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POL1

EL CUERPO, LO OTRO

José Antonio Mejía Coria

 

 

 

Reumen:
La esencia del presente texto ronda en torno al pensamiento que desde el psicoanálisis de Freud y Jaques Lacan fue vertido hacia la posibilidad de pensar el cuerpo. Se realiza un recorrido por la diversidad del transitar sobre el lugar del cuerpo en psicoanálisis, para arribar a los litorales de la crueldad y la estética. Cuerpo habitáculo de síntomas e identificaciones. Cuerpo como lo más desconocido, borde que hace litoral con los efectos de la crueldad y el vaciamiento mediante una singular (po)ética.


Palabras clave: Cuerpo, pulsión, inconsciente, imaginario, real, simbólico, crueldad.

 

 

El cuerpo pensado como eso que de lo real padece de significantes. Un padecer en el sentido de no poder ser nombrado desde ninguna opción que provenga del lenguaje. Cuerpo estructurado en función de identificación, cuerpo especular. Cuerpo bordeado por los efectos de lenguaje, bordeado, nunca nombrado. Cuerpo como imposible de ser nombrado en su totalidad. Este exceder el lenguaje permite abordar la condición de radical alteridad que el cuerpo representa: el cuerpo como la diferencia radical ante la razón, ante el pensamiento. El cuerpo como Gestalt, y como exceso incapturable por la función de las formas. El cuerpo como representante de esa rasgadura inicial: además del planteamiento del psicoanálisis es importante retomar la tesis artaudiana del cuerpo sin órganos. Resquebrajamiento de las formas. Cuerpo Otro.Es complejo vérselas con el cuerpo que es desplante anti epistémico. El cuerpo que quiebra coyunturas, y hace junturas donde no las hay. El cuerpo desplante. Ante tanto implante. El cuerpo que es desconocimiento. El cuerpo que etcétera. Preguntas sin respuesta ¿Qué es el Cuerpo? ¿Qué es el Otro? Desde el abordaje psi se abre una de tantas brechas para pensar el cuerpo como posibilidad de otredad. Intento de respuestas: El cuerpo como aporía de la razón, vertido Otro como promesa de saberes. De conocimientos. El Cuerpo, lo Otro: “Lo Otro de occidente es el cuerpo, que ha sido reconocido (o mapeado) por sus aparatos de conocimiento y reciclado (o diseñado) por sus dispositivos dietético-sanitarios. El cuerpo es lo Otro porque se le ha disciplinado, se le ha hecho obedecer a un componente no corporal, no materialque recibe diferentes nombres (alma, mente, espíritu, conciencia, pensamiento, idea, imperativo categórico, ley, etcétera) pero que tiene por rasgo distintivo su no mortalidad”[1]. El otro de Occidente es el cuerpo: lugar por nombrar, disciplinar e inscribir los denominados saberes de las nombradas ciencias de lo humano. Quizá la articulación por el lado de la poesía de lo abyecto nos permita acercarnos a ese indefinible cuerpo vinculado a ese indefinible Otro.

I. Freud-Lacan, el cuerpo poesía

“El lenguaje del cuerpo no puede ser silenciado. El cuerpo tiene un lenguaje propio que se despliega en una elocuencia que no usa palabras.”

Enrique González Crussí. Mors repentina

La poesía intenta atrapar el residuo que las palabras no alcanzan a capturar, aunque está advertida de que es tarea imposible. Poesía y cuerpo, anudadas como cuerpo poesía.

“Hablar sobre el cuerpo es entonces hablar sobre la gramática, y no sobre el organismo” (Zopke, 1977, p. 26). 

Asimismo, plantea Zopke[2]: El sujeto tal como Freud lo engendró en infinitas noches de genio, es un cuerpo trazado por la gramática. Hay razones para admitir –dice- una represión, originaria (Ur) una primera fase de la represión, consistente en que el representante psíquico (representante ideativo) de la pulsión, ve negada su entrada en la conciencia. Con ello se produce una fijación. El representante correspondiente subsiste desde aquel momento en forma inalterable, y la pulsión permanece ligada a aquel. En resumen a una Vorstellung-Repräsentanz se le recusa (Versagt) su acceso. El inconsciente se estructura a partir de este dispositivo matricial.

