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L1

EL ALLANAMIENTO DEL DESEO
O LA PULSIÓN DE MUERTE
EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

Leticia Hernández Valderrama

 

¿Qué puedo esperar?

Kant

 

Una filosofía, que no promete hacernos más felices ni mas virtuosos, que, al contrario, da a entender que muy probablemente pereceremos a su servicio.

Nietzsche, VP, IV, 23.

 

Resumen: Nos encontramos viviendo una época donde las formas de destrucción de la subjetividad deben ser repensadas. El deseo ha sido allanado por el discurso de los mercados capitalistas. Hoy se envidia el dinero, los objetos tecnológicos, el éxito, la audacia o lo que tiene el otro. Esto que genera displacer y sufrimiento que está a cargo de la pulsión de muerte. El psicoanálisis está basado en una ética del deseo y no de la pulsión de muerte. El psicoanálisis pretende limitar al goce de la pulsión muerte, del tal forma, esperamos una recuperación de la cultura, de los dirigentes, de quiénes tienen el poder de decisión para recuperar el valor del semejante, del lazo social, del otro, del amigo, de la pareja, que nos salvan de la desubjetivación, que dan compañía y arrancan al sujeto de la soledad, a la vez que desactivan el deseo de muerte y restablecen el valor de la "existencia".

 

Palabras clave: allanamiento del deseo, pulsión de muerte, malestar, indiferencia, agresión.

Introducción

En nuestro tiempo las formas de destrucción, de violencia, del abuso desmedido de los mercados, ha tenido efectos sobre la subjetividad, se percibe un vacío que experimentan los sujetos, como fin y medio de la civilización. Es una situación trágica que la modernidad prefiere a la reflexión sobre este vacío. Lo inhóspito gana, en él leemos la amenaza absoluta del poder de lo negativo, el símbolo mortífero de los tiempos modernos nos anuncia un futuro espeluznante.

Estas formas de desubjetivación, llamadas a reproducirse durante un tiempo aún indeterminado, nos señalan la presencia de otro vacío, el de una invasión lenta que ha dejado de invertir en las instituciones, todos los grandes valores y finalidades que organizaron las épocas pasadas se encuentran progresivamente vaciados de su sustancia, es como si los sujetos hubieran desertado transformando el cuerpo social en cuerpo caído, en organismo abandonado, que invade en silencio la existencia cotidiana, la ajena, la propia, la de todos en el corazón de la civilización. Un desierto paradójico, sin catástrofe, sin tragedia, ni vértigo, que se identifica con la nada o con la muerte.

Lipovetsky (2002), menciona que el desánimo por nuestro tiempo crece: el saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la iglesia, los partidos, etc. han dejado de funcionar como principios absolutos e intangibles y en distintos grados, ya nadie cree en ellos, nadie invierte. ¿Quién cree en el amor, en la familia? cuando los índices de divorcios no paran de aumentar, cuando los viejos son expulsados a los asilos, cuando los padres quieren permanecer "jóvenes". ¿Quién cree aún en las virtudes del esfuerzo, del ahorro, de la conciencia y la ética profesional, de la autoridad, de la justicia, de la sanción para evitar la impunidad. Lipovetsky agrega, que por todas partes se propaga el desinterés y la apatía con respecto al compromiso antes existente en las instituciones. Las instituciones así se encuentran carentes y desfallecientes, ya no cumplen su cometido social. Y sin embargo, el sistema funciona, las instituciones se hallan con carencias y vicios que reproducen y desarrollan, pero más por inercia que por funcionalidad. Presentan grandes vacíos, sin adherencia ni sentido, cada vez más controladas y al servicio de unos cuantos. Generando en los sujetos un vacío emocional, sin seguridad y sin poder o sin querer hacer lazo-social.

Tras todo esto, encontramos al discurso capitalista que liberó los tres factores que lo caracterizan: el individualismo hedonista, el mercado que se ha convertido en la globalización extrema y la tecnología, que ha alcanzado límites impensables.¿Cómo pensar la subjetividad, el saber, el arte, el deseo, el amor…? Sabemos que para Freud y para Lacan el arte no sólo es adorno, ornamento, sino que utiliza lo imaginario para organizar simbólicamente lo Real. Entonces ¿cómo deviene la escritura de este mundo contemporáneo?.

