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INTERPRETACIÓN SOBRE UN FRAGMENTO DEL LIBRO
“LOS TRABAJADORES DE LA MUERTE”
DE DIAMELA ELTIT A LA LUZ
DE LOS APORTES DE JACQUES LACAN. UN RECORRIDO ACERCA
DE LA POSICIÓN SUBJETIVA DEL SUJETO AL OTRO.

MIRIAM PARDO FARIÑA [*]

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

Resumen: El presente Ensayo desarrolla un texto seleccionado de la novela de la escritora chilena Diamela Eltit, Los trabajadores de la muerte.[1] La división del texto en tres momentos, permitirá ir desarrollando paulatinamente algunas ideas extraídas de la enseñanza de Lacan acerca del Estadio del espejo y del Esquema L, entre otras, con el fin de articular, a partir del cruce de las miradas entre la madre y su hijo, la posición del sujeto al Otro que cobrará ribetes insospechados.

Palabras claves: Estadio del espejo, Esquema L, complejo de Edipo, sujeto, deseo, mirada como objeto ‘a’.

Con el objetivo de lograr una mejor comprensión del fragmento extraído y relatado en primera persona por uno de sus protagonistas, al que por fines didácticos se le designará con la letra “x”, el relato será dividido en tres partes fundamentales. A medida que se vaya realizando el análisis de los diferentes segmentos, se intercalarán componentes teóricos pertinentes para el desarrollo de algunas ideas. Finalmente, para respaldar y clarificar el análisis de los textos seleccionados, también se incluirán otros episodios contenidos en la novela.

El relato [2] de “x” queda dividido de la siguiente manera:

  1. Su inclusión en el ritual materno a través de la mirada, pero sin ser descubierto por su madre.
  2. Su inclusión en el ritual materno descubierto por su madre y en donde ambas miradas, la de la madre y el hijo, se entrecruzan.
  3. El texto del sueño que acontece a “x” después de su encuentro con la mirada materna en la superficie del espejo.

 

  1. “Comprendí de manera precoz lo inesperado, lo comprendí cuando me encontré con un cuerpo lívido que se castigaba a sí mismo, se golpeaba con la fuerza que necesitaba para revivir después que se hubiera producido ya el colapso de sus emociones. Mi madre se golpeaba frente al gran espejo de su habitación y yo, encuclillado tras el resquicio de su puerta, entendí que era un castigo merecido el que se infligía, un castigo que día a día le era necesario para enfrentar lo que iba a ser su agobiante día a día. Vi a mi madre humillarse cuando se atacaba con sus palmas enrojecidas sobre el rostro y me quedé, permanecí invisible para ella tras el vano de la puerta para llevar fielmente la cuenta de cada uno de esos golpes.

Fue entonces cuando mi madre me abrió la visión de lo fortuito, me empujó de bruces hasta el centro mismo del impacto de una mujer sumergida en un exacerbado ritual del cual yo no tenía noticias y en el que, sin embargo, también yo estaba participando. Cuidadosamente me hice parte de los golpes. Al amanecer (porque sucedían al amanecer los golpes) me deslizaba hasta su cuarto y allí permanecía agazapado contra el vértice de la puerta ligeramente entreabierta que me permitía formar parte de esa ceremonia matutina. Aunque reconozco que espiaba a mi madre, mi actitud estaba más allá de la curiosidad, porque lo que en realidad buscaba era verme a mí mismo en el espejo, observar cuánto estaba yo contenido en ese espejo, entender qué de mi estaba incrustado al vidrio frente al cual ella se combatía...”

Al considerar este primer momento del relato, en el cual ya aparecen algunas interpretaciones que el hijo comprendió a posteriori, se puede afirmar que “x” tiene una primera noticia acerca del ritual autopunitivo que la madre (“ x’ ”) se inflige cada amanecer.

La descripción detallada del castigo desmedido, da cuenta de un saber o conocimiento sustentado en la esfera del Yo de “x”. De esta manera, propone una serie de cadenas discursivas concatenadas lógicamente para explicar lo que acontece en la habitación de su madre.

El texto acerca del ritual cotidiano de x’ frente al gran espejo, sitúa a “x” en una especie de fascinación a la imagen del otro, fascinación que le hace participar activamente del ritual aunque no tenga noticia de esta alienación imaginaria y de otro saber que no se sabe. Su Yo pensante, cartesiano, se encarga de especificar en términos dialécticos a x’ en un lugar y a “x” en otro lugar equidistante; a x’ castigándose y a “x” sólo observando el castigo; a x’ mirándose en su propio espejo y a “x” mirando a x’. El sujeto epistemológico cree ser el sujeto como tal  y cree comparecer a la escena sólo como un observador desconociendo lo inmerso que está en la misma más allá de la relación imaginaria [3].

De acuerdo a Eidelsztein, [4] si el registro imaginario propuesto por Lacan en el Esquema L, a saber, el vector  a’ a, tiene por extremos dos lugares denominados con la misma letra, ¿son dos lugares o sólo uno? Desde la perspectiva del esquema son dos lugares, pero al ser denominados por la misma letra, son presentados también como un solo lugar.  Cabe preguntarse ¿el yo y el otro imaginario son dos o uno? Responde Lacan en el Seminario 2: “esa forma del otro posee la mayor relación con su yo, es superponible a éste y la escribimos a’...”  Dado que a’ y a (x’ y x) son intercambiables entre sí, entonces no implica cambio de estructura cuando Lacan escribe uno u otro en cada extremo del eje de la relación especular.

El texto de “x” abre una interrogante que permite articular los otros dos elementos presentes en el Esquema L: S (Sujeto) y A (Otro): “Aunque reconozco que espiaba a mi madre, mi actitud estaba más allá de la curiosidad, porque lo que en realidad buscaba era verme a mí mismo en el espejo, observar cuánto estaba yo contenido en ese espejo, entender qué de mí estaba incrustado al vidrio frente al cual ella se combatía.” 

