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LA SUBJETIVIDAD Y EL GOCE FEMENINOS.
LAS NUEVAS REPRESENTACIONES
DE LAS PROSTITUTAS EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA CONTEMPORÁNEA.
CUERPOS, PLACERES Y ALTERACIONES

PAULA DANIELA BIANCHI *

 

En el contexto literario latinoamericano la figura de la prostituta ha estado presente como interés ficcional en diferentes momentos históricos. El espacio simbólico en el que es constituida la proyecta, en general, como un cuerpo femenino marcado por la ambigüedad. Por un lado, es pensada como productora de placeres, de erotismo, musa inspiradora; por el otro, representa el peligro, la amenaza, la abyección, el pecado, la perdición. Son concepciones interdependientes, ya que ella es por ambas razones igualmente señalada, excluida y estigmatizada. Se trata de un mismo sistema de percepción política y de construcción discursivo-patriarcal.

 

Pero la prostituta no existe sola ni aislada. Como una subjetividad inscripta en una relación social donde intervienen otros sujetos activa redes de circulación y transacción: el dinero, el deseo, las prácticas sexuales, la violencia, la prohibición y la ley, la exhibición y el ocultamiento, la pobreza extrema y la orfandad. Esta activación opera sobre el cuerpo de la prostituta de diversas maneras situándola, en general, en circunstancias de vulnerabilidad. La circulación de su cuerpo supone quedar expuesta a la confiscación física, a la violencia y a la humillación. La transacción efectuada con los otros donde ella actúa como objeto es la que le da al cuerpo de estas mujeres el valor de mercancía (Masiello 1997:154) que funciona en términos de intercambio y de consumo.1

Entre literatura y prostitución se entretejen tramas que plantean construcciones y representaciones diversas pero recurrentes. La ficción latinoamericana, en este caso, se mueve entre flujos de corrientes de cambio. Los períodos anteriores a 1990 se pueden dividir en dos grandes etapas.

 

1.1 Primera etapa: la prostituta victimizada y el fatalismo

La primera etapa abarca desde las primeras décadas del siglo XX donde el objetivo de los escritores latinoamericanos inscriptos en la corriente del naturalismo y del realismo era reflejar en sus ficciones lo abyecto de su condición y realizar a través de ellas la crítica social. El retrato de la prostituta acoge una fatalidad de penitencia y condena sociales que la bordea y casi siempre la victimiza. Por un lado, es despreciada y estigmatizada por la sociedad pero por el otro su cuerpo es usado en la clandestinidad por aquellos que la señalan en la vida pública. También su cuerpo es disciplinado por las leyes sociales, morales e higiénicas impuestas en la comunidad. Las novelas fundacionales de este primer período en América Latina son Juana Lucero, del chileno Agusto D´Halmar escrita en 1902; Santa, del mexicano Fernando Gamboa en 1903; y la argentina Nacha Regules, de Manuel Gálvez publicada en 1919.2 Las políticas de representación del cuerpo de las prostitutas de esta época escrita por hombres intelectuales han sido de estilo “moralizante”.3 En todas estas narrativas el discurso de la “mujer de la vida” es el discurso sobre un sujeto marginal, abyecto, desterrado y despreciado por inclinarse –por necesidad o no- a la voluptuosidad del goce y del pecado.

Los personajes se inician en la prostitución por pobreza, orfandad –Juana Lucero- o vulnerabilidad extrema. Los dispositivos de recuperación y salvación de la prostituta a través de la educación y de la redención son dominantes en estas producciones ficcionales, como ocurre en Nacha Regules o Santa, donde el personaje “salvador” generalmente fracasa y estas figuras terminan locas, enfermas o muertas.

La correlación de representación de sujetos femeninos prostituidos en términos de “salvación, “redención” o “fatalismo” continúa en novelas como La Carreta, del escritor uruguayo Enrique Amorim publicada en 1929; El Pozo, de Juan Carlos Onetti en 1939; la argentina Tanka Charowa (1934) de Lorenzo Stanchina; o en Los Versos de una… (1924), de César Tiempo, entre otras. En estos textos las figuras de las “mujeres de la calle”, del burdel, de la “mala vida”, las esclavizadas por el tráfico ilegal de cuerpos, las migrantes, circundan el camino de la periferia y comparten la condición de exclusión social y de indigencia.

En esta primera fase el personaje de la prostituta en la literatura latinoamericana se ciñe más a la imagen de la mujer representada como víctima de sus circunstancias; de la carencia económica, del desamor, del abandono y de la falta de educación, condiciones que la conducen al ejercicio de la prostitución.

