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DESTINOS DE PULSIÓN. ¿DESTINOS DEL SUJETO?
PARTE PRIMERA DE UN ARCHIVO ABIERTO

  JOSÉ VELASCO GARCÍA  

 

 

RESUMEN: Se coloca a la pulsión como uno de los imperativos contemporáneos que guían el actuar del sujeto, dando muestras de la falta de una organización y programación instintiva en el ser humano. La pulsión se reconoce como concepto central de la metapsicología freudiana y como posibilidad para entender los fenómenos clínicos. Pero la pulsión es indomeñable, lo que nos exige preguntarnos por su origen; ir a los planteamientos freudianos proporciona cierto esclarecimiento en relación a la forma en que ella opera y la manera en que se instaura en la subjetividad, promoviendo cierto trabajo psíquico donde las tensiones no dejan de aparecer.

Intentamos librarnos de una lectura meramente energética de la pulsión rescatando la idea de otredad de cuño lacaniano, apuntando el lugar del lenguaje en la génesis de la pulsión. Estableciendo una promesa para futuras entregas donde podamos diferenciar, si esto es posible, los destinos de la pulsión de el destino del sujeto considerando el lugar del deseo.

Palabras clave: pulsión, instinto, trabajo psíquico, otro, lenguaje, deseo.

INTRODUCCIÓN

El sujeto parece hoy supeditado a dos tensiones decisivas, por una lado a un discurso del amo que se muestra polifacético pero efectivo y cuyos imperativos son contundentes; en el otro extremo de la tensión encontramos a los impulsos y exigencias incontrolables que provienen del propio cuerpo y de su psiquismo. Pero los extremos pronto se tocan, más aún se unen en una mezcla que hace difícil diferenciarlos; ante esas exigencias, el sometimiento lleva por los caminos de la repetición donde las preguntas son pocas y abundan las certezas. Apenas surge una pregunta en torno al por qué de la compulsión a la repetición, ganan terreno las respuestas apresuradas colmadas de cientificidad, religiosidad, o de culpa. Aunque hay que reconocer que a veces el sujeto se coloca ante sus acciones insistentes con la impostura arrogante que lo conduce a señalar: “lo hago porque me gusta”. Todas estas respuestas son muy respetables, pero al no sostenerse las interrogantes los imperativos se refrendan, proliferando los síntomas y la violencia, pues la palabra del sujeto no gana terreno.

Uno de esos elementos que participan activamente en los imperativos contemporáneos es la pulsión, ella, siempre indomeñable, da constantes evidencias de que el sujeto carece de un equipo y programación instintivos que le conduzca por los caminos de la sobrevivencia y del bien-estar tanto físico como psíquico. El excedente pulsional, en cambio, opera de modo permanente poniendo en peligro al ser humano, llevándolo de la mano por los caminos de la agresión, colocándolo siempre en experiencias límite donde la violencia irrumpe de modos a veces terrible día a día, horizonte que se muestra como destino enunciado por ese oráculo silencioso, pero contundente, que es la pulsión.

Ese poder de la pulsión fue reconocido por Sigmund Freud y lo obligó a tomar distancia, tanto de la psicología como de la psiquiatría de su época, la pulsión se convirtió en el núcleo de la metapsicología freudiana dada la imposibilidad que ha tenido la racionalidad científica de adentrarse en la complejidad de los fenómenos clínicos. Al respecto, Paul Laurent Assoun siguiendo la retórica idea de la hechicera, o la bruja, como llamaba Freud a su metapsicología, señala: “La pulsión es el constituyente mayor de la “cocina” de la hechicera metapsicología, su material y su “plato principal”. Resulta imposible pensar en hacer algo sin contar con ella, Trieb, “la pulsión”, pero es únicamente explorando sus “aleaciones” y sus destinos como será posible saber más”[1].

Saber más implica ir a la caza de la voz y la palabra del sujeto, al encuentro de las consecuencias que ha tenido esa escena traumática, mítica, donde el lenguaje alteró el cuerpo, aún antes del nacimiento, desorganizando de manera definitiva esa programación instintiva del cachorro humano. Ahora hablaremos un poco de la manera en que desde los planteamientos freudianos la pulsión habita en el sujeto, nuestra intención es preguntarnos por los destinos de la pulsión propuestos por el padre del psicoanálisis, y ver si los extravíos que impone la relación naturaleza-lenguaje, los excesos materializados en la pulsión, se convierten en destino para ese sujeto.