La propuesta del presente texto es pensar el cuerpo vinculado con la poesía. Lo inconsciente estructurado a partir del dispositivo matricial del representante psíquico que no puede acceder a la conciencia.Inclusive podemos decir que sólo se puede hablar de cuerpo a partir de la poesía. La primera fijación se ubica en el cuerpo, inscripción inicial. Inscripción por hallar. No sólo la poesía de las palabras, sino la poesía como expresión. El cuerpo-poesía como posibilidad de pensar las maneras en las que se hace un cuerpo. Podemos decir: la poesía está vinculada directamente con el hacerse cuerpo. El cuerpo como ese poetizar-habitar. Cuerpo, habitáculo por habitar. Poéticamente se habita el cuerpo.

La poesía no es un simple despilfarro de palabras, la poesía como ornamento estético no es tal: el hombre atravesado por el registro de lo simbólico hace poesía de esa desgarradura inicial: cuando la carne es atravesada por ese primer nombrar deja una rasgadura temporal de la cual el poetizar se hace cargo. Hay un resto. La poesía es el hilo delgado que desde la expresión da cuenta de la existencia de un cuerpo-resto. El poeta hace poesía en el tiempo, desde el cuerpo, desde las resonancias de las palabras en la carne[3]:

El tiempo se desgarra y sólo el poeta puede detenerlo en una palabra. El poeta instaura, en el devenir del acontecer, lo permanente[4]. La poesía es por ello la instauración del ser. El poeta en su poesía nomina al ente para empujarlo a ser; nombra por vez primera al ente y allí, en el tiempo detenido, el ente adviene al ser. El ente es el ser por la palabra; por la palabra poética. El ente en tanto existente, está ahí, pero al ser nombrado por una palabra esencial, por una palabra poética adviene al tiempo del ser. La palabra dona al ente la posibilidad de ser al liberarlo del mero existente. De este modo, la poesía es el establecimiento del ser por la palabra.

El tiempo, esa máquina loca, opera desde el desgarramiento de las texturas, la desesperación del poeta es esa tarea infinita de hacer de la desgarradura algo, algún efecto, la poesía se presenta como la posibilidad de crear efectos, ese algo que nombre el espacio dejado por el tiempo que transcurre, que no para. La poesía es la volcadura contenida de la desgarradura del ser. Allí, ante la inminente desaparición del ser en la maquinaria del tiempo, la poesía produce efectos desde el lugar del nombramiento desgarrado. El tiempo explota, el ser se disemina, la poesía se presenta como textura de la dispersión. La poesía detiene, alarga, modula el ruido de la explosión del tiempo. La poesía, nos comenta Morales[5] “ella es la acción que muestra, que trastoca al ente para hacerlo ser; es quien nomina las cosas, el mundo y los dioses. Así, la poesía es el soporte del ser de lo humano, es lo que alberga el testimonio de pertenencia al mundo; es lo que permite la instauración de la historicidad. La historia se sostiene en la poesía porque ella surge del dialogo del ser con el lenguaje mismo”

Sin embargo vayamos a Freud[6] y a Lacan[7].

El encuentro frontal de Freud con las histéricas (específicamente en los escritos en Estudios sobre histeria) es encuentro con el cuerpo arrastrado como superficie donde las histéricas despliegan los ataques que no corresponden más a un campo de la función orgánica.

Este primer encuentro es encuentro con un cuerpo hecho de palabras.

El telón de fondo del malestar del órgano dice otra cosa. El cuerpo silencioso-paralizado de la histérica presenta un relevo: las palabras son despliegue revelador: las formaciones de lo inconsciente, a manera de lapsus, sueños, olvidos, chistes o recuerdos olvidados, anudamientos que descifrados se creía darían cuenta de lo que acotaba la función del cuerpo, aquello que hacia padecer al cuerpo sería revelado por medio de las palabras.

Descentramiento fundamental: el cuerpo no es sólo el organismo, el cuerpo está atravesado por el deseo que oculta lo inconsciente.

Podemos puntualizar, si bien, el síntoma, las formaciones del inconsciente comprometían para Freud el cuerpo, en realidad el cuerpo no fue el asunto freudiano por antonomasia. Él tenía la certeza de que una anestesia, una contracción del cuerpo podría ser solucionada descifrando el jeroglífico que planteaba el sueño o la palabra olvidada, sustituida o reprimida.

