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L1

EINSTEIN
SE ESCONDIO
EN LA PALABRA

CARMEN VÁSCONES

 

"Cuando uno es pequeño, lo mejor es pasar inadvertido"

Joyce

 

"El que quiere no ser lo quiere siendo"

Unamuno

 

"Pensamos demasiado y sentimos muy poco"

Chaplin

 

 

Einstein se escondió en la palabra. Ella no se inmuta. La vacía y la llena con lo que le da la gana. La forma y deforma en la soledad de sus gestos.

La estructura gramatical no lo sabe, peor la real academia templada, estridente y tirada a culta: la señora lengua: alma mater de lo correcto. Los doctos la auscultan, recriminan y sustentan con la regla o algo parecido a papaniculao para detectar a tiempo algo fuera del orden. Requisa a la monogamia. A esconder las armas de la duda del cuerpo bajo el "imperio de los sentidos". El lenguaje está tachado de orificios que desafían todo sistema: La imaginación impía. Te señalan impuro. Te exigen Depurarla. Te aleccionan con catequesis y sacramentos de escríbela tal cual. Te advierten: cuidado. Lo erótico del arte seduce, rompe esquemas, compone y descompone. Rearma. Desarma. Desnuda la vida lícita e ilícita. Desoculta la idea sin ignorar la ambición de la culpa: Intimidar por saber, sentir y gozar desvergonzadamente. Ya eres un sospechoso por querer ser algo más de lo que se te permite.

Dos almas en el mundo: eso no éramos tú y yo…

El poder desiste ante el cuerpo del delito: El desacato, parece orgía o placeres clandestinos. Esto es un asunto que no se considera en el sujeto irreconocible en la falta in fraganti. Dejemos esto como parte sin trato. ¿La letra entra o sale del cuerpo? Desplante sin implante. Los entendidos siguen en sus discusiones de sabihondos y dictados de saberes y deberes. Orden. Punto. Coma. ¡Que importa si hay hambre o no!

La realidad es una clave del signo perfecto: la mancha sonora del silencio y del ruido. Compone y descompone. A los perfeccionistas del texto les interesa el qué o el cómo se dice. ¿Importa? La letra no siente la falta ni el crimen una vez editada. Causa horror, vergüenza y rechazo las fallas como baches sin excusas, más que la misma corrupción. Quién fiscaliza la calificación. Aquellos seudos o sesudos dioses, ignoran desde su pedestal al gameto sin pienso aún, disco duro comprimido en ADN, luego, insignificante humano con el paso apurado y sin oportunidad a dudar en la consigna de sólo avanzar. Cada cual se oxida según el trote y ritmo de la maquina, hay que estar atento antes de que te aprisione la tenaza del sistema. Sálvese quien pueda. Socorro que no socorre. ¿Quién me auxilia? ¡Sáquenme de aquí!

Sonido grave y agudo el registro del deseo: divinamente voz: tuya, mía, nuestra: de ellos punto final

Sin reparar la duda oscila entre el que sustenta, sustentado, sustentador y opositor del qué, hasta dónde, o cómo se debe saber y si no, que se quede, otro aprueba. Experimenta.

Aprende y olvida como la presencia del minero sin una chispa de recuerdo. Se alcanzó a rescatar el cuerpo dice la noticia. La mina se devora los pulmones del que espera salir sin margen de pérdidas. La vida un vale que no vale, se habla de valor. La infancia ya no juega al vale. ¿Quién dice la vida no vale nada si no es para merecerla? Yo me la merezco. ¿Para qué nací?

Se impone el amo de lo inamovible: dejarse aplastar por el dictado de la ortografía, según la regla, apunte y alineamiento. Si se sale de la norma, actúa el radar de la sirena roja: nadie se escapa: doblegado o sometido acuse recibo: el indagatorio del tirano. El dictado y la falla humana desmantelan el gozo de la existencia. Monitoreo. Que no se escape. Cójanlo. El pasador del paso al pasar el pasaje los zapatos dejan la huella de haber cruzado el desierto del sentimiento para cohabitar el contacto con el otro. Pasa. No pasa. Requisa. Documentos.

¿Qué diferencia hay entre la falta ortográfica y la falta a la vida? Desoculto el problema: la fricción del ser con el pensamiento. La debilidad de la explicación sin exponente y sin oyente. El conocimiento lucha con la emoción. Desconfía. La relatividad de la imagen: sin realidad constante.

El dolor se pega y despega. La letra agujereada y herida es como una condena para su portador, lo hace prófugo de si mismo y de la mirada. Se escamotea. Se escabulle.

