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  DEL DISCURSO CAPITALISTA Y LA SUBJETIVIDAD.
PLUSVALOR Y PLUS DE GOCE
 
 

CLAUDIO R. BOYÉ

 

claudioboye@yahoo.com.ar

 

 

 

Resúmen: Claudio Boyé nos interroga para pensar la posibilidad del lazo social en la globalización, si éste es posible fuere del capitalismo. Recorre los postulados marxistas sobre el plusvalor y la apuesta lacaniana del plus de gozar como recuperación frente al goce mítico perdido. Analiza el modo en que el inconciente se articula al lazo social y en ello advierte que hay síntoma social donde no hay lazo social. Cuestiona dónde se advierte el riesgo del cierre del inconciente; en la comunidad analítica o en el capitalismo.

Palabras Clave: capitalismo, goce, mercado, subjetividad, plusvalor, globalización, inconciente.

“...la crisis, no del discurso del amo, la del discurso capitalista que es el que lo sustituye, está abierta. No les digo en absoluto que el discurso capitalista sea débil, tonto, al contrario es algo locamente astuto ¿verdad?. Muy astuto, pero destinado a reventar, en fin es el discurso más astuto que se haya jamás tenido.”
                                   Jacques Lacan [1] 

El estado “normal” del capitalismo es la “revolución permanente” de sus propias condiciones de existencia. Desde el principio el capitalismo se “pudre”, está marcado por una contradicción mutiladora, por la discor­dia. Por una necesidad inmanente de equilibrio: ésta es exactamente la razón de que cambie y se desarrolle incesantemente. Este es el único modo que tiene llegar a un acuerdo con su propio y fundamental desequilibrio constituti­vo: la “contradic­ción”. Lejos de ser constricti­vo, su límite es el ímpetu mismo de su desarrollo. En ello reside la paradoja propia del capitalis­mo, su último recurso. El capitalismo es capaz de transformar su límite, su impotencia misma, en el orden de su poder -cuanto más se “pudre”, más se agrava su contradicción inmanente, más ha de revolucio­narse para sobrevi­vir. Discurso loco, astuto que no tiene envés. ¿Qué tipo de lazo y subjetividad produce entonces este discurso?

Si para Hegel la autoconciencia surgía como resultado de la confron­tación de dos sujetos (Amo-Esclavo), para Marx, en cambio, se trata del funcionamiento del mercado. Marx traslada el problema de la intersubjeti­vidad al merca­do. Una lectura atenta permite comprender que no hay un sujeto de la burguesía y un sujeto del proletariado, hay un solo sujeto que es el mercado. El proletariado y la burguesía son variables de una función: la estructura del mercado:

“Dos palabras para evitar posibles equívocos. No pinto de color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y del terrate­niente. Pero aquí sólo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intere­ses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una criatura por más que subjeti­vamente pueda elevarse sobre las mismas.” (K.Marx, El Capital, T.I, Libro primero, Prólogo a la primera edición).

En consecuencia burgueses y proletarios están en posición de desconoci­miento en relación a la estructura (mercado).

Plusvalor y Plus de goce

“El producto -propiedad del capitalista- es un valor de uso, hilado, botines, etc. Pero aunque los botines, por ejemplo, en cierto sentido constituyen la base del progreso social y nuestro capitalista sea un progresista a carta cabal, no fabrica los botines por sí mismos. En la producción de mercancías, el valor de uso no es, en general, la cosa que se ama por sí misma. Si aquí se producen valores de uso es únicamente porque son substrato material, portadores del valor de cambio, y en la medida en que lo son. Y para nuestro capitalista se trata de dos cosas diferentes. En primer lugar, el capitalista quiere producir un valor de uso que tenga valor de cambio, un artículo destinado a la venta, una mercancía. Y en segundo lugar quiere producir una mercancía cuyo valor sea mayor que la suma de los valores de las mercancías requeridas para su producción, de los medios de producción y de la fuerza de trabajo por los cuales el adelantó su dinero constante y sonante en el mercado. No sólo quiere producir un valor de uso, sino una mercancía; no sólo un valor de uso, sino un valor, y no sólo un valor, sino además plusvalor.”