Ante lo ya mencionado Freud se topa desde su misma elaboración teórica con dos cuestiones que se imponen como límite al análisis: pulsión de muerte y repetición. Exactamente ahí donde el análisis encuentra su límite es donde lo desconocido que es el cuerpo da cuenta de la imposibilidad de ser capturado todo por el lenguaje, algo escapa, un resto, un algo. Lo que se repite es la pulsión de muerte. Lo que se repite es el residuo que escapa a las palabras, este residuo habita el cuerpo. Freud quiere escuchar, pero el cuerpo del goce le sale al encuentro.

Freud con su elaboración teórica introduce como ya se ha relatado, una fisura que no solo corresponde a la misma elaboración freudiana, sino al mundo y al narcisismo del hombre. La división que inaugura Descartes, el mente cuerpo, desde Freud el organismo tiembla, zozobra pues es tomado por la pulsión produciendo un cuerpo afectado por el encuentro con lo sexual. El sujeto del cogito está afectado de sexualidad, el sujeto piensa donde no es, es donde no piensa. Freud, otra versión del sujeto, otra a-versión del sujeto como cuerpo.

La condición del sujeto es su corporeidad. Corporeidad como asiento de las representaciones que lo constituyen.

El sujeto cartesiano es razón pura, es pensamiento, se constituye como yo-sujeto con la premisa de haber pasado primero por el filtro de la razón.

El sujeto del cogito da cuenta que es imposible sostenerse sin cuerpo, pensado así la pulsión desnaturaliza al organismo para volcarlo a través del encuentro con lo traumático sexual.

Pongámoslo claro, el sujeto del que podemos hablar a partir de Freud es el sujeto que “piensa” con la pulsión. Freud plantea: la pulsión es acéfala.

Si la pulsión se le presenta a Freud, a través de la compulsión a la repetición, como resultado del encuentro con lo imposible del sexo, no podemos dejar de lado este inédito: pensar el cuerpo como eso que se resiste al continuum que plantea su registro orgánico, la compulsión a la repetición da cuenta de ese más allá del órgano. El sujeto habitado por esa compulsión a la repetición busca desde el cuerpo encontrar la satisfacción que lo remitiría a su constitución como totalidad. El cuerpo se resiste a cualquier pretensión de decirse “todo”. Tensión fundante de otra manera de pensar al sujeto. El sujeto desde Freud, no es sin cuerpo.

Ante los males de época como la anorexia, la depresión, la rehabilitación de los cuerpos, parece emergente abordar el término de la escucha desde las formaciones de lo inconsciente que ya planteaba Freud hace más de cien años. Aunque hay diversas preguntas que se pueden articular a lo ya planteado ¿con qué cuerpo no las tenemos que ver en estos tiempos? ¿habrá lugar para el despliegue de las palabras, conflictos y develaciones sobre el sujeto que habitan el cuerpo?

Ante los discursos de moda que plantean ante todo un bienestar y una liberación del cuerpo desde el imperativo medico: adormilamiento, medicación, operación-cirugía-corrección se pretende dar cuenta precisamente de que si algo es trabajable, moldeable, controlable, es el cuerpo.

El imperativo actual, es el imperativo que ha atravesado Occidente negar el cuerpo y su inmanencia de desconocido ante una afirmación que lo diluye por medio de una verdad que se pretende incuestionable: no te debes preocupar por el cuerpo, todo lo referente a tu cuerpo está controlado.

Ante esto evidentemente es necesario seguir articulando, retomemos ahora algunas de las puntualizaciones que Lacan plantea sobre el cuerpo.

En el texto “El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, Lacan[8] plantea la conformación del sujeto no como una implicación neurológica como matriz de partida del sujeto, sino fundamentalmente un hecho de estructura. Este esquema atraviesa la mayor parte de la enseñanza de este autor.

Lacan comenta “el cuerpo es el Otro” (cuestión que de una u otra manera da cuenta precisamente del título del presente texto), en esa misma época plantea: la sola visión de la forma total del cuerpo humano brinda al sujeto un dominio imaginario de su cuerpo, prematuramente respecto al dominio de su cuerpo real, el sujeto toma conciencia de su cuerpo como totalidad, hay un establecimiento de dominio prematuro sobre la imagen.

