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L8

DISCURSO DE LOS MERCADOS:
DISCURSO DEL PSICOANÁLISIS

Jesús Nava Ranero

A Néstor Braunstein, con infinita gratitud.

 

Resumen: En este mundo que responde a los interés de las leyes del Mercado, el sujeto del consumo supone de manera adictiva que el siguiente objeto colmará su falta, el acento se desplaza al posterior, al objeto en ausencia que se anhela tener, que eclipsa todo lo que ya no brilla porque ya se tuvo momentáneamente y fue arrojado al lugar del desecho. Para este sujeto de la postergación el pasado corresponde al montón de las cosas desplazadas por el brillo del objeto en turno, como semblante del objeto a, de las que poco o nada quiere saber; el presente, al anhelo de obturar la falta; y el futuro, a la certeza del incumplimiento del que tampoco se quiere saber.

 

Palabras clave: Mercado, imperialismo, globalización, sujeto, goce, deseo, psicoanálisis.

 

“La Ley –límite, barra, alteridad- es la instancia que anoticia al hombre de su incompletud, de manera que volver a la Ley descarta, de suyo, todo retorno a un estado de perfección, pureza o totalidad imaginaria. Por el contrario, retornar al Pacto insta a dejar caer ese sueño ilusorio y peligroso. Precisamente, es el fundarse en la Ley lo que hace del judaísmo un pensamiento de ruptura de la falacia naturalista, es decir, un pensamiento anti-mítico. La Ley se dice, en hebreo, Halajá, término emparentado con alej, caminar."

Diana Sperling: Filosofía de cámara.

En la historia de los dispositivos institucionales se percibe un empeño dirigido a desactivar el potencial de los sujetos a través de sofisticados o violentos métodos de control, según sea el caso; de lo que se trata es de lograr que el sujeto seda el potencial de su deseo al ideal establecido por el amo en turno, de tal manera que los sujetos adopten, como de suyo propio, la asintomática adaptación y la postergación de aquello que confirma la singularidad de su existencia.

Sean los adoctrinamientos que la Iglesia realiza colocada en el lugar del amo, que empujan al sujeto a renunciar a sus deseos y a afirmar la obediencia en el nombre de Dios; sean los adoctrinamientos político-científicos que han logrado imponer, como parámetro de referencia, para evaluar la conducta humana, la norma que resulta de sus cuentas científicas, afirmando que inteligencia es adaptación; inclúyanse también la estrategia de dominación de los dispositivos políticos-ideológicos que, en nombre de la Democracia, establecen la fecha y el proceso "legal" para "elegir" al amo que recrea siempre a tiempo la promesa de hacer por todos lo que a cada uno corresponde hacer.

Además de estas tretas que entrampan al sujeto cedido en su deseo, no cesan de insistir diversos y eficaces pronunciamientos que aseguran a cada uno que es posible bastarse solo; el Mercado ha logrado imponer, por la vía de los hechos, el permanente estado de asombro que provoca la imparable producción, consumo y dependencia, a manera de adicción, de sorprendentes objetos tecnológicos que crean la ilusión de completud, y la ilusión, con ello, de estar en posesión de eso sin falta.

El discurso pervertido de la Iglesia que sostiene como recompensa la vida eterna, el discurso de la sociedad anónima de capital variable del sistema capitalista, el discursos de la ciencia y la técnica al servicio del poder y el capital, los discursos de la adaptación que sostienen la norma como cosa normal, los discursos que empujan a exterminar al otro y lo otro, difundidos por los videojuegos, el cine y la televisión, los discursos de la desconfianza que colocan a unos y otros en el lugar de "sospechosos", los discursos que llaman a una vida sexual sin atributos sostenida en los fármacos, los discursos que confirman al ser por su "tenencia", los discursos que arrojan al goce del consumo desmedido, etc, etc., constituyen las articulaciones previas del discurso imperialista impuesto al mundo por el amo renovado del Mercado.

 

EL AFÁN DE DOMINIO DE LO ILIMITADO

La salvaje voracidad de esta desmesurada apuesta arrebata el sentido y la preocupación, en torno al porvenir del mundo, a los insaciables consumidores del "último" producto que el mercado saca a la venta con fecha de caducidad anticipada, al tiempo que los conductores de esta mercantilizada concepción deciden el destino de la humanidad, excluyendo del circuito de la compra y la venta de trabajo a un número creciente de personas que en edad productiva son tratadas como mercancía sobrante y arrojadas prematuramente al lugar de desecho.

