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LO HUMANO EN BUSCA DE LO HUMANO *

WITOLD GOMBROWICZ

 

¿No hay nadie que pueda ser él mismo, todos somos en mayor o en menor medida artificiales, falsificados y, sin embargo, tenemos que ser nosotros mismos. Es cuestión de ser o no ser, de vida o muerte.

 

 

Aquel cuya vida no se resuelve más que en consumir las tinieblas y los fuegos de la acción, no escribe ya ni nunca ha escrito más que para arruinar, para reducir a cenizas las últimas posibilidades de toda escritura. El desciframiento, el acordonamiento directo y total del mundo, no parece posible sino a partir de una ruptura que se infringe a las cosas y al propio yo.

El encuentro de lo humano con lo humano que debe realizarse por encima de todo, corresponde a esa vuelta al ser que implica la gran vuelta a la sabiduría que nos hace crear las cosas nombrándolas.

Esa vuelta al ser propio, que es la vuelta a la vida, no se logra en forma simple y espontánea en este mundo donde todo es complicación y artificio.

Estamos deformados por la forma.

Ser hombre es ser actor.

Deformamos a nuestros semejantes y estamos deformados por ellos en lo más profundo de nuestros ser.

No sabemos ni siquiera quiénes somos.

¿Cómo pues, en estas condiciones, lo humano podría reunirse con lo humano? Únicamente por el progreso de la lucidez puede realizarse este encuentro de un modo relativo.

¡No! jamás seremos nosotros mismos; pero al hacernos consientes de nuestro artificio sabremos, al menos, ya que no lo que somos, aquello que no somos.

Sólo el pensamiento de la humanidad, no el del individuo, puede resolver un problema que concierne a la humanidad.

No hay salvación del individuo más que en el caso de que la liberación del todo se considere filosóficamente y se lleve a cabo estratégicamente.

El todo en sí mismo no podría aspirar a la pacificación definitiva mientras subsista en cualquier parte de este mundo o de los otros, el menor asomo de vergüenza.

Salvar lo propiamente humano es salvar el itinerario de la humanidad en su mayor misterio. Salvar lo humano es salvaguardar sus raíces en su mayor extensión, su tradición.

Esta tentativa está considerada como una vuelta al sí mismo, partiendo del presente para dar con una vida representada que se presiente portadora de cenizas, de aluviones, de puentes sacrificados a la hora oportuna.

La libertad, hoy, es devastación.

Los que se inoculan en los fundamentos de los dispositivos de nuestra perdición, bribones considerados inocentes, deben, para salvarlo todo, perderse ellos mismos ¡Victimas expiatorias encantadas de la pérdida en la que perecerán ellos mismos! Negro goce, fulgurante epílogo, nupcias incendiarias del Chivo expiatorio y el Caballo de Troya, Sodoma y Gomorra retornadas.

Para que lo humano vuelva a ser verdaderamente humano, es preciso que el individuo pase del anonadamiento, en el que se suicida todos los días, a la realidad de una conciencia despierta.

El sentido de la muerte no se identifica con la torpeza mental, atestigua, por el contrario, la vitalidad de la conciencia. Esa muerte de la conciencia como razón representa en su sistema una confrontación irracional, en la que se oponen y se injurian -con palabras de carretero- de un lado la parte viva de la salvaje y libre “inmadurez”, del otro, la forma, el cepo, el concepto, la muralla.

No bien se enuncian, las definiciones se petrifican.

La forma es el último grado de docilidad servil ante el poder de la palabra.

He aquí que el tiempo ha llegado, se puede comenzar, ha sonado la hora en el reloj de los siglos ¡Probad a oponernos a la forma, liberaos de la forma!

¡Liberaos de la forma! Tal es la consigna.

¡Cesaos de identificarnos a aquello que se define!

¡Tratad de escapar a toda definición de vosotros mismos!

