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L1

TRES RELATOS

CARMEN VÁSCONES

 

 

 

 

 

NENA,  NENILLA Y NENÚ
A mis dos maría eugenia

La nenilla está en el piso, nena la coge, la tira en el rincón de siempre.  Nenú, está atenta, no se le escapa nada, ni la sombra del lobo.  Gatea, trepa, coge lo codiciado.  Se baja tal cual subió, retrocede el paso, va de nuevo, un pie, otro, la silla es baja, parece alpinista o malabarista en el filo de la cuerda,  Esta vez no hay golpe.  Se apoltrona en las baldosas nítidas.  Coge a la muñeca, la mira toda, le alza el vestido, como que no encuentra, baja falda. La mueve de un lado a otro, ni un alarido. La para de cabeza, los pelos de hilos cuelgan, se agacha hasta tocar con la coronilla el no poder del misterio, hace huuuuu, otra vez, huuuuuu, silencio total.

La traposa no responde.  La tira, gatea como alejándose. Bruscamente  aparece la nena, la mira intensamente, -¡otra vez!- dice, coge a la hija, que se pone a berrinchar, hora de sopa, no hay quien acampe el grito,  Te callas o…
Nenú, es una zamba divina, apenas habla.  La madre se descontrola, la lleva al espejo, le dice, mira esa cara, se calma, toca el vidrio, es observada, quiere comérselo, lo babea, y hace huuuuu, huuuuu, las dos se ríen.  Señala a nenilla, la madre la coge, y retornan al testigo del juego, la niña hace que muñeca se mire, pide que la madre le dé un beso, se lo da, la pequeña mira, ahora ella, se lo da a las dos.

La nena, nenilla y nenú se transforman en el tiempo.

La nena recuerda que juega a la nada, sus manos atrapan los trucos del silencio.  Hace del silabario un rosario de dibujos. Cuenta que fue.  Encarama la memoria al cielo, acerca a Dios al patio de su corazón.  Reza y encomienda su miedo a la incógnita de la vida porque de la muerte no quiere saber. Ni la nombra.

Nenú enseña al niño a conocer la cercanía del sonido.  Hace con la boca un pucho de agujero, sopla hasta dejar que la burbuja se aleje en la imaginación, el aprendiz deja que la raya de su boca se convierta en un redondel, sale el cero, deja ver una ausencia,  sale una a acariciadora, no la toca, la mira  esta vez, antes la ignoraba, el  ganchito parece una lengua minúscula llamando la atención al uno mismo, mismo no es ¿qué será?, todo desapercibido los ojos miran la nada, hace gestos de círculos, la línea se tuerce, se quiebra la regla, la estridencia le hace poner rejas al  espacio, la boca se pega, retuerce los dedos, el cuerpo parece un péndulo de aquí para allá. Está sentado en el vacío del ser.

Ella le cuenta del gato que ata en un garabato.  Él observa.  Nenú, une dos círculos, como que fueran dos cabezas vacías, le dice cabeza y cuerpo, dos pedazos de triángulos  encima de la cabeza, ¿sabes?, son orejas, claro que las conoces,  ahora bigotes, continúa sin hablar. Sigue  la joven, coge un carboncillo hace unos pelos largos, cuatro exactamente, los ojos están cerrados le dice, dos puntos y punto, ¿y la nariz? una motita chiquitita, con dos huequitos, para que pueda respirar,  los gatos no tienen ombligo, ¿has visto el tuyo? Cuando puedas míratelo, el chico como que no está, faltan manos y patas, las hago con plastilina, porque es un gato gordo, de color café, hace una pata, va la otra, son cuatro, me quedan dos, amasa, rueda sus dedos por el piso, salen un fideo gordo, lo corta en dos, ya las tiene, una aquí, otra allá. Me estaba olvidando de las uñas, hago, cuántas, suficiente tres en cada patica, cortas, para que no rasguñen.