OPERACIÓN Y GÉNESIS DE LA PULSIÓN

Al preguntarnos por la manera en que se hace presente esa fuerza impulsora llamada pulsión, alcanzamos a percibir un cierto estado psíquico donde ella opera en estrecha relación con una búsqueda de descarga, con la intensión de terminar con una tensión interna que ahí está expresándose. Una fuerza que se expresa en nuestro interior y que involucra tanto al cuerpo como a nuestra mente, exigencia que impulsa a realizar ciertos actos, dando muestras de que a lo largo de nuestra vida cabalgamos sobre la pulsión. Cuando la pulsión se apodera de nosotros, cabalgamos sobre ella rumbo a un placer que imaginamos extremo, logrando cierta satisfacción descargando nuestra agresión, o en busca del amor deseado, imaginando una escena que exige realizarse y donde siempre hay un sitio privilegiado para nosotros.

Esa exigencia interna que demanda realización, es a la vez ofrecimiento de una enorme satisfacción, de placer ilimitado, es sobreexcitación del cuerpo la cual implica a su vez una sobredosis de excitación subjetiva de la que difícilmente podemos escapar, donde nuestros pensamientos, afectos y fantasías, parecen ponerse al servicio de una fuerza incontrolable, pero vital, pues pareciera que al lograr la realización de la descarga alcanzaremos nuestra verdadera meta en la vida, la razón de ser de nuestra existencia. Pero muy pronto nos percatamos que la descarga de la tensión no es la meta última de la pulsión, pues la descarga no logra sino reiniciar un circuito, después de un momento de relativo sosiego; se vuelve a empezar y la pulsión se va mostrando cada vez más indomable y exigente para llevarnos por la misma ruta, la que ella quiere, donde no aparecen alternativas para el ser humano.  

Ante esas exigencias internas, ante este tipo de apremios, no podemos tomar por completo las riendas de nuestro cuerpo, tampoco de nuestros afectos ni de nuestros pensamientos, por lo que los movimientos repetitivos se consuman día con día, volviéndose parte importante de nuestra vida cotidiana. Tenemos que aclarar que aunque no llevamos las riendas de la pulsión, si hay una buena dosis de actividad realizada por nosotros, pues la intención de terminar con esa tensión interna y la búsqueda de ese placer excesivo, nos ubica como jinetes activos montados sobre la pulsión, se realizan entonces movimientos rumbo al exceso, dirigiéndonos a un más allá imaginado, donde alcanzaremos lo prometido por esa fuerza potente desconocida que exige desde nuestro interior.

¿Cómo surgió en el ser humano esa fuerza que Sigmund Freud llamó Pulsión?; ¿esa fuerza es igual a un instinto? ¿Qué podemos hacer ante esa fuerza que parece dominarnos y que se nos presenta como un caballo salvaje al que no podemos domar? Estas tres interrogantes se encuentran estrechamente relacionadas.

Desde que Jacques Lacan apareció en la escena psicoanalítica, queda mucho más claro que la pulsión no es de ningún modo un instinto que logra su satisfacción con un objeto determinado, por lo tanto no es una necesidad orgánica. La pulsión tiene una plasticidad que se observa en la gran variedad de objetos, de acciones o relaciones, donde se puede encontrar, o por lo menos buscar, ese placer ilimitado. El blanco hacía el cual apunta esa fuerza que es la pulsión, varia constantemente, variación que podemos encontrar en los diferentes individuos que conforman la especie humana, e incluso en las distintas formas en que un individuo encuentra placer. Por cierto que cuando estamos hablando de esta variabilidad del placer, nos encontramos ya en el campo de la sexualidad humana, la cual es cualitativamente diferente a la de cualquier otra criatura del reino animal. No decimos que esa sexualidad sea mejor o peor que la de cualquier especie, solamente señalamos que es diferente.