 

1.2 Segunda etapa: la prostituta y las alegorías

El segundo gran período tiene su mayor representatividad en las narrativas del boom latinoamericano hacia los años 60. Los mayores exponentes y narradores de ficciones prostibularias son García Márquez con La Increíble y Triste Historia de la Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada, Vargas Llosa con sus novelas político-paródicas Pantaleón y las Visitadoras y La Casa Verde, y Onetti con Juntacadáveres. En esta segunda etapa se observa un período de transformación discursivo ficcional de representaciones, de superposición de planos, de quiebres temporales, de inclusiones de mitos y metáforas. El sistema de enunciación sobre las representaciones mencionadas expresan una estética diferente. Es una narrativa que busca experimentar, que utiliza la heterogeneidad de lo discursivo en lugar de hacer de la narrativa predominante un espacio de crítica social donde la estética realista era dominante. El modelo de la prostituta “caída” y el burdel son llevados a un punto de alegorización de los espacios nacionales como se puede observar en Pantaleón y las visitadoras. En los sitios por los que ellas circulan no hay posibilidad de redención, los cuerpos envejecen y enferman como las prostitutas de Juntacadáveres o son explotadas sin consideración como la cándida Eréndira.

 

1.3 Tercera etapa: la prostituta y sus tácticas de reconfiguración

Los procesos de cambios políticos, económicos, sociales y culturales, además de la progresiva globalización en América Latina que se instaura desde los años 90 del siglo XX producen nuevos sujetos sociales y ficcionales. Esta tercera fase está articulada con los desplazamientos migratorios de los cuerpos hacia centros hegemónicos de poder para correrse de las periferias, con el crecimiento desigual de las economías en las que se incluye la comercialización de drogas, cuerpos y armas, y con las nuevas figuraciones de la violencia.

En consecuencia, el eje de este trabajo es la representación de los cuerpos -femeninos y masculinos- y la construcción de los espacios por los que transitan, dando lugar a lo que puede llamarse “imaginario de la prostitución”. Este estudio se propone, por lo tanto, investigar la articulación existente entre prostitución y literatura como dispositivo de producción de sentidos y representaciones políticas, sociales, culturales y discursivas en la literatura de América Latina a partir de 1990.

Para ello se propone estudiar cómo las construcciones del cuerpo de la “prostituta” y las representaciones de las figuras masculinas de los rufianes, “salvadores”, espectadores y clientes atraviesan y constituyen el imaginario de la prostitución y dan lugar a diferentes relatos. Es decir, la emergencia de nuevos sujetos de carencia producidos por las crisis de empobrecimiento latinoamericano en los últimos años connota la desigualdad de distribución económica, social y cultural agravada por la globalización. Por lo tanto, el planteo es ver cómo afectan estas transformaciones a las nuevas subjetividades, a la representación de los cuerpos, y cómo se manifiesta esto en la literatura y en los nuevos testimonios “ficcionales” emergentes. No se trata de darle a la literatura un estatuto realista de reflejo de una realidad social sino de explorar cuáles son los modos de esta construcción que conviven, ya sea complementándose o disociándose de los modelos sociales y culturales más amplios que circulan en la sociedad.

Por lo tanto, estas nuevas o diferentes formas de representar a las prostitutas manifiestan lo que podría ser un nuevo sujeto de la carencia que trasciende la sexualidad (genitalidad) para reorganizarse en una perspectiva integral de sí mismo. La prostituta es un cuerpo prismático en cuyas caras es posible ver la pluralidad de connotaciones que lo habitan. En este sentido, puede pensarse que, por un lado exhibe lo ideal en sus contradicciones y, por otro, se vuelven sujetos narradores de nuevas formas narrativas. Aunque su condición de personajes vulnerables y sórdidos permanece, se vuelven, en muchos casos, sujetos de sus propios relatos.

En esta parte de la investigación se tendrá en cuenta el período temporal que abarca aproximadamente desde 1990 hasta la actualidad. Para ello se prestará atención a los usos de la voz en los relatos, las posibilidades de asumir una voz propia, los tipos de relatos que se construyen, la categorización de los espacios, (físicos, políticos, institucionales, simbólicos) y la representación del trabajo, entre otros temas.