Es necesario detenernos para reflexionar sobre este dilema, donde la difamación, la impudicia, lo obsceno, son las formas que toma la palabra para describir este tiempo de globalización o estandarización. Asimismo discurrir sobre lo que invade al deseo, al amor que se escurren en una liquidez 1 incontenible que afecta los lazos sociales Es necesario reencontrar un camino que sea más esperanzador y que nos permita reencontrarnos los unos con los otros.

 

Sobre el deseo

Si el deseo es reconocer una falta que no cesa de insistir para que tratemos de cubrir lo que no se tiene. Es la fantasía que suele ser poco realista la que momentáneamente aparece en un intento vano por cubrir la falta, porque en el instante mismo en que se consigue lo que se buscaba, ya no se quiere, no se puede desear más; para que el deseo pueda seguir existiendo necesita que sus objetos estén permanentemente ausentes, no es eso lo que se desea, sino la fantasía de eso, o sea que el deseo se sustenta en fantasías utópicas.

Lo que Lacan nos dice es que vivir acorde con los deseos, no nos hará felices. Ser enteramente humano significa esforzarse por vivir de acuerdo con ideas e ideales y no evaluar la vida por lo que se haya obtenido en cuanto a los deseos, sino por aquellos breves momentos de integridad, compasión, racionalidad, incluso de abnegación. A la larga, la única manera de evaluar la relevancia de nuestra vida, es valorar nuestro paso en relación a la vida de otros.

Es decir, quizá sólo seamos verdaderamente felices cuando soñamos con la futura felicidad. Suele ser más rico desear y fantasear, que lograr lo deseado: el encanto se rompe. Entonces cuidado con lo que se desea, no por conseguirlo, sino porque estamos condenados a no quererlo más en cuanto lo tengamos.

El deseo siempre ha sido asediado por la pulsión de muerte. Su allanamiento, su aplastamiento se incrementa cuando el sujeto sólo se trata de ubicarlo en la consecución de objetos materiales y no en la creación de lazos sociales. Para ello se justifica en los otros, son los otros, su forma de ser o de vivir lo que lo pone a distancia, lo que lo aterra y perjudica, así como la ominosa idea de sentir que no puede sostener el deseo o el amor de su pareja.

Es esta idea perseguidora que cuestiona al sujeto, que atenta contra su narcisismo que le dibuja un ser con carencias y en falta. Una falta que es difícil de asumir y que prefiere ponerla fuera de él. De esta manera sólo aplasta su deseo, lo hunde para no escucharlo, lo cubre con falsas ideas revestidas de un valor monetario, donde a veces sólo desea lo que el otro tiene o lo que los mercados le ofrecen, inundando así su deseo de cosas materiales y donde la ferocidad y voracidad de éstos lo convierten en consumidor compulsivo.

El cinismo, lo obsceno es una forma de nombrar este atropello, este allanamiento del deseo ante la globalización o estandarización de un mundo desarrollado. A nivel individual surge la envida, definida por los filósofos griegos como "dolor y coraje hacia la buena suerte de los semejantes", sentimiento que se torna nocivo cuando se apodera de la tranquilidad de un sujeto. El término envidia procede del vocablo latino invidere, que significa "ver con malos ojos", pues quien está invadido por ella mira de esta manera cualidades, éxitos o posesiones de los demás, lo cual le lleva a acumular rencor y profunda insatisfacción. Hoy se envidia el dinero, el éxito, la audacia, la inteligencia, el amor, el saber o lo que tiene el otro. El sujeto se siente afectado porque se cree merecedor de lo mismo y centra su deseo en lo ajeno materializado.

 

Deseo

Lacan nos planta en una primera acepción sobre el deseo en los sujetos diciendo: "el deseo es deseo del otro", que se intensifica ante la inaccesibilidad del otro, ante su prohibición. En una segunda significación toma el otro como genitivo, es menos evidente. No deseo sólo al otro, deseo también el deseo del otro, busco su deseo hacia mí, así como su reconocimiento. En el interior de una dialéctica dual, este reconocimiento no será nunca suficiente. Puesto que una relación dual, en espejo, no sufre falta, de manera que este reconocimiento deberá continuamente ser confirmado y ratificado.