A partir de aquí Marx personifica al capitalista lo hace hablar a través de la producción de hilado. Luego de varias reflexiones y cálculos el capitalista queda perplejo porque el valor del producto es igual al valor del capital adelantado. “Nuestro amigo, pese a su altanero espíritu de capitalista, adopta súbitamente la actitud modesta de su propio obrero. ¿Acaso no ha trabajado él mismo? ¿no ha efectuado el trabajo de vigilar, de dirigir al hilandero? ¿Este trabajo suyo no forma valor? Su propio capataz y su gerente se encogen de hombros. Pero entretanto el capitalis­ta, con sonrisa jovial, ha vuelto a adoptar su vieja fisonomía. Con toda esa letanía no ha hecho más que tomarnos el pelo. Todo el asunto le importa un comino. Deja esos subterfugios enclenques y vacías patrañas, y otras creaciones por el estilo, a cargo de los profesores de economía política, a los que él mismo paga por ello. Él es un hombre práctico, que si bien fuera del negocio no siempre considera a fondo lo que dice, sabe siempre lo que hace dentro de él. Nuestro capitalista había previsto este caso, que lo hace reír. El artilugio, finalmente, ha dado resultado. El dinero se ha transformado en capital.” [2]

A partir de esta risa del capitalista, Lacan comienza a establecer la relación de homología entre la plusvalía y el plus-goce, entre la Mehrwert y la Mehrlust. Es en esa risa que se revela “la función oscura de la plusvalía”.

La renuncia al goce en el discurso del inconciente se acompaña de una recuperación de goce, de una recuperación de un objeto pulsional al cual el sujeto queda fijado en el fantasma. Se renuncia a un goce mítico, total, para ajustarse a un goce parcial recuperado, lo que se denomina plus de goce. Este goce recuperado, tan propio del sujeto, tan exclusi­vo, encuentra en la estructura homológica de la plusvalía la razón de su entrada en el mercado, en el objeto técnico su equivalente universal.

Con respecto al mercado, Lacan no sólo ha mostrado la relación de la plusvalía con el plus de goce propio de la estructura del significante, sino que además ha situado a la plusvalía como la causa del deseo: la plusvalía es la causa de la producción extensiva y por consiguiente insaciable de objetos, Lacan lo dice así: “La plusvalía es la causa del deseo de la cual una economía hace su principio.” (Radiofonía, pág.58) [3] .

Disolución del vínculo social

En 1975, en “La Tercera” Lacan decía: “Sólo hay un síntoma social: cada individuo es realmente un proletario, es decir, no tiene ningún discurso con que hacer lazo social, dicho con otro término, semblante.” Entiendo esta cita como una evaluación de las consecuencias que depara la disolución del vínculo social. Sitúo esta disolución en la paulatina y creciente desaparición del trabajo y del lugar, o no lugar, que éste pasa a ocupar a partir de la homogeneización del mercado, y su globalización. Si el trabajo implica una renuncia al goce, y es el lugar tradicional por donde circulan las identificaciones que le dan consisten­cia al vínculo social, podemos entender por qué Lacan habla de individuo en la cita antes mencionada. Hace referencia a una particular relación entre el goce y la subjetividad que no pasa por el inconciente. Es el goce de lo Uno el que sostiene al individuo y no un discurso. Sabemos que allí donde no hay discurso aparece el grupo, y diferentes formas de gozar con su emblemati­zación en el mercado y el surgimiento de “nuevos” tipos grupales referi­dos al tatuaje, la marca, el nombre propio [4] . Entonces podemos decir que hay síntoma social donde no hay lazo social. Donde el síntoma, a través la oferta social, es desconectado de su desciframiento inconciente. En consecuencia el síntoma, en su envoltura social, prolife­ra en la medida que el goce que el mismo involucra aparece desabonado del discurso. Allí donde no hay inscripción en el Otro, la hay en el grupo. [5] .

