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EL DISCURSO CAPITALISTA
Y LA PROMESA DE LA FELICIDAD

Lina Rovira*

 

Resumen: El hombre de hoy es lo contrario de un sujeto. No existen preguntas sobre sus faltas, sus padecimientos, ni sus deseos y esto es así porque inmerso en una masa donde cada uno es casi un clon, cada uno ve como se le prescribe una no muy variada gama de medicamentos frente a cualquier tipo de síntomas. Pasamos del hombre trágico de la modernidad, aquél que deseaba, sufría, luchaba y se hallaba atormentado por la sexualidad y la muerte, al hombre deprimido y adictivo que huye de su inconsciente y que busca en la droga, en el gadget u objeto tecnológico, en el higienismo – tome tres litros de agua, camine una hora por día, etc.- en el culto al cuerpo perfecto y joven, el ideal de la felicidad.

 

Palabras clave: Capitalismo, discurso científico, tecnología, mercado, consumo, goce, deseo, gadgets, individualidad, subjetividad, neurociencia, depresión

 

“Se trata de luchar por aportar una respuesta contra las pretensiones oscurantistas que apuntan a reducir el pensamiento a la actividad neuronal y a confundir el deseo con una secreción química."

Elizabeth Roudinesco 1

 

"Lo que pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente, solo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco."

Eduardo Galeano 2

Ambas citas aluden al discurso que impera en nuestra época: el discurso capitalista. Llamamos discurso a lo que comúnmente decimos civilización, cultura. Se trata de los lazos sociales basados en el lenguaje –ya que el lenguaje es lo que nos sitúa por fuera del mundo animal. Este discurso es la matriz de cualquier acto en que se tome la palabra e implica un orden de esos lazos sociales. Un orden con el cual cada época regula los goces en la convivencia de los seres humanos.

El discurso capitalista es el resultado de los efectos que produce la ciencia en el discurso de la modernidad. De esta unión entre ciencia y discurso del amo moderno surge la posmodernidad que nos adentra en la era del vacío, del individualismo, reino del narcisismo hedonista, era "líquida" según Bauman. El discurso científico considera un sujeto entendido solo como el proceder de la mente según su propia ley. Es sordo a la particularidad del ser que habla. Busca certezas universales en un para todos igual, perdiendo la singularidad de cada uno. Trata con una verdad formal en donde lo que hoy no se ha descubierto, mañana será develable, porque no hay imposibles.

Para caracterizar a lo que describe a nuestro siglo, nos atenemos a dos aspectos interrelacionados: el capitalismo y este discurso científico. El enemigo principal del capitalismo es la tradición, el consumidor tradicional y la autoridad sensata que fija goces. Al capitalismo no le sirve aquel que usa siempre el mismo desodorante o consume durante veinte años la misma pizza. En el capitalismo la autoridad es el mercado y el sujeto queda reducido a un consumidor de objetos producidos por la tecnología, brazo ejecutor de la ciencia. Esta férrea alianza ciencia y capitalismo es la que nos hace la promesa de la felicidad. Se trata de la entrada a un círculo siniestro ya que no existe la posibilidad de plantearse preguntas, pues el discurso capitalista nos ofrece verdades enlatadas y precocidas que solo recalentamos y que no pueden ser cuestionadas. No se trata de ningún deseo singular ni de ninguna responsabilidad por nuestros propio deseos. Somos un rebaño de seres que gozamos un tiempo corto de un nuevo y pequeño aparato tecnológico para luego reemplazarlo por otro aparato similar con algún agregado. Es lo que Lacan llamaba gadgets, y es a lo que se refiere la cita de Galeano. El modo de lograr el no planteamiento de preguntas que conciernen a la propia existencia, también se halla en relación a la cita de Roudinesco. La autora nos dice: "La era de la individualidad sustituye a la de la subjetividad, bajo la ilusión de una libertad sin coacción, de una independencia sin deseo y de una historicidad sin historia." 3 El hombre de hoy es lo contrario de un sujeto. No existen preguntas sobre sus faltas, sus padecimientos, ni sus deseos y esto es así porque inmerso en una masa donde cada uno es casi un clon, cada uno ve como se le prescribe una no muy variada gama de medicamentos frente a cualquier tipo de síntomas. Pasamos del hombre trágico de la modernidad, aquél que deseaba, sufría, luchaba y se hallaba atormentado por la sexualidad y la muerte, al hombre deprimido y adictivo que huye de su inconsciente y que busca en la droga, en el gadget u objeto tecnológico, en el higienismo – tome tres litros de agua, camine una hora por día, etc.- en el culto al cuerpo perfecto y joven, el ideal de la felicidad.