De acuerdo con Paul Verhaeghe (2001), la primera significación tiene su origen en la relación madre-hijo, que se repite en todas las relaciones interhumanas imaginables. Las quejas que resultan de ella nos conducen a la segunda significación –el deseo de ser deseado- es en relación al sexo. Del lado de la mujer es común escuchar: "no es a mí a quién desea sino a mi cuerpo. No soy más que un objeto para él". Del lado hombre: "No me desea. Siempre debo tener yo la iniciativa" el malentendido vira a la caricatura cuando sabemos que los dos desean de hecho lo mismo, salvo que lo exteriorizan de manera distinta. Ambos desean ser deseados por el otro, y ambos interpretan el comportamiento de su partenier como un rechazo. Esto se constituye para ambos en fuente de sufrimiento.

El deseo pasa necesariamente por el del otro. Por consiguiente, el campo del deseo se convierte en el campo de la identificación por excelencia. El sujeto se identifica con lo supone es el deseo del otro, a fin de hacerse desear por él o por ella. Los efectos que resultan del espejo no son únicamente abstracciones psicológicas.

Es regla que cada uno de nosotros esté dividido por diferentes deseos, que se remontan a diferentes figuras importantes. El proceso comienza muy temprano, con lo que nuestros padres quieren de nosotros. Hay que darse cuenta que sus deseos sobre nosotros no son necesariamente uniformes. Ello querrá decir, que al separarse del deseo del otro precedente permite alienarse al deseo de un "otro" que toma el relevo. Vemos así que la estructura del psiquismo es tal que el deseo será siempre tributario del deseo de otro, y que, por consiguiente es sobre eso que debe basarse la elección. ¿Hago mío el deseo del otro, sí o no? (Paul Verheaghe).

Entonces para el hombre que desea, no hay nada peor que la realización inmediata de su deseo. Veamos en sí que el deseo denota una falta e idea de demora. Desear entonces, viene a ser cultivar la falta y gozarla. Contrariamente al deseo está la pulsión que tiene como efecto apagarlo. Si el deseo tiene un objetivo, éste es precisamente el de conservar este fin intacto. El deseo sólo apunta a una cosa: su propia duración. Su objetivo es prolongarse: así pues, es deseo de deseo. El placer que conlleva el hecho de desear es de otro orden que el que comprende su satisfacción.

¿A qué obedece la pérdida de valor del objeto cuando se tiene? Tentativamente podríamos decir, que el objeto alcanzado no responde al tiempo invertido en su espera o a las fantasías forjadas en él. En el pasaje del deseo a su realización, se pierde algo que no podemos articular en términos de deseo, porque es necesario que el objeto falte para que éste se sostenga. Nunca se puede obtener al objeto, sólo se tienen semblantes, Lacan lo menciona como el "objeto "a", causa del deseo" que permite organizar la subjetividad del sujeto.

Sin embargo, es frecuente que el sujeto luego de elegir su objeto "a" causa de su deseo, pueda desencantarse de él y caer en la apatía, en el desinterés, en dejar de hacer poiësis y extraviarse en el proceso creativo que exige el amor y que aleja de la pulsión de muerte. El resultado será el desconcierto, el enojo, la separación, la muerte del lazo entre ellos. Es caminar a al sufrimiento, al dolor, a la pulsión de muerte.

La pérdida del objeto o el tiempo empleado en conseguirlo puede conducir al sujeto a la depresión. La queja que subyace en esto puede ser reducida a dos variantes: "No deseo más", o "Nadie me desea". El sujeto se siente vacío, insignificante, nulo, la vida se ha vuelto sin sentido. Para el sujeto depresivo, la dimensión del tiempo se desconecta, puesto que éste normalmente se mide en función del deseo. Faltan X días para "volverla a ver…". Sin este tipo de plazos, ya nada se mueve, todo está paralizado.

Paul Verhaeghe en 2001, nos dice que estas expresiones "No deseo más" y "Nadie me desea", conducen a la dimensión capital del deseo, a saber, el otro. Cuando incluso el objetivo del deseo consiste en su mantenimiento, este objetivo debe necesariamente pasar por el otro.