El carácter imperialista del mercado globalizado encontró en la coyuntura posmoderna la condición de posibilidad para renunciar a los ideales éticos-políticos que, en otro contexto histórico, lo obligaron a sostener el cumplimiento del sueño regresivo de la humanidad como posible.

La meta del Mercado, el marxismo se empeñó en mostrarlo, es el ideal totalitario de dominación que impone, por encima de todo y todos, la soberanía del Capital como el Único valor verdadero al que debe rendirse culto cual "becerro de oro", y al que solo los inversionistas bendecidos por las bondades y oportunidades que el Mercado ofrece consiguen tener acceso.

A diferencia del sujeto propuesto por la lógica política aristotélica, cartesiano, kantiana, que, a su manera, sostienen el Ideal de un sujeto ejemplar disciplinando sus pasiones; la concepción del sujeto en el Mercado contemporáneo se sustenta, por la vía de los hechos, en la lógica sadeana que empuja al sujeto al goce, en un contexto en el que nada parece estar prohibido y lo desmedido adquiere el estatuto de lugar común, de la misma manera que el cinismo.

El fundamento ético de las instituciones que hacia saber de su existencia para sostener, transmitir y hacer valer la Ley de la Cultura, como significante del Nombre del Padre, ha sido rebasado por el fundamento ideológico de la Ley del Mercado que sin el menor asomo de prudencia sostiene, por la vía de los hechos, que ¡todo se puede valer! si se encuentra la manera de hacerlo valer; y las instituciones, en este contexto de lo desmedido, operan para encontrar el modo de hacerlo valer y legitimarlo.

Todo es visible, la anulación de lo que antaño tuvo una función de límite adquiere, sorprendentemente, la dimensión del espectáculo, la trasgresión sin consecuencias es trasmitida por los medios de comunicación y adquiere el estatuto de lugar común: El que no tranza no avanza.

El sujeto que apuntala la globalización de los mercados ya no tiene que buscar las maneras de acceder a lo prohibido, lo prohibido se diluye y los límites de lo prohibido se pervierten hasta perder toda consistencia; la Ley, en un contexto así, se sostiene para ser violada. Nada, así sea que se enuncie que lo está, parece estar prohibido; la pornografía se lanza a desmentir el Tabú del incesto recreando escenas en las que se transmite que padres e hijos pueden follar entre ellos sin ninguna prohibición ni consecuencia.

La desmesura y voracidad de los mercados atenta no solo contra todo principio humano sino, más drástica o apocalípticamente, contra aquello que hace posible la preservación de la vida humana.

Quienes intentan organizarse para ofrecer alguna resistencia al avance de los mercaderes y a la brutalidad con la que los derechos laborales y humanos son golpeados, ensayan su sobrevivencia sobre un piso pantanoso, debido al embeleso mercantil de la mayoría silenciosa que vive aquí y ahora sin el menor asomo de respuesta o asombro, ante la incertidumbre provocado por la desmesura. Esta mayoría silenciosa constituye una suma desarticulada de indiferentes indiferenciados, capaces de pasar sin ver, fingir demencia y aceptarlo todo.

Ante el avance sin escrúpulos del imperialismo globalizado que todo lo convierte en capital y mercancía, se precisa la búsqueda de alternativas que indaguen más allá de aquellas que sostienen y pregonan el cumplimiento del Ideal regresivo de la humanidad; alternativas que hagan valer la ley de la Cultura como freno o tope al Goce en expansión de la Ley del Mercado. Alternativas que hagan valer una ética ligada a la ley de la Cultura y, por ella, una ética ligada al deseo de preservar el mundo, el devenir el mundo, y el devenir humano de los humanos en el mundo.

Establecer una ética ligada a la ley, "la Ley como una instancia que anoticia al hombre de su incompletud, al tiempo que descarta, de suyo, todo retorno a un estado de perfección, pureza, totalidad -o completud- imaginaria"[1], hará posible poner el acento en una lógica de la incompletud que asuma, como potencial, la cuestión radical de la falta imposible de ser colmada. Una ética ligada a la Ley y a la lógica del "no todo" y "más allá" que establezca la falta en la Cultura como dimensión de posibilidad abierta al porvenir y el devenir de la creación del otro y lo otro.