Precisamente esa variabilidad de las formas de obtener placer, o dolor, es uno de los rasgos distintivos de la diferencia que señalamos. Por lo tanto la pulsión no es algo natural, no viene con nosotros cuando nacemos, se constituye como una tensión interna a partir del vínculo que el cachorro humano establece con el otro. Es ahí, en el encuentro con el otro, donde la biología que porta ese nuevo ser se altera completamente, produciéndose algo eminentemente humano. Decimos entonces que el otro sexualiza al niño, lo erotiza, hace que en él se produzca la tensión pulsional, al mismo tiempo que se forja la experiencia del placer humano. En un principio esa experiencia está estrechamente relacionada con la satisfacción de la necesidad a través del alimento, pero pronto se independiza de esa necesidad transitando por diferentes partes del cuerpo, al grado de que el ver o el escuchar pueden también representar experiencias sumamente placenteras y fundamentales en la conformación de nuestro psiquismo y por lo tanto en nuestra existencia.

La alimentación es una de las primeras formas de satisfacer nuestras necesidades, pero es también uno de nuestros primeros encuentros con el otro, encuentro donde el lenguaje tiene un lugar privilegiado. No sólo es la presencia del alimento y la satisfacción de una necesidad, es el cuerpo del otro el que se percibe. Ese encuentro deja huella, genera una tensión en el nuevo ser. Ahí está el origen de la pulsión, pues la presencia del otro no implica solamente a otro organismo, el otro es un cuerpo deseante y cargado de tensiones subjetivas, que claman también una descarga, tensiones que andan en búsqueda de excesos de placer y de dolor. El nuevo ser es colocado en esa relación con el otro sin haberle tomado parecer y ahí se encuentra como un ser desvalido y totalmente dependiente del otro. Digámoslo de otra manera, la presencia del otro excita el cuerpo y el psiquismo del niño, incorporándolo de modo problemático a la relación lenguaje-naturaleza.

La pulsión comparte destinos con la sexualidad, se con-funde con ella, el cuerpo quedó sobre excitado y fundido al lenguaje. Muy pronto encontramos al autoerotismo que es uno de los modos de organización de la sexualidad, donde se aprecia el carácter indomeñable de la pulsión. En Tres ensayos para una teoría sexual queda muy claro que el autoerotismo implica un conjunto de componentes parciales en permanente operación. Nos referimos a excitaciones sexuales que se producen en una región del cuerpo y ahí mismo encuentran su máxima satisfacción, la ausencia de un objeto exterior que satisfaga parece ser una de las características fundamentales del autoerotismo. La conocida expresión de Freud donde se ubica a “los labios besándose a sí mismos”, es la más clara demostración de este placer de órgano. Por supuesto que esto no implica descartar las diversas relaciones factibles entre las distintas partes del cuerpo y las posibilidades de obtención de placer sexual cuando ellas interactúan entre sí. Se privilegia ese placer concentrado en una zona, lo cual prefigura una cierta parcialidad de las pulsiones, esta parcialidad y su operación específica como placer de órgano, nos acerca al reconocimiento de la fragmentación del cuerpo infantil, estado caótico que precede a la conformación del yo, estado donde las pulsiones parciales no convergen en un objeto que podemos denominar común, pues cada una de ellas tiene su objeto.

Respecto a esta diversidad en los objetos, encontramos una situación congruente con la parcialidad de la pulsión, nos referimos a que no hay un objeto total, completo, con el que se relacione esa pulsión. La satisfacción obtenida del pecho y su alucinación correspondiente, parecen indicar que no existe la percepción de la madre en cuanto totalidad, la pulsión se entrelaza únicamente con el objeto pecho, lo cual en sentido estricto es una parte de la madre y no la totalidad. Es un objeto parcial.