Como ya planteamos la primera imagen le devuelve al sujeto una primera certeza de dominio imaginario la cual es tensión con lo incontrolable del cuerpo real: esfínteres, reflejos, el cuerpo vivido como fragmentación. La imagen devuelta por el espejo aún no puede ser pensada como cuerpo.

Tiene que operar un segundo momento en el cual se da el reconocimiento por el Otro, quien pone a girar la máquina de significantes que le otorgará al sujeto no sólo la ilusión de consistencia imaginaria, sino el cuerpo simbólico. La huella simbólica que opera a partir del Otro es lo que da cuenta de este anudamiento entre la pura especularidad y el registro de lo simbólico, soporte y empuje, anudados en un esquema que Lacan propone como surgimiento del cuerpo como el Otro, el cuerpo es el Otro.

Desde la publicación del estadio del espejo ya podemos avizorar la presencia de los tres registros, Imaginario, Simbólico y Real ligados a la articulación lacaniana referentes al cuerpo: además de los dos momentos ya planteados hay un tercero que atañe al cuerpo como intraducible, cuerpo oculto, por fuera del campo del Otro, por lo tanto cuerpo no especularizable, hablamos del cuerpo en el registro de lo real.

Retomando lo ya dicho, el engaño narcisista hace de soporte al cuerpo imaginario, la imagen del cuerpo devuelta por el espejo, fascinación, jubilo, el espejo devuelve una imagen ideal i (a) completa, aunque no todo de lo real del cuerpo es capturado en dicha imagen. Hay un cierto engaño de completud.

El cuerpo devuelto, confirmado a través del Otro que además autentifica la imagen, cuerpo atrapado por la mirada de ese Otro, por su deseo; el Otro inscribe la huella significante que hace emerger el cuerpo marcado por la falta: introducción de lo simbólico del cuerpo.

El cuerpo pensado desde esta serie de consideraciones es un efecto de lenguaje.

El pedazo de carne afectado por el lenguaje deja de ser el UNO, las palabras introducen una escisión entre la carne y el cuerpo.

El cuerpo como renuncia a ser el objeto que daría cuenta de la existencia de la completud del Otro. El cuerpo da cuenta de la imposibilidad de saturar la falta efectuada por el lenguaje.LA EXISTENCIA DEL SUJETO DEL INCONSCIENTE ES PURAMENTE CORPORAL.

Al estar afectado por lo simbólico el cuerpo se vacía de goce, desde la palabra inscrita el deseo acota la posibilidad de que el cuerpo goce-todo. El cuerpo al no poder decirse todo da cuenta de la carencia de significantes que pudieses nombrar ese resto surgido del roce de las palabras con la carne.

Hay un resto, imposible de ser capturado por el espejo, objeto no especularizable, objeto no decible.

Ese objeto no especularizable es el objeto a. Ya mencioné que el cuerpo está vaciado de goce, digamos “el goce abandona el cuerpo en el acto de ser mirado y dicho”, sin embargo, el objeto a condensa parte del goce que ha escapado al sacrificio del cuerpo por su paso por el lenguaje: este objeto “permite” el establecimiento de los síntomas, gozamos porque tenemos un cuerpo, mejor dicho, gozamos porque un cuerpo nos con-tiene, para gozar hace falta un cuerpo nos plantea Lacan en el seminario denominado Aún: acá el lenguaje es el que atempera el germen de goce que como resto habita el cuerpo.

En la poesía, hay un empuje hacia el goce, y paradójicamente un con-tenerse ante el goce: ante el límite impuesto por el lenguaje, el poeta se revela emprendiendo la tarea imposible de hacer hablar al resto. En el acto poético hay un empuje hacia el goce, aunque el lenguaje atempera, la poesía de la desmesura nada quiere saber de este empuje atemperante.

En la formación del fantasma, en el establecimiento del sujeto como efecto de dos movimientos: por un lado, una alienación al lenguaje; y por el otro una separación del goce. Nos permite pensar que el intento del poeta es arrebatarle al Otro ese goce sustraído por los efectos de la alienación al lenguaje. 

El poeta escribe, la escritura se presenta como huella del paso del lenguaje, capturado por el cuerpo. El acceder al lenguaje, a la alteridad, plantea una renuncia, renuncia al goce El poeta en su escritura expresa in-con-formidad ante ese arrebatamiento inicial.

