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MERCADO SEXUAL,  GÉNERO Y NUEVAS SEXUALIDADES *

CARLOS FAIG **

 

Resumen: El autor aborda aspectos referentes a la influencia de la ciencia sobre la sexualidad humana, realiza un acercamiento histórico a momentos que podrían pensarse como hitos de la penetración científica en el mercado sexual. Acude a planteamientos de Marx y Deleuze, para realizar una crítica de los modos en que el capitalismo opera sobre los cuerpos, abriendo a su vez el debate sobre el campo de aparición de las nuevas sexualidades.

Palabras clave: sexualidades, capitalismo, género, ciencia.

 

Voy a tomar tres puntos del “temario” que fue publicitado para esta reunión, a los que voy a limitarme: el mercado sexual, la cuestión de género, y las llamadas “nuevas sexualidades”.

Parto de una pregunta: ¿En qué momento comienza a notarse una influencia de la ciencia sobre la sexualidad humana? Uno de los hitos, una de las primeras señales, creo, es el informe Kinsey. La primera parte de este informe, sobre una encuesta que comprendió a veinte mil personas de sexo masculino, aparece en 1948. En 1953 se publica la segunda parte, el lado femenino. Y poco tiempo después, tres años, fallece el biólogo Kinsey; había desatado una controversia que todavía continúa. De esta polémica voy a referirme más adelante a la cuestión de la bisexualidad.

Con Kinsey toma un nuevo impulso la sexología. Debe reconocérselo, al menos, como uno de sus hitos. Y se inicia, subrayo, el avance de la ciencia sobre el mercado sexual, a través de la estadística y las encuestas, es decir, de un modo descriptivo.

Voy a dar ahora un rodeo. Conocerán la ley decreciente de la tasa de ganancia expuesta en El capital de Karl Marx. De esta formulación matemática, o contable (sin más vueltas), Lenin deduce el imperialismo. La idea es sencilla: a mayor capital invertido, puesto en juego en los negocios, y si el mercado permanece idéntico, la proporción de ganancia sobre el capital, que se va acrecentado por la reinversión, es menor: cada vez más capital invertido de un lado, y menos ganancia de otro. Para que la cosa funcione, se hace necesario, entonces, avanzar sobre otros mercados, ampliar la clientela, por decirlo así. Este movimiento origina el pasaje del capitalismo al imperialismo. En la situación actual, ya no hay mercados reales, existentes, a los que conquistar. El imperialismo “clásico” terminó; encontró su tope. Y por eso vemos, entre otros fenómenos, que se avanza sobre mercados potenciales.

El sexo, en cierto aspecto –y vuelvo al tema que nos ocupa–, es un mercado potencial; ideal, si se quiere. Hasta hace unas décadas se mantuvo relativamente ausente de la expansión del capitalismo, pero hoy se nos presenta claramente como parte de él, como mercado. El sexo es global, universal por sí mismo, y en cierta forma esto lo pone a la par de la mundialización de los medios y la técnica, aunque más no sea analógicamente.

Desde Kinsey hasta nuestros días ha corrido mucha agua. En especial, en dos vertientes. Una corresponde a Internet y los medios en general, otra al avance de la cirugía y la biología sobre los cuerpos, la ciencia aplicada, la tecnología médica. Convengamos en que es posible ser hombre o mujer, cambiar de sexo, por lo menos en los signos manifiestos, exteriores, con solo disponer de algún dinero. Por otro lado, Internet, la Red, ha cambiado en mucho a la sexualidad humana. Todavía no apreciamos el alcance que ha tenido y tendrá.

Nos encontramos pues con una situación nueva en la historia humana, y en particular en la historia del sexo. Si comparamos el mundo griego o romano con el nuestro, vemos que las opciones sexuales se han ampliado considerablemente. Existían en aquel entonces las prácticas heterosexuales que conocemos, quizá con algunos aditamentos menos (no existía la pastilla Extasis, por ejemplo, o el Viagra), se utilizaban juguetes sexuales (probablemente menos que hoy en día), y trascendieron los siglos ciertas prácticas homosexuales (a las que muchos autores se han referido abundantemente). Las orgías romanas son asimismo muy conocidas. Y eso era todo. Por lo que sabemos, no había mucho más. Con el travestismo, el transexualismo, los cross-dressers, y algunas otras prácticas, el menú ha cambiado. Un hombre, nacido hombre, puede operarse y devenir mujer. Y, luego, si lo desea, puede estar con mujeres. Lacan diría, entiendo, que era heterosexual y que lo sigue siendo a pesar de sus esfuerzos. Reconozcamos que es raro y posible. Sabemos que las identificaciones que cubren la ausencia de relación sexual son muy complejas: un hombre puede estar con una mujer identificado con una mujer, como decía antes. Este descubrimiento del psicoanálisis –lo bizarro que es el sexo– hoy está presente por todos lados. No hace falta más que mirar un poco.

La pregunta que debemos hacernos en este punto es si el forzamiento real, quirúrgico, de los cuerpos produce un goce mayor del que obtenían los “precarios” e “ingenuos” griegos y romanos. ¿Se gozará (o deseará) más y mejor con un pene implantado por el cirujano que con la vagina que la naturaleza había provisto a la señora? Es difícil imaginarlo. Debemos admitir que si medimos con parámetros psicoanalíticos la reivindicación de ciertas posiciones sexuales es relativamente ideológica. Ni el deseo ni el goce pueden sostener esos enunciados. Y esto sin apelar a ninguna cuestión de orden moral o social. Simplemente se trata de evaluar si el goce resulta más concernido por estas prácticas que por otras.