La ciencia y más específicamente las neurociencias, reducen al ser que habla a no ser más que un quimismo a tratar, que se manifiesta por signos que no representan a nadie porque la dimensión subjetiva no juega en la partida. Allí no hay nada para escuchar, porque solo se trata de un "trastorno mental" clasificado en una información estadística, cuyo tratamiento es por vía de la sustancia y quizá agregando una psicoterapia sugestiva y rápida que elimine el síntoma – véase DSM IV como traducción científica de "Un mundo feliz" de A. Huxley, donde queda planteada la abolición del ser hablante. Así entre nuevos objetos tecnológicos y nuevas sustancias químicas legales o ilegales y entrevistas directivas y sugestivas, se puede transitar, sin mayores frentes de conflicto y sin mayor coraje, por la vida. Esta es la felicidad light y adormecida que nos promete el discurso capitalista. Se trata de una universalización cuyo peligro es que a mayor globalización, mayor efecto de segregación y mayor efecto de aislamiento. Cada uno goza solitariamente del objeto tecnológico y los lazos sociales se hallan cada vez más debilitados. Estos "tóxicos" objetos tecnológicos funcionan incluso en condiciones de miseria extrema. Jorge Alemán dice: "La miseria es estar a solas con la pulsión de muerte en el eclipse absoluto de lo simbólico. La no satisfacción de las necesidades materiales no solo no apaga el circuito pulsional, sino que lo acentúa de modo mortífero. Ahí aparecen el crack, el paco, etc.". 4

Como contrapartida a este discurso del hombre objetalizado, que acepta pasivamente la "verdad" que le ofrece el mercado de objetos y el mercado farmacológico, etc., etc., vamos a referirnos a otro modo de desocultar la verdad y transitar la vida, que es el que parte de una concepción real y ética de la subjetividad humana. Nuestro quehacer de cada día como profesionales de la salud mental, apunta a "asir" ese real que se nos escurre de las manos que es la subjetividad, el inconsciente, la pulsión, el sufrimiento, el goce. Ese real es el que dejan de lado el discurso científico y el capitalismo y es el que aparece disfrazado en el síntoma –visto como concepto muy amplio. En el campo de la salud mental nuestra política debe ser "creer en el síntoma". Creer que el síntoma significa y habla al hacer hablar, allí donde la electrónica tendería a concebirlo como un cortocircuito en un microchip. El desafío apunta a pensar que ni el capitalismo ni la posmodernidad podrán destruir la potencia de la palabra que es el instrumento más poderoso que posee el sujeto, este sujeto que es humano porque se constituyó a través del lenguaje. Colette Soler dice:"que el síntoma es lo que hace que cada uno haga justamente aquello que no está prescripto por el discurso de su época". 5 Y de eso se trata. De valorar ese síntoma como una verdad propia y esencial del sujeto. Nuestra tarea no es acallarlo sino abrirlo al develamiento y llegado a un punto si de plantea como "incurable", como ese "hueso que no se puede más roer,", acompañar al sujeto a que, como decía Freud: "aquello que has heredado, hazlo propio para poseerlo." Se trata de no perder más tiempo y vivir dignamente con eso que sí se tiene. Algo así como sacarle el vino al odre y usar ese odre ya sin asperezas, pulido y lustrado por el tratamiento, para otro fin útil, que de sentido, una función sublimatoria quizás, por ejemplo para colocar las flores.