Este estudio intentará explorar las variaciones de este tema en las ficciones del período delimitado para poder establecer una reflexión acerca de diversos problemas de la cultura actual: cuerpos, sexualidad, marginalidad, trabajo, poder, discurso y hacerlo desde una perspectiva diferente. Además, se tratará de comprobar si se produce una transformación en la configuración de las subjetividades y también, un cambio en la conformación de las ficciones que narran la esfera de la prostitución en la literatura latinoamericana en el marco de la cultura de la globalización. El objetivo principal será tratar de rastrear si en la representación de las “escenas del cuerpo” y de los espacios prostibularios aparecen cambios en la enunciación respecto de la explotación sexual femenina, diferentes reescrituras para representar la violencia, otras representaciones de la víctima de acuerdo con las diferentes aristas del prisma que enunciamos. Es decir, cómo las historias son narradas con un lenguaje que registra desde la literatura hechos sociales y económicos pero, también, un marco político donde el desplazamiento de los sujetos es descrito desde las “orillas”. Estas tres esferas que impactan en la literatura latinoamericana que transita el cambio de siglo constituyen un marco de referencia posible para discutir las nuevas formas literarias de representación de estos sujetos de exclusión. Las prostitutas bordean los márgenes de las ciudades, donde comienzan las zonas rurales, los pueblos olvidados y son abordadas desde la periferia de sus cuerpos. El cuerpo será representado como escenario de disputa de actos destructivos: asesinatos, violaciones, usos, enfermedades, escisiones.

El corpus con el que se trabajará incluye textos narrativos de diferentes países latinoamericanos y no sólo se considerarán cuentos y novelas de la llamada literatura alta, sino también textos de la cultura popular como los que aparecen en blogs y son editados luego, o “confesiones” realizadas por trabajadoras sexuales. Por lo tanto, el corpus será heterogéneo en diferentes sentidos.4 La selección de textos se llevará a cabo sobre la base de que en los mismos haya una representación fuerte de un personaje que se en primera persona como prostituta, o que la narración la proponga como tal, pero también otros que trabajen con los límites de esta representación como la novela El Trabajo, de Aníbal Jarkowski, en la que el personaje es una joven sencilla sin trabajo expuesta (sin que el texto lo diga explícitamente) a alguna forma de sometimiento social, o el cuento “Putas Asesinas”, de Roberto Bolaño, donde la protagonista asume la primera persona autodenominándose puta pero desde una zona ambigua, desconociéndose en principio si es una prostituta, una “justiciera”, una enferma o una mujer que actúa de manera violenta

 

1. Placeres “monstruosos” en cuerpos que transgreden el orden político y social

En este apartado se analizarán algunos ejes que articulan la circulación de placeres, cuerpos y dinero como intercambio sexual en textos ficcionales latinoamericanos de fin del siglo XX en relación con la figura del monstruo.

Las subjetividades que transitan estas zonas textuales manifiestan sus discrepancias y el goce de sus deseos de manera compleja, fluctuando en una apariencia que por un lado exhiba sus diferencias y, por el otro, que las oculte para silenciar el señalamiento o la “culpa social” a la que son expuestas. La sociedad y la política intentan mantener el orden establecido y preservar las costumbres “correctas”. Para ello operan con prácticas contrapuestas basadas en discursividades dobles y ambiguas que sostienen la “seriedad” de la clase burguesa latinoamericana denunciada en los relatos ficcionales.

En los textos seleccionados la circulación de los deseos de las protagonistas femeninas está dirigida a las imposiciones que les exigen la ley de la oferta y la demanda del mercado, a los espacios donde atraviesan sus deseos, a los cuestionamientos de la sociedad y de los otros. Y es en esta articulación de sexualidades, dinero y corporalidades donde se produce el cruce del secreto o del silencio que deben guardar para asumir su elección de vida. Estas mujeres diversas y de distintas geografías y situaciones tienen en común el secreto de no decir en qué trabajan, o cómo obtienen dinero u otros pagos. Sus cuerpos gozan, trabajan, son violentados pero desde lo no dicho, desde lo no nombrado. Exploran sus sexualidades y muchas veces desean ser poseídas pero asumirlo es correrse doblemente hacia la periferia. Están situadas en un sistema de doble exclusión por trabajar con su cuerpo -sexual- y por intentar disfrutarlo; por elegir esa profesión, oficio, trabajo, “chamba”, intercambio en lugar de otro aceptado por el modelo establecido.

Cuando se analizan textos ficcionales donde el deseo es preponderante por normatividad se habla de tramas eróticas. Pero ¿qué ocurre con las ficciones latinoamericanas donde los sujetos gozantes son mujeres llamadas prostitutas? ¿Es posible pensar que el ejercicio de la prostitución puede en la literatura conformar su subjetividad a partir del goce? Y otra pregunta es ¿qué ocurre con la constitución de la subjetividad desde el cuerpo? Los textos mencionados sustentan su imaginario con aquellos placeres que desequilibran las condiciones primordiales sobre las que la sociedad se funda –deseo / sexualidad / género–, reconstruyendo así lo social pero desde sus fracturas. Pero ¿qué sucede en los placeres juzgados por la sociedad y por la política como no normativizados? Goces apasionados que perturban y desordenan lo establecido. Por ejemplo, en la novela Demasiado Amor, de la autora mexicana Sara Sefchovich, donde la protagonista afirma querer ser prostituta porque le gusta, o con los placeres fetichistas que tiene el jefe de la protagonista en la novela El Trabajo, de Aníbal Jarkowski, que le paga para que le represente escenas con diferente ropa interior y lo excite sin llegar a tocarla nunca y sin que ésta se tenga que desnudar del todo. Goces que abren surcos y posibilidades. Pasiones que, por eso, vuelven a los cuerpos peligrosos, desestabilizadores y amenazantes.