¿Quién intenta comunicarse más allá de la observación y del entendimiento yoico? Joël Dor nos refiere que, a la luz del Esquema L, el sujeto S se percibe a sí mismo únicamente bajo la forma de su Yo en “o” (x). La forma de su Yo, que constituye su identidad, depende estrechamente del otro especular, tal como lo indica el estadio del espejo. Por esta razón, la relación que mantiene el sujeto consigo mismo y con los otros (sus objetos) siempre está mediatizada por el eje imaginario o o’ en una relación de incidencia recíproca. La relación del sujeto con su Yo depende necesariamente del otro e inversamente, la relación que mantiene con el otro siempre depende de su Yo. Esta dialéctica de sí hacia el otro y del otro a sí induce, en consecuencia, un modo de relación absolutamente singular dentro de la comunicación intersubjetiva.

Cuando un sujeto S trata de comunicarse con un sujeto A, nunca alcanza a su destinatario en su autenticidad y siempre es un Yo que se comunica concretamente con otro Yo, semejante a él dada la presencia del eje imaginario o o’. Es decir, el sujeto S que se dirige al gran Otro sólo se comunica con un pequeño otro. En la comunicación, el sujeto queda prisionero de la ficción en la que lo introdujo su propia alienación subjetiva. [5]

“La relación especular con el otro por la cual quisimos primeramente en efecto volver a dar su posición dominante en la función del yo a la teoría, crucial en Freud, del narcisismo, no puede reducir a su subordinación efectiva toda la fantasmatización sacada a la luz por la experiencia analítica sino interponiéndose, como lo expresa el esquema, entre ese más acá del Sujeto y ese más allá del Otro, donde lo inserta en efecto la palabra...” [6]

2) “Logré mi afán después de días de observación, lo conseguí sin buscarlo debido a un pequeño descuido esa mañana en que un súbito vaivén de mi cuerpo me obligó a apoyarme contra la puerta y entonces, abruptamente, se encontraron nuestros ojos a través de la superficie del espejo. El asombro en la mirada de mi madre fue el aliciente que faltaba, un asombro que sería incapaz de describir porque se confundió con mi temor. Allí estábamos, prisioneros en un asalto mutuo que nos hacía uno. Me retiré con suavidad, salí sin la menor prisa y dejé a mi madre volcada solitaria en el espejo que le entregaba esa imagen que desesperadamente necesitaba de sí misma.”

 

En este segundo momento, la inclusión del hijo en el ritual de la madre cobra una relevancia significativa para “x” porque es descubierto por la mirada materna. De hecho, ambas miradas, la de x y x’ convergen en la superficie del espejo que refleja a la pareja real. El giro en la perspectiva de la mirada de “x” produce el encuentro con x’ en un mismo punto y la mirada materna ratifica ese momento.

En la escena, se podría pensar que el espejo ya está ocupado por la madre cuando sus ojos se encuentran con los de su hijo en la superficie. Sin embargo, el encuentro imaginario en un mismo punto produce la convergencia, más allá de los ojos como órganos, de dos miradas. El pasaje es muy sutil. El simple encuentro de ojos en una superficie parece no producir efectos, en cambio, es el siguiente paso descrito como el asombro en la mirada de mi madre, lo que no sólo está dando cuenta de un movimiento diferente producido en la madre, sino también del descubrimiento asombroso del hijo de que su madre lo mira. La particularidad de esa mirada lo alienta. Por primera vez el sujeto queda desconcertado, lo que se señala como un asombro que sería incapaz de describir, porque se confundió con mi temor. En este sentido, es posible considerar que el hijo fue ratificado por la mirada materna, cuyo asombro confirma el propio asombro del hijo y ambos quedan, por unos instantes, prisioneros en la mirada que los unifica.

Tal como ya se señaló, desde el Esquema L se comprende que el sujeto sólo se ve a sí mismo en “o”, en tanto que su Yo. Este último sólo llega al sujeto gracias a la identificación con su imagen especular: ya sea con respecto a su propia imagen en el espejo, ya sea en relación con la imagen del otro semejante. La relación que el sujeto mantiene consigo mismo depende entonces de o y de o’ (dialéctica de identificación de uno con el otro y del otro con uno).

En la lógica del reconocimiento imaginario el otro es la imagen (“allí estábamos, prisioneros en un asalto mutuo que nos hacía uno”). Madre e hijo se encuentran en la superficie del espejo que devuelve la imagen unificada de lo que está reflejando y que, al mismo tiempo, no logra capturar todo lo que reúne. Esto último da cuenta de un punto ciego que no puede ser especularizado (no se puede ver todo). Precisamente, el hijo describe la captura imaginaria de las miradas como un asalto mutuo que lo unifica con su madre. Producida esta identificación sin precedentes para esta pareja absorta en el asombro, no sólo el Yo se aliena desde la captura imaginaria que es ilusoria, sino que, al mismo tiempo, al operar el registro simbólico, del cual el Yo no tiene noticia, se constituye un punto ciego inabordable especularmente.

Una vez acaecida la dialéctica de identificación, rápidamente se inicia en la escena un nuevo movimiento en el cual no hay cabida para dos, hay sólo una imagen y dos sujetos (alienación imaginaria). En otras palabras, “x” identificado a x’ queda absorbido en la imagen y viceversa. El intercambio de miradas ratifica el reconocimiento mutuo, reconocimiento imaginario que queda inscrito aunque sea de rápida evanescencia.

¿Qué se puso en juego durante ese intercambio efímero y evanescente? Si bien “x” se miraba cada día en su propia madre, algo más hacía falta: “el asombro en la mirada de mi madre fue el aliciente que faltaba, un asombro que sería incapaz de describir porque se confundió con mi temor. El hijo buscaba precisamente el reconocimiento, el cual logra ponerse en juego cuando capta no sólo su propia imagen en el espejo, sino también cuando intercambia la mirada con su madre, mirada que parece fundirse con la propia y de la cual puede apartarse, “me retiré con suavidad, salí sin la menor prisa...”, luego de recibir la ratificación imaginaria a través del asombro que se confundió con su temor.