Podemos decir entonces, todo deseo incluye siempre un rol al otro, por el otro o en contra del otro, pero nunca sin él. Cualquiera que sea el objeto o designio, el deseo está siempre atravesado por esta misma pregunta: ¿Qué lugar tengo en su deseo? ¿cuánto más puedo valer por estar incluido en el deseo del otro, al que yo dirijo mi deseo? Lacan afirma en el ¿qué me quiere el otro? Que sobre esta pregunta se apoya un fantasma característico propio de cada sujeto. En otro momento podrá preguntarse también: ¿Me quiere perder el otro? Refiriéndose a fantasías de muerte repentina, generalmente propiciadas por algún conflicto en su relación. El sujeto dando rienda suelta a su pulsión de muerte se ve en el ataúd, asiste a su funeral y escucha a los otros sufrir por su ausencia –ese otro al que dedica su muerte-. Así pues, el dolor es "un hecho personal, encerrado en el corazón de cada sujeto, el sufrimiento, una experiencia incomunicable que tiene que ver con haber perdido al objeto que se deseaba y al cual se dirigía amor. André Le Breton (1999) menciona: "Para comprobar la intensidad del dolor de otro, sería necesario convertirse en ese otro". "El sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional". El sujeto que sufre aparece envuelto en un misterio intangible que es difícil entender y para muchos insoportable. Su padecimiento siempre será incomunicable.

Le Bretón explica: "Sufrir es sentir la precariedad de la propia condición personal, en estado puro, sin poder movilizar otras defensas que las técnicas o las morales". ¿Cuándo se sufre, se goza de sufrir? Hay sujetos que en cada situación experimentan o buscan o terminar sufriendo.

No existe en nuestro organismo ningún sentido especializado en la detección del dolor. Sufrimos en todo nuestro cuerpo, en nuestra psique, en nuestra sensibilidad. Así pues, el dolor no es una función orgánica sino la consecuencia de una lesión que el sujeto experimenta ante la pérdida del objeto.

El dolor del duelo es la reacción a la pérdida del objeto amado. Hay dos formas de duelo, el duelo normal, que concierne a la pérdida, y que se vive como consciente y se entiende; y el segundo, el del melancólico que puede saber a quién perdió, pero no saber lo que perdió en él. Observamos la problemática del objeto de acuerdo con Lacan, el sujeto sabe a quién ha perdido, pero no lo qué ha perdido con la desaparición de la persona amada y muchas veces se culpa por su pérdida.

Los autorreproches del melancólico no se encuentran siempre en el duelo normal. A partir de esta comprobación de que las quejas del melancólico no se dirigen al objeto perdido sino a sí mismo. El melancólico se hace autocríticas que no son verdaderas, ya que recaen sobre el objeto incorporado en el yo. Freud concluye en la hipótesis de la identificación del yo melancólico con el objeto desaparecido, con el goce mortífero que lo lleva a la autodestrucción.

 

Inmediatez y pulsión de muerte.

La inmediatez de la pulsión se opone a la continuidad del deseo. Ese contraste no atañe sólo al aspecto temporal, sino que va mucho más lejos. El deseo requiere previamente de una representación del objeto deseado, que está en la fuente de cada creación artística, de cada representación imaginaria que nos permite crear y acercarnos al otro. La pulsión por su parte, la encontramos como un fenómeno inmediato, irrepresentable, siempre a la búsqueda de un punto de anclaje psíquico, tropezando a cada paso e intentándolo otra vez. La pulsión es el opuesto del deseo. El deseo reitera su tentativa que siempre es insatisfecha, la pulsión instaura una repetición sin fin.

Freud describe la pulsión como una entidad a caballo sobre el cuerpo y el psiquismo, haciendo de ella un fenómeno típicamente humano. Algo habla de un empuje y una fuente que emana del cuerpo, en realidad, de los bordes del cuerpo. La boca, el pene o la vagina, la punta de los senos, el ano, pero también la nariz, el ojo, la oreja y la piel, las zonas erógenas que son, todas "puertas" entre el interior y el exterior. Lo que emana del cuerpo proviene del orden de la energía, que busca una salida y una descarga vía un objeto y un fin asociado a él. La pulsión atañe, o mejor aún es, ese imposible pasaje entre la fuente y el empuje, por un lado, y el fin y el objeto por el otro.