En este apartado veremos cómo la protagonista de la novela Demasiado Amor plantea un juego desde la escritura asumiéndola como un artificio lingüístico. ¿Por qué artificio? Porque mientras le escribe cartas a su hermana que viajó a Italia para concretar el sueño de ambas –tener un hotel-, la narradora en primera persona utiliza la lengua como un maquillaje para ocultar y disfrazar aquello que ejerce y que nunca nombra: la prostitución. A través del género epistolar le cuenta a su hermana cómo es su vida en México y cómo para ahorrar dinero y enviárselo a Italia, se acuesta con hombres y siente placer al hacerlo. Mientras mantiene correspondencia con la hermana hay una escritura paralela que podría ser un diario íntimo donde escribe cómo se enamora de un hombre que no le habla y que la seduce y la domina. A medida que se somete a este hombre y recorren juntos todo México ella empieza a descubrir su sexualidad, su cuerpo, sus placeres, y se va produciendo a lo largo de las cartas y diarios un conocimiento erótico propio y un desconocimiento del otro. Se descoloniza del que la tiene colonizada y comienza a ver su trabajo de manera productiva y sensual. Y ya no es sólo el dinero lo que le interesa, sino el goce, el placer pleno y sin culpas. Sin embargo, nunca nombrará de manera explícita, ni escribirá el nombre de su trabajo como ella lo designa. Ella lo viste a través de la palabra, lo desestigmatiza y, cuando su hermana (que recibe y pide día a día más dinero sabiendo como lo gana) le escribe en una carta la palabra que nunca se dice, le reprocha a la protagonista su forma de vivir y la condena. Una carta más tarde la hermana le vuelve a pedir dinero hasta que se casa en Italia con un hombre que le dobla en edad pero que le da sustento económico –otra manera de prostituirse pero desde la legitimidad social (Carol Pateman)-. No es casual que Beatriz sea nombrada en la última página de la novela. Ella es designada cuando deja de soñar con viajes al exterior que le cambiarán la vida, porque ella ya cambió su vida como quería: “Estoy tranquila como hace mucho no lo estaba […] En adelante voy a dejarme desaparecer, a perderme en las sombras, a dejarme llevar por los amores fáciles, gozosos, que son los únicos que no hacen daño, que no lastiman” (D.A. 203). Que Beatriz elija vivir así, sin formar una familia como su hermana, sin un trabajo nombrable, sin dejar descendencia; que prefiera narrar sus aventuras eróticas, hacer una taxonomía de los distintos hombres con los que se acuesta, es una táctica explícita ya que se posiciona de manera estratégica y política en la marginalidad de las prácticas sexuales que representa en la descripción detallada de su parlamento.

Así, representadas las prácticas en la novela, se convierten en amenaza de la normatividad y estabilidad del sistema binario-heterosexual, burgués-occidental y reproductivo. Así manifiesta este personaje un radicalismo político que se expresa como marginado, con una sexualidad no reproductiva, no pocas veces en situaciones de violencia. Beatriz fue golpeada algunas veces y también abortó sin arrepentimientos por lo cual representa un peligro para la sociedad pacata que la juzga.

La aparición de subjetividades que configuran una sexualidad descentrada, que bordean las orillas, la marginalidad, la exclusión como el goce con el ejercicio de la prostitución que sienten las protagonistas de estos textos altera la estructura de las novelas escritas al principio del siglo XX. Estas mujeres llegan a la representación a veces obscena o pornográfica –Vaca Sagrada cuando Manuela goza y llega al orgasmo mientras menstrúa-, otras incluidas en la violencia sexual –Rencor, de Oscar Collazos-, a la liberación del afuera –Demasiado Amor o El Infierno Prometido-, a la elección –El Trabajo- pero no sienten culpa, sí, dolor, opresión, pero como cualquier trabajadora intentan sentir placer sin culpa por lo que hacen.