A propósito del estadio del espejo, sintetizando a Lacan, Dor señala que el niño se reconoce en su propia imagen en la medida en que presiente que el otro ya lo identificó como tal. De esta manera, la mirada del otro le afirma que la imagen que percibe es realmente la suya. El advenimiento de la subjetividad que se esboza al nivel del estadio del espejo deja ver cómo el Yo, como construcción imaginaria, aparece indefectiblemente sometido a la dimensión del otro. Si bien se produce la captura imaginaria del Yo por medio de su reflejo especular, al mismo tiempo también queda planteada la función del desconocimiento, porque la verdad del Yo es desconocer radicalmente la relación simbólica. Lacan nos dirá:

“(...) El estadio del espejo es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación; y que para el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se sucederán desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad – y a la armadura por fin asumida de una identidad enajenante, que va a marcar con su estructura rígida todo su desarrollo mental.” [7]

El sujeto se identifica a partir de una imagen especular, que es la de su cuerpo, percibida en el espejo. De esta manera, ese esbozo de la subjetividad, del “Yo” (je), que se inicia con la identificación especular, se construye en una línea de ficción por siempre irreductible, en el sentido de que la imagen especular i (a) no es justamente, en sentido estricto, la imagen del sujeto. En consecuencia, en la medida en que el sujeto se re-conoce en esa imagen, podemos tener la “garantía absoluta” que se desconoce. Al reconocerse en la imagen del espejo, el sujeto se identifica con una imagen totalmente disimétrica: no hay ninguna parte identificable entre su lado derecho y su lado izquierdo. Esa identificación especular da cuenta entonces de un desconocimiento de esa simetría y, por lo tanto, de la alienación del Yo. [8]

Joël Dor puntualiza que en el proceso de identificación especular, lo que se pone en juego es sin duda la relación del sujeto con sus objetos, comenzando por el hecho de que la imagen del espejo se le presenta, al menos en un determinado momento, como la de un otro, o sea un objeto con el que el sujeto está en relación como con cualquier otro objeto. En consecuencia, el proceso de identificación especular está por completo atravesado por la dinámica que liga al sujeto con el objeto“a” de su deseo y el cual no es especularizable.[9]

A partir del texto que nos llega de “x”, se comprende que tanto la madre como el hijo se encuentran subsumidos en el horror de la castración, horror presentificado cada día a partir del círculo vicioso de goce inmerso en el ritual autopunitivo y de la pulsión escópica que se pone en juego en el afán de reintegrar el objeto.

La pulsión es un goce descabezado de toda subjetividad, es acéfala, [10] sin embargo cuando se atraviesa con el lenguaje, en ese punto de encuentro, recién se inscribe o hace palabra. Al producirse esta operación estructurante se libera el cuerpo fálico de goce para que pueda inscribirse (un cuerpo hecho palabra), es decir, para que pueda desear.

Si el goce ha sido desterrado del cuerpo quedando condensando en algunas partes, ¿dónde está? Lacan hace una contribución importante explicando que hay objetos catectizados que quedan fuera del cuerpo. Los llama objeto “a” y corresponden a la mirada, la voz, las heces, el pecho.

El objeto cae como resto de la sustancia corpórea, se desprende en tanto es resto de una operación divisoria que se realiza en función del significante. Si cae es objeto causa del deseo, causa del inconsciente, causa del sujeto, es decir, el sujeto es efecto de un objeto. El sujeto desconoce la caída del objeto porque quedó reprimida por lo que se defiende de esta castración simbólica. Por lo tanto, restituye los objetos imaginarios del lado del Otro.

En la novela de Eltit hay una insistencia en la mirada y sus matices. En la escena, madre e hijo intentan, cada uno, restituir el objeto caído a través de la mirada. La madre lo hace afanosamente mirándose a partir del ritual del espejo, el hijo realiza el mismo intento al mirar desde el resquicio de la puerta. Como objeto, la mirada es la más evanescente y cuando se produce la convergencia de las miradas en la superficie del espejo, ese objeto no le pertenece ni a la madre ni al hijo, se encuentra entre ambos provocando efectos de satisfacción, asombro y temor.

La madre, x’, percibe concientemente su imagen en el espejo, la cual no corresponde a ella en la realidad; tiene noticia de esta alteridad que aunque no sea x’, se le asemeja. Sin embargo, el Yo de x’ no sólo desconoce el poder constitutivo y alienante de las imágenes, sino, también, la causa de ese poder. No sabe que es el deseo, o mejor dicho, el objeto del deseo lo que vuelve pregnantes las imágenes y les da su fuerza. Ese objeto oculto detrás de la imagen que le devuelve el espejo y por eso invisible para el Yo es el a.

De la misma manera, el Yo de “x”, que primero se mira en su madre que lo espejea y después en la mirada de su madre sobre la superficie del espejo, también desconoce el estar hecho de imágenes y de estar hecho de imágenes marcadas y causadas por a. Este desconocimiento es, en realidad, el saber inconsciente. [11]

Conviene hacer un último alcance respecto a este segundo momento. El yo de “x” argumenta que por un “pequeño descuido” deviene una escena inédita, tan deseada y esperada como sistemáticamente postergada a través de la cobertura fantasmática propiciada por el ritual.

Si la relación imaginaria está sostenida desde lo simbólico, ¿desde dónde procede, entonces, este pequeño descuido? No procede del registro imaginario, sino del registro simbólico, del sujeto del inconsciente, cuya inefable y estúpida existencia da cuenta de un sujeto evanescente y atrapado por las redes del lenguaje.

El hijo participaba habitualmente del ritual materno escondido tras el resquicio de la puerta. Esta acción cotidiana era ejecutada con éxito por este sujeto hasta el punto de llevar un conteo fiel de cada uno de los golpes que la madre se profería.

Producto de un pequeño descuido, el hijo comete un acto fallido. Aquél súbito vaivén de su cuerpo, que lo obliga a apoyarse contra la puerta, inaugura por primera y única vez la escena del encuentro en la superficie del espejo. Lo reprimido, que es inconsciente, es admitido en lo consciente retornando aquí como un acto fallido. No es el Yo el propietario de esta formación que el sujeto describe como azarosa y con detalles fenomenológicos, sino que su deseo inconsciente del encuentro con la madre, logra satisfacerse a través de este acto fallido.