La mano duele de tantos reglazos. A, E, I, O, U, el asno rebuzna mejor que tú, dice el rebelde niño entre dientes al maestro que lo obliga a la plana de la repetición. A planazo limpio chorrea la cólera en la piel hinchada, y los lagrimones se atragantan entre mocos y miradas obligadas al impuesto del miedo. El sujeto amordazado entre la ansiedad y el fantasma: un paradigma sin conjugación. El nombre dentro del pronombre. Lo determinado e indeterminado. Hágase el artículo dentro de la constitución corporal: La ley. La primera persona se amolda y desamolda en el así no se pronuncia, se dice así, escúchame a mí. Yo lo sé. Aprende. Repite hasta el cansancio. Lo dice el código, en el literal, artículo tal. Ya ves. No hay como confundirse.

¿El arte de amar o de matar? Quién dona el amor. Quién lo condona. Quién lo endosa. Quién lo desquita. Se satisface la demanda del consumo entre letrados e iletrados: La ignorancia y el saber combaten por igual. Apunta y repaso. Te lo digo una sola vez, o si no te cuelgo en la letra con sangre. Por supuesto la tuya. Esta demás que te lo recalque, pero, para que no olvides, por sí las moscas. El lenguaje sin vida espera la pieza nueva asignada. La cosa hecha letra. El lenguaje patea el cuerpo cuando no es uno con él. La nada envuelta en tinta: el yo desecho en la lectura que no puede deletrear. El signo y el símbolo: un emblema afónico y disfónico. Azote. Expulsión. Detonación. Estalla la violencia inaudita. La nota espera. El látigo inmóvil chasquea. Otros se cagan y orinan de pavor.

Retuerce, deshace el vocabulario: déjalo sin voz, sin sonido.

Sentir para saber. No sentir para saber. Sentir el saber. El saber siente. Siéntate. Levántate. Siéntame. Siénteme. Saber que sientes. Sientes que sabes. Pruébame. Te apruebo. Sabes a saber. Siento que sabes. Te asienta, toma asiento, te consiento, pero eso sí, escúchame lo que tienes que hacer.

Saber sin mí. Saber tuyo. Sabe. Sabemos. ¿Qué se yo?. Que el amor derrote por un breve instante a la muerte sobre todos: sólo tú. Lo que seas. Se. ¿Lo sé?

La sede del cuerpo para los poderes plenipotenciarios y mundanos: digno e indigno. Decente e indecente. ¿Para quién? Hay una distancia entre permitir, decir y ejecutar. Mira y toca el registro. El fantasma está vaciado de fantasía. El conocimiento no es un parto. Es un corte tajante con el dolor de figurarse fuera del otro. Figúrate: entrar al no todo está dicho ni permitido. ¿Cuál es tu retrato?

¿El saber y el sentir tienen sonidos propios? El saber sabe a vida y muerte: la cría, el criado y el creador juntos en el arte de imaginar el sonido. Aproximarse sin alcanzarse. Fugarse del saber como un libertino, es una alternativa ya escrita por algún lado. Qué importa, si, por que la coma? el mundo es un ocaso de sustentaciones. Apenas se empieza y ya se acaba la noción. Los pensamientos no existen ¿luego qué? La forma: la flaqueza del verbo. El cuerpo deletrea el acto. La imaginación se vive así misma como pasatiempo con el ser. Goza sin objetar. Las cabezas se rompen dentro de teorías inútiles y despreciables, el significante desencontrado dentro del significado. No es lo que se dice ni lo que se duda. Las interpretaciones salen y entran como las justificaciones, dice el desafinado desafiante afinándose consigo mismo la cuerda de la frente. Afronta sin ubicarse dentro de la mayoría. Se defiende de su contrincante: real o imaginario. Igual, ataca a la médula del conocimiento ¿qué mismo será? Cada quién adecua su idea. Se acomoda. El símbolo es atravesado por lo que se desdice en nombre de la verdad. Así sea. No seas así. El puritano de la norma y de la moral: horror y dolor.

El libertino se esconde en la máscara del autoritario. La libertad se ahoga en el límite. Se Conecta y desconecta la psique del soma. El soy: un génesis ardiente llama del origen concupiscente y algo más. Impagable esto de renunciar al alma inmortal a cambio de qué. El Conocimiento mayuscula? de la esfinge: no siente lo que dice, solo lo sabe. Edipo siente y lo sabe. Le sabe a incesto. El horror del oráculo se deleita con el enigma que lleva a la muerte. Padece y se contempla en el avatar del sin sentido el agujero de la vida que te trajo al mundo. No mates al deseo que te recuerda a ti: mortalmente tuyo, no idéntico a ti. ¿Tienes algo de que retractarte? Nexo inconexo los estigmas del tabú. Entre lo posible e imposible en nombre dios el atentado humano y un trazo fronterizo. Al resguardo. En el sueño se reconoce el soñante que se desvanece entre simulacros de de representaciones. Sólo tiene que hallarse y diferenciarse del monstruo que se simula aparición ambigua. Tiene que aliarlo a la muerte para que no le ensombrezca el amanecer de la ausencia.