Nos enfrentamos en este momento a una relación estrecha entre objeto y pulsión, donde esta última busca alcanzar un fin, la satisfacción, la cual como se ha señalado en múltiples ocasiones por el psicoanálisis no tiene que ver únicamente con una necesidad orgánica, biológica; mientras tanto el objeto no es un objeto empírico total, más bien adquiere los rasgos de ser un objeto parcial y fantaseado. Respecto al objeto, Sigmund Freud señala que “es lo más variable de la pulsión”, mostrando que los “cambios de vía {Wechsel}” vienen a representar uno de los rasgos característicos de la pulsión, en la medida en que no hay un objeto determinado para la pulsión. Aspecto que debemos tener muy en cuenta en la medida en que uno de nuestros propósitos es diferenciar, hasta donde sea posible, la pulsión del deseo y esclarecer el tipo de vínculos que se establecen entre ellos, así como las consecuencias de esto para el destino del sujeto

Insistamos por el momento en ese carácter indomeñable de la pulsión, para lo cual a la parcialidad de ella es necesario agregar un tema al que nos hemos referido anteriormente, cuando establecíamos la diferencia radical entre instinto y pulsión. Estamos hablando en este momento de las posibilidades de satisfacción de la pulsión; en esta dirección podemos plantear algunas interrogantes: ¿La pulsión realmente se satisface?; ¿a través de qué mecanismos se da esa satisfacción?; ¿qué es la satisfacción de la pulsión?

Si nos colocamos en la perspectiva más energética de Freud al introducir la problemática de la pulsión, deberíamos afirmar que la pulsión obtiene su fin, el cual consistiría en su satisfacción cuando es suprimido un estado interno de tensión, que implica la excitación corporal a la que es sometido por la presencia de la pulsión. Por ese camino llegaríamos a estar de acuerdo con alguien ya mencionado anteriormente y quien que ha realizado un balance epistemológico muy interesante de algunas conceptualizaciones freudianas. Nos referimos a Paul-Laurent Assoun cuando afirma: “la pulsión no es en Freud la manifestación activa y positiva de un instinto concebido como principio: es mucho más modestamente, un disturbio económico, insatisfacción que se notifica como por superar, déficit por reparar. Y es ese primum movens de todas las combinaciones psíquicas: pero la neurosis, en su riqueza simbólica aparente, deriva enteramente en esa turbulencia energética primaria”[2]. Plantear de esa manera la Trieblhere(teoría de las pulsiones), anclándola a una turbulencia energética primaria que deriva en una riqueza simbólica es aceptable siempre y cuando sea considerado el papel de la otredad al modo en que Freud lo señala permanentemente.

Lo que queremos decir es que la pulsión no es una energía sin más, es energía que se ha convertido en tal a partir de establecer relaciones estructurales con el Otro. Por eso es que Freud llama a esa energía libido, e insiste en que tiene que ver con el amor.

La satisfacción total de esa pulsión se torna entonces algo imposible de lograr, porque en su génesis se han conjugado elementos que no son de orden eminentemente cuantitativo, ha aparecido el cuerpo y el deseo de ese otro imponiéndosele al cachorro humano y dejando una huella que no es solamente de carácter físico o químico. La inserción de la otredad está articulada a esa dimensión simbólica que hace posible que la química y la física del cuerpo del infante se transformen, produciéndose algo cuya materialidad no atrapan las ciencias que se encargan de estudiar los fenómenos químicos o físicos: el deseo de otro apegado al lenguaje se ha instaurado en el cuerpo natural modificándolo de tajo. La cultura ha invadido al cuerpo a partir de ese lazo que se establece con el Otro. Lacan se extenderá más sobre este punto mostrándonos las particularidades en que impacta el orden simbólico las funciones y las necesidades corporales del niño, de tal manera que se justifica plenamente el empleo del vocablo Otro.

CIRCUITO Y TRABAJO DE LA PULSIÓN

De ahí en adelante se le ha impuesto al cachorro una exigencia de trabajo psíquico propiamente humana, de la cual difícilmente puede dar cuenta, pero que será determinante en toda su vida. No habrá  satisfacción en la pulsión, la tensión no dejara de producirse, se renueva mientras el sujeto existe, esa tensión adquiere rumbos y tonalidades inimaginables.  El propio Lacan en el Seminario 11 se refirió a la imposibilidad de satisfacción de la pulsión en función de la meta aludiendo a la importancia que tiene el recorrido, el circuito mismo de la pulsión: “… si se encarga a alguien una misión, aim no se refiere a lo que ha de traernos, se refiere al camino que tiene que recorrer. The aim es el trayecto. La meta tiene también otra forma, the goal. Goal, en el tiro al arco, no es tampoco el blanco no es el pájaro que derribamos, es, más bien haber marcado un punto y, con ello, alcanzado la meta. La pulsión puede satisfacerse sin haber alcanzado aquello que, desde el punto de vista de una totalización biológica de la función, satisface supuestamente su fin reproductivo, precisamente porque la pulsión es parcial y porque su meta no es otra que ese regreso en forma de circuito”.[3]