También es posible admitir que el deseo del hijo se encuentra, a su vez, atrapado en el deseo materno. Es ella quien no cierra su puerta antes de iniciar su ritual en el amanecer, probablemente, esperando ser observada y descubierta.[12]

El hijo, sin saber acerca de esta determinación proveniente del Otro, de este orden preestablecido o determinado desde el registro simbólico, no sólo se ritualiza (a través del cumplimiento sistemático de un horario, posición corporal, conteo de los golpes, etc.), sino que queda sometido a un movimiento por advenir, a un acto fallido que debía acontecer tarde o temprano de acuerdo a la sobredeterminación simbólica.

La operación producida a partir del cambio de perspectiva del hijo que observa a la madre y del encuentro de las miradas en el espejo, inscribe un cambio fundamental en la posición subjetiva de “x”, el cual logra ser reconocido simbólicamente como un sujeto S (no como un Yo), lo que implica el reconocimiento de la posición inconsciente, el cual abre paso a la posibilidad de soñar y que sobreviene a continuación de ese reconocimiento mutuo.[13] 

3) “De vuelta en mi cama, en medio de una paz inamovible, conseguí dormir en las horas siguientes a ese amanecer. Recuerdo que en esas horas experimenté mi primer sueño incendiario, un sueño en el que una incipiente llama circulaba en forma juguetona y descarada a través del subsuelo, justo debajo de la zona donde se guardaban los manuscritos más preciados, allí, agazapado entre los anaqueles, yo asistía a la génesis de lo que iba a ser el gran incendio de la Biblioteca de Alejandría, pero, aunque veía la magnitud del desastre que se avecinaba, estaba impedido de emitir la menor señal de alarma. No sé cuáles fuerzas me lo prohibían o quizás, en el absurdo que portan los sueños, yo era sólo un ojo, una mirada omnipotente que únicamente cumplía con la mera función de comparecer allí como mirada.”

 

Desde el Esquema L, se pudo sintetizar que el momento anterior dio paso al reconocimiento mutuo más allá de la dimensión imaginaria; “x”, es decir el sujeto S, recibe a la otredad en tanto la reconoce. En otras palabras, antes de que el hijo “se vea” en el espejo ya estaba expuesto a la mirada del Otro.

El texto de “x” está siendo dirigido al gran Otro (A); en este reconocimiento mutuo, donde se produce el encuentro a nivel simbólico se posibilita el desplazamiento de los significantes por la cadena de asociaciones, lo que queda puesto de manifiesto en el sueño. En este momento, donde el goce ha condescendido al deseo, la palabra amordazada del sujeto habla desde otro registro y que resulta muy ilustrativo en la metáfora de “la incipiente llama que circula en forma juguetona y descarada a través del subsuelo.

¿Qué es lo que logra incendiar una llama incipiente y luego devastadora? Es posible pensar que se trata del “conocimiento” sustentado por el Yo y que “x” conservaba como el tesoro más preciado. ¿Por qué el Yo no reacciona y salvaguarda ese saber representado en la Biblioteca de Alejandría? En esta instancia el comando queda en manos del registro simbólico; producido el reconocimiento mutuo entre S y A, ese reconocimiento queda ubicado más allá del conocimiento. Esta satisfacción a nivel simbólico no requiere ya del conocimiento yoico.

Finalmente, a la luz del Esquema Z propuesto por Lacan, se podría también considerar el paso desde la intersubjetividad del Esquema L (la relación del sujeto S con A) a la relación del sujeto S con A como otro lugar. ¿Cuál es la otredad del sujeto S? Es el discurso del Otro, una relación exclusiva al lenguaje, una otredad radical, un pensamiento (en este caso el sueño) sin sujeto, un pensamiento sin Yo, pensamientos que se articulan en términos significantes. La otredad ya no es un sujeto, sino un Otro que sujeta.

El lugar donde se espera el advenimiento del sujeto S es el lugar del Otro, la existencia del Sujeto es, por lo tanto, periférica, exterior; aunque tome su lugar en el Otro, nunca queda absolutamente apresado allí.

¿Cuál es ahí el lugar para el sujeto?

El lugar donde se registra el sujeto S es el lugar del Otro. A modo ilustrativo, se podría responder que, en esta oportunidad, absolutamente inédita para el protagonista, el sujeto S ocupó un lugar de reconocimiento precario en el Otro, por cuanto el asombro mutuo produjo un cambio en la posición del sujeto S, lo que se constituyó en un momento extraordinario, aunque  de  poca  estabilidad o duración, tal como se esperaría en el devenir de un intervalo.[14]

La lectura de toda la novela da cuenta de una madre rechazante hacia sus hijos, los cuales no sólo la molestan con sus llantos, enfermedades y demandas, sino que también deforman su cuerpo encorvado por tanto esfuerzo.[15] La madre nunca los menciona por su nombre, son sólo las guaguas [16] y guaguas “hombres”; [17] son dos críos obligatoriamente de ella.[18]   Guaguas “cochinas” que se ensucian, revuelcan y le hacen daño. [19] Desde esta perspectiva ¿qué lugar podrían tener en la madre?

El protagonista no encuentra un lugar satisfactorio en el Otro, por eso él mismo se describe como un hijo de la noche.[20] “Mientras la noche contiene innumerables contornos, el cuerpo de mi madre siempre se ofreció a mi de manera parcial y mezquina. Cuando busqué aferrarme, sólo me enfrenté a un vacío que me ocasionó multiplicidad de sensaciones letales que incluso ahora mismo rodean mi epidermis. El cuerpo de mi madre no representó nada más que el impulso hacia la caída y al vértigo; en cambio, la caparazón de la noche me meció para aminorar los golpes y las culpas que me provocaron cada uno de esos golpes.”[21]

En la novela, el hijo ya adulto, relata cómo su madre hubo de salvaguardarse para evitar todo tipo de contacto con él. [22] Señala que su madre le temía a la noche, la que para ella queda asociada con lo ominoso o siniestro. En el día los niños molestan, en la noche se suma el desgaste que conlleva soportar el llanto de los hijos y a un hombre que la humilla al unísono de un ratón amenazante en busca de comida.

