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TRES REFLEXIONES
SOBRE EL PORVENIR DEL INCONSCIENTE

JOAQUIN CARETTI *

 

 

EL PENSAR SOBRE EL PORVENIR DEL inconsciente muestra de entrada la dificultad del terreno que queremos explorar. Lo primero que queda claro es que ese porvenir no está garantizado y que en todo caso habrá que trabajar por él. Sabemos que nuestra preocupación fue la de Freud y también la de Lacan, quienes pensaron, con la singularidad de su época, las líneas que podrían mantener viva la presencia del inconsciente en el mundo. Cómo será el futuro de ese saber que no se sabe y que nos determina, me parece difícil de avizorar, pero quizás pensar en el futuro nos lleve a valorar que en realidad ese futuro que nos cuesta imaginar, lo estamos construyendo en el momento actual. Si queremos que el inconsciente tenga porvenir deberíamos analizar qué es lo que hoy ya está determinando las vías que lo puedan conducir a su desaparición o descubrir y sostener, por el contrario, aquellas que permitan que el psicoanálisis pueda seguir haciéndole la contra a lo real. Para ello quiero proponer tres reflexiones.

 

El porvenir del inconsciente está en su pasado

Es lícito afirmar que el inconsciente existe desde que el hombre fue afectado por el lenguaje, desde que hubo un hombre. A partir de que se habla hay inconsciente; sin embargo, el inconsciente emerge a la luz como tal, gracias al talento de Freud, desde hace poco más de 100 años. Es decir que ese saber estaba ahí, producía sus efectos, pero éstos no eran registrados como procediendo de la relación entre el cuerpo y la palabra, relación que quedaba oculta a la consciencia. Fue preciso que alguien escuchara entre líneas e interpretara lo que el sufrimiento humano implica de sexualidad para que ya nada fuera igual para los hombres.

La primera hipótesis es entonces que el porvenir del inconsciente está en relación con su pasado, que el inconsciente es deudor de una escucha, de la formulación de una teoría y del ejercicio de una terapéutica que no es como las demás.

Desde ese momento inaugural hasta hoy, podemos sostener que el psicoanálisis ha triunfado en la cultura. Así lo esperaba Freud cuando dice que: “Las más grandes verdades terminarán por ser escuchadas y admitidas después que se desfoguen los intereses que ellas lastiman y los afectos que despiertan. Siempre ha sido así hasta ahora, y las indeseadas verdades que los analistas tenemos para decirle al mundo hallarán el mismo destino. Sólo que no ha de acontecer muy rápido; tenemos que saber esperar”.[1] Se escuchan sus influencias en la literatura, la política, el cine, la pintura, la filosofía, las relaciones personales, la medicina, la psicología, la educación… El psicoanálisis ha tenido un importante éxito. ¡Quizá demasiado! Pues lo que fue su propuesta original, la de escuchar el sufrimiento de los sujetos y a ese dolor darle un destino más lúcido, se ha generalizado de tal forma que hoy lo que se estila es escuchar al otro. ¿Escucharlo para qué?

Se propone -como función noble a todos los que tienen relación con el dolor, que escuchen, ya que se sabe que el solo hecho de escuchar a alguien que sufre tiene efectos benéficos -algo que ya conoce bien la religión con su ejercicio de confesión como forma de alivio y exculpación. Pero ¿se trata sólo de eso, de aliviar el dolor o, más bien, de acallarlo mediante el ejercicio de la sugestión?

Como consecuencia de esto, se ha instalado en la cultura una demanda de atención psíquica urgente ante la presencia de lo real. ¿No vemos en un accidente que, junto con los médicos, los primeros en llegar son los equipos de psicólogos y cómo, desde los medios de comunicación, se jerarquiza esta atención? La ideología de esta posición es la que sostiene que todo sufrimiento psíquico debe ser eliminado o reducido lo más rápidamente posible. Se trata al dolor psíquico y a la palabra que lo relata desde una concepción médica: eliminar el síntoma lo más rápidamente posible. El dolor psíquico se ha transformado en una urgencia Es la propia cultura la que le pide a quien sufre que demande los servicios psicológicos urgentes, a pie de accidente, con la sangre aún caliente, sin pensar en la posibilidad más razonable de que del duelo o la angustia se ocupen, si fuera preciso, aquellos que ya tienen con el que sufre una relación de respeto o de amor que favorezca que la palabra pueda ser acogida. La atención de lo traumático se ha vuelto urgente, sostenido esto en la premisa que dice que el sujeto no tiene su propia capacidad de elaboración sino que precisa ¡ya! de otro que lo asista pues sino caería en un marasmo: el sujeto queda así infantilizado a límites inimaginables. ¡Qué mejor ejemplo de la caída del Otro en nuestra cultura! Así se ve a los familiares angustiados -respondiendo a la demanda- clamando en televisión por la presencia “del equipo de psicólogos, expertos en catástrofes”.