Aspecto que no deja de sorprender: la poesía en Artaud plantea un delicado acercamiento al objeto a. frente a frente con lo real, Artaud plantea: el cuerpo sin órganos burla -que burla y se burla- las trampas del lenguaje.

Cabe señalar que el pretexto de este breve recorrido a través de algunos conceptos lacanianos es telón de fondo que sirve para articular la siguiente cuestión ¿qué ha revertido el goce de una manera evidentemente resonante en la poesía, específicamente la poesía artaudiana?

Comenta Lacan[9] “el goce está prohibido a quien habla como tal”. El goce aparece como lo interdicto. Lo prohibido es el goce para el cuerpohablante. Y sin embargo, lo interdicto, al ocultar la atracción que promueve el objeto a, siempre es invitación a hacer de lo interdicto un dicho más. No todo lo real entra en el dominio del Otro, algo escapa a la imagen virtual i (a) que regresa el espejo. El goce está por fuera del cuerpo, al ser este goce otro.

La poesía produce un tiempo nuevo para el cuerpo. Pensemos la ausencia de poesía…pensemos la ausencia del cuerpo. Más, para pensar la poesía, es necesario hacer algunas puntualizaciones referentes al cuerpo. Tomaremos como referencia a Merleau Ponty[10] (1945), quien menciona “No hay que decir pues, que nuestro cuerpo está en el espacio ni, tampoco, que está en el tiempo. (Sino al contario) Habita el espacio y el tiempo.” (p. 156), algunos párrafos más adelante puntualiza nuestro autor “En tanto que tengo un cuerpo y que actúo a través del  mismo en el mundo, el espacio y el tiempo no son para mí una suma de puntos yuxtapuestos, como tampoco una infinidad de relaciones de los que mi conciencia operaría la síntesis y en la que ella implicaría mi cuerpo; yo no estoy en el espacio y en el tiempo, no pienso en el espacio y en el tiempo, soy del espacio y del tiempo y mi cuerpo se aplica a ellos y los abarca”.

El cuerpo es nuestro medio general de poseer un mundo. Ora se limita a los gestos necesarios para la conservación de la vida y, correlativamente, pro-pone a nuestro alrededor un mundo biológico, ora, jugando con sus primeros gestos y pasando de su sentido propio a un sentido figurado, manifiesta a través de ellos un nuevo núcleo de significación: es el caso de los hábitos motores, como el baile. Ora, finalmente, la significación apuntada no puede alcanzarse con los medios naturales del cuerpo; se requiere, entonces, que este se construya un instrumento y que proyecte entorno de sí un mundo cultural…La habitud no es más que un modo de ese poder fundamental. Se dice que el cuerpo ha comprendido que la habitud es adquirida cuando se ha dejado penetrar por una nueva significación, cuando se ha asimilado un nuevo núcleo significativo (Merleau Ponty, ibíd., p 164).

La habitud a manera de expresión, escritura, danza, pintura: el movimiento da cuenta de la habitud del cuerpo. Habitar como escriturar, poetizar, pintar. Habitar como resistir a la disección, a la inminencia de la muerte del cuerpo. El cuerpo también es experiencia. El cuerpo es yo, por eso es otro. Por eso el cuerpo en ocasiones no responde ante el llamado que le hago, en ocasiones las piernas no responden a lo que yo ordena. En el campo de la poesía podemos abordar la diferencia entre el grito y el poema. Si el cuerpo grita, yo no entiende. Yo trata de dar habitud a ese grito intempestivo que se presenta.

La poesía, parafraseando a Morales (2003a), es el establecimiento del ser del cuerpo por las palabras. Pero también cabe señalar que las palabras no alcanzan todas para decir al cuerpo. El cuerpo escapa. La poesía es el transitar fecundo del sujeto por el borde de la desgarradura. El cuerpo muestra lo insoportable de la desgarradura, las poesías son las que hacen perdurar la desgarradura desde la detención del tiempo. La poesía es intento de contención del grito inherente que habita el cuerpo.

Sigamos con la poesía, la poesía es ese habitar con otros. La alteridad es la pasión fundamental del lenguaje. El atravesamiento por el estadio del espejo da cuenta de la poética que precede a la palabra, la poesía está ligada radicalmente con la locura, locura de la imagen incontenible, del espejeo descontrolado, del agujero en el cuerpo. La poesía hace de contenedor de esa dispersión. La poesía revienta al yo para darle cabida al grito, al aullido del cuerpo.