Por otra parte, el hermano del protagonista se transformó en una especie de acólito y coartada materna para que ella pudiese tolerar la soledad. Como adulto, el hijo de la escena se pregunta: ¿cuál es mi función entre ellos? – búsqueda de lugar. En otras palabras, ¿qué soy yo en mi madre? Su respuesta es la de un espacio vacío, deshabitado, carente de toda jerarquía,[23] sólo como malestar irreversible. Él señala unas líneas más adelante: “me había vuelto incomprensible para mi madre, la que me atacaba constantemente.” [24] 

Para poder hallar un lugar en el Otro, se requiere de intervalos y/o espacios por advenir. Si en la novela se considera la relación del Sujeto al Otro, difícilmente puedan registrarse intervalos como los explicitados en la escena del espejo.

  • Amante de la noche, como él mismo se describe, buscó en ella siluetas, escenas, paisajes, movimientos, como quien busca un espacio donde albergarse y encontrar respuestas. Se comprende mejor, entonces, que la escena del espejo, metafóricamente, sea propuesta  durante el amanecer, lo que marcará un giro y, a su vez, una rápida evanescencia. No sucede de día, tampoco en la noche, el amanecer se advierte casi como una pausa, como la única pausa posible, como el único intersticio de apertura a la Otredad que permite mirar y encontrarse.
  • En la lectura global de la novela no aparecen encuentros extraordinarios, (asombrosos), de reconocimiento imaginario y simbólico como el descrito en este fragmento analizado. En general, todo acontece deviniendo en escenas muy grotescas, detalladas minuciosamente como un conglomerado de hechos aislados y torturantes que no logran crear un espacio, aunque evanescente, de reconocimiento mutuo, sea a nivel imaginario, sea desde el registro simbólico. La escena del espejo, si bien también presenta los matices grotescos de una madre que se golpea y sangra, no obstante es mirada y de una forma particular, abriendo la posibilidad de un encuentro sublime en el espejo.[25] Hay un intervalo proporcionado por la madre para ser vista (deja la puerta entreabierta) y alcanzar así algún grado de satisfacción. El hijo lee muy bien esta propuesta y se hace parte de ese hueco para mirar.
  • También se podría pensar que el mismo espejo actúa como mediador, como un espacio que permite la posibilidad de intercambiar las miradas en su superficie.

 

Retornando a la pregunta: ¿cuál fue ahí el lugar del sujeto S?, se puede responder: Un lugar en el Otro desde el cual aconteció un reconocimiento imaginario y también simbólico. Miradas de asombro que se confundieron en una sola sin censurarse mientras duró aquel instante de intercambio. No hubo rechazo, sino una puesta en escena del encuentro con lo inesperado que siempre estuvo por advenir. Por lo tanto, es el encuentro con el lugar de la determinación, con el deseo del Otro; el hijo, entonces, asiste como un espectador y discípulo a la convocatoria materna para lograr obtener un espacio precario, pero inédito en la madre, que él describirá como una comprensión precoz y a posteriori de lo inesperado.

Como no hay ningún significante que capture al Sujeto, el cual se produce entre los significantes, se puede considerar que el Sujeto tomó su lugar en aquel acto fallido cuando por “un descuido”el cuerpo de “x” se inclinó quedando frente al espejo, o cuando el Sujeto tomó su lugar en aquel intervalo tan evanescente como pleno en que las miradas de la madre y el hijo se sostuvieron fugazmente; o, como ya se señaló en el comienzo de este tercer apartado, cuando se produce el sueño. En cada intervalo, cuyo sostenimiento proviene desde otro lugar, pareciera que algo logra anudarse, descifrarse, inscribirse sin que el Yo tenga participación, salvo “comparecer allí como mirada”; a partir de estos hitos, la existencia del Sujeto queda cuestionada, porque el Otro es el lugar del cuestionamiento y el Sujeto tomó su lugar en el discurso del Otro, en el inconsciente.

Se esperaría que de ahora en adelante circule una pregunta que el Sujeto recibe del Otro como una donación: ¿Qué quieres?

“(...) Esta subjetivación consiste simplemente en establecer a la madre como aquel ser primordial que puede estar o no estar. En el deseo del niño, el de él, este ser es esencial. ¿Qué desea el sujeto? No se trata simplemente de la apetición de los cuidados, del contactio, ni siquiera de la presencia de la madre, sino de la apetición de su deseo.” [26]

Se podría afirmar que el sujeto S del sueño, el sujeto del inconsciente, recibe esta pregunta una vez acontecido el reconocimiento simbólico. El sujeto sueña y ¿qué es lo que desea? prolongar en el tiempo la primacía del deseo sobre el goce. Esto es algo inédito para el sujeto que permanece cuestionado mientras se quema el saber sustentado por el Yo.

La apertura producida en la escena previa a soñar le otorgó un lugar al Sujeto, cuya existencia aflora entre los significantes. Queda sujetado por el Otro desde esta posición, cuya comprensión trasciende el registro imaginario.

Precisamente, la última parte del texto da cuenta de este acontecimiento: “x” no sabe por qué no puede hacer nada frente a la catástrofe atribuyéndola a fuerzas prohibitivas. Quedan francamente interrumpidas las elucubraciones racionales, sólo puede asistir a esa escena como ojo unario que así como cree verlo todo (“mirada omnipotente”), no ve lo que está más allá de su punto ciego.

El deseo de “x” queda ahora estructurado como deseo del deseo del Otro. La interrogante ¿qué quieres? inaugura un problema fundamental que el sujeto encuentra con respecto a la realización de su deseo: convoca al sujeto al orden de una soledad angustiante en su relación con el deseo del otro; angustia que intentará neutralizar por intermedio de la dimensión imaginaria (de la relación de su yo con el otro).