¡Desconfiad de vuestras creencias y guardaos de vuestros sentimientos!

¡Retiraos de lo que parecéis ser vistos de afuera!

Es erróneo aquél postulado según el cual el hombre debería ser definitivo, inquebrantable en sus conceptos, categórico en sus declaraciones, claro en sus ideologías, razonante en su decir y en sus hechos, preciso y cristalizado en su manera de ser.

Observad más detenidamente el carácter quimérico de estos postulados.

¡Nuestro elemento es la eterna inmadurez!

Lo que podemos pensar, sentir y decir hoy, será forzosamente una tontería a los ojos de nuestros nietos.

Valdría más adelantarse y tratar todo como si ya fuera una tontería.

¡Atrás!

El hijo de la tierra comprenderá que no se expresa en armonía con su verdadera naturaleza, sino de un modo artificial siempre dolorosamente impuesto desde el exterior.

Largo y doloroso será el camino ante el espectáculo caótico de lo inhumano: fauces horribles pesadillas de una humanidad despedazada vaciada de su misterio de su gracia de su disponibilidad enloquecida por el artificio por su soledad.

Oprobio oprobio señores oprobio oprobio y oprobio.

El oprobio no es la conciencia de nuestra muerte interior sino la máscara que figura los estigmas de nuestra dimensión peor aún las máscaras de nuestro aislamiento en las filas de una multitud bestial donde se evacua toda esperanza y toda expectativa.

La realidad del hombre no es tan sólo lo que hay en él como normal y sano, sino también todo lo que en él se tiene como anormal y enfermizo y que ofrece posibilidades desconocidas.

La verdadera realidad es la que nos es propia tanto a ustedes, como a mí, con su manera de ser, de sentir, de pensar, de hablar, de obrar, con su cultura, sus ideas y sus ideologías, sus convicciones, sus credos, con todo aquello por medio de lo cual se manifiestan al exterior; trato de un gran compromiso de la forma y su degradación.

¿Qué hacer?

En primer lugar hay que reconocer el estado de hecho, reconocer la realidad, hacerla aparecer -llamarla por su nombre-: Se trata de que la obra se logre, de hacerla apta para vivir, no es de la Verdad de la que se trata.

¡Atrás!

Presiento que la hora de la retirada general va a sonar pronto El hijo de la tierra comenzará a dar cuenta de esa forma que es la suya y a avergonzarse de ella en la medida en que, hasta entonces, cifraba en ella su orgullo y buscaba en ella su estabilidad.

Comenzaremos pronto a sentir miedo de nuestras personas y personalidades porque sabremos que no nos pertenecen totalmente y en lugar de vociferar y de rugir: “¡Creo esto, siento aquello, soy así, defiendo esto…!”, diremos más humildemente: “A través de mi se cree, se siente, se dice, se hace, se piensa, se produce…”

El poeta repudiará su canto el sacerdote temerá el altar la madre no se contentará con enseñar principios a sus hijos sino también como eludirlos a fin de que ellos no se ahoguen.

Serán precisos grandes descubrimientos, golpes terribles asestados con nuestras manos débiles y desnudas sobre la dura coraza de la forma, una astucia sin par, una gran probidad de pensamiento y una inteligencia aguzada al extremo para que el hombre escape a su rigidez.

¡Probad a oponeros a la forma!

¡Liberaos de la forma!

Se revela un mundo interior vergonzoso que no se deja confesar ni formular sin dificultad.

Ese mundo no es el mundo de las pulsiones y del inconciente freudiano sino el resultado del proceso siguiente: En nuestras relaciones con los demás queremos ser cultivados, superiores, maduros; empleamos, pues, el lenguaje de la madurez y decimos, por ejemplo, la belleza, el bien, la verdad; pero, en nuestra realidad confidencial o íntima, sentimos que no somos otra cosa que insuficiencia e inmadurez… Y entonces es la ruina de nuestros altivos ideales y nos creamos una mitología privada que es también, en su principio, una cultura, pero una cultura miserable, inferior, que se ha hecho descender hasta el nivel de nuestra insuficiencia.

