? La respuesta parece obvia. Lo imaginario-estético-femenino es menor que lo real, lo simbólico-ético-masculino es superior, es mayor. Todo un nudo borromeo se comienza a dibujar aquí. El amor deforma a lo real, pero sólo el acceso a lo simbólico-religioso es capaz de “soportar esta contradicción”. No dice que lo resuelva, sólo que lo soporta mejor.

Muchas vueltas para decir lo que ya se sabía: las mujeres son superficiales. Por eso ni siquiera son pecadoras; el masculino, en cambio, “busca a tientas el pecado”[7]. Pero lo busca porque, él mismo, es profundo. Él “piensa”. Ahora bien, si piensa, tarde o temprano comprenderá que su repliegue y su talante lejano y melancólico son de índole religiosa.

La mujer no sufre, pero si lo hace obedece a su superficialidad erótica: sufre (si lo hace) por exceso de frivolidad. El masculino sufre doblemente porque no sabe el origen de ello. Saberlo, en todo caso, no disminuye su dolor. El masculino es un espíritu elevado e independiente; el hecho de que se considere a sí mismo como un “pensador” no le significa mérito alguno. El desinterés por la erudición es prenda y gracia de la inocencia femenina.

En pocas palabras, los une el desacuerdo: ella sólo es sensible a la pérdida de lo que ama, pero él se enfanga en pruritos teológicos: existir es una falta, resultado de un evento pecaminoso. La dualidad de la relación amorosa reposa en una escisión interna, que afecta a cada uno de los individuos. De un lado, la inmediatez natural, y su gracia; del otro, la reflexión, la mediación, la “dialéctica”. Y su culpabilidad.

En medio de la naturaleza, ¿quién se imagina culpable, de qué? Pero el humano habita en un mundo creado por él mismo y por así decirlo no puede con el paquete. Existir no basta, existir es problemático. Existir es primero, es lo primero, pero eso significa que hay algo más. Hay algo después. Lo femenino se asegura en ese existir, lo masculino no puede hacerlo sin justificación.

 

2.

 

 

Lo estremecedor es de lo humano la mejor parte: ¡qué importan los nombres que el mundo le impone!. Conmovido intuye, desde el fondo de sí, lo Descomunal.
J. W. Goethe, Fausto

 

Uno quizá sea lo que ama, pero, ¿qué es aquello que ama?

Esta pregunta reclama una doble o triple formulación. Primero, ¿a qué o a quién ama alguien? Segundo, ¿qué cosa dentro de ese alguien es lo que en verdad ama? La tercera pregunta escurriría por la vertiente de la temporalidad: aquello que (se) ama, ¿es eterno, intemporal, o se halla sujeto al devenir individual y colectivo? ¿Tiene una historia, es decir, está enredado con (y constituido por) contingencias cambiantes y temporales?

Por principio de cuentas, “uno” no llega a ser tal sin la participación y, sobre todo, sin el auxilio de un “otro”. En el origen, en el nacimiento de la subjetividad, ese “otro” es, biológica o no, la madre. Por eso mismo es “sagrada”: una juntura siniestra de lo angélico y de lo demoníaco. Primer objeto de amor, exige con el tiempo, a fin de fundar comunidad, una separación tajante.

El —consagrado— descifrador del modelo ha sido, desde luego, Sigmund Freud. El sujeto se va formando (y deformando, y reformando, y conformando) en un vínculo que ciertas teorías de la comunicación (Bateson, Watzlawick) llaman double bind: la madre es —por naturaleza— el primer objeto de amor, pero —por cultura, a saber, por convención— su disfrute por el sujeto se encuentra vedado, obstruido, interdicto. El deseo, si no ha de extinguirse, habrá de procurarse a partir de ese momento objetos sustitutivos.

Uno ama, en principio, aquello sin lo cual uno simplemente no puede ser. Bueno sería poner en duda si tal sentimiento es amor. Pero, enseguida, y sin remedio, uno ama otra cosa diferente de aquello que no puede —pues no debe— amarse. ¿Cuál de todas? ¿Quién o qué lo decide?