Es a esto a lo que se refería Foucault con su teoría del biopoder, “aquello que [...] caracteriza un poder cuya más alta función no es ya matar sino invadir la vida enteramente [...] explosión, pues, de técnicas diversas y numerosas para obtener la sujeción de los cuerpos y el control de las poblaciones”. [2]

¿Llegaremos a lo que plantea la película de Michael Winterbottom titulada Código 46 con sus aparatos que borran la memoria de aquello que no anda para el sistema y los psicólogos llegarán a hacer eso en el lugar del accidente? Entiendo que lo que se propone es escuchar desde una posición de amo de un saber, donde el texto del que sufre deberá, por un lado, encajar en las categorías que su disciplina maneja y, por el otro, este sufrimiento subjetivo deberá ser abortado y suprimido con celeridad en aras de un Bien que se dice universal, es decir para todos. Escuchar para dejar de escuchar. Pero ¿no es el sufrimiento una producción del sujeto y como tal habría que acogerlo y no intentar suprimirlo?

Si éste es el éxito del psicoanálisis -si ésta es la forma psicoterapéutica en la cual se impondrá en el pensamiento contemporáneo- entonces será su final, tal como Lacan lo plantea, en una intuición anticipatoria, en la tercera conferencia que dio en Roma, cuando dice que la condición de existencia del psicoanálisis es que fracase. ¿Fracasar en qué? En taponar lo real. Es más, si las psicoterapias varias consiguen liberarnos de lo real y del síntoma, lo que advendrá será la religión verdadera, con un retorno del Padre como rector de las existencias. Interesante formulación ésta donde el porvenir depende de un fracaso, del fracaso del Amo en conseguir que las cosas anden sin obstáculos y de que ese fracaso insista en ser simbolizado: si fracasa el Amo triunfa el sujeto, en esta tensión se mantiene la subjetividad: alienación-separación.

Está claro que este futuro donde el objetivo es taponar lo real no es el que soñaba Freud ni el que encierra la verdad del inconsciente. Quizá el porvenir del inconsciente esté entre otras cosas en mantener la tensión de lo que planteó Lacan cuando propuso un retorno a Freud: un retorno a la originalidad del planteamiento psicoanalítico que implica la pérdida de toda esperanza de dominio sobre la pulsión.

 

El porvenir del inconsciente depende del porvenir de lo real

El descubrimiento freudiano muestra que en la estructura de los hombres opera una instancia que él llamó “el inconsciente”, que determina las conductas, los lazos sociales, más allá de lo que se pueda saber o conocer. Este ataque al narcisismo pareciera haber sido digerido por nuestra civilización la cual, como decimos, ha incluido al inconsciente, quitándole a este la radicalidad de su presencia y tratando de curar a la cultura de sus efectos. Así lo planteó Gustavo Dessal en la Casa de América en el año 2005: “El siglo XXI, en lo que respecta al psicoanálisis, será conocido como el siglo en el que ya nadie se asombrará de oír hablar del inconsciente, ni de la sexualidad infantil, ni del complejo de Edipo, ni de la decadencia de la imago paterna, ni de la pulsión de muerte. El siglo XXI será seguramente el siglo en el que todo saber podrá admitirse, por la sencilla razón de que a nadie le importará lo más mínimo”.

¿Es posible pensar un mundo donde los efectos de lo real sobre los hombres hayan desaparecido, es decir donde el sufrimiento sintomático haya sido arrancado de cuajo y nos hayamos curado de la encrucijada inaugural entre la palabra y el cuerpo? ¿Podremos curarnos de la no relación sexual? ¿Podremos hacer no sintomáticos los lazos sociales? ¿Desaparecerá el goce y el deseo? ¿No será necesaria la invención? ¿Haremos que las marcas singulares de una historia se incluyan en el universal de las marcas del mercado?