La palabra se crea, no procrea, pero está cerca de los choques de los cuerpos para constituirse causa del sonido. Se agita la raíz de la palabra que no calza en la horma del idioma sin voz. Esto no es lo que quiero deletrear. ¿Qué cree usted? -Yo, pienso, pero no me convence esto que repito como loro enjaulado en la mirada del poseído de la verdad. Se amarra y desamarra la idea entre unos y otros.

Estaba contando, ¡ah! ¡ya! Einstein, trota, ríe, arma y desarma, deshace el barro, el agua la coge y la deja rodar. Mira detenidamente la picada rápida del ave que se pierde en su nariz, pone el dedo ahí, allí, acá, donde supone que estuvo. Camina como trepando en su fantasía, el recorrido de cualquier animal que desconoce es objeto de su interés. Eso sí, no hay otro como él, que disfrute del sonido, todo ruido le llama la atención. La música lo deja anonadado. Parece una cámara lenta con su cuerpo cuando se fascina por las notas y las partituras que salen del concierto dentro del I-pod. Sus sentidos embelesados son como un cuadro alargado de Dalí o encharcado de formas como los de Miró, dejando asomar despaciosamente, la punta de sus sueños en el punto suspensivo sin reserva de lo recorrido en el subterráneo del compositor. A su boca diminuta la convierte en sonajero, tambor, trompeta, piano, flauta, en qué no. Sorprende con sus serenatas, pone un papel con peinilla y se lo pega a la boca, y sopla que sopla entre dientes y lengua. El viento parece estar agazapado esperándolo como cómplice en el camino de las hormigas para mandarlas al otro lado del hormiguero.

Es incorregible, nadie como él disfrutando el vientre panzón de las vocales, no las menciona, las ubica perfectamente con la punta de su dedo y de sus movimientos en todo lo que le indican. ¿Dónde está la a? señala, cual es la e, la toca, y así demuestra, que sabe, o a veces se presta a seguir el juego del adulto que se empecina en probarlo que no es tonto.

Tengo la impresión de que se nos burla a su regalada gana, dicen los adultos.

Sube y baja por las líneas curvas abiertas y cerradas. La puntuación son manchones memorables en todo lo que tantea y coge. Su silencio oral es pura autocomplacencia. Su esquema corporal es un espejo disfrazado de imágenes, nadie lo puede imitar. A su edad el mundo es como una canica peligrando en su boca.

El abecedario y él, son una masa de plastilina en inconforme espera. Ambos se aburren de la materia bruta y elaborada de su contenido, juntos son un par que no soportan los paréntesis ni los puntos finales. Cuando pasa eso son más que un pesgoste, son un monigote, como una larva sin idea del deseo ni de la vida que portan. Una negación aplastada con furia. Llevados y transportados a tirones y apuros. ¿Y, qué otros tratos? Una bola crece entre la piel y el ombligo, palo, palito, palote, rueda la rueda como cráneo pateado sin su tronco y extremidades. Monigote colgando en el dibujo. El cordón umbilical una cuerda floja en la pesadilla del que se escabulle del tiroteo de la existencia perforada con señales y cruces. ¿Todavía sueñas?

Algunos preguntándose qué suerte tendrán, qué destino acompañará al que indagan dentro del pellejo. El que está asomando la cabeza la esconde como avestruz. Ignoran a los que conducirán a su manera al gameto en proyecto, que, a lo mejor ni gota de caso harán a la rabieta que querrá decir otra cosa. No todo está permitido, pero si tu quieres…

Penalidades y castigos. Obediencia. Disfrazarlos de deberes y derechos. Las quejas y protestas están prohibidas. La agenda como agencia y agente cumplen. Todos dentro del largometraje. ¿Quién acorta el tiempo? Punzón y tijera, a recortar la forma. Déjala sin forma. Ahora fórmala. Muy bien. Componla y descomponla sin equivocarte. El que lo hace más rápido gana.

El ABC del laberinto, ya está en el plan infinito de las reformas ideológicas de los que todo lo pueden en el camino de la adaptación, ablandamiento y endurecimiento como chicle en la boca. La reforma circula, el currículo se aplica a como de lugar. Se atraganta al aprendiz de tantas pruebas y desaprobaciones. El empacho mental es un vómito de calificaciones. El gruñir del aprendizaje está abombado de tantos manoseos.

El virus se ha comido la flora bacteriana del placer. La úlcera lacera los sueños. El adolescente adolece, la infancia pareciera recortada y pegada a una memoria sin espacio y sin movimiento: el recuerdo parece una estatua petrificada por los ojos de la medusa. El olvido parece un papel en blanco o en negro, quizás allí está el garabato sin mandato, ni deber del debes…

El mercado del saber: la caja de Pandora. Uno lo vende, otro lo compra, lo mastica hasta sacarle el jugo y dejarlo como un caucho pegado en cualquier lado. Luego viene otro, y otro, hasta que la caries asoma como signo de no haberse limpiado los dientes como es debido. La lección; los de arriba se cepillan de arriba para abajo, los de abajo se refriegan de abajo para arriba.