Lacan dice que hay una sola pulsión, la pulsión de muerte, porque la pulsión de vida es rara como pulsión. La pulsión de vida no sería una pulsión en sí, sino un deseo. Ya que la pulsión busca el camino más corto para la satisfacción, una satisfacción garantizada.

El padecer está a cargo de la pulsión de muerte. Y el deseo de sanar a cargo del deseo o podríamos decir, de la pulsión de vida. Aunque también que hay casos graves difíciles de analizar como las adicciones, donde generalmente hay un componente muy poderoso de pulsión de muerte, no digo que sean imposibles, pero si que es muy poco probable que los sujetos quieran analizar sus a-dicciones, ya que las pulsiones contenidas en ellas, nunca son puras, siempre van mezcladas.

En el caso de las psicosis -sólo diremos por el momento-, existe un fuerte dominio de la pulsión de muerte, justamente porque no operó el complejo de castración, que es el que separa al objeto del sujeto y permite el acceso al deseo.

 

Pulsión de muerte en lo social

Retomemos otros aspectos muy destacados de nuestra realidad contemporánea, como son los niveles de agresividad y violencia que cotidianamente enfrentamos y que nos sorprenden por su grado de inmediatez. Cuando un sujeto enfrenta la indiferencia o agresión de otro, en primer lugar, se sorprende y luego tiende a hacer generalmente lo mismo, con el fin de "no dejarse", de "defenderse" o de "imponer su voluntad". Esa es su respuesta porque parece reconocer en el otro: a un par, como idéntico, como semejante, incluso con la voluntad de aniquilarlo porque puede considerarlo un obstáculo para el logro de algún objetivo personal. Suelen suscitarse escenas de sumo sadismo, donde los sujetos buscan gozar de la pulsión de muerte -voluntad de goce-, de ver sufrir a otro -lugar en el que imaginariamente se coloca al ver sus gestos de dolor-, que alguien puede sentir al producir dolor a otro sin que se juegue en ello necesariamente un reconocimiento de su subjetividad.

El sujeto agresivo reconoce y necesita al otro para volcar su agresividad, siente odio por la resistencia que puede oponer a someterse a su voluntad: en las luchas sociales, en los enfrentamientos humanos por el poder, en las tierras y condiciones de distinto tipo, desde las más íntimas, amorosas, familiares, hasta las luchas por el poder político y las guerras, desencadenan agresividad que se ubica en el centro de las tensiones producidas y que acentúan la pulsión de muerte.

En el sadismo se ejerce una destitución subjetiva, y el cuerpo del otro, cuerpo sufriente, está al servicio del goce que de ese sufrimiento obtiene. La crueldad, por su parte, tiene algo de ambos: implica una combinatoria de sadismo y agresividad, reconoce el carácter subjetivo del otro e intenta una demolición del mismo por medio del dolor que le inflige. La tortura es claramente su paradigma, hay placer en destruir al otro, en arrancarlo de sí, en devastar toda resistencia subjetiva que de cuenta de que aún tiene un pensamiento propio. Es la voluntad de goce – el goce como concepto lacaniano- de meterse hasta lo más recóndito del ser del otro y quebrarlo. Esto no es un deseo de destruir su ideología sino lo más profundo de su pensamiento, el núcleo mismo de su intimidad y, a través de ello, su identidad.

Observamos que ahí no hay sólo una diferencia de matices en los diversos modos de producir dolor a otro ser humano, sino diferentes formas de relación con el mundo, de emplazarse en el mundo; no aludo a cualidades ideológicas o políticas sino a la forma de funcionamiento de la subjetividad.

Es necesario poner límite a la pulsión de muerte en la cultura y tener claro que satisfacerla impediría que funcionara cualquier comunidad o sociedad, tendería a hacer imposible la convivencia. Pensar en la propia satisfacción sin tomar en cuenta a los otros, haría que prevaleciera el matar, dañar, destruirnos, etc. Por ello, se formula la pregunta ¿de qué medios se vale la cultura para inhibir o para volver inofensiva la agresión de la pulsión de muerte?.