Así, la pulsión se muestra siempre indomeñable, inquieta y en permanente acción. Por lo tanto no podemos concentrarnos únicamente en esa primera visión de la pulsión que el mismo Freud ubica del lado de la fisiología, cuando intenta llenar de contenido el concepto de pulsión y plantea la posibilidad de un equilibrio al señalar: “El sistema nervioso es un aparato al que le está deparada la función de liberarse de los estímulos que le llegan, de rebajarlos al nivel mínimo posible; dicho de otro modo: es un aparato que, de ser posible, querría conservarse exento de todo estímulo”[4].

Es necesario señalar aquí que este principio de constancia será contemplado en varias direcciones por Freud, vemos un adelanto de la forma en que se replantea ese principio cuando nuestro autor nos señala el nivel de exigencias impuestas permanentemente al sistema nervioso, las cuales impulsan un movimiento que deja de lado la estabilidad: “Los estímulos exteriores plantean una única tarea, la de sustraerse de ellos, y esto acontece mediante movimientos musculares de los que por último uno alcanza la meta y después, por ser el adecuado al fin, se convierte en disposición heredada. Los estímulos pulsionales que se generan en el interior del organismo no pueden tramitarse mediante ese mecanismo. Por eso plantean exigencias mucho más elevadas al sistema nervioso y lo mueven a actividades complejas encadenadas entre sí, que modifican el mundo exterior lo suficiente para que satisfaga a la fuente interior de estímulo. Y sobre todo lo obliga a renunciar a su propósito ideal de mantener alejados los estímulos, puesto que producen un aflujo continuado e inevitable de estos. Entonces tenemos derecho a inferir que ellas, las pulsiones, y no los estímulos exteriores, son los genuinos motores de los progresos que han llevado al sistema nervioso (cuya productividad es infinita) a su actual nivel de desarrollo”[5]. Creemos que esta cita es por sí misma elocuente respecto al tipo de trabajo permanente que se impone al sujeto cuando ha sido atrapado en la trama pulsional, además da testimonio del papel que la pulsión tiene en la vida del sujeto.

Es en Tres ensayos, donde la pulsión queda definida como “cantidad de trabajo exigida al psiquismo”, diez años más tarde, en Pulsiones y destino de pulsión la ubicará como un tipo de estímulo interno, fuerza constante, que hace posible la diferenciación entre el <<afuera>> y el <<adentro>>. Este tipo de estímulo obliga a cierta forma de actividad, pero debemos decir que a Freud no se le ha escapado que ese trabajo cuenta con un apoyo, apoyo que se relaciona con la necesidad orgánica. No consideramos que traicionamos la argumentación freudiana si agregamos que al hablar de trabajo estamos aludiendo a un proceso donde se integran las excitaciones internas y externas de tal modo que es posible establecer cadenas asociativas, que pueden desembocar en procesos denominados por Freud formaciones del inconsciente, donde el sueño y el síntoma son modelos privilegiados. Nos encontramos ante lo que se caracteriza, en la gramática freudiana, como energía ligada y energía no ligada: a la primera le ha sido posible encadenarse a representaciones, mientras la energía no ligada (libre), puede deslizarse de una representación a otra. Tenemos así cadenas asociativas y energía que en ciertos momentos dan fuerza a elementos de esa cadena, con la posibilidad de deslizarse de un elemento a otro, o armar conjuntos de asociaciones que posean cierta fuerza por un tiempo.