Luego, sonidos, lápiz, borrador, repetidores, papel de moldes y prisiones encuadernadas. El famoso aprendizaje: cuadrillas, escuadras y cuadras de uniformados.

Así se pasa de la sílaba, a los fonemas a las palabras juntas a la oración a la frase y a una plana completa, hasta cuando caen encima las reglas y los ajustes en aulas adecuadas para las llamadas dificultades, hasta paliar el disgusto a los adultos de adentro y de fuera de la casa. Todo cuesta. El no todo del nacimiento de una lengua sin Avemaría. Amaría. María. Ría. Con avería concebida: el enigmático silencio del trasfondo de las bases del sistema corporal. Dicen. Cuentan. Hablan. Algún día desoculta la culpa por omisión y admisión. La moral mortal e inmortal.

No hay componte, su hijo tiene problemas insolubles. No queda otra, se lo obliga o se lo deja hacer lo que él quiera, hay que controlarle el tiempo, dejarlo sin recreo, y después de clases, otras de recuperación. Es solo tarea de domesticarlo.

La explicación siempre es débil porque aprisiona a la metáfora de la existencia: erigirse sin inclinarse o asentarse como siervo del poder. Comprime con su léxico restringido a materiales de comprensión y supuestas construcciones que se desbaratan en la sustentación: ostentar el más o el menos: el mejor o el peor.

El movimiento rompe e innova constantemente la evidencia. ¿Cómo es la textura de una mente caprichosa en su libre arbitrio en el uso de la gravedad de la palabra? El vacío un reto del saber y del sentir que no se estaciona en nada ni en nadie.

Ningún animal se recuesta ni regocija en el arte, aunque es parte de la obra, no lo sabe.

El infinito no se asocia con el tiempo. Así, como no es lo mismo tirar una pelota que tirar una bala de cañón. La gravedad no juega siempre. Depende de la apuesta del jugador y del cálculo. Todos somos objetos objetados en el estremecimiento del vacío en la realidad remediable e irremediable.

Einstein: una premisa de su vida, ha hecho de los espacios un cuerpo sin horizonte.

Es inicio y acabado sin regreso. Voltea sin miedo al tiempo, sin preocuparse por lo inescrutable, hurga la velocidad sin temor a caerse de la rama que se bambolea, y cuando topa el suelo, lloriquea un poco, todo mugroso se levanta, todo inquieto, busca otras oportunidades para sus diversiones. El mundo le pertenece, eso es suficiente. En el cuenco de sus manos la oquedad parece un emblema, un reto al saber sin oficio ni tarea, que no se estaciona en nada ni en nadie.

Y, bueno, qué con esto, porque hasta este momento toda la entrada de estos hechos parecen un prólogo justificando un vericueto sin soluciones al condumio de la escritora, que no quiere dejarse ver en su pose de enseñadora del tratado de la pedagogía con tacto sin contacto en el educando ideal: fiel a la obediencia hasta morir por quién o qué. De la ensoñación al hecho hay un niño con su realidad, con su inimaginable existencia por parte del otro.

Retomando la compostura, continúa me dice la voz narrativa, deja esta disgregación. Respiro profundo y sin desaliento. Planteada la tesis, ¿pregunto? ¿Adónde se lanza este relato que describe una historia sin palabra propia? Acaso, a desmadejar el rollo de esto como una filmación sin director y sin guión, o simplemente como un dejarse llevar en la plataforma de la escena que va sugiriendo la pauta de nuestro personaje.

Espera. No hay mediador. El contador sale y consulta con sus notas, no quiere indisponer los acontecimientos. Entra. Se identifica plenamente con el silencio, parece un fisgón tras el orificio de la vida y del telón. La trama acampa en el cuerpo sin interlocutor.

Entreacto: ¿Cómo es la textura de una mente caprichosa en su libre arbitrio con el uso de la gravedad de la palabra? Algún momento reconocible tiene que abarcar este mundo embargado en el silencio de una boca, que no se abre así nomás; que se abre para comer, para reír, para zumbar, para soplar velas, para cerrarse sin dar oportunidad a ver qué ocurre allí. Pareciera una boca aliada al hermetismo como una gozadora de la mudez totalitaria, un mutis mutante, sin importa qué.

El ser patea al verbo en la cancha del cuerpo, despojo de la nada. Una burbuja de jabón revienta en el espacio. Asoman dos signos de interrogación dejando entrever algo parecido al contenedor de un trasbordador.

¿Y cómo empezó esto que pareciera un lío pero no lo es? Es solo un asunto de boca como H sin estornudo, totalmente muda, diciendo que suena para quien la oye. Silencio sin contaminación. Pero igual hay que ponerla según está establecido en la regla sin excepción. ¿Y la excepción? ¿Cuándo no se encaja en nada ni en nadie? El imperativo subyugante: Sólo comienza después de mí.