Desde una perspectiva didáctica, el texto de “x” permitió desarrollar los procesos que se pusieron en marcha a partir de los Esquemas L y Z, cabe preguntarse ahora: Sea que se considere desde la intersubjetividad del Esquema L o desde la perspectiva del Otro como lugar del Esquema Z, ¿de qué manera continuó la relación del sujeto S con la Otredad (A)? ¿Volvió “x” a quedar atrapado en el goce mortuorio con x’ obstruyéndose la posibilidad de desear al modo neurótico?

Considerando la posibilidad de apertura a la Otredad que acaeció en este escena, el análisis efectuado se adscribió a la posición del sujeto S en su calidad de sujeto deseante, tal como sucede en la estructura neurótica.

A continuación, se propone una breve síntesis acerca del complejo de Edipo, cuyas implicancias son cruciales para la inauguración del deseo.

Los aportes lacanianos acerca del complejo de Edipo señalan que, para poder desear, es necesario el advenimiento de un tercero que mediatice la identificación del niño al falo de la madre. Cuando surge la oscilación entre ser o no ser el falo “el niño es introducido inevitablemente en el registro de la castración por la intrusión de la dimensión paterna,” [27] lo que anuncia un segundo momento del complejo de Edipo.

El niño se enfrenta con la ley del Nombre del Padre en la medida en que descubre que la madre depende, a su vez, de la ley. “En otros términos, la dirección del deseo del niño remite inevitablemente a la ley del otro a través de la madre.” [28]  El hecho de que el deseo de la madre esté sometido a la ley del deseo del otro implica que, a su vez, su deseo depende de un objeto que supuestamente el otro (el padre) tiene o no tiene (dialéctica del tener).

“En efecto, eso con que el sujeto interroga al Otro, al recorrerlo todo entero, encuentra siempre en él, en algún lado, al Otro del Otro, a saber, su propia ley. En este nivel se produce lo que hace que al niño le vuelva, pura y simplemente, la ley del padre concebida imaginariamente por el sujeto como privadora para la madre. Es el estadio, digamos, nodal y negativo, por el cual lo que desprende al sujeto de su identificación lo liga, al mismo tiempo, con la primera aparición de la ley en la forma de este hecho – la madre es dependiente de un objeto que ya no es simplemente el objeto de su deseo, sino un objeto que el Otro tiene o no tiene.” [29]

El padre real, representante de la ley, es investido por el niño de una nueva significación a partir del momento en que, desde el lugar que ocupa, resulta el supuesto poseedor del objeto del deseo de la madre: se ve así elevado a la dignidad de padre simbólico. La madre, quien suscribe la enunciación de la ley paterna al reconocer la palabra del padre como la única susceptible de movilizar su deseo, atribuye también a la función del padre un lugar simbólico con respecto al niño. “En este punto, el niño se ve llevado a determinarse con respecto a esta función significante del Padre que es, precisamente, el significante simbólico Nombre del Padre.”[30]

El tercer momento, que corresponde más a la declinación del complejo de Edipo, pone término a la rivalidad fálica frente a la madre en la que el niño se ha situado y en la que imaginariamente también ha instalado al padre. El momento esencial de esta etapa está marcado por la simbolización de la ley que demuestra que el niño ha comprendido a cabalidad su significado. “El valor estructurante de esta simbolización reside, para él, en la localización exacta del deseo de la madre.” [31]  De hecho, la función paterna sólo es representativa de la ley bajo esa condición. Si el padre tiene el falo, entonces deja de ser el que priva a la madre del objeto de su deseo. Por el contrario, al ser el supuesto depositario del falo, lo reestablece en el único lugar donde puede ser deseado por la madre.

Tanto el niño como la madre se encuentran inscritos en la dialéctica del tener: “la madre que no tiene el falo puede desearlo de parte de quien lo posee; el niño, también desprovisto del falo, podrá a su vez codiciarlo allí donde se encuentra.” [32] Lacan nos dirá que en el tercer tiempo el padre le da a la madre lo que ella desea y si se lo da es porque lo tiene. Se tratará de la salida del complejo de Edipo. “Dicha salida es favorable si la identificación con el padre se produce en este tercer tiempo, en el que interviene como quien lo tiene.”[33]

El análisis de la escena del espejo se ha centrado en el protagonista. Sin embargo, dado que el complejo de Edipo se constituye en una encrucijada fundamental para acceder a la dinámica del deseo, cabe preguntarse: ¿qué cabida le otorga la madre al padre? La respuesta a esa pregunta proporcionará más elementos para comprender cual es el estatuto del hijo en relación a sus propios padres.

Tal como ya se señaló, la novela indica que esta mujer presenta una especial aversión hacia los hombres. Con respecto a su pareja, ella se encuentra atrapada en el goce de él. Con sus palabras y actitudes este hombre le hace presente, cada noche, el horror de la castración y la imposibilidad de salir de allí. Podría haber huido mientras estaban juntos y nunca lo hace, quien se va es él después de ocho años, por lo menos,[34] en que pareciera saciarse hasta  vaciar a su mujer agotada.

Aún así, ella incuba una venganza, que va tejiendo desde la cotidianidad psicotizante, hacia ese hombre que la deja al límite de sus fuerzas. Será el hijo protagonista, “x”, quien deba llevar a cabo la venganza materna quedando, él mismo, atrapado en el goce mortuorio de la madre que lo determina.

Cumpliendo a cabalidad el oráculo materno, aunque sin tener noticia de la determinación que acota su existencia, el hijo viaja a Concepción y se acerca a una verdad escondida: descubrir que su padre, a quien él creía muerto, había vivido en el sur constituyendo otra familia.

La venganza materna cumplida por el hijo consistirá no sólo en iniciar una relación incestuosa con una hermana, hija de su padre, sino también en darle muerte luego de descubrir su infidelidad (el padre fue infiel a la madre). La doble transgresión hacia la ley, incesto y crimen, responde al deseo del hijo de venganza y que remite, en definitiva, al deseo del deseo de la madre.