Del lado de las instituciones es necesario fortalecer la ley simbólica que regule la convivencia entre los seres humanos. Las instituciones deben recuperar su encargo social en aras de la justicia y legalidad, impidiendo que la impunidad tenga lugar.

Del lado del sujeto sólo nos encontramos con una función de limite, que restringe la satisfacción de la pulsión: el Superyó. Freud presenta la creación del superyó a partir de la pulsión de muerte. Habló de que la propia pulsión de muerte es la que va a hacer barrera a la agresión entre los seres humanos. Por paradójico que resulte, el superyó, al que presenta como una forma de la pulsión de muerte, va a ser el encargado de tal fin. El superyó a partir de ahí, no puede únicamente considerarse como una instancia de regulación apaciguadora, representante de las instancias morales más elevadas, pues también es el operador resultante de la pulsión de muerte.

 

Pulsión de muerte y las paradojas del superyó

Podemos decir que en el sufrimiento se esconde una porción de nuestra propia constitución psíquica, esto es la pulsión de muerte. La pulsión de muerte en su modalidad de superyó habita dentro de cada uno de nosotros, de tal suerte que al estar dentro, puede devastar cualquier condición deseante. Situación que observamos se incrementa en el mundo de hoy, que tiene que ver con esta paradoja del superyó.

Las exigencias del superyó que se dirigen a observar críticamente al yo del sujeto, nunca están satisfechas, tienen un correlato: el sentimiento de culpa, que como sabemos genera sufrimiento, se presenta en la neurosis obsesiva, también en la melancolía, cara a cara, pero también en todo sujeto neurótico, a veces de forma inconsciente, mostrándose únicamente como una especie de incomodidad, de mal-estar, de un descontento difuso, como un sentimiento de que las cosas no van como deberían ir, de que hay algo que no funciona bien, malestar que invade la vida del sujeto.

Freud nos dijo que nada da mayor malestar que el hecho de anular el deseo en pro de los mandatos superyoicos. Los retornos de malestar por esa anulación del deseo y del amor se hacen sentir, pues no hay objeto que pueda colmar esa demanda de la pulsión.

La exigencias del superyó buscan el goce absoluto. Es lo que Lacan muestra cuando escribe "Kant con Sade". Tras el imperativo moral de Kant está el goce como exigencia absoluta. El bien supremo desaparece en Kant y plantea en su filosofía una reducción al "tú debes", es una exigencia absoluta vinculada directamente a la exigencia pulsional. Este "tú debes" podemos acompañarlo del "tú debes obedecer", "debes trabajar", "debes consumir", "debes ser mejor", "debes gozar"… etc. Que se ha impuesto en nuestro vocabulario cotidiano, y que sin percatarnos nos decimos a diario. Es muestra de este mundo actual, mundo sin medida. Lacan –en el Seminario 7, de "La Ética del psicoanálisis" ha llamado el absoluto, es decir, el absoluto es eso: la medida perdida. Evitar el sufrimiento sería un mundo con sentido de la medida, un mundo de moderación, de reserva, un conocimiento discriminado de los objetos del mundo.

El placer es definido por la medida. Los excesos de placer nos acercan al goce que desencadena la angustia, el sufrimiento, el displacer. Por eso cuando hablamos de goce, hay connotaciones de sufrimiento. El goce responde a la noción de pulsión de muerte de una exigencia absoluta, es decir no tiene relación con otra cosa, no respeta nada podríamos decir, no hay sujeto en su particularidad, sólo exigencias. Lo que define el goce es que es a riesgo de la muerte, es que se convierte en una exigencia fundamental del ser.

Volvamos entonces a la pregunta inicial y tratemos de redondear el asunto.