La prohibición del incesto posee, según instruye la antropología[8], una faz positiva: permite y aun activa la circulación de bienes, mensajes… y mujeres. Sin esa renuncia no hay alianza social posible. Ahora bien, en el plano del sujeto, aquella interdicción universal produce sin querer una superficie “perversa y polimorfa”. El cuerpo de uno mismo es, de principio a fin, durante la infancia, y quizá toda la vida, materia de goce. El animal humano sufre una desconexión de sus instintos (lo cual termina atrofiándolos y, en el límite, extinguiéndolos) y se torna animal deseante, hablante, gozante (y sufriente). Indeterminado, incompleto, no fijado, plástico, inadaptado. Un animal “pervertido”, pues.

La “naturaleza humana” se confunde con la perversión (humana) de la naturaleza. Si el instinto está suspendido —por el lenguaje, es decir, por la ley, es decir, por el Otro—, ¿qué más puede ocurrir con la energía, con el conatus del viviente si no convertirse en pulsión? Al lado del “inconsciente”, la “pulsión” es el concepto que, según admiten sus seguidores, arranca a Freud del suelo iluminista.

La pulsión, bloqueando al instinto, es lo que hace del animal un no-animal, un (animal) humano. ¡La pulsión, que no la razón! ¡La perversión, que no el “alma”!

Las fronteras entre lo normal y lo patológico, o entre lo sano y lo enfermo, sufren una potente embestida. Con todo, ¿hay una “salud”? Si el hombre, como diría Nietzsche, es una “enfermedad de la tierra”, ¿en qué destrucción y reconfiguración de la cultura encontraría su propia cura? ¿Se trata de levantar todos los interdictos? ¿Queda prohibido prohibir?

Pues no, porque después de todo Freud no es Rousseau. La castración no es opcional. Lo que parece haber, en todo caso, es un buen uso y un mal uso de las pulsiones. La pulsión no puede devolverles la vida a los instintos, que tienen predeterminado su objeto, pero puede hallar un cauce adecuado en la acción: en la “obra”. La pulsión, bueno será tomar nota de esto, no se agota en el acto sexual. Su congénita e inerradicableperversidad polimorfa atañe a la creación.

Tal vez Freud se equivocaba al imaginar que la sublimación “curaba” al humano de sus traumas: tal vez no, pero la perversión es incurable. Esto significa que “sublimar” —o, en otra palabra, “crear”— es parte de la perversión.

Al cabo, “crear” significa solamente que ocurre a espaldas o al margen o abiertamente en contra de la “ley”[9].

La sublimación, o la creación cultural, o artística, incluso la creación moral, tiene efectos sobre lo real: no son sólo ficciones o meras fantasías. Al menos, sus efectos son decididamente reales. Freud considera, como toda su generación, o su estrato sociocultural, o su judeocristianismo de fondo, que el humano es un animal cuya naturaleza primaria es la agresividad. ¡No es posible vivir decentemente sin un buen superyo!

Uno no puede sustraerse a la sensación de que las elaboraciones teóricas se asemejan acaso en demasía al paso —siempre reversible— del miedo a la súplica, a la seducción, al berrinche, a la coquetería. Son recursos ante el poder represivo, simbolizado invariablemente por el padre. El Freud de 1908 no es el de 1930; ha sufrido dos guerras mundiales y su temperamento lo acusa junto con sus ideas. ¡No reprimir! ¡Tampoco dejar de hacerlo! ¿Quién lo entiende? Se empezará por admitir que un sujeto sólo llega a serlo si se le da la oportunidad de elegir aquello a lo cual o a quien ha de sujetarse. A eso se reduce su ética. La ley puede ser acosada, pero nunca simplemente obviada.

La cuestión lancinante es la siguiente: no hay “uno” sin (un, el, lo) “otro”, pero, ¿qué hay allí? ¿Es siempre y por fuerza el sitio de la ley?

He ahí el misterio absoluto. Lacan habrá podido afirmar que su contribución básica al psicoanálisis es haber logrado forjar la noción de “objeto a”. El objeto a, en principio y fin de cuentas, no es realmente un objeto, pero es real. Sin ser propiamente un objeto, es ello no obstante el resorte del deseo. El objeto a siempre está de más, siempre se le echa de menos. ¿Objeto? No, ese objeto no tiene objeto. Aun así, o por ello mismo, forma parte de la realidad humana.