Si bien es cierto que no existe el placer ni las pasiones sin poseer un cuerpo conductor y performativo en términos butlerianos (Butler 2007), tampoco existe el cuerpo del sujeto sin un cuerpo social que lo confronte puesto que de esta manera, en los textos seleccionados es donde se llega al clímax significante. Leer el diario y las cartas que escribe Beatriz produce desnudar el cuerpo que se encuentra siempre atravesado de discursos socializados (Grosso 2007), amarrado y constitutivo en vinculación con las redes de poder. Un cuerpo que como significante está anexo a un mundo construido sobre relaciones de dominación sexuales y sexuadas, un cuerpo que se transforma en un contenedor que desea, goza y erotiza. Es un cuerpo que transgrede, es el cuerpo de la santa y de la puta, un cuerpo que se exhibe como la prolongación de lo placentero, como catalizador de los conflictos y desestabilizador social, como víctima y victimario de desórdenes sociales. Demasiado Amor, “Cuerpo presente”, del escritor mexicano Eduardo Parra, La Casa del Sano Placer, de la ecuatoriana Alicia Yáñez Cossío, entre otros, aluden y provocan a las políticas sexuales indispensables para la acción biopolítica del sistema impuesto por el capitalismo y la globalización donde sobresalen los discursos sobre el sexo y sobre las tecnologías del género (de Lauretis:1996). Por eso es relevante ver cómo se re constituyen estas nuevas subjetividades emergentes de los 90 en adelante desde la resistencia performativa de los cuerpos, ya que las estrategias dominantes intentan producir textos ficcionales donde los sujetos se posicionen de manera estable sin alterar el orden.

Frente a las fisuras que tiene el sistema por donde se filtran los pliegues de estas pieles que disfrutan sin culpa, de estas corporalidades excéntricas que se desvían, que se descontextualizan, que utilizan de manera incorrecta las tecnologías de lo normativo (Beatriz Preciado 2003), ¿pueden estos cuerpos ser considerados monstruosos? Si en estos relatos los sujetos emergentes disfrutan de las prácticas sexuales obtenidas de la prostitución y lo manifiestan se vuelven sujetos “políticamente incorrectos”, sujetos deseantes que escapan de la utilidad regulada. Reniegan de la norma, buscan su goce en los intersticios. Masturbarse contra la hegemonía y sacarle la lengua es lo que estos personajes le hacen al sistema sexista: “De manera que casi resultaría superfluo agregar que cuando en una monogamia sacramentalmente instituida, sobreviene la muerte súbita de las bajas apetencias, lo aconsejable es ungir la mencionada parte difunta con un poco de la mejor buena voluntad” (Saguier La posta del placer 11). De esta forma las tramas narrativas oscilan en la construcción del significante. Se origina un desplazamiento dual en el proceso de la escritura donde se articulan las ambigüedades de los cuerpos que la circulan y la atraviesan.

Las protagonistas de estas obras por momentos asumen la culpa judeocristiana que la sociedad les quiere imprimir: “Además, debían recordar para no olvidarlo nunca, que cada quien traía consigo un futuro de tedio y otro de felicidad, y que era cuestión de cada uno impedir que los peligros del tedio acabaran oxidándole la felicidad” (Saguier La posta del placer 10). Se intenta que los personajes se apropien de la culpa, que no se desvíen del camino, que se acepten como “desviados” por gozar de los placeres pecaminosos, los tratan así de transformar en monstruos. Pero ¿qué significa ser un monstruo? Según la Real Academia Española en su primera definición, un monstruo es la “producción contra el orden regular de la naturaleza. Cosa excesivamente grande, extraordinaria o excesivamente fea”. Esto implica que un personaje que goza del sexo al prostituirse estaría desviándose de la ley, dado que va contra ese orden preestablecido por lo normativo según esa ley que instaura una regla y dice qué es correcto y qué no lo es. Entonces, lo monstruoso en estos términos se inscribe dentro del señalamiento construido por un orden jerárquico que afirma qué es eso que debe producir placer. Se establece así el límite de una mirada taxonómica, de una marca semiótica de la cultura sobre un cuerpo (o situación) de acuerdo con la distancia que conserva con la norma.

En el cuento “Cuerpo Presente” un sacerdote le dice a la protagonista Macorina, ahora llamada la Tunca por haber quedado manca: “Siempre supe el monstruo que eras” (57), a lo que ella responde: “Mire don, yo no hago lo que hago nada más por dinero, sino también por gusto […] Sí, don, soy puta, la más puta de todas” (58). Para muchos de los personajes que recorren estos relatos las putas o prostitutas son monstruos. Las ven como fuera de lugar, como algo que los amenaza pero que a la vez es necesario. Atraen y repugnan alternadamente y amenazan la institución monogámica del matrimonio; a las mujeres “decentes”. Que ellas se sientan plenas los deja sin habla, les parece algo irrepresentable. Están en el borde, casi se desbordan pero no pueden dejar de inquietar.