Lo que abre dimensión de posibilidad a la creación, desde el malestar en la cultura, no es la adaptación ni la regresión a cualquiera de los paraísos de la completud que las ideologías proponen en su afán de cerrar paso a lo por ser y porvenir; la persistencia irreductible del "más allá" del otro y lo otro, que persiste en el "no todo", apertura un más allá de lo uno y un más allá del otro, como posible litoral a realizar más allá de cualquier litoral establecido. De este modo lo dice Diana Sperling:

  "Nietzsche recupera la vieja noción mítica de retorno para reformularla: retorna a ella de la manera que aquí se expone; es decir, hace lo que dice. Según esta concepción, es precisamente en el retorno de lo mismo donde se produce la diferencia, en la vuelta atrás donde se abre el espacio para lo nuevo. (…) el eterno retorno queda emparentado con la noción central de Spinoza: el conatus essendi, el esfuerzo de cada cosa por perseverar en su existencia. Pero ese perseverar, lejos de connotar una mera conservación pasiva, es un acto: gesto siempre renovado de reactualización de la potencia, rectificación efectuada, una y otra vez, de aquello que amenaza mi existencia, ya sea por causas externas o internas. Es a éstas, las internas, a las que se dedica el conatus en términos de retorno: el orden del mundo no está sujeto a mi poder, solo mi propia causalidad puede ser modificada, elevada, engrandecida mediante ese conatus, deseo que busca su propio aumento, impulso vital que crece en cada vuelta. Aumentar mi potencia de obrar, dice Spinoza. Para ello es preciso recorrer una y mil veces la misma senda, a fin de reconocer allí la legalidad de los afectos, distinguir los tristes de los alegres y potenciar éstos, enlazándolos con los del prójimo en una trama de mutuo fortalecimiento. A ese recorrido el filósofo lo llama ética".[2]  

 

DEL SUJETO DE LA LEY

 

"La relación dialéctica del deseo y de la ley hace que nuestro deseo solo arda en una relación con la ley, por lo cual deviene deseo de muerte. Solamente debido a la ley, el pecado harmatía, que quiere decir en griego falta y no participación en la cosa, adquiere un valor desmesurado, hiperbólico"

J. Lacan 23 de dic 1959.

 

La noción del "más allá del padre", coloca el "más allá" no antes del padre sino después del padre. La función que se nombra, como significante del Nombre del Padre, se realiza al hacer valer la ley que pone tope al goce fálico y permite al sujeto, de cara a la cultura, devenir deseante; de lo que se trata es de hacer posible la preservación de una función que asegure, por su cumplimiento, la transmisión de un límite que produce una falta, un "no todo" y también "más allá", que a manera de potencial no cesa de insistir en el deseo; será por la función del Otro que es cumplida por el significante del Nombre del Padre, a través de la castración simbólica, que un infans advenga sujeto de deseo sujeto a la cultura, y sujeto, a la vez, con posibilidades para devenir y hacer creación del propio malestar en la cultura.

Un aspecto esencial de la letra freudiana consiste en hacer saber que aquello que se dice la "castración simbólica" apertura al sujeto al devenir creador, más allá de la "amarra", a través de su apuesta y su trazo en el tiempo.

La inscripción de la ley en el sujeto, "es la inscripción de la ley fundamental, la cual engloba las leyes del intercambio simbólico, la generación al reconocimiento del sujeto como sexuado y mortal".[3] Sostenido en la falta y por ello deseante.

Freud en Tótem y tabú y en El malestar en la cultura hace ver que lo más común, en cada uno, es la desmesura que produce el goce fálico al que la ley de la cultura, o la función del Otro, intenta hacerle límite; sostiene que en el tiempo del predominio de la ley de la naturaleza, que precede al nacimiento de la cultura, Uno impone la desmesura de su goce al resto. Él es el todo poderoso, su ley es Ley, las hembras son sus hembras, y los machos se confirman desplazados al servicio de su utilidad. La ausencia de la ley de la cultural colocaba a los Unos por encima de los otros que esperaban el momento oportuno de ocupar el lugar del Uno. De hecho no había Otro ni función del otro, no había noción de Goce ni restricción al goce, otro fuerte acechaba el momento oportuno para hacer visible el predominio de su fortaleza, y así sucesivamente. Tampoco había cultura ni noción del malestar en la cultura; por la vía de los hechos el fuerte ejercía su imperativo sobre el débil, y al débil, ante el fuerte, solo le quedaba el instinto de sobrevivencia y el intento de sobrevivir. Todo ello trascurrió hasta el "Pasaje al Acto"; es decir, el pasaje que inaugura el tránsito de la ley de la naturaleza a la ley de la cultura; Institución del límite que impuso una ruptura y con ella el nacimiento del mandato que, en la forma de una ética ligada a la ley, intentará frenar en cada sujeto, y colectivamente, la intención del retorno al estado anterior. De ahí el valor del Tótem, la presencia del Tótem que recuerda a cada uno el resguardo del Pacto que preserva la Ley, y por ella la comunidad; es decir, la vigencia del Pacto, en la función del Otro, que da lugar al otro. El Tótem sostendrá, como semblante de la función del Otro, el significante de la Ley que opone a cada uno un límite a la desmesura del obrar sin ley.