“La zona de subcultura”, sistema de formas secundarias, está compuesto de las sombras del banquete oficial, como si nos hallásemos simultáneamente sentados a la mesa y de bajo de la mesa. No hay ideologías tan manidas, tan caducas, formas tan mezquinas que no encuentren en esta zona de subcultura adquiriente; aparecen aquí en todo cuanto tienen de sórdido las estructuras de la mitología, la tiranía disimulada en las formas sintácticas, la violencia y el bandidismo de las fraseologías prefabricadas, el poder de la simetría y de la analogía.

Tus vergüenzas profundas las has desterrado, las has expulsado de ti y ¡he aquí! Que transformado en “zona de subcultura” tu cubo de basura se ha convertido en tu título de gloria.

¡Regocíjate inventor de la zona de subcultura!

Es muy difícil despejar el significado de los casos particulares que jamás aparecen sino en determinado contexto sobre un fondo que les es propio.

Sólo sabrá lo que es la forma aquél que no se aleje un paso del torbellino de la vida en toda su intensidad.

Se impone al espíritu una inmensidad de variaciones; los individuos si bien uniformados son distintos los unos a los otros y las combinaciones son inagotables; a todo ello se añade una enorme presión de formas preestablecidas elaboradas por la cultura; se termina con una explosión provocada por el choque de formas inconciliables. Los personajes implicados en estas situaciones no tienen los mismos denominadores, no acceden a una interpretación a una fórmula que les permitiría aprehender la dimensión de su propia realidad: de su ser y estar en el mundo. De ahí la explosión de la discordancia, de lo informe y de la disolución.

El hombre sometido es como un resto de un naufragio sobre un mar agitado sube baja se hunde en la furia de las aguas se desliza sosegadamente a lo largo de las olas luminosas embriagado de ruinas y de ritmos vertiginosos se extravía en direcciones imprevistas. A través de la forma penetrado hasta la médula helo aquí más poderoso que él mismo y desconocido que él mismo, caminos insospechados se abren ante él y en ocasiones no sabe ya en lo absoluto quién es él ni qué es lo que él espera de él.

Esta creación interhumana, desconocida e inaprensible, determina sus posibilidades y limitaciones, como potencial o carencia de él.

Si la forma nos deforma el postulado moral exige que saquemos las consecuencias.

Ser yo, ser, defenderme contra la deformación, tener un respeto a mis sentimientos a mis pensamientos más míos, en la medida en que unos y otros no me expresan verdaderamente. Tal es la primera obligación moral.

Pero he aquí el quid fatal: Si soy siempre artificial, definido siempre por los demás hombres y por la cultura, así como por mis propias formas ¿dónde buscar mi yo, quién soy realmente, qué soy y hasta qué punto soy?... No sé cuál es mi forma ni lo que soy, pero sufro cuando se me deforma

Emprenderla contra aquello que se desprecia, contra lo que se detesta, contra la violencia, contra la falsedad, contra la crueldad, contra toda infamia; ese cambio de tono lo espero de las nuevas generaciones que cesen, al fin, de ser desesperadas y contestatarias...

¡Amigos basta de ese canto, que otras melodías se dejen oír como una carcajada en medio de un entierro!

 

 

 

* Síntesis realizada por Jesús Nava de algunas de las respuestas de Witold Gombrowicz en las conversaciones sostenidas en 1968 con el poeta francés Dominique de Roux publicadas en su primera edición en español con el título “Lo humano en busca de lo humano” por la Ed. Siglo XXI, en Madrid España, en el año de 1970. Vale decir que la primera edición en francés de esta entrevista fue publicada en el año de 1968 por la Ed. Pierre Belfond, en Francia, con el título “Entretiens aveg Gombrowicz”.

 

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