¿Se realizará aquello que plantea Lyotard que “lo esencial a la cosa intratable es que hay que deshacerse de ella a toda costa?”. [3]

Entiendo que nos encontramos con algo de lo incurable del ser humano, un real que siguiendo con Lyotard “no está presente más que fuera de la representación: muerte, nacimiento, dependencia absoluta, singular, que a toda instancia prohibe disponer de sí como unidad y totalidad. Diría más: la diferencia sexual en el sentido más radical de una heteronomía que no pertenece al espacio-tiempo de la representación” [4]. De cómo abordemos este real, es decir sus efectos, el síntoma, dependerá el porvenir del inconsciente.

Foucault va a sostener que la vida escapa al control de la biopolítica. Aunque ésta invade la vida en un intento de dominio, las pulsiones no resisten orden ni control: es lo más íntimo que escapa. Pero sabemos que estamos en un momento civilizatorio donde las formas de control han virado. Ya no se pretende normativizar al sujeto ni reprimirlo en su sexualidad, sino todo lo contrario, ahora se lo estimula a que lleve adelante su goce, a que lo reivindique, a que lo muestre en forma obscena. La propuesta es que el sujeto se haga amo de su propio destino y la paradoja es que se queda sin destino. Sabemos de los peligros para la subjetividad que entraña este empuje al goce, sostenido en la teoría de que el goce esperado es alcanzable y suprimiendo ilusoriamente cualquier límite. La culpa por la falta de goce, los síntomas en el mejor de los casos o la soledad de un goce que se aleja de los riesgos de un encuentro con la diferencia sexual son la consecuencia de esta llamada al superyó. Nueva forma de control que bajo un semblante de permisividad -Dios ha muerto- va a sumergir al sujeto en una enorme dificultad para hacerse un lugar digno en el mundo. ¿No se verifica esta propuesta a nivel planetario con el caos en la periferia y el imperio de la seguridad en el centro? Pan y circo contemporáneos.

La paradoja que plantea Lacan es que lo real no dependerá del psicoanalista, es decir que no será efecto de lo que el psicoanalista haga, diga o muestre, que no dependerá la emergencia de lo real del trabajo del psicoanalista sino que será justamente al contrario. Será el psicoanalista el que se encontrará dependiente de la emergencia de lo real y que enfrentado a él, su misión deberá ser hacerle la contra. Se entiende así que el porvenir del inconsciente estará en directa relación con la manera en que el psicoanalista aborde a lo real. Interesante fórmula esta de hacerle la contra al goce: ¿podrá ser incluida en el pensamiento contemporáneo sin que lleve la ilusión de una felicidad sin fallas o la creencia de que lo imposible desaparezca? ¿Llevará al adormecimiento o al despertar?

Freud sostenía -quizá con un exceso de optimismo- que había un efecto universal del trabajo del psicoanalista en el cual depositó sus esperanzas afirmando que “el éxito que la terapia es capaz de alcanzar en el individuo tiene que producirse también en la masa” [5] lo cual implica que este hacerle la contra a lo real tiene consecuencias políticas, otra forma de pensar que el psicoanálisis es una terapéutica que no es como las demás.

 

El porvenir del inconsciente es el porvenir del síntoma

Lo real en tanto lo imposible, forma de nombrar la castración, origen del deseo, tiene como respuesta del sujeto el síntoma. El síntoma es lo que demuestra la existencia del inconsciente. Es decir que el síntoma sería la creación como respuesta del hablanteser al enigma que le suscita la herida que instauran la sexualidad, la muerte y lalengua. El síntoma sería la respuesta subjetiva a la herida que sobre el viviente imprime la operación de entrada en la comunidad de los hombres. Este síntoma, singular, personal será la tarjeta de presentación del sujeto que lo acompañará en la vida y organizará sus relaciones. Será la modalidad de goce que se jugará en los actos de la existencia. Será aquello que se repite sin descanso mostrando al sujeto la sujeción en la que se encuentra y al mismo tiempo remarcando la originalidad de su posición en el mundo. “A cada sujeto su síntoma” es la verdad que dice el inconsciente, no existiendo hablante, ser sin síntoma, ya que esta es la condición de todo ser que es atravesado por la palabra, pues es la solución singular que cada hombre encuentra ante el enigma que el cuerpo y la palabra ponen sobre su mesa. Es el poema que el sujeto escribe para responder al enigma de la diferencia de los sexos, es la pintura que dibuja para arreglárselas con la muerte.