La Institución del límite determina también la Institución del tiempo: de un antes y un después, un aquí y un ahora, y del tiempo por ser que establece el futuro. Desde aquí que la Ley ha de ser una Ley imposible de ser transgredida sin causar desarreglos y efectos contrarios al resguardo común y la preservación de lo colectivo.

 

DEL SUJETO DE DESEO

La función que sostiene el significante del Nombre del Padre se cumple toda vez que el sujeto accede al campo del deseo y a una estética del goce por el lado de la creación; sin la función que sustenta y trasmite el significante del Nombre del Padre lo que resulta es un infans a merced del goce fálico, un no sujetado a la operación lógica que lo produce como sujeto deseante en una relación determinada con lo "no todo" y "más allá", y en una posición particular con el objeto que lo falta y deviene perdido.

Si la operación que hace límite al goce fálico a través de la ley es la operación que tramita el ingreso del sujeto a la cultura, y por ello, el ingreso a la dimensión escritural que hará posible la escritura de su propio nombre, resulta legible la apuesta que sostiene el dispositivo psicoanalítico para que un sujeto, uno por uno, realice la escritura de su letra una vez confrontado con el objeto de su división.

 

"Si la ética tiene estructura de boomerang, es porque la vida tiene forma de cadena. Un eslabón pide enlazarse con el siguiente, y éste con el anterior para sostener la continuidad. Pero la imagen es aún insuficiente: la cadena, en definitiva, podría recorrerse hacia atrás o hacia adelante sin demasiada diferencia, pero no la vida. Ésta –entendida específicamente como vida humana- exige ir hacia adelante, retornar y volver a avanzar en línea quebrada. Es que la existencia que nos ha sido dada y que nos impone una deuda solo puede ser pagada con el siguiente eslabón, con la generación que nos sucede, y no con la que precede. [ANUDAR LA VIDA] A diferencia del retorno mítico, que aspira a recuperar un retorno consistente ya conocido, ese otro es apertura y riesgo. El retorno –a las fuentes, a la historia, al principio- se produce, pues, como avance, como ligadura al futuro, como promesa. Y ésta –la promesa- es en suma el verdadero e íntimo nombre de la teshúva .[4]" [5]

 

 

A MANERA DE CIERRE

El goce que produce el imparable consumo de objetos representados permanentemente como la novedad sin falta y que ilusoriamente hacen suponer al sujeto que tenerlo es estar sin falta, provoca un estado de permanente excitación e incertidumbre que impide al sujeto tener lugar y ocuparse de aquello que lesiona o amenaza su existencia. El objeto embebe al sujeto, lo infantiliza, lo enajena, lo aliena, lo narcisisa, le provoca fascinación, lo coloca del lado de la demanda de satisfacción y a la espera de ser completado.

Se podría decir que a través del objeto el sujeto recibe el mundo, el servomecanismo que colma momentáneamente la demanda eclipsa el deseo, no opera la falta de saber ahí donde con una tecla se puede saber.

Pero la cosa se complica más, porque el objeto, con el que la tecnología obtura el deseo, tiene la capacidad de operar a la vez como un objeto de entretenimiento que entre-tiene postergado y ausente al sujeto, al tiempo que opera como objeto al servicio de la fuga de la realidad; el sujeto está en el mundo ausente al mundo, insensible al mundo real que no al virtual en el que es gratificado toda vez que aniquila al otro "como cosa de juego" y se salva de ser aniquilado por el otro.