Estos planteos me llevan a una consatatación: Si el inconciente está presen­te en el lazo social lo está pero a la manera del rechazo, de la sutura. No es otra cosa lo que ofrece La ciencia con sus gadgets: objetos que se adecuan perfectamente a la estructura de la pulsión. Si hablamos de pulsión también lo hacemos de ciertos modos de satisfacción que se relacionan con la apertura y el cierre del inconcien­te tal como lo planteó Lacan en 1964. Estos momentos se vinculan con el amor de transfe­rencia, entonces es posible pensar en como funciona la oferta de los expertos, de los científicos, de aliviar el síntoma desconectándolo de su estructura [6]. (No sería la primera vez que la barbarie retorne por el camino de la ciencia).

Ahora bien, constatar que el inconciente se localiza en el vínculo social a través de su rechazo no es una novedad. Es más, es parte de su origen, se podría hacer una historia de los diferentes modos de rechazo de lo inconciente desde Descartes hasta el presente.

Lo que sí es novedoso es constatar que la homología entre el plus de goce y la plusvalía; y entre la pulsión, el objeto del fantas­ma y el objeto técnico (mercancía) puedan llevar a una hipótesis que planteé como consecuencia un cierre del incon­ciente, la produción de una subjetividad desabonada del discurso, un individualismo casi autista que hace pensar en la primera y más pobre de las figuras hegelianas: la del goce inmedia­to sin reflexión alguna. Ahora bien esta hipótesis sostenida por algunos psicoanalistas dentro del campo lacaniano, y a la cual suscribo en parte, arroja algunas luces y algunas sombras. Este punto prefiero dejarlo aquí y si están de acuerdo profundizar su discusión en el Encuentro.

“Otro síntoma exhibido por nuestros conciudadanos del mundo no nos ha sorprendido ni espantado menos, quizá, que el hundimiento, que tan dolorosamente sentimos, de su elevación ética. Aludo a la falta de penetración que se advierte en las mejores cabezas, a su tozudez, su inaccesibilidad para los argumentos más evidentes y su credulidad acríti­ca hacía las aseveraciones más discutibles.”[7] Estas palabras de Freud respecto de la actitud de los intelectuales durante la Primera Guerra, también las encontramos en una carta que le envía a Lou Andrea Salome donde hace referencia a sus soledad frente a este tema, a tal punto que “si no fuera por Ferenczi estaría tan solo como en los primeros diez años de mi labor analítica”. Si traigo esta cita es porque considero que la Primera Guerra formó parte necesaria de la expansión capitalista hacia una nueva forma: la del imperialismo [8] .

Hoy nos encontramos frente a una nueva forma que es conocida y “aceptada” como globalización [9] . Esta nueva forma de capitalismo multi­culturalista post-Nación-Estado es devastadora, podemos sin dificultad acompañar a Derrida y coincidir con su descripción de los efectos de éste. Afirma Derrida sin vueltas: “jamás la violencia, la desigualdad, la exclusión, el hambre, han afectado a tantos seres humanos en la historia de la tierra”...”nunca en términos absolutos, nunca en la tierra tantos hombres, mujeres y niños han sido exterminados” [10].

Es obvio decir que la tan mentada “globalización” tiene, a mi enten­der, el mismo rango que la Gran Guerra, por lo que considero que pensar la cuestión del lazo social, aunque tan sólo fuera entre analistas, no se puede hacer por fuera del marco de la actual estructura capitalista. Así como que las citas de Marx, Heidegger, Freud y Lacan son las coordenadas necesarias para plantear estas cuestiones [11].