Entonces ¿quién es el monstruo? Otra acepción que tiene esta palabra latina es ostentar, exhibir, mostrar. El monstruo se muestra a sí mismo pero también señala al otro que lo construye. Al advertir sobre el peligro que encarna, también refleja el imaginario cultural de la sociedad que lo clasifica: “No me molesta que se vacíen dentro de mi […] No me detengo a ver si las palabras son obscenas, violentas o tiernas. Todas nacen del interior para volcarse a las mismas entrañas que las vomitan. Necesidad de la carne por la carne creada, así misma retorna” (Hasta ya no ir 29). El cuerpo del monstruo es un significante que refracta la ley establecida y dominante y la lógica social existente. Es en esta articulación donde se engendra la amenaza mayor del cuerpo de la prostituta monstruo; ésta puede deconstruirse, tiene el poder del discurso y de la acción para que su subjetividad se constituya en unidad. Desde su subjetividad puede hacerse visible y poner en duda o cuestionar aquello que se predice como lo legítimo y deshacerlo. Puede alterar la ley y “asustar” a los otros. Le escribe Beatriz a su hermana en Demasiado Amor: “Fíjate, cualquiera diría que lo correcto y lo normal es vivir la vida organizada y en familia como la que tienen los señores que me vienen a ver, ¡pero si vieras los infelices y tristes que están! Yo en cambio estoy contenta […] Pues sí, ya está visto que a mí me gusta este trabajo y que no lo hago sólo por el billete […] me gusta el teatrito de seducir y de cambiar de personalidad” (183).

Beatriz, Macorina, Sayonara, la Reina Isabel, y tantas otras circulan entre deseos legitimados y deseos secretos, prohibidos. Se acuestan con hombres o los escuchan, éstos son profesionales, trabajadores, políticos, casados, padres de familias bien constituidas, burócratas, otros monstruos que alardean presuntuosos ser ejemplos, modelos a seguir, respetables hombres portadores de una verdad que, entre sus palabras, escupe irónicamente su ficción. “Es que un deseo se ha tomado a sí mismo como sabiduría, mesura y verdad, dejando al otro sexo el peso de una locura que él mismo no quería ver ni llevar” (Irigaray 1985: 6). Es relevante destacar aquí cómo el deseo al poder llevarse a cabo troca y hace que la prostituta de estas tramas ficcionales se transforme en sujeto de deseo.

Pero ¿dónde se alojan estos monstruos? ¿Dónde están estas prostitutas? Algunas ocupan lugares aislados como el campo, pueblos, las afuera de la ciudad, el mismísimo centro. Ellas circulan por zonas marginales y en espacios cerrados: burdeles, bares, habitaciones, cuartos secretos, encuentros privados, departamentos. Espacios donde la intersección de los cuerpos es pensable. Son zonas oscuras, turbias donde se esconde lo que la presencia de la ley no permite ver. Y es entonces el momento de introducir una tercera definición de la palabra y el significante monstruo: “sujeto animado o ser muy cruel y perverso”. Esta es la acepción que más significativa se torna dado que hace que se produzca una alteración de papeles en la representación de estas narrativas ficcionales. ¿Es el monstruo aquél que desea y goza con su cuerpo su plena sexualidad? O ¿lo es aquél que construye la ley para violarla sin asumir las consecuencias? Lo perverso aquí se configura en la recreación de los actos sexuales mantenidos en la clandestinidad que luego son mal juzgados por quienes los ejecutan. Entonces podría pensarse que el sistema político y social se invierte por discursos y prácticas falogocéntricas y patriarcales.

Aquellos que no pueden soportar los desbordes del deseo son quienes se transforman en monstruos ambiguos y peligrosos. Estos transgresores corren el trazo que no se debe franquear y lo violan. Lo monstruoso está centrado donde rigen las crueles prácticas que mantienen el funcionamiento del orden. Donde se argumenta la cosificación de las mujeres, la utilización del cuerpo como mercancía, el tráfico 6 de éstas, la confiscación de los cuerpos. “Me recuesto en la cama boca abajo. Me estremezco cuando comienza a golpearme […] quiero gritar y no puedo aunque él me sofoque con la almohada” (Hasta ya no ir 85). En escenas como éstas es donde los cuerpos vulnerables de quienes ejercen la prostitución se vuelven invisibles para el sistema que oculta su deseo y lo evita. Las políticas de estado se vuelven a correr hacia el lado de la norma y del orden social y sexual.

Frente a la constitución de las subjetividades en estas literaturas se inscribe la identidad y los deseos de cada personaje. Atravesadas por todas las carencias, estas prostitutas dejan vislumbrar la cuarta definición de monstruo como “cosa excesivamente grande o extraordinaria”. y ¿qué es lo excesivamente grande?: el consumo que existe en nuestras sociedades donde producir es lo necesario para poder cotizar dentro del mercado. Pero si una fuerza productiva -toda persona que trabaja- se le puede sumar el exceso y el placer entonces se consigue un plus que desestabiliza el orden. El orden moral y de la familia estándar intentan también regular las prácticas sexuales. Por eso la cuarta definición de monstruo opera como destructor de todo mandato porque se producen sujetos que gozan, no sólo que sufren. Los personajes de estos textos buscan el placer del cuerpo, de los sentidos; estas prostitutas buscan llegar al orgasmo para desestabilizarlo todo.