Si la época en la que vivimos transita bajo el resguardo del discurso capitalista, que ha venido precedida por el progreso de la ciencia y la tecnología generando una multitud de objetos para el consumo y los ideales imperantes son el individualismo, la competencia las relaciones utilitaristas, coyunturales y poco comprometidas, así como el pragmatismo y el liberalismo, es obvio que el mercado ha pasado a ser el del sistema sobre el que girarán los agentes económicos y sociales. La promoción de un yo fuerte y completo anima la ilusión de que se puede anular la pérdida constitutiva, mítica, que es lo mismo que intentar anular la castración y por ende el deseo, en la medida que se consuma no sólo para suplir las necesidades sino también por el significado de los propios productos, por lo que proporcionan, como beneficio imaginario adicional, de completud, de imagen, de status, etc. El superyó voraz en sus exigencias ha producido un empuje a la acción y la efectividad en detrimento del pensamiento y la palabra colocando al sujeto en un individualismo, donde ya no se preocupa por el lazo social. El sujeto desaparece, se borra, y en su lugar se instaura el individuo, usuario, consumidor, productor, que cierra el circuito, completo, autosuficiente, con su yo inflado, que en la medida que se hace de los objetos, no precisa del semejante. El mercado capitalista ha allanado el deseo del sujeto por el semejante, lo ha inundado, aplastado y en consecuencia el lazo social. El nuevo sujeto se angustia, se asfixia, se exige "debes tener lo último de la moda, de la tecnología" se desgarra las vestiduras por adquirir los objetos que le dan posibilidad de llenarse, de sentirse sin hueco, cubrir su vacío, con la fantasía que con ello nada faltará. ¡Nada más falso para el sujeto! Ahora está más vacío que antes, ¡todo falta! Tiene una incapacidad para cubrir las demandas del otro, de hacer un verdadero vínculo, de amar, de sentirse emocionado cuando llega el amor. Se convierte en un sujeto desganado, agrietado, desolado, sin poder conectar su malestar con ese aislamiento… A la par que se establecen exigencias desmedidas en lo referente al mundo laboral, a la imagen corporal. Una auténtica tiranía del yo ideal que afecta sus relaciones sociales en general.

El allanamiento del deseo ha tenido efectos en la subjetividad, es la pulsión de muerte que ha ocupado su lugar. Vemos sujetos deprimidos, tristes, desesperanzados, encubiertos tras el fracaso en alguno que otro aspecto de su vida. Sujetos quebrados, cansados y sin ánimo para seguir luchando, instalados en el vacío de la existencia, las preguntas ¿qué sentido tiene la vida? ¿qué sentido tiene casarse, si después te vas a divorciar?, etc. Vemos por ejemplo en las relaciones de trabajo, críticas, envidias, enojos, abusos de poder que son causa de sufrimiento, en especial cuando aparece la frialdad o la indiferencia que dejan al sujeto en soledad en medio de su desventura.

¡Ya no hay una lucha social que los una! Han quedado solos en la ¡desesperanza…!

 

¿Y qué con el psicoanálisis?

El psicoanálisis está basado en una ética del deseo, está del lado del deseo, no de la pulsión de muerte. El psicoanálisis pretende limitar la pulsión muerte. Desde Lacan el goce de la pulsión de muerte. Sí la pulsión en análisis se enlaza a la palabra y al deseo, implica la pérdida de goce y a la recuperación del goce en la escala invertida de la ley del deseo. Así tanto la ley social como la ley simbólica vienen a regular el goce. Pero si no hay ley, hay goce mal enlazado, el superyó manda a gozar y el sujeto se pierde como sujeto del deseo. En la clínica, el sujeto neurótico inventa al Otro sin tachadura, ofreciéndose como objeto. El acto analítico apunta por lo tanto a liberarlo de allí, a generar el corte entre ese lugar de objeto de goce para el Otro, esto tiene que ver con la castración.

El encargo para el psicoanálisis tiene que ver con levantar las creencias del sujeto en la búsqueda de su verdad. Serán creencias coaguladas en el superyó que le ordena: ¡Gozar! Será confrontar al sujeto a encontrar su verdadero deseo, donde el ideal del yo marcará los trazos que lo conduzcan a moverse y avanzar por el camino de la falta. Será justo ahí donde se introduzca la diferencia entre la gramática pulsional, recorrido de la pulsión, en relación con su historia. El fantasma es la historia que el sujeto se cuenta o construye para explicarse su relación con el Otro y el lugar donde habita su deseo.

Lograr un análisis en este sentido evitará que el sujeto se deje devorar por las demandas excesivas del Otro, y así, pueda asumir la responsabilidad de luchar por sus deseos e impedir que allanen su deseo.