Algunas preguntas

Considero que plantear estas cuestiones que hacen al lazo social son de crucial importancia para un lugar como este que lleva por nombre “Encuentro entre analistas”. Las problemáticas relacionadas al vínculo social no son ajenas al analistas. Sin embargo muchas veces parece que sí. Por ejemplo, Richard Rorty en un agudo ensayo sobre Freud, titulado “Freud y la reflexión moral”, llega a plantear que la división subjetiva teorizada por Freud tiene un alcance tal que no puede obviarse para fines cotidianos como si fuera cualquier redescripción del mundo. Agrega que el inconciente freudiano es ingenioso, lingüístico (no mecánico) y que demuestra en cada una de sus emergencias que el relato sobre nuestra propia vida no puede ser unificado. Así Rorty llega a la conclusión de que toda la reflexión freudiana es indispensables en el ámbito privado, pero respecto de lo social, de lo colectivo Freud no aportó absolutamente nada. Muchos analistas, aun sin haber leído a Rorty, parecen suscribir su posición. Ya sea porque piensen que “cualquier cosa que pasa por lo colectivo pasa también por lo universal, y por supuesto, lleva a lo peor”. Casi puedo decir que esta es una fórmula que podría colocarse en el frontispicio de muchos analistas conservadores. Otros, quizás, por ser fieles del caso por caso, se refugian en sus comunidades y gozan de la lengua con la que se habla de psicoanálisis sin dejarse interpelar por los impases de la civilización o por lo incómodo del drama social.

Entonces ¿dónde ubicar el cierre de lo inconciente? ¿en el estallido de los vínculos que la ciencia capitalista puede llegar a consumar? o ¿en la propia comunidad analítica devorada por el goce que supone hablar los unos con los otros?.

Por último dos pregunta más: ¿puede existir lo colectivo por fuera de la psicología de las masas? ¿Es posible pensar un lazo social donde la división subjetiva no esté sometida a la lógica del beneficio capitalista?.

Notas bibliográficas:
[1] Lacan, J. Conferencia en Milán, mayo de 1972, donde escribe el discurso capitalista: $/S2 S1/a
[2] Marx, K. "El Capital", T. I Libro 1º, parte 3º.
[3] Lacan, J. "Radiofonía Y Televisión". Ed. Anagrama, Bs.As.1977
[4] Aquí no dudo en colocar el nombre de LACAN como una marca de referencia y pertenencia grupal de ciertas "institu­ciones lacanianas". Todavía no he visto tatuado este nombre pero no dejo de albergar esperanzas.
[5] Aquí vuelvo a encontrarme con el concepto de "locura" forjado por Lacan como la identificación al Ideal sin media­ción. Lo nuevo, a mi entender, es que ésta es posible por la homología estructural entre la plusvalía y el plus de goce, así como entre el objeto técnico, donde se consuma la metafí­si­ca, y el objeto petit a. Respecto del objeto técnico es Hei­degger quien plantea que la esencia de la técnica se dife­rencia de la historia de la metafísica en que en esta última la constante es el olvido del ser, o la pregunta por el ser, mientras que la técnica sería la consumación de la meta­físi­ca, donde ya no se trataría del olvido sino del olvido del olvido. Dicho de otra manera, por cierto aventurada, antes se trataba del olvido como represión mientras que ahora se trata del olvido como forclusión.
[6] Hoy mientras escribía estas líneas leo en el diario la noticia, reproducida de la revista Science, que un grupo de investigado­res logró cultivar células humanas de embriones, cuando aún no están diferenciadas. Dentro de la misma nota el jefe del laboratorio de embrio­logía molecular de la Facultad de Medicina e investigador del Conicet dice:"Inmortales. Consiguieron líneas celulares inmortales".
[7] Freud,S. "De guerra y de muerte", 1915. Amorrortu Ed.,T XIV.
[8] Así como la Segunda que tampoco puede ser pensada por fuera de la necesidad capitalista de recrear sus condiciones de existencia
[9] Dice Armand Mattelart: En inglés, el término es sinóni­mo de holistic. A diferencia de la palabra "mundialización" y de sus formas en las diversas lenguas latinas, que se limitan a la dimensión geográfica del proceso, se trata de un término que se refiere explícitamente a una filosofía holística, esto es, a la idea de una unidad totalizadora o unidad sistémica. La homogeneización de las sociedades es algo inherente a la unificación (globalización) del campo económico. Su fragmenta­ción constituye su corolario.
[10] Derrida, J. "Espectros de Marx".
[11] Tampoco es posible obviar autores contemporáneos como Fre­dric Jame­son, Slavoj Zizek, Terry Eagleton, Eduardo Gruner, Jorge Aleman, Ernesto Laclau, Alain Badiou, Horacio González, Raúl Cerdeiras entre otros.  

 

 

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