Resultó naïve el empeño por eliminar o atenuar la “sublimación represiva” que hiciera en su día famoso a un Herbert Marcuse. Sonaba bien, sedujo a millares. Pero sin futuro. El deseo no se satisface nunca, con nada. Es que si algo no quiere (¿debido a que no puede?) el deseo es satisfacerse. Ser un animal que ha dejado por algún motivo de ser animal no es una condición problemática, es una condición infinitamente insostenible. He ahí la dificultad humana esencial: no puede (volver a) ser un animal, ni siquiera imaginando una vida sin restricciones (morales o de cualquier tipo), pero tampoco puede ser simplemente lo que es. Resuenan en la lejanía las aparentemente delirantes palabras de Hegel: “El hombre es ese ente que es lo que no es y no es lo que es”. Sin escapatoria.

En suma, nadie, ningún humano, escapa al estatuto de “borderline”. Ya no hay neuróticos, lo que hay son (somos) sujetos afectados por una epidemia de “trastorno bipolar”. Uno se siente al mismo tiempo bien y mal por estar bien, y bien y mal por sentirse inexplicablemente mal. Es un juego poco atractivo, la verdad sea dicha.

Un artista, es decir, una persona decente, si de algo está harto no es del mundo, no es del “infierno” de los otros: está ahíto de ser un sí mismo. Un humano —hombre, mujer, homo, bi, multi o transexual, adolescente, anciano o infante— es artista cuando sufre —productivamente, estéticamente— ser aquello que (se) es. Sufre, goza, piensa, siente, crea, destruye, altera, la distancia no es muy clara. Bastante socráticamente, sin muy bien saberlo, sabe que no sabe. Sabe que muere, y para ello no hay respuesta (ni obra) que aplaque. Con todo, sabe incluso que hay algo peor que la muerte.

Destinados inexorablemente a convertirse en ruina, hay momentos y santuarios en donde los hombres divinizan su propia mierda. El animal perverso no puede sustraerse a la fascinación de su propia inmundicia. Llegado el caso, pronunciará con Baudelaire el mantra: “Oh, Belleza, monstruo enorme, espantoso, ingenuo”. La potencia creativa de estos entes no puede equipararse con su poder destructivo.

¿Qué es el hombre? Negatividad, responderá el idealismo alemán. Pero esta “negación” es anterior al orden del mundo. La fuerza de negación abre el horizonte para que exista un mundo —con su irreductible faz inmunda. Hay en la destreza humana algo ontológicamente siniestro. Prometeo, Epimeteo. Cada gesto humano anticipa —a su pesar— su decrepitud, el horror de la descomposición.

Pues bien, nos guste o nos disguste, eso mismo somos. “Ni el sol ni la muerte”, explica Jean Clair, “pueden mirarse de frente. Ni el sol deslumbrante, metáfora de Dios y lo inteligible, ni el otro, el sol negro del Dios astuto del presidente Schreber o del demonio melancólico de Nietzsche. De otro modo, es siempre la Muerte, descomposición, inhumación, barro, fango, stercus, polvo, informe, imponderable, inasequible, innombrable, lo que se os resbala entre los dedos, lo que se estrella en vuestras palmas, lo que se disuelve en vuestras narices, y que no puede dejarse decir”[10]. El animal parlante lo hace en la exacta medida en que se topa con el infranqueable límite de lo decible.

 …Y de lo posible. Pues, con absoluta evidencia, un ser humano no puede arreglárselas con su propia esencia: con su ser mortal.

Por lo demás, Freud reunía en una sola categoría a eso que llamaba “formaciones reactivas”, que —supuestamente— ayudan a mantener “en su cauce” a la pulsión: la vergüenza, el asco… y la moral. Todos sabemos qué consecuencias se derivan de dichos ejercicios: la represión no elimina el deseo sino que lo dispara, lo catapulta, lo vuelve más incontrolable y más amenazante. Tampoco la vía de la sublimación resulta eficaz.

Si el humano es un ente gozante, irremediablemente lo será también sufriente. Nada, enfatizará Freud, podrá garantizar “una protección perfecta contra el sufrimiento”, ni “una coraza impenetrable para los dardos del destino”[11]. El psicoanálisis, ¿una ciencia trágica? Al menos, concedamos, un saber lúcido. Porque toda sublimación y toda represión se pagan. “Esta operación mística”, observa Lacan, “la pago con una libra de carne”[12]. La violencia ejercida contra la violencia sólo engendra más violencia.

El problema, desde luego, no consiste en hacer de la pulsión una “fuente” de energía que será utilizada de modo más o menos civilizado, algo que las formas autoritarias decididamente nunca alcanzan, sino este otro: ¿qué hacer con el deseo (o la pulsión) si lo que no desea es, “por extraño que parezca”, según palabras del propio Freud, satisfacción?[13]Un animal que lo quiere todo —porque nada lo contenta.