Eso, lo dicen y lo sostienen como dogma sin contradicción, tanto, los sabios como sus seguidores sin regurgitaciones, y profesores que hacen repetir el orden establecido en el idioma por su patrón: el lenguaje y las permanentes reformas editadas como lo último del pluscuamperfecto de la moda que no debe incomodar.

Sólo hay que leerlo con cuidado y seguirlo al pie de la consigna. Por supuesto, que en ese contexto, la lengua, antecesora de mi apariencia y alegorías asombra como dama inmovilizada en el ajedrez del cráneo del homo sapiens.

Einstein, el propietario de este signo: síntoma sin sonoridad, o de este modo de ser, goza de perfecta salud, mide lo que tiene que medir y más de lo que debe, a sus tres años, arma y desarma legos, forma y deforma la fantasía, dibuja con trazo firme de niño nutrido, vivaz y sin escollos de violencias.

Amasa lodo, arena, lo que encuentra, hace esculturas impresionantes, ahí, donde parece una montaña, no es nada más ni nada menos que un dinosaurio durmiendo. Otra escena, allí una raya, aquí un relleno de trazos, allá curvitas cortadas en puntillismos que acaban como una boca abierta y lista parecida a una pitón, es llanamente, el río que cruza a la vuelta de su casa, y así y asa es su genialidad, todos quedamos boquiabiertos.

No hay dudas, está en su tiempo, y hace contactos con los demás niños, comparte, quita, devuelve, pleitos van, pleitos vienen, como cualquier otro pequeñín.

Provoca como un cinema mudo. Parece un vagabundo de la realidad cargando la risa sin premura. Toca su mundo que los demás no se aguantan. Entonces qué, simplemente no habla, esto desespera, todo lo comanda bajo señal, saca su dedo índice y allí está la cosa, otras coge silla, trepa y trepa hasta alcanzar lo codiciado. Así se pasa.

Sus padres lo han hecho investigar, de pedagogos, de científicos, de psicólogos, de parvularios, le han hecho medir la inteligencia, la motricidad fina y gruesa, el mundo social, sale más de lo que en la tabla rasa se espera. Sólo lo que corresponde al área del lenguaje sale el cero todo perfecto y redondo, sin coma a la izquierda ni a la derecha, sin opción a poner ninguna décima de puntuación.

El consultor, el consultado y los preocupados, entre ceños fruncidos, postura de investigador, miradas de duda e infancia divagando en su propio gozo. Los minutos marchan. La presencia del investigado deja un entrever silencioso de desplante, de indiferencia, de marca de territorio: yo soy así, ni me va ni me viene lo que ustedes piensen.

Se despiden y acuerdan el próximo control.

La versión, oficial. Leen en casa el documento encerrado en el sobre que les había dado el experto. Evaluación: Niño genio, solo ténganle paciencia, dejen que la palabra aflore como la luz. Se quedan perplejos, del diagnóstico. Tanto gasto para esto, si eso es lo que hacemos, comentan.

La pareja, alza los hombros, y miran como Einstencito corre, se detiene, se acerca, hace a un lado la cortina, pega la nariz al vidrio, y todo asombrado ve caer la lluvia, los llama sin voltearse, insistentemente mueve la mano como un picaflor alrededor del arbusto todo revoltoso apuntando en el centro de su codicia.

En puntilla sus progenitores lo acorralan tiernamente.

Lo acompañan en esa maravilla de gotas golpeando y pegándose al mundo, cae una tras otra, cada una más grande que la siguiente, vienen sin parar, sin importarles nada, caen encima de las hojas, de las flores, de la tierra, que se empapa como lengua jugosa de probar la acidez de los pensamientos y de la realidad irrefutable.

Hurgando en los orígenes donde reina el misterio del caos se puede descolgar unos recuerdos aparentemente inofensivos, pero que son entramados del punto de tensión al que deberíamos llegar. ¡Qué! Vamos con tino. El aparente conflicto sin palabras, tiene su comienzo. Suspenso sin dolor. Aquí voy. Esto empezó en la misma boca del niño tratado en esta única audiencia. La historia de su vida pende del calostro que no se borra de su memoria ni de la inigualable realidad, que lo tiene fijado como un infante goloso del silencio, de los gestos y de la caricia de la naturaleza madre dando amamantazgo uno tras otro, donde ella, enteramente suya de esos instantes del instante único e inolvidable no le permiten dar forma vocalizada al mundo que es y no es parte de su existencia presente de presencias irrefutables. Irreductibles.

Y esta es la clave, no hay punto aparte entre madre e hijo, aquella gestora en este punto sin final no se da por enterada ni cuenta. Ignora simplemente el corte. Es como un teorema del seno al coseno sin tangente sin ángulo ni radio. No hay X que lleve a Y, como que no hubiese nada que despejar, cómo que la incógnita no quiere evidenciar su respuesta. Enigma sin oráculo. Como un límite obtuso entre dos cosas vacías de sombra dejándose proyectar como si fueran uno para el otro en una sola armonía.