Por lo tanto, el cuerpo planteado como resistencia subvierte el estándar esperado, donde la estrategia de la resistencia es un cuerpo que goza. Estos cuerpos exploran el placer alejándose de la normatividad que impone el reproducirse y se construyen entramados que fracturan el sistema del mandato para construir prácticas sexuales propias. Se agrieta el régimen, se fragmenta entonces y surge un modelo diferente que radica en la construcción de nuevas configuraciones sexuales y nuevas formas de relaciones, donde la búsqueda del placer propio se construye más allá de la ley impuesta.

No obstante, ante la culpa impuesta por la concepción judeocristiana, se superpone la concepción del placer, un placer que además cotiza y genera ganancias en esta sociedad capitalista. El cuerpo como mercancía produce, es un intercambio por dinero u obsequios pero además un receptáculo de goce. Lecturas como las de Demasiado Amor o Vaca Sagrada proponen la transgresión de los valores hegemónicos y eligen apartarse de la victimización para entregarse al goce y al erotismo como reencarnaciones de lo sagrado. Con esto no se quiere minimizar que en cada uno de los textos nombrados las protagonistas, si bien gozan, también son agredidas y vulnerables.

Sin embargo se resalta que no se victimizan sino que sacan provecho de su situación. Sería la plusvalía que le roban al sistema. Entonces, en relación con los placeres, el cuerpo se vuelve un artificio poderoso y de cuidado. Como señala Foucault, “el placer es tomado en cuenta en relación a sí mismo, no en relación a una ley absoluta de lo permitido y lo prohibido ni a un criterio de utilidad” (189). En él mismo se encuentra la verdad. De ahí la presencia constante en los textos de la preponderancia que se la da a la ceremonia del erotismo, “nada más he dejado mi cama en el centro como un altar” (Demasiado amor 200), a la preservación y exhibición de los cuerpos –incluso cuerpos salidos del estereotipo- “no soy alta ni delgada, no tengo las piernas largas, ni el vientre liso y los pechos pequeños, ni los ojos azules como lo tienen todas las heroínas de las novelas […] sabes muy bien que tengo pancita […] piernas cortas […] tú sabes que nunca uso maquillaje” (Demasiado amor 201). Se practican actos amatorios y masturbatorios, “Los clientes andan desnudos por la casa […] todos pueden entrar y salir a voluntad de la casa, de mi persona […] aquí yacemos juntos seres entregados y abiertos de par en par, algunos se tocan mientras esperan; otros miran” (Demasiado amor 201). De esta manera, el objeto de deseo, el cuerpo libre de reglas, se vuelve innombrable, se convierte en fuente de placer y pleno. El cuerpo se vuelve misterio, atracción, deseo, se vuelve un sitio donde la verdad no está porque no existen verdades sobre los cuerpos.

Y así se llega a la definición número cinco que da el diccionario acerca de qué es un monstruo y dice que es un “un ser animado y fantástico que puede causar espanto”. Y me detengo en la expresión “fantástico” ya que en la literatura lo fantástico tiene una doble connotación. Una lectura fantástica es ambigua, se la puede ocluir sosteniendo que la resolución es maravillosa, sobrenatural o que tiene una explicación lógica como el haber sido un sueño. Entonces, los cuerpos de estas prostitutas que se reflejan en los espejos, en los ojos de sus clientes que parecen increíbles, como la niña Sayonara (La Novia Oscura), de una belleza exótica, la Reina Isabel, Macorina, Beatriz son mujeres fantásticas que producen espanto porque son una alteración y alternativa de la normativización, de la regla de los cuerpos seriados (Foucault 2002). Atraen pero asustan. El espanto es la maquinaria que impulsa los sentidos, la plenitud y la libertad política y social. Son mujeres ambiguas, deseadas y rechazadas, fantásticas y reales, necesarias y amenazantes, amadas y violadas. Por esa ambigüedad es por lo que permanece un “no” dicho casi permanente de eso que son. Por eso muy pocas tienen nombre verdadero o apellido. Por los intersticios del orden se filtra, se escapa el gemido, el grito, el jadeo que rompe con la discursividad hegemónica. Los gemidos dicen más que las ordenanzas, desmoronan el régimen porque siempre están presentes.