¿Y el rabo? ¿dónde está? ¿buscamos con qué hacerlo? ¿lo delineamos, lo pintamos o lo dejamos cómo? Supongamos que no quiere que se lo cojamos porque le duele y no es un juguete, además, se erizaría como un puerco espín, ¿conoces este animal? La próxima te lo enseño y lo dibujaremos.  Dejemos así, gato con la cola escondida entre las garras de sus pezuñas con uñas,  para que no se lo encuentren ni se lo agarren.  ¿Has escuchado como hace? Mmmiiiiiaaaauuuuu, otra vez  mmmmiiiiaaaaaaauuuuu. Como que se emociona con esta ocurrencia, sus labios se movieron ligeramente, un poquitín, la abrió, la puntita deja notar, la deja un rato ahí, la mueve cortamente, la muerde sin hacerse daño, no, sólo fue un intento, un avance dentro de su isla emocional, está lejos de la orilla.

El vaivén de la compañía flota como una boya que se acerca, que se va, que regresa.  ¡Ya casi la agarro!  Se pierde de la mirada. Algo está ahí, algo no.  Al gato no le gusta por nada ni que le tanteen ni le tironeen el rabo, peor, eso de que lo cojan como soga de jugar y den vuelta con él hasta caer desmayados de mareo. Te huye, basta una vez, se espanta si te ve, se meterá donde nadie lo encuentre. Ni el queso ni el chillido del ratón le llamarán la atención por un rato.  Eso sí, si lo mimas, te ronronea, te da pequeños cabezazos de aceptación, se te cruza en el camino, si estás sentado, se te sube  se te pega con su calorcito, y se duerme en tu regazo.

Listo.  Qué le falta, ¡ah!, un collar con un cascabel, si se pierde, sonará a la distancia, así sé por dónde anda.  Está solo, lo vamos a acompañar, toma esta plastilina, y esta para mí, ahora nos hacemos, él tiene hecha una pelota la masa de color blanco,  ella coge la negra. La empuja como bolita, demora, pero algo rueda, eso le atrae la atención, su mano echa un puñete, aprieta, luego la abre, y la suelta.  Está la masa aplastada, pegada a la palma de su mano, la mueve bruscamente, y la alza, hasta llevarla al papel, y da cómo una cachetada en la página, se pega, queda una mancha blancuzca. ¡Ya!, ese eres tú, ahora falto yo, y hace lo mismo que él hizo, da un planchazo en el papel, y sale una mancha negruzca. Parecen dos sombras a contra luz, una sosteniendo a la otra.   Gato, ya no está solo.  Ni tú ni yo.

Nenilla está en el recuerdo.  En la realidad otra niña la carga en sus brazos.

La vida es un cruce de acciones. Un momento para detenerse. Afuera de ti y dentro de mí hay otro que no sabe, hay un ciego que habla, hay un mudo ciego, hay un sordo que ve, y entre los tres hay un movimiento que quiere decir algo.  Ciego, sordo y mudo es una mente vacía que toca la melodía del cuerpo.  ¿Quién está calmo para reconocer la parábola de la vida incompleta?

El sordo dibuja la luna, emite un sonido redondo, el ciego describe la luna que imagina, el mudo y ciego, dibuja la luna que escucha.

La Nena cuenta un cuento de la nenilla a nenú.

Nenú escribe el cuento. La nenilla habla en un papel.

Las tres son personajes  para el niño que hace un gato que le acompañan dos sombras, una clara y otra oscura.
Todos son ahora parte de una historia para quien quiera leerla y después contarla, si quiere.

 

 

VICTORIA DEJÓ DE JUGAR

Nadie nunca  se preguntó desde cuando Victoria dejó de jugar, perdió el encanto por el vale, la quemada, la reina coja, la ronda, casi todo.  Qué hacía, qué pensaba, qué soñaba, tan difícil era sacarle una palabra. 

Era una niña que cumplía con los deberes, no pegaba, no peleaba, no protestaba, su silencio se parecía al de las mariposas, su andar al venado cuando se defiende del cazador, su risa al gorjeo de millones de pájaros revoloteando en un cielo hermoso.

Victoria fue creciendo, parecía un hermoso cisne, tenía piernas bellas, sus ojos parecían pechiches enterrados en cristales, su boca una frutita tierna.  Toda ella una esperanza bañándose  en río Guayas. 

