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¿MUERTE DEL PSICOANÁLISIS?

RUBÉN LEVA

 

“Ser psicoanalista es, sencillamente, abrir los ojos ante la evidencia de que nada es más disparatado que la realidad humana”

 

J. Lacan Seminario 3 Las Psicosis – Clase 6

Una concepción “pre-moebiana” de la realidad humana, concepción que divide “ingenuamente” entre “adentro y afuera”, campea entre los terapeutas cognitivos. No somos inmunes a esta concepción los psicoanalistas. Hay entre nosotros algunos (léase partidarios de la Ego-psicology) que fundan su acción en criterios parecidos. Aquellos encuentran a “la mente” (conciencia) mediando entre el tejido neural y la realidad “objetiva” en la que últimamente (suprema delicadeza) incluyen a lo social, los otros apelan a la parte sana del yo para aliarse a él e imponer la mejor adaptación (siempre de acuerdo a sus ideales). Finalmente todo es cuestión de nuevos “aprendizajes” que corrijan a los anteriores, “equivocados”. Apelación al yo y al esfuerzo voluntario para la corrección de “lo malo”; todo supeditado al “leal saber y entender” del terapeuta de turno que comandará la adaptación a la realidad partiendo de la idea de que una tal adaptación es suficiente medida de salud mental.

Estos criterios realistas no son nuevos y suelen confundirse con la prueba de realidad que clásicamente se ha usado para diferenciar neurosis de psicosis. Así, un criterio meramente ideológico se transforma en un concepto de salud y todo el que se aparte de él corre el riesgo de ser calificado de “delirante”. Durante la Colonia se llamaba realistas a los monárquicos. Hoy, quien se ufana de su pragmatismo asume orgulloso aquel apelativo. También podrían pretenderse pragmáticos quienes durante la Colonia eran realistas ya que, como es notorio, no eran como esos torpes románticos soñadores que aspiraban inocentemente a la Revolución. En la década del noventa el pragmatismo reinante daba cátedra imponiendo adherirse (realistamente, cómo no), a la ola dominante que “aconsejaba”, por así decir, sumarse a la “globalización” (tan redondita ella) y al neoliberalismo, nueva verdad revelada que desde la Metrópoli bajaba a las actuales Colonias. No es inocente, en cuanto a esta concepción de la realidad, cierto cientificismo “objetivista” a cuyas postulaciones son tan adictos algunos economistas así como ciertos colegas psicólogos y psiquiatras seducidos por las presuntas verdades científicas (prohijadas desde los Laboratorios) de la psiquiatría biológica.

La “demostración” cartesiana de la existencia de Dios en tanto garantía del ser da origen, al mismo tiempo, al sujeto de la conciencia y al objeto de la ciencia contemporánea. Ella, vía Einstein (entre otros), le devuelve la gentileza: “Dios no juega a los dados”, decía el sabio del átomo. Es que un dios timbero desordenaría el universo razón por la cual, para evitar semejante desquicio no podemos ahorrarnos, como diría Pascal, “la apuesta” de su existencia en tanto Otro sin tacha. Así, el cogito pone fin a la duda pasando a la certeza de la existencia de Dios mediante el ejercicio de la razón. El yo arriba de esta manera a su consistencia y parte, optimista, a la conquista de lo real armado de los instrumentos científicos por antonomasia: objetividad y verificación.

A diferencia de Descartes, Lacan señala que el Otro no garantiza la verdad porque es la estructura misma del significante la que le pone límites. Ella, la verdad, no es sin la mentira. Es como el viajero que yendo a Cracovia dice la verdad pretendiendo hacer creer a su interlocutor que viaja a Lemberg. Entonces, (Oh, paradoja!) se puede mentir diciendo la verdad. Es lo que el Tero no puede hacer para proteger mejor su nido. Por eso no pueden sacarse conclusiones que expliquen la “conducta” humana con ratoncitos de laboratorio. Si hubiera un ratón de laboratorio apto para la investigación en psicoanálisis sería aquel del chiste que, triunfalmente, explicaba a su compañero el modo en que había logrado adiestrar a su experimentador: cada vez que recorría el laberinto el pobre hombre, conmovido, le entregaba un trocito de queso.

El psicoanálisis encuentra su lugar en la brecha que deja la ciencia. Brecha que ella jamás podrá colmar, se trata de su impotencia para explicar lo “disparatado de la realidad humana” en tanto no puede dar lugar a lo subjetivo debido a su exigencia de universalidad. Esta exigencia desemboca necesariamente en el anonimato. Ningún lugar para el sujeto. En psicoanálisis se trata de otro saber, el que se despliega en el campo de la singularidad subjetiva. Es tarea del análisis personal el despejarla y en ella nunca, por una cuestión estructural, las neurociencias podrán sustituirlo.

 

UN PARRAFO PARA LA AUTOCRITICA:

Dado que es un imperativo psicoanalítico el implicarse en el desorden que se denuncia, no es posible eludir la pregunta acerca de nuestra propia responsabilidad en el asunto que nos ocupa.

Cuando Freud instala la regla de abstinencia, subsidiaria del abandono de la hipnosis, esboza una ética de la cual se deduce la renuncia a fundar exclusivamente los efectos terapéuticos del análisis en el influjo sugestivo y/o pedagógico. Aquel queda limitado al campo de la transferencia de la que se sirve el análisis sólo para liquidarla más tarde. En cuanto a lo pedagógico, si bien Freud habló de una suerte de “segunda educación” a través del tratamiento, bien leído y contrastado con indicaciones como la operatoria “per vía di levare” tal pretensión pedagógica no podría sostenerse. Para el caso serían válidas las mismas objeciones que podrían imputársele a la transmisión de cualquier cosmovisión.

“La cura vendrá por añadidura” es la famosa frase psicoanalítica que sintetiza este movimiento freudiano. Menos claro es por qué esta frase mutó posteriormente en otra igualmente famosa pero, en mi opinión, de indeseables consecuencias: ¨el psicoanálisis no cura¨. Las críticas del cognitivismo y otras psicoterapias al psicoanálisis fundadas esencialmente en la falta de eficacia, ¿no son el reverso del coqueto desdén que solemos asumir los psicoanalistas por el aspecto terapéutico de “nuestra joven ciencia”? ¿No pasamos así del ingenuo optimismo psicoterapéutico, propio de épocas pretéritas, al culto de lo imposible ya no como categoría lógica sino como impotencia?

El porvenir del psicoanálisis depende del sostenimiento y transmisión de su práctica pero esto no ocurrirá si adoptamos una actitud de “bella indiferencia” frente a los ataques que se suceden descartándolos por repetidos y resistenciales. Al abrigo de remanidas frases como “Los muertos que vos matáis…” podemos olvidar la necesariedad del cuestionamiento que debe renovarse, como nos exigía Lacan.

 

 

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