La poesía se anuda a la locura por su función de llamar a la otra voz. La poesía es el lenguaje del olvido, la letra de lo sofocado y la materialidad de lo heterogéneo; es la memoria de lo maldito. Surge de este modo, en los tiempos modernos, una densidad poética que llama al desasosiego del ser. Es su voz como grito, poema o grafiti.

Al igual que con la locura la poesía se articula al cuerpo por su función de convocar otras voces. La poesía como el lenguaje de la dispersión del cuerpo. Comenta Derrida[11] “la dispersión es lo que no vuelve al padre”. Allí donde el espejo abarca la totalidad de la imagen, la poesía da cuenta de la fractura de esa totalidad e intenta dar cuenta del resto, así sea necesario aventar el cuerpo como intento de analogía con el resto. La poesía es la memoria del cuerpo fragmentado ante la ilusoria totalidad-olvido presentado por la imagen. El cuerpo es el asiento del grito, el habitáculo del poema, la residencia de la fractura que configura cualquier posibilidad de devenir.

Dado que la poesía no se reduce a una articulación desde el puro orden simbólico, es pertinente pensarla en su desmesura como ese efecto de roce de la carne. Roce que produce de la carne cuerpo, roce que araña las tesituras de la imposibilidad surgida de la desmesura poética. El cuerpo como habitáculo queda rebasado por la explosión poética. O a la manera de Artaud:[12]

Post-Scriptum13

¿Quién soy?

¿De dónde vengo?

Soy Antonin Artaud

y apenas yo lo diga

como sé decirlo

inmediatamente

verán mi cuerpo actual

estallar

y recogerse

bajo diez mil aspectos notorios

un cuerpo nuevo

en el que ustedes no podrán

nunca jamás

olvidarme.”

La poesía es la espesura del lenguaje (Morales, 2003 b), espesura del lenguaje que habla de la espesura de la diseminación del cuerpo. El cuerpo estalla en mil pedazos. Espesura: Mil densos pedazos que la poesía intenta recoger y nombrar, uno por uno en el tiempo. En el intento de detención del tiempo el poeta recoge fragmentos de esa diseminación inicial que es la poesía. El cuerpo en el espejo sólo puede ser pensado a partir de la poesía.

El cuadrivio que se presenta: Poesía-cuerpo-muerte-tiempo. El cuerpo como habitáculo de la poesía, como asiento de la mortalidad, el cuerpo como expresión del tiempo. El poeta desde el cuerpo opera una resistencia hecha poema ante la desgarradura fatal inherente al tiempo: la muerte. Pero más allá del discurso mortífero, pensemos la poesía como esa expresión viva, saltarina, irreverente. Nietzsche mencionaba que el hombre ante su inmensa tristeza había sido llevado a inventar la risa, el animal más triste es también el animal más alegre. La risa y la poesía están enlazadas, y si, una vez más, es en el cuerpo donde la risa y la poesía resuenan.

Uno se hace un cuerpo, “bajo mil aspectos notorios, un cuerpo nuevo, en el que ustedes no podrán nunca jamás olvidarme”, un cuerpo nuevo desde las palabras que dicen que se marca la tesitura de lo inolvidable. Desde las palabras que operan la explosión que se dice una y otra vez.

Decires y capturas, lo que escapa es lo siniestro. Lo siniestro como sagrado. Lo sagrado como bellamente terrible. Se deja de lado el lugar que incómoda las pretensiones de un saber todo. Lo siniestro, lo diferente. La diferencia, aquello que escapa al decir, y por lo tanto es rechazado. La diferencia que plantea el cuerpo-poesía es planteada por la espesura del lenguaje contaminado de cuerpo.

Lo que no entra en el sistema de nominaciones preexistentes, lo que se debe desechar del discurso, de cualquier ligazón con otro. El otro de occidente: la diferencia ante lo Otro (como lo Uno). El Otro de occidente: la muerte (como devenir finitud). Finitud in-soportable ante la promesa que del eterno fuese eterna infinitud.

II. El goce y lo abyecto

Salto inevitable, es con Artaud y su corporeización de la desaparición del cuerpo como podemos hacer enganche con las formas de actualización del cuerpo, y finalizar este breve recorrido, Dumoiliè[13]

 “Más acá del inconsciente regido por un sistema de interpretaciones que remite al sujeto y al recinto cerrado de la lengua, existe una semiótica del cuerpo. Pero ella no puede constituirse jamás en significación, lo más “propio” es lo menos comunicable; desde el momento en que habla, ya no es el cuerpo”.