Una visión energética de lo dicho por Freud, se concentraría en el hecho de pensar la labor asociativa únicamente encaminada a controlar las excitaciones, resaltando el principio de constancia ya mencionado, nosotros debemos de ir un poco más allá para pensar este trabajo asociativo, no solamente en términos cuantitativos, sino también considerando el campo de las representaciones a las que se articula esa energía, de tal modo que encontramos el ámbito de la fantasía y el lenguaje, así como los propios síntomas neuróticos, como evidencias de la transformación cualitativa que ha vivido esa energía. Las transacciones de energía adquieren un estatuto simbólico, al que la práctica psicoanalítica pretende ajustarse, tipo de funcionamiento del aparato psíquico que nos pone frente a esa expresión empleada en varias ocasiones por Freud donde se concibe al psiquismo humano como una “máquina de interpretar”.

En esa tarea permanente de interpretar se ve implicado el trabajo psíquico y su relación con  esos ámbitos en los cuales el sujeto se mantendrá alienado (sueño y síntoma, por ejemplo), ya que algo en él ha sido creado a través de la circulación de la energía ligada y energía  libre, pero de ese algo a veces no sabrá nada y en muchas ocasiones únicamente experimenta sus efectos. Es necesario insistir aquí en que al hablar de energía libre estamos considerando por lo menos dos de sus acepciones: aquella que la concibe como un tipo de energía, que según Sigmund Freud, tiende a la descarga inmediata, pero también la que se traslada, como lo señalábamos, de un tipo de representación a otra, aparentemente sin obstáculos que le impidan ese fluir y donde el único propósito es catectizar aquellas representaciones ligadas a la experiencia de satisfacción. Como contraparte tenemos a la energía ligada la cual se relaciona de una manera más permanente a ciertas representaciones que incluso aplazan la satisfacción.

Obviamente se puede poner en tela de juicio el hecho de hablar de energía libre, cuando parece que la causa de que la energía libre opere de ese modo, es la descarga y la experiencia original de satisfacción. No consideramos que en este momento podamos resolver este problema específico, basta con señalar que para proponer este mecanismo, Freud se apoya en un principio de constancia que supone la tendencia del aparato psíquico a mantener cierto monto de excitación, más bien bajo, o por lo menos constante. Es la descarga permanente la que hace posible ese tipo de estabilidad, también encontramos aquí una evitación de los aumentos de excitación o una constante defensa contra ellos. Este proceso es de suma importancia, en la medida en que muchas expresiones del acontecer psíquico aparecen como estrategias que buscan el mantenimiento de esos montos de energía, el placer sería entendido, desde esta perspectiva, como el mantenimiento de esa excitación constante dentro del sujeto.

Obviamente este principio es puesto en cuestión cuando Freud habla en 1920 de un Más allá del principio del placer. Retomaremos mas detenidamente en otras entregas, lo dicho en ese año, por el momento tenemos que recordar que nos hemos concentrado en el trabajo psíquico articulándolo a la pulsión.

Al decir que la pulsión se relaciona con las formaciones del inconsciente, para muchos será evidente que hemos realizado un movimiento discursivo que puede resultar un tanto apresurado, pues aún no hemos señalado las diferencias entre el deseo y la pulsión. Veamos si podemos adelantar algo respecto a esta diferenciación, para esto comentamos que la recuperación de  noción de trabajo ha tenido como finalidad subrayar que la satisfacción de la pulsión, al estilo de una necesidad orgánica, se convierte en algo imposible de realizar, encontramos en cambio una exigencia continua de trabajo psíquico que se instaura debido a que el sujeto ha sido involucrado en una trama histórica, en una relación con el Otro que de ahí en adelante no le será más ajena, aunque no pueda dar cuenta de ella tan fácilmente. La tensión corporal existió, el hambre lo indujo a gritar, pero ese grito, ese chillido, fue oído por alguien, otredad que atendió al grito y le dio un sentido muy específico. Fue ese otro el que seguramente exclamó: “el niño tiene hambre” y se apresuró a satisfacer esa necesidad, al hacerlo involucró al cachorro en una trama que redimensionó, desde entonces, lo orgánico, en la medida en que se le impuso al cuerpo una nueva relación consigo mismo, donde el otro juega un papel importante, aún sin que la presencia física de ese otro sea evidente. El niño ha quedado atrapado, alienado en el deseo de otro, y eso está claramente expresado en lo dicho por Sigmund Freud. Insistimos además, en que no podemos  contentarnos con una visión energética de la pulsión cuando las evidencias teóricas y clínicas son tan abundantes y apuntan hacía otra dirección.