Hacernos los garantes de que el sujeto puede encontrar "la felicidad" según la ilusión capitalista, en un tratamiento psicológico es una estafa. Esto se sostiene en convicciones teóricas y filosóficas que sustentan nuestra praxis. Partimos de un sujeto dividido, deseante, con conflictos y con faltas y llegamos a un punto de fin de tratamiento en donde ese sujeto puede posicionarse de una manera distinta, más reflexiva, más serena y más entusiasta y creativa ante esas faltas y ante lo imposible para con esos imposibles hacer un tránsito más digno, creativo y trascendente por la vida. Se trata de aceptar el no todo - que el capitalismo quiere negar- pasando de la impotencia y la angustia al reconocimiento de lo imposible y también al acto con lo posible.

En 1929 Freud se preguntaba sobre las relaciones entre cada individuo y su civilización. Hablaba desde una ética de lo real. La principal fuente de sufrimientos del hombre en su vida social estaba en el renunciamiento a las satisfacciones pulsionales impuestas por la civilización. La civilización coarta las pulsiones y genera el malestar, pero la interiorización de las prohibiciones se efectúa en el uno por uno de la historia personal de cada sujeto.

El síntoma es la expresión íntima y singular del sujeto ante lo que el discurso de la época impone. La civilización pone un límite, no se puede hacer cualquier cosa con el otro ser humano. El principal límite es el respeto por la vida de ese otro y de todos los otros aunque sean diferentes. Vivimos limitados, siempre con una falta, ya que desde lo externo el discurso limita la pulsión para que convivamos todos, y por estructura al separarnos de los objetos primitivos inscribimos una falta para siempre. De convivir con ella se trata. Por ello negar el síntoma y taponarlo con falsos objetos, o universalizarlo es transgredir algo así como un derecho humano, es atacar la esencia de la subjetividad. Por esta razón es que nos abocamos a que cada uno pueda hacer suya la falta estructural y el malestar de la cultura en que se halla inmerso, para por el camino del decir más íntimo, pueda con coraje llegar a encontrar modos propios y auténticos de bordear esos agujeros, esos vacíos de la vida.

Para concluir rescatamos la palabra hecha poesía:

"Si no creyera en la locura
de la garganta del sinsonte
si no creyera que en el monte
se esconde el trino y la pavura.

Si no creyera en la balanza
en la razón del equilibrio
si no creyera en el delirio
si no creyera en la esperanza.

Si no creyera en lo más duro
si no creyera en el deseo
si no creyera en lo que creo
si no creyera en algo puro.

Si no creyera en quién me escucha
si no creyera en lo que duele
si no creyera en lo que quede
si no creyera en los que luchan."

Silvio Rodríguez: La maza

*

Licenciada en Psicología (UBA) residente en Concordia Entre Ríos. Desde 2005 está junto a distintos colegas en la Secretaría Científica del COPER Regional Este. Coordina el Convenio entre la Regional Este del COPER y la Universidad de Bs. As. para el dictado de la Maestría en Psicoanálisis en Concordia.

 

 

REFERENCIAS

1 Roudinesco Elisabeth, ¿Por qué el psicoanálisis? Ed, Paidós, España, 2000
2 Galeano Eduardo, Para mayores de cuarenta,
http://musicarberdi.wordpress.com/2009/03/18/eduardo-galeano-para-mayores-de-40/
3 Roudinesco Elizabeth" Op.cit.
4 Alemán Jorge, "Para una izquierda lacaniana" Intervenciones y textos, Ed, Grama ediciones, Buenos Aires, 2009
5 Soler Colette "El síntoma en la civilización", Diversidad del síntoma, Ed, EOL, Buenos Aires, 1996

 

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