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C4

UN CUENTO ANTIGUO
QUE ES UNA HISTORIA CLÁSICA

Helí Morales

 

Él era un hombre que trabajaba duro. Tenía un oficio extraño. Reparaba sueños, arreglaba dolores, hojalateaba esperanzas. Tenía un curioso instrumento parecido a una espada de antaño que servía para afilar las coordenadas oníricas y afinar las apuestas por la vida.

Era un hombre que bregaba fuerte pero estaba muy solo. Solo de otros. No tenía amigos. Él sabía que era su responsabilidad. En vez de practicar el arte de la sociabilidad, prefería encerrarse en sus libros y sus frases. Después de trabajar, se guardaba en un bosque de letras y hojas de papel. Leía, escribía y pensaba trucos inútiles para ciudadanos imaginarios. Él vivía en un mundo de frases, palabras y sobre todo silencios.

 

 

Una tarde, un 17 de abril, en medio de un vacío sin líneas, su corazón se aceleró. Una sombra apareció en su horizonte y sin saber cómo, ese obscurecer transitorio se volvió una luz incandescente.

En el cielo de su habitación y su estirpe apareció una luna negra. Pensando que soñaba salió al balcón y comprobó que esa luna también estaba en el cielo de los mortales. Todos podrían verla. Pero nadie la veía. Comprobó que sólo él pudo mirarla. Al día siguiente al preguntar por esa curiosa aparición nadie dio cuenta de ello. Pero él sabía que era cierto. También supo de inmediato que no era una alucinación sino un acontecimiento sideral para él.

Las noches parecían iguales pero nunca volvieron a ser las mismas. Su sueño se volvió inquieto y su espíritu exaltado.

Decididó a saber el secreto, fue a una parte del bosque que sólo él frecuentaba. Y sí, desde allí, pudo ver la luna negra. Era brillante, poderosa; hermosa. De hecho, más bonita que la noche misma. Y de golpe, en medio del extravío, sucedió un extraño hechizo. Se cuerpo mutó, su alma se encendió y su fisonomía toda se alteró. Sin saber cómo, se había convertido en un unicornio. Asombrado por la magia del suceso, intentó despertar de su sueño pero se dio cuenta que no era tal. Ni sueño, ni visión; comprobación de una metamorfosis. Aturdido pero feliz, corrió, saltó y disfrutó de la estampa de su nuevo linaje. Era un unicornio negro. De tan negro que parecía azul. Su color era un homenaje a esa luna. Su cuerno brillaba para ella.

Desesperado reconoció que estaba enamorado de esa luna y que su transformación era un embrujo de amor. Entonces quiso alcanzarla. Brincó con todas su fuerzas y solo alcanzó a rozar una punta del contorno de la ladera. Se estremeció. Jamás había sentido algo parecido. Un rayó le cimbró entero y su cuerpo se conmovió en un temblor eterno. Supo que nunca volvería a ser el mismo. Exhausto se recostó sobre un árbol y el día lo sorprendió aturdido. Con la luz del sol había vuelto a ser hombre.

La aparición del unicornio no pasó desapercibida. Hubo gente que contó haber visto un animal azul saltar hacía a un costado de la luna. Hubo quien habló de milagro, maldición, bendición; espectro. El unicornio azul de tan negro se hizo leyenda. Hasta un tal Silvio lo contó en una canción. Un niño que lo vio desde su ventana lo bautizó como el caballo de Batman. No era su corcel, dijo su hermano, es Batman mismo.

Avezado en las artes navales por libros que leyó en la biblioteca de su padre, supo que para amarrar la luna a sus sueños debía hacer una cuerda cuyos hilos fuesen de espuma de mar cálido. En las noches, se iba al mar para rescatar de cada ola un hilo para su cordel. Preparó con cuidado la soga y la fue construyendo poco a poco, noche a noche. Hasta que por fin la terminó. Hizo lo que tenía que hacer y consiguió trenzar un pedacito oriente de la luna negra a su mano izquierda. La ató y la apretó fuerte.

Desde entonces el hombre solo esperaba la noche como se espera la vida. El día pasaba para que llegara la oscuridad. Además, de día él se sentía habitado por el latir del unicornio. El hombre y su unicornio latiendo se dieron cuenta que la luna también se enamoró de su lomo y sus letras. Así pasaron meses. Él estaba feliz con su división, con su partición entre su condición de humano y de animal mitológico.

Algunas noches, cuando el cansancio lo empujaba a dormir, en sueños, en sus sueños, la luna se transformaba en una hermosa mujer. Era de una belleza infinita, de otro tiempo, de otro mundo. Su piel era luz de luna, su cabello densidad de noche y sus ojos mar infinito. De piernas fuertes y brazos poderosos pero delgados, sus senos eran caracol en flor y su boca un corazón mordido. Pero lo asombroso es que su generosidad era aun más grande que su belleza. Amaba con tanta pasión que iluminaba el mar nocturno. Inteligente y sagaz poseía un saber de otros siglos, de otras tierras. También amaba las letras.

Pero una tarde que se convirtió en oscuridad, el hombre comprendió que tenía que dejar ir a su luna. Que ella merecía otros astros celestes como ella. Que ella quería una libertad más libre. Esa tarde sintió cómo ella lloraba lágrimas que se convertían en cisnes. Cisnes hermosos, cisnes negros. Él no le podía dar el universo que ella necesitaba. Ni el unicornio ni él debían detener su orbitar eterno. Su amor era más grande que nunca pero no podía detenerla. Es porque la amaba hasta la muerte que debía soltar las amarras que antes había atado con tanto amor.

Armose de un valor que solo dan los amores sublimes y decidió dejarla ir. Tomó su espada de afilar sueños cortó las cuerdas de espuma y después la arrojó hacía ella. La filosa arma se absorbió en la órbita del astro y ésta se alejó en medio de una lluvia de estrellas y lágrimas extrañas.

El hombre no dejó de amar a su luna, nunca dejó de amarla. El hombre volvió al trabajo. Parecía igual que antes. Pero él sabía que no. El unicornio nunca volvió a aparecer. Se dijo que se le vio volando por el horizonte una noche de eclipse lunar. Otros dicen que se convirtió en cometa y que en algunas tormentas de mar se le puede ver de lejos con su estela de fuego.

El hombre supo lo que nadie: que cuando envío su espada ésta se llevó su corazón en el puño. La luna negra no sólo le quitó al unicornio, también el latido de su pecho.

Así, el hombre que trabaja duro sigue afilando sueños, haciendo hojalatería a las apuestas por la vida y afinación a las esperanzas, pero cada vez que respira sabe que en vez de corazón tiene un hueco del color de la sombra más eterna.

eHelí Morales

 

 

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