¿Qué ideología acompaña al avance de la globalización, el capitalismo y la ciencia, sobre la sexualidad? ¿Dónde dirigirse para hallar la “superestructura” de la “infraestructura sexual” en mutación? En principio, y sobre todo, debemos orientarnos hacia la cuestión de género. Voy a intentar situar por qué razón. ¿Qué obstáculos habría que derribar para que el sexo se transforme en un producto que pueda circular sin encontrar límites? Una de las barreras es la familia; otra, de la misma importancia, la identidad sexual. Para que sea un “todos con todos” o, si se prefiere, un “todos contra todos”, para que no haya barreras dentro del mercado sexual, para alcanzar el ideal de funcionamiento y performance de ese mercado, hay que derribar esos dos obstáculos. Y bien, la cuestión de género es la forma ideológica (una de las formas) que acompaña a la expansión de la ciencia sobre el mercado sexual y su creciente transformación. En este discurso aparecen dos ideas predominantes: la primera es que el rol sexual, el género, es cultural. No está determinado por la anatomía ni por la biología. Si cambia el paradigma cultural, cambia la sexualidad. Para esto, por supuesto, la forma histórica de la familia, que ya se encuentra desde hace tiempo en descomposición, debe cambiar.

La segunda cuestión que trae el tema de género, un poco menos visible, es que tiende a la indiferenciación sexual. Podríamos decir que se halla aquí la paradoja de esta forma ideológica. Parte de dos sexos, de dos roles sexuales, pero tiende a que haya uno o ninguno. En un primer movimiento, toma la oposición y la existencia de dos sexos, de sus roles. Pero de modo menos manifiesto tiende a subrayar finalmente el intervalo de aquel binarismo –la cuestión de género hace Uno del intervalo–. Por eso citaba antes el informe Kinsey y la cuestión de la bisexualidad. Es el antecedente más o menos lejano de este presente. Uno de los resultados del informe es que la heterosexualidad pura, y la monogamia que podría hallarse ligada a ella, son un tanto raras. En la monogamia podríamos hablar incluso de dependencia o servidumbre sexual, es decir, poco menos que de una patología. Este es uno de los extremos de un segmento donde reina la bisexualidad y por tanto cierta indeterminación sexual. Lo mismo ocurre con el otro polo del segmento, la homosexualidad masculina y sus formas puras. Y algo similar podría enunciarse del informe del ’53, del lado femenino.

Entonces, sin la familia y su restricción de los posibles partenaires sexuales (todos los subrogados edípicos, la represión, etc.) y sin un sexo determinado biológicamente, el mercado no encuentra límites para expandirse. El sexo deviene definitivamente mercancía en una zona liberada, franca. Este es, podríamos señalar, el espacio de despliegue de las “nuevas sexualidades”.

¿En que se corresponde, más profundamente, la ciencia con estos hechos o estos discursos más allá de la tecnología operando sobre los cuerpos? El sujeto que moviliza la ciencia, sabemos, es el sujeto cartesiano. Este sujeto lo podemos identificar al conjunto vacío. Es una subjetividad que carece de representación, y cuya fuerza, y su definición, es precisamente la de ser un significante elidido, tachado. No voy a extenderme sobre este punto, solo voy a recordar que se inicia allí la ciencia: cualquiera puede ocupar el lugar desde donde se sigue y deduce la argumentación. Este lugar vacío del conjunto vacío, de la falta de representación, es lo está en el origen de la ciencia, de la Física del siglo XVII. Si Descartes hubiera tenido alguna idea del complejo de castración, el psicoanálisis hubiera surgido mucho antes. Descartes habría encontrado en la castración su glándula pineal.

El anonimato de las relaciones por la Red, la carencia de identidad sexual (en la realización completa del mercado sexual), por ejemplo y para tomar solo dos referencias, convergen con este sujeto, el sujeto de la Modernidad, que llega hoy a su acmé con la globalización.

Atendamos todavía a otro efecto. Todo está al alcance de la vista: los reality shows, o la gente que resulta filmada días y días, las veinticuatro horas. La visión se torna abarcativa, deviene omnivisión, se mimetiza con la globalización. Lo privado, en la porosidad de los medios, deviene público. Estos dos espacios quedan cuestionados. Sus membranas acusan recibo de la nueva situación. Con solo encender el televisor, a cualquier hora, con solo buscar en Internet, podemos observar un coito continuo y repetido: la intimidad es revelada, es por completo visible una abstracción de ella. Todo se sabe y el saber no presenta poros que resguarden la subjetividad, que resulta hallarse cada vez más rechazada.

Resumo: la falta de representación sexual, de marcas familiares, de psicología, convergen con el sujeto de la ciencia.

En cierta forma, todo esto nos recuerda a Deleuze y Guattari en su Antiedipo. Es el cuerpo sin órganos (sin anatomía, en este caso, que se haga destino sexuado), son los flujos deseantes, la histeria partout (de donde, la insatisfacción, no solo propia de la cuestión gay y dependiente entonces de que el orificio anal no produce orgasmo) que se habían anticipado en aquel texto. Cuatro décadas después habría que revisitarlo desde otra óptica.

 

 

NOTAS

* Texto leído en ocasión de una mesa redonda organizada por la Comunidad Homosexual Argentina y la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, bajo el título “La insatisfacción sexual es lo no-dicho en la comunidad gay”, el 19 de julio de 2011, en el teatro Andamio 90.
** Psicoanalista. Universidad de Buenos Aires. Argentina.
Errancia agradece a Carlos Faig su ponencia por el lado de la erranza

 

 

 

 

 

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