Pero: ¿de qué modo se ha incluido el otro en ese nuevo organismo como para que surja en el infante indefenso la pulsión?; ¿cómo podemos diferenciar esta del deseo? Integremos aquí una tercera pregunta que sospechamos es compleja de trabajar, pero al mismo tiempo resulta indispensable para definir el lugar que se asume en la cura psicoanalítica y en la dialéctica historia-destino del sujeto: ¿qué importancia tiene esclarecer las diferencias y los vínculos que existen entre la pulsión y el deseo para la práctica clínica del psicoanalista?

Una posibilidad de enfrentar los dos primeros cuestionamientos la tenemos en un texto escrito en 1914, denominado Introducción al narcisismo. No está por demás señalar que este texto es una de las evidencias del alejamiento que Freud iba teniendo con Carl Justav Jung y Alfred Adler. Con el primero tiene una fuerte discusión en torno a una pregunta: “¿Cuál es en la esquizofrenia el destino de la libido retraída de los objetos?”. Freud afirma que aún en las parafrenias la libido juega un papel importante, mientras tanto Jung insiste en que la teoría de la libido es incapaz de dar posibles explicaciones a la esquizofrenia. La discusión con Adler se concentra en la llamada “protesta masculina”, o “protesta viril”, desarrollada en su obra clásica El carácter neurótico publicada en 1912, obra que no parece agradar mucho a Freud debido a la forma en que ahí es concebido el Complejo de Edipo. Freud acepta la existencia de la protesta viril contra el padre, pero no la ubica en el terreno del reconocimiento y el poder social a la manera en que lo hace Alfred Adler, más bien él se concentra en que la naturaleza de esa protesta tiene que ver con el narcisismo y el complejo de castración.

Es en este contexto donde Sigmund Freud introduce una contraposición entre narcisismo primario y el yo, en la medida en que este último aún no se encuentra constituido cuando el primero está operando. En este momento requerimos destacar del citado texto el hecho de que ahí se señala que, aún sin existir un yo, él propio niño se convierte en espacio donde se inscriben los sueños a los cuales los mismos padres debieron renunciar, en el niño se colocan todas las perfecciones, considerándolo como lugar donde se realiza la inmortalidad de los padres. De tal modo que puede ser calificado como “Su majestad el bebe”. Se configura así un territorio de omnipotencia, creado por la confluencia entre el narcisismo de los padres y el autoerotismo del niño.

Arribamos a una diferenciación que es importante plantear entre el autoerotismo y narcisismo primario, y que nos conduce a resolver dudas que pueden surgir acerca del papel que juegan las pulsiones ahí, esclarecimiento que incluso nos puede ayudar a establecer algunos elementos en torno a la conformación del yo. Sin que dejemos de lado, en ningún momento, la exigencia de trabajo psíquico que se ha impuesto al sujeto, y la cual adquiere variaciones fundamentales, recordemos también que el autoerotismo es el juego pulsional donde encontramos el placer de órgano, expresión de la parcialidad de las pulsiones en permanente actividad. Pero mientras esto ocurre, paralelamente los padres reviven su narcisismo, el de ellos, y depositan un conjunto de atributos en el infante, por medio de palabras, de la reactivación de imágenes en ellos que proyectan en su hijo. Este fenómeno denominado por Freud narcisismo primario, aparece como espacio intermedio entre el autoerotismo y la instauración del yo.