El síntoma es lo más cercano a lo real que los sujetos tienen, es lo que permite que los registros de la subjetividad humana se anuden, aún al precio de hacer que las cosas de la vida no anden de manera satisfactoria para aquel que anhela que los hombres marchemos en fila.

Es verdad que el síntoma se presenta como lo inútil, aquello que en apariencia no sirve para nada, como aquello que -en el mejor de los casos genera sufrimiento, que se sitúa en el orden del despilfarro y que condiciona la supuesta armonía de las relaciones humanas tanto sexuales como sociales. Es la presencia de un goce que se impone a la subjetividad pero que al mismo tiempo es lo más subjetivo que la habita.

Si no se trata de acallar el síntoma con maniobras que lo alimenten de palabras para darle un sentido como proponen las psicoterapias, ni de suprimirlo con estrategias de modificación de conducta, ni –como se proponen las neurociencias- de administrar drogas legales que lo silencien, ¿qué propone el psicoanálisis?

Propone que -mediante la construcción de un nuevo lazo social- la modalidad de goce que el síntoma producía pueda ser reinventada poniendo lo inútil del goce al servicio del deseo.

Podría decirse que llegado ese momento el sujeto se alegra de la tragedia de lo imposible y sexualidad, lengua y muerte son las condiciones de acceso a una existencia de la cual el hablanteser se hace responsable. El psicoanálisis reenvía al sujeto a su singularidad.

Para que esto suceda es preciso que algo del orden del acontecimiento, en relación a una verdad, se produzca. Alain Badiou lo dice de la siguiente manera: “Mientras no sucede nada, sino lo que es conforme a las reglas de un estado de cosas puede haber conocimientos, enunciados correctos, saber acumulado, pero no puede haber verdad. Lo paradójico de una verdad estriba en que es al mismo tiempo una novedad.”[6] Este acontecimiento –“lo que nombra el vacío en tanto nombra lo no sabido de la situación” - trae una verdad que le es precisa al psicoanálisis para tocar algo de lo real mediante el lenguaje. Sabemos que la verdad se olvida. Todo depende de que lo real insista.

Cuando Lacan propone que “el inconsciente es la política” nos está señalando que depende del inconsciente la modalidad de lazo social que cada sujeto lleva adelante y que este lazo está en relación con la modalidad de goce singular, es decir con el síntoma de cada uno. Esto sitúa la particular especificidad de la operación analítica ya que al modificar el goce sintomático se modificarán los lazos sociales, con lo cual cambiará la política de cada sujeto. Obviamente queda algo incurable: la castración.

Como se perfila, el porvenir del inconsciente se sitúa en los terrenos del síntoma: de cómo sea tratado o abordado lo sintomático por la civilización dependerá que el inconsciente no sea una verdad olvidada o un juego del pensamiento sin el filo cortante del descubrimiento freudiano. Esto es responsabilidad de los psicoanalistas, los que saben que se enfrentan a una propuesta de desresponsabilización generalizada promovida por el discurso dominante. De ellos dependerá que la singularidad del hombre, el dolor de existir, encuentre un lugar de acogida no normativizante y colabore a que la política recupere su dignidad. ¿Podrán estar a la altura o serán arrasados por la ideología del Bien?

Podríamos afirmar, finalmente, que si el inconsciente es la máquina original que pone en escena al sujeto entonces el porvenir del inconsciente pasaría por que para cada sujeto el inconsciente fuera su porvenir, una forma de pensar la fórmula freudiana “Donde el ello era, el sujeto debe advenir”. Que se instale un deseo de verdad.

 

 

 

REFERENCIAS

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Psicoanalista en Madrid, Miembro de la ELP y la AMP.

1 Sigmund Freud, “Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica”, Tomo XI, Amorrrortu, Buenos Aires, 2001, pg. 139.
2 Michel Foucault, “Historia de la sexualidad.1. La voluntad de saber, Siglo Veintiuno, Madrid, 1980, pg.169.
3 Jean-François Lyotard, “Moralidades postmodernas”, Tecnos, Madrid, 1996, pg. 131.
4 Ibíd., pg.131
5 Sigmund Freud, “Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica”, op. cit., pg. 140.
6 Alain Badiou, “Manifiesto por la filosofía”, Cátedra, Madrid, 1989, pg. 18-19
7 Alain Badiou, “Batallas Éticas”, La Ética, Nueva Visión, Buenos Aires, 1995, pg. 143.

 

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