El sujeto de los servomecanismos, se podría decir, es el sujeto de la falacidad al que parece no faltarle nada que no sea la falta de ser. Un sujeto incapaz de sostenerse sin las prótesis que dan sentido y consistencia a su existencia. En lenguaje kleiniano se podría decir que para los sujetos postergados e infantilizados, el servomecanismo hace las veces del pecho del que el sujeto no desea desprenderse ni se logra desenchufar, porque no existe ninguna ley ni semblante de ley que opere como consistente y establezca la separación, y la ley del Mercado opera para reforzarla y mantenerla.

 

"Comprender a los medios lleva un subtítulo que ya subrayamos: Extensiones del hombre. ¿Y no es la expresión "extensiones del hombre" (man, no woman) una clara anticipación del objeto industrial como semblante del objeto faltante, de aquello que se ha separado del cuerpo, es decir del objeto a como encubrimiento y desmentida fetichista de la castración? (…) "¿Qué más e-vidente (salta a la vista) como extensión del cuerpo, metonimia y metáfora del ser, que el falo al que se tuvo que renunciar por la castración? El fetiche es, según la propuesta freudiana de 1927, el objeto destinado a desmentir, a desmentir la castración y, en particular, la castración de la madre. Su función permite afirmar que existe un solo goce y ése es el goce fálico, que no hay goce Otro que el del falo. El fetiche (recordemos que, etimológicamente, "fetiche" significa feitico, lo facticio, el artefacto) es una prolongación fantasmática del cuerpo que juega un lugar decisivo en la economía psíquica del sujeto. Ese sujeto –es este el momento de recordarlo- viene marcado por el imposible cumplimiento de la promesa de la relación sexual y de la anulación de la falta instaurada en el ser desde la separación de la placenta. En tanto que perdida, esa placenta, arquetipo del objeto a, es "causa de deseo". Para nacer es preciso haber estado "enchufado" al cuerpo de la madre mediante la placenta y "desenchufarse" de él perdiendo esa conexión vital. Después de haber nacido se experimenta de diversas maneras la alternancia entre fort y da, entre estar enchufado y desenchufado a los distintos objetos (objetos de la pulsión) que son definitivamente sacrificados por la castración simbólica, por la función del Otro que es cumplida por el significante del nombre del Padre."[6]

 

En este mundo que responde a los interés de las leyes del Mercado, el sujeto del consumo supone de manera adictiva que el siguiente objeto colmará su falta, el acento se desplaza al posterior, al objeto en ausencia que se anhela tener, que eclipsa todo lo que ya no brilla porque ya se tuvo momentáneamente y fue arrojado al lugar del desecho. Para este sujeto de la postergación el pasado corresponde al montón de las cosas desplazadas por el brillo del objeto en turno, como semblante del objeto a, de las que poco o nada quiere saber; el presente, al anhelo de obturar la falta; y el futuro, a la certeza del incumplimiento del que tampoco se quiere saber.

Ante la persistencia de patrones y mandatos que no cesan de insistir en su despropósito de reducir al sujeto de deseo a un sujeto de la producción, el consumo adictivo y la reproducción de lo establecido como lo verdadero, vale intentar la escucha de lo que la apuesta psicoanalítica sostiene como un dispositivo que interroga al sujeto si ha sido o no capaz de vivir conforme a su deseo y de afirmar o no la singularidad de su existencia.

Se podría decir que la del psicoanálisis es una apuesta que da lugar al resto de deseo que hace resistencia a la entrega toda, al sujeto le resulta imposible colocarse en el lugar del muerto y cederse todo; esto quiere decir, que aun y cuando pudiera sostenerse que la insistencia del goce fálico que el Mercado promueve borra al sujeto y lo hace caer, el psicoanálisis sostiene que la borradura y la caída toda es imposible de ser realizada; el deseo se desliza desde el viel de la falta.

 