Pensar el cuerpo desde su diferencia radical nos acerca, una vez más a lo que Dumoilié[14] menciona como “dos modos de la diferencia”, planteado a partir de Nietzsche y Artaud “por un lado el cuerpo obsceno –aquel en que vivimos; por el otro, el cuerpo abyecto o puro –el “cuerpo sin órganos”

Sea el cuerpo obceno, eso que habitamos y vivimos, o, sea el cuerpo sin órganos, cuerpo de la abyección, podemos decir que si algo incomoda la historia de los tiempos es el cuerpo puesto en la antesala de la diferencia como insoportable.

Cuerpo vaciado de cualquier significante que quisiera hacer mella desde la diferencia. Intento de anular eso insoportable que pretende dar cuenta del cuerpo desde las palabras. El cuerpo sin órganos que acaricia lo real desde el desconocimiento de la carne. Carcajada insípida ante este imposible, lo ríspido del cuerpo es ese permanecer suspendido entre dos momentos: el cuerpo como enunciado imposible, el cuerpo como enunciante imposible: “El cuerpo sin órganos es una noción paradójica, todo, menos un concepto, algo irrepresentable[15]

Desborde dionisiaco: lo más insignificante (en tanto despliegue exorbitante de la dispersión) colocado como posibilidad de significante disoluto, desde el no significar nada como uno. Carcajada y paradoja “el cuerpo escribe, pero nunca se escribe[16]”. Unidad y dispersión, el cuerpo no puede ser concepto. El concepto le da tiempo a la cosa. El cuerpo y el tiempo están entretejidos, entre uno y otro aparece el sujeto. El cuerpo no es pura cosa por temporalizar, el cuerpo es posibilidad de temporalizar.

Regresemos al dialogo con el texto artaudiano, no se puede habitar un cuerpo sin órganos, el cuerpo es inmundo. Es imposible habitar. Esa es la queja que Artaud presentaba como posibilidad de tejer otra manera de habitar: habitar no habitando.Artaud como el límite del psicoanálisis, ya lo mencionábamos con la pulsión de muerte.

Las inmundicias generalmente no son habitables. Este planteamiento artaudiano convoca a pensar en lo impensable que es el cuerpo. El yo queda demolido, el agujero arrasa cualquier posibilidad de semblantear por medio de identificaciones. El yo desde Freud se piensa como un precipitado de identificaciones, estas identificaciones quedan demolidas ante la ausencia de sostén imaginario ¿Qué queda entonces? Queda otra posibilidad de pensar el cuerpo.

El cuerpo que explota cuando el órgano ya no da la nota para seguir tocando. El cuerpo que se expande insensible hasta el hartazgo del pensamiento. El cuerpo que seduce las orejas, los ojos, la boca. El cuerpo que escapa de ser puro ojo, pura oreja, pura boca. El cuerpo que se implanta fuera del órgano. El cuerpo que responde nada cuando el otro cuerpo le roza las entrañas. El cuerpo, más allá de las maneras de nombrar y de no nombrar. El cuerpo como des-ser. Como desertar de las palabras, y de la cosa.

Hay algo que contiene la explosión inminente de los órganos, la imagen es el primer sostén, proemio especular que permite dar el giro hacia el trazo que lo simbólico plantea como escisión fundamental: el trozo de carne queda separado del cuerpo. A pesar de sostenerse en un registro de lo simbólico, la noción de lo inconsciente es la que posibilita dar cuenta de la diferencia ya planteada entre la carne y el cuerpo. Lo real también está afectado de inconsciente.

Cada época produce sus maneras particulares de pensar el cuerpo, el cuerpo que nos toca pensar es lo insoportable de habitar el cuerpo. Por eso la trocería de cuerpos en las carreteras o en la fosas.

¿Y Artaud? ¿Y el cuerpo sin órganos? La trocería no da posibilidad de bordear un vacío. La trocería es avasallamiento desde lo real. En cambio, la apuesta artaudiana es la posibilidad de articular a partir del vaciamiento del cuerpo: vaciamiento de órganos, ya no el vaciamiento de goce por el lenguaje, sino el vaciamiento de lo sobreconceptualizado: el órgano, para Artaud estorba. La crueldad es necesaria para dar cuenta del cuerpo.