Ella, goza como majestad, reinando una maternidad sin claudicar. Toda eterna se siente y se mira con sus pechos rebosantes como himno nacional y símbolos patrios, sosteniendo al soldado para que no claudique la ofrenda de su valentía. Ni remota idea tiene que es parte, partida y conclusión de la conducta de su hijo.

El que siga este discurrir, se preguntará por qué, que pito toca en esto, esto de pezones y mudeces, sencillamente, tenemos algo elemental y fundamental: no lo desteta. Lo idolatra, llanamente no lo saca de la cuna de sus afectos. Es su bebe, lo trata como que nunca va a crecer ni salir de sus brazos, eso es como su mandamiento inamovible, nadie le va a quitar su idea.

¿Hasta cuándo? Eso, está por verse. Adónde puede llevar este estilo de amar y de criar en puntos infinitos como granos de arena en el desierto, donde la esfinge no puede responder a esto que solamente compete a ellos en el devenir del uno al otro suspendidos en el suspenso posesivo de puntos suspensivos del si vos te vas...

Cómo hacer razonable este modo vivendus de la mujer con respecto a la visión de que el pichón una vez que salió del cascarón, pasa a caminar, luego tiene que aprender a picotear, ir, hurgar, cuidarse de la rata, del zorro, guiarse por el instinto, ensayar movimientos, espulgar piojos, alistar las alas para volar con sus propias guías. Crecido el crío ni rastro de pichón. Y esto, sólo refiriéndonos a la bestia. Ahora, bien, es cierto, que el único animal que es indefenso al nacer y al envejecer es el ser humano, es como un guiñapo en el cuerpo que tiene que erigir, cargar, edificar y sin más aceptar que algún día aunque no quiera se vuelve ruinas, así esté cocido y estirado con todas las cirugías o yendo un poquitín más allá que reserve algunas células recontra guardadas como lingotes de oro en la caja fuerte del saber que pasa por pruebas, reprobaciones hasta otros estilos criogénicos.

¿La ambición, acaso es, auto clonarse o insertarse como virus omnisciente, comiéndose al prójimo en el banquete de la susodicha eternidad que huele a eterna cremación?

El sueño inmortal: no tener padre ni madre.

Esa, es otra guerra que no sabemos sobrellevar, dichoso el animal que no piensa en su displacer, se echa a morir ante la crueldad de su amo. En cambio nosotros erigimos sobre el dolor otros, y sobre la alegría está por verse, que cada cual declare su acto.

¿Qué decir de la infancia? Acaso necesita de algún psicólogo freudiano para trabajar el complejo latente y manifiesto del espíritu cercano al edipo. De pronto hay que inventar un ajedrez que diga jaque a la reina, mate o ponte detrás del rey, cerca de éste, es tu puesto, búscatelo, hazte uno o asienta actas en un juego de tablas, donde se provoque un empate, o finiquitar con la infancia, dejarla ser o que en paz descanse.

Hay que trabajar con los peones de la teoría: la humanidad y cada uno en el enjambre del feudo familiar. No hay ley que se ajuste a la complacencia del yugo amoroso entre padres e hijos, peor entre confrontaciones de poderes que no se soportan. Hay que hallar la compuerta, abrirla para salir del laberinto filial para que no se convierta en un cautiverio destrozando el porvenir.

Pero, con nuestra trama y personaje no tratamos de tragedia, ni retrato de una infancia infeliz, todo lo contrario, el entorno es tierno, cálido, hay demasiadas pautas de salidas y soluciones, para un final feliz.

El asuntito, consiste en qué ocurre en esa lactancia que pende y depende de un hasta aquí y ya no más.

La posición de la madre es como un detente colgando en el cuello hermoso de una dama avanzando con el verbo cambiante en un todavía no, como que quisiera ella quedarse en la edad que tiene. Se siente mujer completa y feliz del esplendor que irradia a su marido y a su hijo, no necesita más.

No hay estación que sobre ni falte. Es su tiempo. Ella lo dispone así, sin más ni menos. Solo los tres, los dos hechos uno, uno dentro de todos, todos uno. Un solo de mujer.

Veamos a nuestro muchacho, su experiencia con su cuerpo apenas es un gateo dando apertura a la vida, eso, no quita como ya dijimos está adelantado en todo, menos en lo que nos convoca la trayectoria de este despejar de lo que se cuenta.

Su paso oral es una incógnita sin apertura al diálogo, se inventa en secreto túneles donde guarda los sonidos, sus pensamientos son una fórmula a punto que se producen por el deseo de la independencia de dar los primeros alaridos y gritos de libertad, de dar ya los primeros pases de reconocimiento y de identidad.

Él: yo, tú: él. Yo soy pero no soy. Tú eres tú.