Por lo tanto, relacionar los cuerpos de estas figuras femeninas con lo monstruoso cotidiano no es azaroso. Es algo que si bien ocurre en la ficción del continente latinoamericano se dispara como algo emergente en las prácticas diarias. La ambigüedad de lo que representa en el imaginario de la prostitución una prostituta es ambiguo, tiene un doblez. Por un lado, libera de las opresiones a los cuerpos, pero por el otro no deja de ser condenatorio y estigmatizante. Señalar esta nueva manera de narrar y de representar los cuerpos de las “pirujas” en la literatura es el comienzo de una nueva subjetividad que quiere salir de la periferia. Es querer deconstruir el discurso tan fuertemente arraigado a nuestro pasado (presente también) colonizado. La propuesta de estos textos se mantiene en la idea de descolonizar el cuerpo.

A modo de resumen de este segmento se puede decir que la sexualidad, el disfrute del deseo, el goce, la práctica de la prostitución en los textos ficcionales mencionados, desvela la posibilidad de encontrar víctimas no victimizadas que se asumen como mujeres, prostitutas, hijas, amigas, hermanas y que disfrutan plenamente de aquello que eligen, incluso las que se prostituyen porque no encuentran otra salida mejor optan buscarle el lado positivo a este trabajo. Es decir, a partir del análisis de la representación de la prostituta como articuladora de diferentes nociones de cuerpos, violencia, circulación de dinero e intercambio, el trabajo dentro de la ley y del orden establecidos puede revertir su condición de sujeto victimizado –estereotipo de construcción social dominante- para sustituirlo por la configuración de un sujeto sufriente pero que es consciente de su situación de prostitución. Revertir este estereotipo es tomar la voz para intentar esgrimir ciertas tácticas que le permitan sobrellevar su condición. Es pretender invertir la imagen visible que proyecta el espejo respecto de la estigmatización que la “marca” socialmente –con una letra escarlata- Es decir, cómo a partir de los textos narrativos ella es productora de un discurso y del uso de la palabra de su cuerpo y de su goce.

Desde las prácticas de sus cuerpos y desde el discurso de los cuerpos que las atraviesan intentan subvertir el orden social, político y cultural con todas las ambigüedades y contradicciones que puedan plantearse. Resisten desde sus cuerpos como señal de protesta atentando contra las normas sociales, intentan agrietar el sistema y salir de sus cautiverios opresivos, de sus cautiverios secretos presas del silencio y del ocultamiento. El placer y el cuerpo unidos para la ruptura del cautiverio que las señala como putas.

 

 

NOTAS

* Universidad de Buenos Aires
1 Para ver la idea del cuerpo prostituido como mercancía consultar los trabajos de: Pateman, Carol: El contrato sexual. Barcelona, Anthropos, 1995. BENJAMIN, Walter: “París, capital del siglo XIX” en Iluminaciones II, Taurus, Madrid, 1972. FOUCAULT, Michel: Vigilar y castigar, Buenos Aires, SigloXXI, 2002.
2 Cabe señalar que las tres novelas mencionadas fueron muy populares. Nacha Regules, traducida a once idiomas tuvo un “rotundo éxito” en su publicación. Lo mismo ocurrió con Santa que gozó de gran popularidad en México y fue en el siglo XX recreada en canciones y guiones cinematográficos. Juana Lucero no ha sido objeto privilegiado de la crítica literaria en la época en que fue escrita pero a mediados del siglo XX se ha empezado a releer de manera crítica y a reeditar hasta la actualidad. (Cánovas: 2003).
3 Gálvez, construye la novela Nacha Regules como una alegoría de la Nación en la que denuncia la problemática social y política de la época, además ya había abordado estos temas en su tesis doctoral. D´Halmar, escritor y periodista, no está de acuerdo con la Reglamentación de las Casas de Tolerancia de 1896 que promulgan el ejercicio de la prostitución, el control sanitario preventivo en las prostitutas para evitar contagios, el control policial que mantiene el orden público y el control moral para salvaguardar la familia. D´Halmar se opone a esa reglamentación señalando que los legisladores promueven el vicio, la degradación familiar y la concupiscencia. Respecto de la crítica social manifestada por Gamboa no hay demasiadas alusiones. (Cánovas:2003)
4 Se señala que se presenta aquí el capítulo 2 “Placeres monstruosos en cuerpos que transgreden el orden político y social latinoamericanos” que forma parte de un trabajo de investigación mayor.
5 Ver los textos citados en el anexo.
6

El concepto de tráfico de mujeres no es trabajado en este capítulo pero se puede ver GUY, Donna,

El sexo peligroso: La prostitución legal en Buenos Aires 1875-1955. Sudamericana, Bs. As. 1994.
7 Aquí se utiliza el término “cautiverio” como lo hace la antropóloga Marcela Lagarde la que dice que todas las mujeres están (estamos) dentro de un cautiverio que hay que romper

 

 

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