Emparentado aunque difiriendo con la noción de pulsión de muerte que plantea Freud, Artaud nos presenta el vaciamiento del cuerpo como necesario para poder partir hacia otra cosa, en su caso, el teatro de la crueldad, en el caso que permite pensar Freud, la sublimación es la posibilidad ante la inminencia de la pulsión de muerte. Creación, armazón de un cuerpo a partir del cero, del vaciamiento de órganos.

Citemos a Merleau Ponty:[17]

“nuestro cuerpo no es objeto para un “yo pienso”: es un conjunto de significaciones vividas que va hacia su equilibrio. A veces se forma un nuevo mundo de significaciones”. Para finalizar:

Artaud grita: me sobra un cuerpo ¿cómo hacerse cargo de los residuos?

 

 

 

 

[1]Espinosa Proa, S. 2004, Treinta y seis tesis sobre la alteridad y la mortalidad (Tesis VIII). En No hay nada escrito [filosofía, antropología, estética]. Universidad Autónoma de Zacatecas.

[2] Zopke, P. (1977). Fonología del cuerpo. Sobre la palabra y el lenguaje en la psicosis. Helguero, Argentina.

[3] Morales, H. (2003a). El sujeto en el laberinto. Ética y Política en Lacan. Ediciones de la noche, D. F. México.

[4]Morales, H. (2003b). La trenza del desasosiego. En: Deriva, Nueva Época No. 15. Ediciones Deriva, México D. F.

[5]Morales, H. (2003a), Ibíd. 

[6] Freud, S. (1896). Estudios sobre histeria. Obras Completas. Amorrortu, Argentina, 2006.

[7] Lacan, J. (1949). El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. En Escritos 1. Siglo XXI, México, 2006.

[8]Lacan, J. Óp. Cit.

[9]Escritos 2. Siglo XXI, México, 2006. (p. 801).

[10]Merleau Ponty, M. (1945). El Cuerpo. En: Fenomenología de la percepción. Planeta-De Agostini, Barcelona, España, 1985. (p. 85-116)

[11]Derrida, J. (1999). Dar la muerte. Paidós Ibérica, Barcelona, España, 2006.

[12]Artaud, A. Post Scriptum. Selección Poética.

[13] Dumoilié, C. (1992). Nietzsche y Artaud. Por una ética de la crueldad. S. XXI, México, 1996

[14] ibíd., p. 142

[15]Dumoilié, ibíd.

[16] ibíd.

[17] ibíd., p. 170.

 

Bibliografìa

1. Espinosa Proa, S. 2004, Treinta y seis tesis sobre la alteridad y la mortalidad (Tesis VIII). En No hay nada escrito [filosofía, antropología, estética]. Universidad Autónoma de Zacatecas.

2. Zopke, P. (1977). El cuerpo fonológico (Sobre la palabra y el lenguaje en la psicosis). Helguero, Argentina.

3. Morales, H. (2003a). El sujeto en el laberinto. Ética y Política en Lacan. Ediciones de la noche, D. F. México.

4. Morales, H. (2003b). La trenza del desasosiego. En: Deriva, Nueva Época No. 15. Ediciones Deriva, México D. F.

5. Derrida, J. (1999). Dar la muerte. Paidós Ibérica, Barcelona, España, 2006.

6. Freud, S. (1896). Estudios sobre histeria. Obras Completas. Amorrortu, Argentina, 2006.

7. Lacan, J. (1949). El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. En: Escritos 1. Siglo XXI, México, 2006.

8. Lacan, J. (1960). Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano. En: Escritos 2. Siglo XXI, México, 2006. (p. 801).

9. Merleau Ponty, M. (1945). El Cuerpo. En: Fenomenología de la percepción. Planeta-De Agostini, Barcelona, España, 1985. (p. 85-116)

10. Dumoilié, C. (1992). Nietzsche y Artaud Por una ética de la crueldad. S. XXI, México, 1996.

11. Artaud, A. Post Scriptum.

En: Selección Poética. Texto consultado en red: http://es.scribd.com/doc/65568715/Artaud-Antonin-Seleccion-Poetica-Franc-Esp


 

 

 

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