El niño no quiere hablar, puede, pero no quiere. Acaso teme desilusionar a la progenitora. Quién sabe. Vamos al meollo del detonante. Su pensar: una ecuación de dibujos; sus ideas se encienden como aparición fugaz del arco iris, su pasamano mental es una quimera de emociones. Su tablado de sueños y actuaciones de aparente marioneta hacen jugadas de ejercicios donde él dirige sus tramoyas: las escenas van dirigida al espectador que le pide le pide dejos de pruebas, de imitación, de acondicionamientos. Por ejemplo, le hace señas o lo adiestran, luego, él tiene que demostrar como reflejo como mueve la cola un perro. ¿Qué hace?, se agacha, colea, hasta lame la mano, luego, otro adiestramiento, representa otro animal, salta como conejo. Salta que salta. Aplausos. Recibe un premio por su excelente acatar. Como sí como no. Hasta que harto de todo, da la espalda y no hay quien lo saque o lo obligue a satisfacer las demandas del domador.

Todo lo entiende al revés y al derecho, lo hace de una. No necesita que le pidan dos veces haz esto o lo otro, claro, solo cuando se cansa de este ejercicio condicionado, a premio, estímulo y respuesta del aprendizaje, se desaparece. Se arrincona en su lugar favorito, que es la buhardilla donde enfila sus juguetes preferidos, o simplemente se sienta, sin hacer nada, todo extasiado, perezoso y contemplativo se regodea con su cuerpo, se apaga como sombra oculta en el espejo. Lo buscan, escucha las llamadas, le importa un pito el ruego de los demás, simplemente, no hay nada que le llame la atención. Libre del show se larga a su mundo. Desplante. No hay quien lo detenga, se deshace del registro apabullador. No funciona con él el funcionario ordenando funciones de obediencia. Lo |que diga y piense el otro no le importa.

No se deja alcanzar. Corre como zorro perseguido por perros y cazadores, acorralándolo con ladridos y los disparos en días de diversiones. El sale invicto. Sin gota de miedo. Los espectadores no lo comprenden, mueven las cabezas. Las aparentes brusquedades que parecen fuera de control remoto en la realidad desvirtuada por el suponer de la vida de los mortales. Es una de sus tretas. No hay obstáculo cuando la chispa lo prende en su fascinación solitaria, embraga y sale a toda velocidad como un carro sin respetar luz roja. Total no hay infracción. No ha atropellado ni matado. No se siente culpable de elegir su vida.

¿A dónde va? Se escurre en el patio, calcula, brinca, traza una distancia con sus movimientos hasta subirse al árbol donde su padre le ha hecho una casita para que mire el campo y se adueñe de los secretos.

Lo que nadie sabe, es que allí radica otro factor clave para su mudez. En ese interludio donde los otros desaparecen, se instala la magia, que lo invita a entrar al cofre del cielo, que lo hace que se agarre del carrete que nadie ve y lo lleva casi como hechizado, al universo de las palabras antes de ser sonidos, antes de estar atrapadas en libros, antes de ser encajonadas en la boca, antes de embodegarlas en las máquinas que hablan.

Antes de ser una ley que manda a obedecer.

Y es en ese espacio exclusivo donde se despoja del silencio y escucha su voz encantada, que la ha prestada a la cautivante estrella que quiere contar lo que fue una vez. Él y ella en la conexión de la imaginación sin testimonio.

A ese lugar está prohibido llegar, no se puede habitarlo, está sellado. Sólo se puede ir si se hace un pacto con el rey del mundo de la ilusión, nada es gratis, hay que darle a cambio algo, hasta que se cumpla el tiempo contemplado, esto es, si soy aceptado e invitado por un rato, tengo que llevar algo que me guste y darlo sin gota de tristeza, ni temor a desprenderme, solamente así puedo entrar.

Todo está dispuesto de tal forma que no da lugar al gruñido ni al coraje. Las reglas de ese lugar: despréndete de lo que más te cuesta. Ya, nuestro pequeño, se ha arriesgado al precio de gozar y asistir a este universo que nadie aborda fácilmente. En esta ocasión, fue como un cometa intrépido, llevó en sus manos el biberón favorito con cara de payaso. Ojala esto sea un aviso de un cambio.

El prestidigitador es como un espejero, cargando la imagen sin ser tocada por el espejeado ni el ilusionista. Abra palabra, esta boca no es mía, y estos ojos que hurgan con qué se encontrarán.

Mi pequeño invitado se está atreviendo a vencer el miedo de su propia mirada, se adentra a ella sin temor a romperla. Como nos podemos dar cuenta, allí está el quid del misterio. El final, podría ser feliz para unos, para otros, pura pérdida de tiempo, nada para sacar de provecho, ni tesis, ni hipótesis que considerar. Contrarios sin contrincante.