Esta hermana representa para el protagonista la imagen corrupta de su padre, [35]  el legado citológico y lujurioso del padre incrustado en el cuerpo de su hija.[36]  De esta manera señala: “la imagen de mi padre me ronda” y la única manera de sobreponerse a ella es dándole muerte en lo real, en la misma hija y hermana.

El hijo se describe como un personaje capaz de estar por encima de la ley del padre e, inclusive, sobre el padre de su padre.[37] Aborrecer al padre y a sus subrogados lo llena de satisfacción [38] y ya, bastante escindido, en el momento mismo del crimen relata: “No soy yo. Es mi cuchillo inevitable el que te sangra y te asesina.” [39]

La escena del espejo analizada abrió la posibilidad de hacer una lectura del sujeto S a la Otredad, por cuanto algún lugar le fue abierto en la escena para ocupar un espacio en el tercero, posibilitándose la capacidad de desear. Sin embargo, el resto de la novela no abre opciones nuevas de intervalos en donde el Sujeto quede cuestionado desde el registro simbólico.

Corroborando esta hipótesis, se señala a continuación qué es lo que ocurre con los personajes una vez concluida la escena del espejo y del sueño. Al día siguiente la madre muestra complacencia por el hijo mirándolo con una amabilidad desacostumbrada, lo que se advierte por única vez en la novela. El ritual materno que buscaba desesperadamente una acogida[40] fue correctamente leído por el hijo. Sólo esa oportunidad, acaecida durante el amanecer, fue necesaria. El hijo se interroga por la veracidad de lo acontecido y busca una serie de argumentos para no desmentir lo que, para él, fue altamente estremecedor: no el ritual en sí mismo, sino el encuentro con su madre en la superficie del espejo.

Seguro de una verdad que posibilitó articular la cadena significante, acude con temor al encuentro de un rito develado y que para él, probablemente, lo incluiría no ya desde el ocultamiento, como una presencia escondida que espía, sino como una presencia-mirada y, por ende, sostenida desde el reconocimiento imaginario y simbólico.

Sin embargo, esta escena no se repite nunca más, el hijo comprende que la madre cerró su puerta para él,[41]  es decir, no para cualquiera, sino para el primogénito autorizado por largo tiempo a ser el espía cómplice del ritual. La puerta clausurada, que es la puerta de la madre, cierra literal y metafóricamente, también, la posibilidad de intervalos y de la creación de puntos de encuentro o de reconocimiento del deseo. No sólo el hijo queda expulsado de su vista, sino que también la madre se expulsa de la visión del hijo.[42] 

Para la madre no fue necesario reeditar la escena del espejo expuesta a la mirada de su hijo. No obstante para este último era necesario reinscribirla, aunque fuera una vez más, [43] por eso acudió a la cita convenida tácitamente a la que se había acostumbrado.

La clausura que propone la madre ante cualquier atisbo de intersticio, desvanece con mayor rapidez la permanencia del asombro y del cuestionamiento del sujeto S en el Otro. Desde ahora en adelante, todo lo externo aparecerá menoscabado ante los ojos del protagonista, el cual queda como un lugar habitado por sí mismo [44] exacerbando la función yoica y sus alardes de omnipotencia, sea en el plano de la amistad, sea en el plano amoroso.

A medida que los capítulos transcurren, la apertura a la Otredad permanece clausurada, inclusive, se va estableciendo una brecha cada vez más grande que traba la motilidad del deseo neurótico con la represión operando como mecanismo fundamental.

El hijo se concibe, entonces, prisionero de los caprichos maternos. No extraña a su madre y, sin embargo, cumple a cabalidad sus oficios. [45] Abocándose de lleno a la satisfacción yoica no experimenta vacío por la ausencia materna después de la huida de ella con su hermano. En realidad, ella ya había huido mucho antes de su vida y, sobre todo, después de expulsarlo de su vista en la escena posterior al espejo. Es importante señalar que el alejamiento materno, configurado desde siempre, produce la insistencia gozosa del hijo por encontrar a su madre o, mejor dicho, por hallar un lugar en la Otredad. Esto explica, más allá de la función yoica, el goce del hijo saturado del deseo materno. En el hijo la madre ocupa cualquier hueco, como el espejo que ocupaba en su ritual, usando y abusando de él.[46] Tal como señala el protagonista: “yo nada le debía a mi madre y, no obstante, estaba allí para recibir sus reclamos.”[47]

La novela brinda algunas luces acerca de por qué es este hijo y no el segundo el que debe llevar a cabo la venganza materna, por qué es él a quien se le permite observar la escena del espejo y por qué es a él a quien definitivamente se le clausura la puerta y se lo abandona realmente. Por una parte es el primogénito [48] y, por otro lado, la madre ve en su rostro el mismo sarcasmo del padre que se burla constantemente de ella. A él como primogénito le corresponderá vengarla y, desde esa venganza, ella se vengará del padre y también de este hijo que como el progenitor, la llevó hasta el límite de sus fuerzas. [49]

El hijo buscará desesperadamente un lugar en el Otro, pero esa búsqueda no encontrará nunca una respuesta; el único camino posible será complacer el deseo materno y sumirse en el goce sombrío para evitar el absoluto desarraigo.[50] Aunque lleve a cabo un pasaje al acto asesinando a su hermana y amada, la mirada materna lo ratificará por el cumplimiento perfecto del acto perverso del crimen, totalizado de sentido materno, es decir, de su propio deseo, al cual el hijo estuvo determinado desde siempre.