Presa fácil, así, de simulacros modernos, postmodernos e hipermodernos de satisfacción garantizada. No hay límites para ello, como dice Jean-Pierre Lebrun[14]. El autoritarismo ha sido confiscado casi íntegramente por el Mercado.

Algunos comentaristas (lacanianos) de Freud han analizado la situación contemporánea y ofrecen sus conclusiones: del sujeto “victoriano” (compuesto de sofocantes restricciones a su pulsión), al sujeto “narcisista” de hoy (convertido en consumidor universal), se obedece al mismo Amo: el “imperativo de goce” es el imperativo absoluto. “El sujeto, de ser culpable”, afirma D. Koren, “no lo sería por haber cometido tal o tal otro acto “reprensible”; no, el sujeto sería culpable por no haber triunfado, por no haber obtenido el objeto que esta instancia impersonal, el Mercado, le propone y le impone, por no haber gozado”[15].

Animal mortal, herido por la diferencia (sexual, generacional, temporal, simbólica, etc.), en estos tiempos de narcisismo ubicuitario ¿sigue reconociéndose en el espejo de lo trágico? Ello exige la admisión del apotegma lacaniano: el sujeto nunca es dueño de su lenguaje y tampoco de su deseo. Cuerpo, sujeto y deseo no sólo son distintos sino que mantienen en cada instante de su existencia una tensión discordante[16]. El sujeto (humano) no se completa con nada, nunca. El sujeto (humano) es el fracaso incesante en el empeño de llegar a ser un sujeto (humano).

¿Qué “es” un “ser” “humano”? Algo (o alguien) que no acaba nunca de ser. Pero este no acabar nunca es distinto en virtud de la diferencia sexual (que no es “biológica”, sino simbólica): el “hombre” se incluye en el goce fálico mientras que la “mujer” se incluye de modo incompleto, “indicando la vía de Otro goce”[17].

¿Hombre, mujer? En cualquier caso, no todo.

Lo esencial, quizá, se encuentra en el carácter indomable del deseo. ¡Para bien y para mal! El deseo no cede, no se “arregla”, no transa y no transige. ¿Quién podría jactarse de poseerlo? ¿Quién, de ponerlo bajo caución y custodia?

 

*Sergio Espinosa Proa es antropólogo (por la ENAH) y filósofo (por la Universidad Complutense de Madrid). Autor de una veintena de libros, es profesor de la Universidad Autónoma de Zacatecas desde hace treinta años. Recibió el Premio Nacional de Ensayo "Abigael Bojórquez" en 2006. Miembro del SNI desde 1998.


[1] Sören Kierkegaard, El amor y la religión. Puntos de vista, tr. Juana Castro, NEED, Buenos Aires, 1998, p. 14

[2] Ibíd., p. 28

[3] Ibíd., p. 31

[4] Ibíd., p. 41

[5] Ibíd., p. 42

[6] Ibíd., p. 44

[7] Ibíd., p. 53

[8]Cfr. Claude Lévi-Strauss, Las estructuras elementales del parentesco, Paidós, Barcelona, 1990

[9] ] Sigmund Freud, “La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna”, en Néstor Braunstein (ed.), Cien años de novedad. “La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna”, Siglo XXI, México, 2008, p.32

[10] Jean Clair, De immundo. Apofatismo y apocatástasis en el arte de hoy, tr. Santiago E. Espinosa, Arena, Madrid, 2007, p. 103

[11] Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, Obras Completas, tr. José Luis Etcheverry, Vol. XXI, Amorrortu, Buenos Aires, 1979, pp. 79-80

[12] Jacques Lacan, La ética del psicoanálisis. El Seminario, Libro VII, Buenos Aires, Paidós, 1988, p. 383

[13] Sigmund Freud, “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa”, en Obras Completas, Vol. XI, p. 182

[14] Jean-Pierre Lebrun, Un monde sans limite, Ramonville, Éres, 1997

[15] Daniel Koren, “Cultura sexual y nerviosidad hipermoderna”, en Cien años de novedad…op. cit., p. 123

[16] Es sabido que Lacan desarrolla este problema en La logique du fantasme, Seminario de 1966-67, cit. por Koren en la n. de la p. 135

[17] Ibíd., p. 138

 

 

REGRESAR