Quizá también parte del encargo del psicoanálisis sea atenuar las pretensiones del superyó, estableciendo un camino de desciframiento de lo anudado en el inconsciente, para poder desplegar a través de la palabra un discurso que diga sobre su malestar y le permita encontrarse con la verdad de su inconsciente. De tal suerte que logre acceder al deseo, pasando por la pérdida de goce y con ello atempere los mandatos del superyó. Quizá tengamos que pasar por la apatía, por la tristeza, por momentos donde lo real aparezca, pero será en aras de ese sujeto deseante, que vuelva a hacer lazo social.

 

Para terminar…

Podemos decir que la pulsión de muerte sólo es mortífera si se destruye el deseo. Lo mortal es evitar el límite, y tomar la vía superyoica que mortifica al sujeto vía la conciencia de culpa, la necesidad de castigo, la satisfacción en los síntomas, en el sufrimiento, etc., y que a nivel de la cultura se presenta como el empuje a la satisfacción en pos de un goce universal que intenta barrer con toda diferencia.

Recordemos que el valor que nos da el psicoanálisis es el poder recuperar la palabra, reconociéndola como la única vía por donde se puede mantener la hiancia, por donde el sujeto puede surgir y recuperar el sentido de su deseo, ubicando los actos vergonzantes producto de sus pulsiones mortíferas en adquisiciones superfluas, para que el ideal del yo lo ponga en correlación con su propia ética como prerrequisito para ser amado. Porque cuando el prejuicio deviene organizador de la acción, su carácter primordialmente antiético se expresa en la reducción del universo de lo humano a una identificación ficticia alienada, donde los rasgos que determinan la satisfacción de sus pulsiones no están dados por el juicio crítico sino por el deseo allanado de la inmediatez, que lo lleva a cuestionarse quién es sino satisface la resolución de necesidades y demandas del mercado capitalista.

¡Nada más falso que esta idea! donde radica el valor de lo humano es, indudablemente, una excelente coartada psíquica para la elusión de responsabilidades, para el ejercicio de lo inmoral y para la aniquilación de lo social.

El psicoanálisis como una ética del deseo y no de la pulsión. Nos invita a reflexionar sobre la etapa que estamos viviendo, pensar sobre cómo nos hemos dejado llevar por una cultura de la satisfacción, de la inmediatez, del hedonismo y no del deseo que en lugar de pensar en el sujeto como ser social, ha tendido a arrasar con todo lazo social.

Del tal forma, esperamos una recuperación de la cultura, de los dirigentes, de quiénes tienen el poder de decisión. Esperamos que se realicen las acciones necesarias para ofrecer justicia, para limitar la impunidad, para subsanar las cosas que faltan o limitar los excesos que nos llevan al sufrimiento como sociedad. Eso es lo que esperamos de la ley, de los gobernantes, de las instituciones, y de nosotros mismos para impedir ser objeto de manipulación de un sistema capitalista.

Vamos a tener que hablar del valor de la esperanza y del amor. Porque serán los que nos permitan cumplir la función de velar por la falta. El amor vela la falta, es lo que hace que pese a no haber objeto adecuando para la satisfacción pulsional, exista un encuentro posible… exista una esperanza. El lazo social, el otro, el amigo, la pareja, salvan de la desubjetivación, dan compañía y arrancan al sujeto de la soledad, desactivan el deseo de muerte y restablecen el valor de la "existencia".

 

Notas

1

Sobre el concepto de "liquidez" en Bauman, Zygmunt. Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2005.

 

 

REFERENCIAS

Freud, Sigmund, (1914), Pulsiones y sus destinos de pulsión, Obras completas, Ed. Amorrortu, Buenos Aires.
Freud, S. (1920), Más allá del principio del placer, Obras Completas, Tomo XVIII. Buenos Aires, Amorrortu Editores 1992.
Freud, S. (1923), El yo y el ello, Obras Completas, Tomo XIX. Buenos Aires, Amorrortu Editores 1992.
Freud, S. (1924), El problema económico del masoquismo, en Obras Completas, Tomo XIX, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1992.
Freud, S. (1930), El malestar en la cultura, en Obras completas, Tomo XXI. Buenos Aires, Amorrortu Editores 1992.

 

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