Siempre fue solitaria, no sabían fácilmente de sus pasos,  hacían comentarios sus allegados, no la comprendían.  Algunos hombres la miraban con pasión y rabia contenida entre sus muslos duermevelas añorando la incertidumbre de ella. 

Ahora una mujer alejándose de la adolescencia. 

Parece una orquídea violeta danzando la noche del Ícaro.

Un día la seguí a distancia, vi como ella anotaba, borroneaba una fecha en el espejo, volvía a ponerla, nuevamente la desvanecía con sus dedos, sus manos estaban rojas de lápiz labial.

Me hice su amiga. Su confidente. Ella necesitaba confiar. La visitaba los fines de semana, podía entrar sin anunciarme, como no quise interrumpirla, me acerqué poco a poco, me senté a su lado, la contemplé como borrego perdido en el páramo.

Pude leer en su mirar la sensación del malestar no expulsado. De un cajón de la cómoda sacó su diario, se pone a escribir como pendiente de un suceso, como tratando que no se escape la visualización de la memoria, como desentrañando el silencio del cuerpo y de la letra.

 “Desde aquel día tuve miedo de crecer, el mundo de los adultos me parecía espantoso, dejé de confiar, dejé de recordar la divagación cubierta de juegos con otros niños, mi regla de infancia se volcó sobre las quimeras, dios se derrumbó en mí, él que todo lo puede no supo hacer nada por mis siete años.

El guardián del respeto, del orden y control, de la falta, faltó precisamente a mi intimidad, sobre todo violó mi sueño de niña.  Su seducción no llegó más allá, porque mis hermanos me descubrieron a tiempo, habíamos estado jugando a las escondidas, me había escabullido. Una boca cerrada es una prisión del tiempo incontenible. Repugnancia y asco.  Vomita en el papel el silencio en la punta de la lengua.

Salí del club, estaba tras la puerta, ahí apareció ese hombre, que me cogió, no sé qué cosas quiso hacerme, estaba paralizada, no podía articular ningún sonido, si había alguna palabra en mis pensamientos estaban atoradas como mano de estrangulador, atragantada la voz ante el espeluznante rato, ni el grito rompía mis cuerda vocales. Estaba paralizada y sin algún gesto o movimiento para despegar, era como la lentitud, una sensación de moribunda sin aliento.  La respiración tardaba en llegar.  Miraba y me veía como en una película sin sonido.

El tipo se dispuso a bajar las escaleras conmigo en sus brazos, no podía hacer nada. Estaba como estatua tullida en mi mundo sin respuesta. De pronto se abre la puerta, como no había ningún rastro mío dentro de la sala de juego, ellos rápido se pusieron de acuerdo, que el único lugar que no habían revisado era donde me encontraron, descubrieron a tiempo mi escondida, ya estaban cansados de buscarme, iban a empezar otro juego si  esta vez no me encontraban. 

Eso fue suficiente.

La escena quedó en el principio de la razón insuficiente, del horror provocado por la edad madura de un sujeto que tenía  una única tarea, la de velar por la seguridad del llamado bien.

Luego nos miramos, dejó su cuadernillo sobre la cama, me dio la mano y salimos a caminar.

 

 

 

ALE Y LA IMAGINACIÓN
para Alejandra Álvarez Ortega

La niña me habla de sus  miedos, se los devuelvo como rompiendo el eco a su inquietud.  ¿Acaso, a quién tienes miedo es a ti? Me lanza rápidamente su infantil y aguda voz, -no, es a mi imaginación-

¿Por qué?

-En el fondo de mi cerebro hay algo oculto que no deja-

¿Qué?

-un fantasma-

¿Puedes describirlo?

-se parece a mí, pero sé que no soy-.

Despaciosamente aparece su madre como queriendo no interrumpirnos, Ale le hace señas que se acerque.  Ella, se sienta al borde de la cama, le coge tiernamente la manito y le da un beso en la mejilla. 

Salimos.

La pequeña se acurruca bajo la frazada, apretuja su muñeco, se da una vueltita como dando la espalda a todo. De a poquito a poco quedose quieta. Tranquila, como tanteando en su memoria con los ojos cerrados a que no haya nada que la vaya a despertar.

 

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