Pura fantasía sin réditos ¿Y para Einstein qué? Dado que su temorcillo estriba en perder la magia si la voz se instala en su boca. Cómo hacerle entender que no es así, que el sonido puede ser huésped de lo que desee. Quizás lo sabe, pero la infancia oprime al paladar y hace como que no todavía. Hasta que...

Hago un frenazo a raya. Dejo la historia en el vaivén de la mente. Me opongo rotundamente a esto de hacerme la consejera de la vida ajena, detesto caer en cursilerías de orientadora ocasional, de escritora de instructivos de sermoneadora. Mi peligro. Santiamén. Mejor sea así. Mi superyó me exige todo petulante me exige intervenir. Me impone un me da la gana de este epílogo. No lo escucho. Le digo: aléjate. Basta. ¿Acaso no comprendes el silencio?

Mi lema: rompe la regla: no apropiarme del contenido de este relato que se cuenta como cuento que intenta ser eso. Boicot. La voz omnisciente me comanda, me atosiga, me quiere llevar al patíbulo donde espera el verdugo. No le voy a dar el gusto que le ponga la horca al creador de este universo. A mí, que ni se me ocurra situarme en el puesto del dictador con el puntero en la mano y disparar en el final de la historia, dado que desapruebo esto se me salió de las manos, que dice más de lo que cuento y cuenta menos de lo que quiero.

Atrás del escritorio ensaya el contador frustrado, aquel, quiere continuar el cuento como siendo otro que lo cuenta. Monologa, ¡que tal!, ¿esto?, veamos, habría que hacerles imaginar a él y a su madre, que ya no es lo que ella piensa: su pequeño Él es dueño de si mismo y de su encantamiento cuantas veces quiera: Él: uno desemejante.

Quizás el pequeñín espera anudar el sonido a la palabra como cometa perdiéndose en el cielo mientras la asegura desde la tierra al ritmo que él adecua junto con su padre para que el viento no le corte el aliento de la emoción y la piola no se rompa por tantas templadas de orgullo aproximándolo a la nada imposible: la caída posible. El cielo parece una caja de resonancia acogiendo el descenso lento. El espacio es una nota breve del silencio midiéndose con la gravedad de la angustia después de haber derrotado el temor al fracaso. Haber vencido la duda de la curiosidad. Asunto de infancia dentro de una existencia puntiaguda alumbrando el trato con la vida.

Pincho la emoción. La lucidez me demanda. La arbitrariedad me deja sin piso. Alguien escribe sin control, invade la máquina como virus, deja una frase insertada, leamos que dice: qué tal si le hacemos cosquilla en el paladar mientras está siendo amamantado o tomando el biberón, acaso, podrá salirle un gesto, un fonema, un grito, que bastará para romper el hechizo, para dejarle salir por su boca como palomas revoloteando la enciclopedia guardada en la alcancía de sus recuerdos.

-O quizás se mira en el espejo y hace un guiño-.

Quién sabe cómo reaccionaría su madre, a lo mejor, se desconcertaría, dirá, qué te pasa, y, él quizás responderá: nada, como si nada, o quién sabe qué, o ni eso. Inconforme final sin fin. Un boceto sin determinar: ausculto en el perfil del personaje.

Por ahora, me quedo pensando con qué le voy a hacer cosquilla en el paladar, si con pluma de ganso, de pavo real, con pedacito de hoja de papel, o ya sé, le hago hormigueo en la nariz con una J… Ya sé, a lo mejor, le regalo un títere para ver si se vuelve un titiritero algún día.

Ensayo contar un cuento sin cuento. ¿Cuál es el cuento de la vida?

Como podemos apreciar este relato tiene para largo. No me convence ninguna de estos trucos de entrometida. Nunca se sabe que quiere el otro. Acorto este paradero de una historia. Párale me digo a tanta prepotencia de tirada a creadora y de metiche en la vida ajena. Estoy cayendo en la trampa de un final sin solución. Quiero invadir por el simple hecho de contar, mejor sea que me quede quieta y tenga claro y preciso que no voy a decidir lo que sea el relato. Que se haga por si mismo más allá de la historia.

Debo confrontar el papel del manipulador: esa perversa ostentación del poder. La función del atentador que deshace al ser que camina en la doble trinchera: sumido y rebelde. Expirar y aspirar, apartarse y acercarse sin recibir el golpe autoritario del deber:

Me debes la vida.

Sin más interrumpe el eco, le responde: no te debo nada. El reflejo se alía a la imagen que le sostiene la sombra. ¿Hago de ti qué? ¿Lo sabes? Quién sabe que no sabe, ya sabe algo a saberse que hay un pago pendiente: La libertad endosada en un grito de independencia: El sonido sin dolor obligatorio.

Me alejo del contexto despaciosamente. Dejo al escrito asomarse como el recorrido lento de la cámara que se complace en la toma precisa, casi como un paisaje fascinante sin la mano de la violencia.

Enfoco el jardín: la pupila agarra el instante: el pequeño juega con su deseo.

 

 

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