"¿Podrá ser el inconsciente, la freudiana máquina de soñar con sus poéticos procesos primarios de metáfora y metonimia, el último baluarte de resistencia frente al control? No es otro el sentido de nuestro discurso en este libro que se esmera en fundamentar una disyuntiva: o el discurso de los mercados o el discurso del psicoanálisis. Como en toda opción dicotómica se llega a un punto decisivo que es ético. El discurso de los mercados está completamente al servicio del amo y se encamina a la unificación del mundo bajo sus consignas de una manera total, como nunca lo consiguieron ni Roma, ni las religiones, ni el capitalismo industrial con sus correspondientes regímenes coloniales. Su mecanismo de acción ya fue denunciado: es un soborno. Al sujeto se le ofrece la satisfacción de las demandas previamente configuradas por consignas y propaganda: una cuota o prima de placer, una participación en el proceso de dominio de los hombres, de la naturaleza, del planeta, del espacio exterior, a través de servomecanismos cada vez más eficientes y prodigiosos que producen una imaginaria –y a veces bien real- demostración de "poder" y "potencia" que hacen visibles y patentes las fantasías infantiles que responden a la castración simbólica. Esos fantasmas de gozar (respuestas a la prohibición del goce) convierten a la pasividad, al haber sido seducido, violado, castrado, golpeado, en su inversa: una actividad mediada por el saber "científico" y sus instrumentos tecnológicos que permiten al operador de la máquina gozar del poder de ese "aparato" que parece violar las leyes naturales con su ubicuidad, su telekinesia, su corrección reparadora de las diferentes impotencias, o su capacidad para obtener "ganancias" generadas por el cálculo de rentabilidad (costo/beneficio). El punto de la "utilidad" de los servomecanismos y su capacidad adictiva, secuestradora de la subjetividad o de los "procesos mentales" de quien los usa, fue en su momento ampliamente desarrollado."[7]

 

El psicoanálisis, para decir lo menos, es un dispositivo que opera como no lugar del lugar asignado, es lo que no es el discurso del amo, es lo que no ofrece salvación ni fin al malestar en la cultura, es un dispositivo que da lugar al saber de lo que no se quiere saber ni hacer saber, el psicoanálisis es lo que no es, es lo imposible de ser trasmitido en las aulas universitarias, es "no todo" y "más allá", un espacio que permite hacer arder la ley, una erótica del deseo, una dimensión de posibilidad, una cura en la letra, una erranza y escritura inconclusa.

La del psicoanálisis es una ética ligada a la ley, a la ley del deseo; decir Ley, insistimos, es decir camino y dimensión de posibilidad. La clínica psicoanalítica no se sostiene en imperativos político, morales, religiosos o científicos. Esta ética, ligada a la ley desde el deseo, apuesta al porvenir que es lo que importa. "De todos modos, para el porvenir, ahí yace el secreto del problema del deseo"[8]

"La teshuvá abre el tiempo. No es casual que el momento emblemático de la teshuvá sea el de "los días terribles": el comienzo de un nuevo ciclo es, paradójicamente, la posibilidad de no repetir. [MEMORIA Y (RE)CREACIÓN]. La vida humana no se juega ya en la mesa de dados de los dioses sino entre los márgenes del Pacto."[9]

Necesario decir que el sujeto persiste cuando logra ofrecer su creación a la falta y jugar su deseo, a través de la errancia, por el viel de lo real que anticipa su letra.

 

BIBLIOGRAFÍA

Freud Sigmun, El malestar en la cultura, en Obras completas vol, XXI, Ed. Amorrortu, Buenos Aires.1976.

Freud Sigmun, Totem y Tabú, en Obtas completas vol.XIII, Ed. Amorrortu, Buenos Aires. 1976.
Lacan Jacques, Seminario 7, "La ética del psicoanálisis", Ed. Paidós, Buenos Aires. 2000.
Millar Gerard, Presentación de Lacan, Manantial, Buenos Aires.1988.
Braunstein Néstor A., El incosciente, la técnica y el discurso capitalista, Ed. Siglo XXI, México, 2012.
Sperling Diana, Filosofía de cámara, Ed. Marmol-Izquierdo, Buenos Aires. 2008.
 
REFERENCIAS
1 Sperling Diana, Filosofía de cámara, Ed. Marmol-Izquierdo, Buenos Aires. 2008, pág. 22
2 Ibid, pág 26-27
3 Millar Gerard, Presentación de Lacan, Manantial, 1988.Pág.59
4 Teshúva: periodo de diez días que el calendario hebreo dispone como la ocasión para que cada judío –individual y comunitariamente- examine el estado de ese vínculo con la Ley.
5 Sperling Diana, Filosofía de cámara, Ed. Marmol-Izquierdo, Buenos Aires. 2008.Pág. 29
6 Braustein Néstor A., El incosciente, la técnica y el discurso capitalista, Ed. Siglo XXI, México, 2012, pág 57 y 58.
7 Ibid., pág. 189.
8 Lacan Jacques, La Ética del Psicoanálisis, Ediciones Paidos, Buenos Aires, 1988. Pág. 386.
9 Sperling Diana, Filosofía de cámara, Ed, Marmol-Izquierdo, Buenos Aires. 2008. Pág. 23

 

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