 

 

[*] Coordinadora del Centro de Atención y Estudios Clínicos. Universidad Andrés Bello - Viña del Mar. Chile.
[1] Eltit, Diamela: Los trabajadores de la muerte. Seix Barral, Biblioteca Breve, Santiago de Chile, 1998.
[2] Idem. Segundo Acto II, capítulo 3: El caballero tigre (pp. 119 – 121).
[3] Cuando el sujeto se identifica a sí mismo como “yo”, se pierde el sujeto del deseo (S).
[4] Eidelsztein, Alfredo, Modelos, esquemas y grafos en la enseñanza de Lacan, Manantial, Buenos Aires, 1992 (pp. 53 – 77).
[5] En el Esquema L se encuentra actualizada la incidencia del Otro en el proceso de la comunicación intersubjetiva. El sentido del vector O  S indica, en efecto, que la palabra que el sujeto destina al Otro le llega desde O en forma invertida. Pero este mensaje que proviene de O, al ser implícito, le llega a S sin que éste lo sepa. La orientación del vector  O o en el Esquema L está allí para demostrar que ese mensaje que proviene del Otro no es captado por el sujeto a pesar de estar allí.
[6] Lacan, Jacques, “El Seminario sobre la ‘carta robada’”, En: Escritos I, Siglo XXI, Buenos Aires, 1971 (p.47).
[7] Lacan, Jaques, “El estadio del espejo como formador del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, En Escritos I, Siglo XXI, Buenos Aires, 1971 (p.90).
[8] Cfr. Dor, Joël: Introducción a la Lectura de Lacan II. La estructura del sujeto, Gedisa, Barcelona, 1994 (p.170).
[9] Cfr. Idem. p. 172 y ss.
[10] Cfr. Lacan, Jacques: Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964). Paidós, Buenos Aires, 1995 (p. 188).
[11] Cfr. Dor, Joël: “Introducción a la Lectura de Lacan II. La estructura del sujeto”, op. cit. (p. 84).
[12] El gesto del encuentro es acogido por la madre y el hijo y, de acuerdo al relato, la acogida era una búsqueda que en algún momento hallaría respuesta. Cfr. Eltit, Diamela: Los trabajadores de la muerte, op. cit. (p. 119).
[13] Con respecto al “reconocimiento”, Joël Dor sintetiza: La dialéctica del reconocimiento recíproco se fundamenta en la dialéctica del deseo. Si el deseo es deseo del deseo del otro, esto quiere decir que toda conciencia desea reconocerse en ella. En esto reside la dialéctica de la subjetividad: yo deseo reconocerme en el otro; pero como ese otro soy yo, es necesario que ese Otro Yo se
[14] Lo que alude a la alienación. Al plantearse la relación del sujeto S al significante para ser reconocido o para adquirir ser, algo se debe perder (castración).
[15] Cfr. Eltit, Diamela, op. cit. (p. 42).
[16] Bebés.
[17] A lo largo de todo el relato, hecho en primera persona por la madre, se advierte un especial rechazo hacia los hombres, de la misma manera como su propia madre rechazaba al sexo opuesto.
El hecho de que los bebés sean los innominados advierte sobre el lugar de determinación al cual el Sujeto queda adscrito, a saber, un lugar de rechazo en que el Sujeto es expulsado de la esfera del Otro.
[18] Cfr. Eltit, Diamela, op. cit. (p. 42).
[19] Cfr. Idem. pp. 53 y 55.
[20] Cfr. Idem. p. 66.
[21] Idem. pp. 66 – 67.
[22] Cfr.Idem. p. 67.
[23] Idem. p. 69.
[24] Idem.
[25] El término sublime alude, también, a que el protagonista experimenta un confuso sentimiento en que la satisfacción del asombro aparece junto al presentimiento de estar frente a algo que le supera.
[26] Lacan, Jacques, “Los tres tiempos del Edipo”, En Seminario 5 (Las formaciones del inconsciente), Paidós, Buenos Aires, 1999 (pp. 187-188).
[27] Dor, Joël: Introducción a la lectura de Lacan. El inconsciente estructurado como lenguaje. Gedisa, Barcelona, 1995 (p. 94).
[28] Idem. p.98.
[29] Lacan, Jacques, “Los tres tiempos del Edipo”, op. cit. (p. 198).
[30] Dor, Joël: Introducción a la lectura de Jacques Lacan”, op. cit. (p. 100).
[31] Idem. p. 101.
[32] Idem.
[33] Lacan, Jacques, “Los tres tiempos del Edipo”, op. cit. (p. 200).
[34] Cfr. Eltit, Diamela: Los trabajadores de la muerte, op. cit. (p. 43).
[35] Idem. p. 181.
[36] Cfr. Idem. p. 175.
[37] Cfr. Idem. pp. 179 y 181.
[38] Cfr. Idem. p. 186.
[39] Idem.
[40] Cfr. Idem. p. 119.
[41] Cfr. Idem. p. 122.
[42] Cfr. Idem.
[43] Cfr. Idem.
[44] Cfr. Idem.
[45] Idem. p. 129.
[46] Cfr. Idem. pp. 128 – 129.
[47] Idem. p. 134.
[48] Cfr. Idem. 151.
[49] Cfr. Idem. p. 152.
[50] Cfr. Idem. pp. 172 – 173.

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Eltit, Diamela, Los trabajadores de la muerte, Seix Barral, Biblioteca Breve, Santiago de Chile, 1998.
  • Eidelsztein, Alfredo, Modelos, esquemas y grafos en la enseñanza de Lacan, Manantial, Buenos Aires, 1992.
  • Lacan, Jacques, “El seminario sobre la carta robada”, En Escritos I, Siglo XXI, Buenos Aires, 1971.
  • Lacan, Jacques, “El estadio del espejo como formador del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, Escritos I, Siglo XXI, Buenos Aires, 1971.
  • Dor, Joël, Introducción a la Lectura de Lacan II. La estructura del sujeto, Gedisa, Barcelona, 1994.
  • Lacan, Jacques, “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964), Paidós, Buenos Aires, 1995.
  • Lacan, Jacques, “Los tres tiempos del Edipo”, Seminario 5. Las formaciones del inconsciente (1957-1958). Paidós, Buenos Aires, 1999.
  • Dor, Joël: Introducción a la lectura de Lacan. El inconsciente estructurado como lenguaje. Gedisa, Barcelona, 1995.
  • Eltit, Diamela: Los trabajadores de la muerte. Seix Barral, Biblioteca Breve, Santiago de Chile, 1998.

 

 

 

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