El narcisismo nos enfrenta a una imagen unificada del cuerpo del infante, propuesta por los padres en ese interguejo especular donde ellos plasman como lo dice Freud un conjunto de elementos que sobrevaloran al infante: “Si consideramos la actitud de los padres tiernos hacía sus hijos, habremos de discernirla como renacimiento y reproducción del narcisismo propio, ha mucho abandonado. La sobrestimación, marca inequívoca que apreciamos como estigma narcisista ya en el caso de la elección de objeto, gobierna, como todos saben, este vínculo afectivo. Así prevalece una compulsión a atribuir al niño toda clase de perfecciones (para lo cual un observador desapasionado no descubriría motivo alguno) y a encubrir y olvidar todos sus defectos (lo cual mantiene estrecha relación con la desmentida de la sexualidad infantil). Pero también prevalece la proclividad a suspender frente al niño todas esas conquistas culturales cuya aceptación hubo de arrancarse al propio narcisismo, y a renovar a propósito de él la exigencia de prerrogativas a que se renunció hace mucho tiempo. El niño debe tener mejor suerte que los padres, no debe estar sometido a esas necesidades objetivas cuyo imperio en la vida hubo de reconocerse. Enfermedad, muerte, renuncia al goce, restricción de la voluntad no han de tener vigencia para el niño, las leyes de la naturaleza y de la sociedad y de la sociedad han de cesar para él, y realmente debe ser de nuevo el centro y el núcleo de la creación. His Majesty the Baby[6].

Mientras tanto tenemos al autoerotismo como un estado donde existe una especie de fragmentación, en la medida en que no hay convergencia en un objeto. En el autoerotismo la pulsión se satisface en el propio cuerpo, pero, como se señalaba anteriormente, en un cuerpo fragmentado, podríamos decir que el lugar del objeto es ocupado por el propio órgano. Esa es la forma de satisfacción durante el narcisismo primario. Tenemos que resaltar aquí el lugar que se les asigna a los padres en ese narcisismo primario, sin olvidar ese juego pulsional del autoerotismo

Aquí es necesario señalar que en Introducción al narcisismo, se precisa que el narcisismo primario se ve sometido a “perturbaciones” importantes. Una de ellas será el “complejo de castración” estrechamente relacionado al proceso de instauración del superyó en el sujeto, tema que apenas roza Freud en este texto al que ahora nos referimos. Si seguimos en esta dirección encontramos la emergencia del narcisismo secundario, Freud se refiere a él como la posibilidad de que el sujeto coloque en un objeto sus pulsiones parciales. De tal modo que podemos hablar de una investidura de objeto. Lo interesante en este fenómeno del narcisismo secundario es el retorno de esas investiduras sobre el yo. De tal modo que la libido toma al yo como objeto. ¿Cómo es que se produce este movimiento de la libido?

Siguiendo a Freud, podemos decir que el niño se ha enfrentado a un Ideal que se le impone en esa relación con los padres, ese ideal es la posibilidad de una diferenciación entre el niño y el otro, surgen así por lo menos dos imágenes, la del niño y la del objeto. Sin embargo, es importante decir que la pulsión sufre en estas circunstancias transformaciones estrechamente vinculadas a la emergencia de ese yo; las pulsiones se unifican en torno al yo al tomarlo como objeto. En todo este recorrido observamos con claridad esa exigencia de trabajo que se ha impuesto a la naturaleza, transformándola en psiquismo, a estas alturas el trabajo (Arbiet) no encierra únicamente una labor que se concentre en la transformación de energía en el nivel meramente cuantitativo, remite a un conjunto de operaciones psíquicas más complicadas. Que nos ponen en condiciones de esclarecer las diferencias entre pulsión y deseo, las cuales nos hacen pensar en la forma en que el destino pulsional adquiere otras tonalidades, relacionadas con el qué me quiere que impone el otro, pero también con un orden simbólico que exige la prohibición. Cuestión a la que nos referiremos en otra entrega.

REFERENCIAS:

[1] Assoun, Paul-Laurent (2002) La metapsicología. México. Ed. Siglo XXI, p.42.
[2] Assoun. Paul-Laurent (1981) Introducción a la epistemología Freudiana. Ed. Siglo XXI. México, p. 183.
[3] Lacan, Jacques (1987) Seminario 11 Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Argentina. Ed. Paidós, p. 186. Cursivas en el original.
[4] Freud, S. Pulsiones y destinos de pulsión (1915). En: Obras Completas Tomo XIV. Ed. Amorrortu. Argentina 1988, p.
[5] 115 Ibid., p. 116.
[6] Freud, S. Introducción al narcisismo (1914). En: Obras Completas Tomo XIV. Ed. Amorrortu. Buenos Aires 1988, p. 88. Cursivas en el original.

 

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