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L1

DE LA TELEPATÍA
Y LAS OTRAS IMITACIONES


ABDÓN UBIDIA *

 

Entonces yo tenía una novia de infancia. Se llamaba Susi. Era flaca y pecosa. La conquisté con la única gracia que sabía: imitar a los animales. Fue durante unas vacaciones, en ese pueblo seco. Lo de novios, es un decir. Ni ella ni yo lo supimos nunca. Estábamos siempre juntos. Eso. A veces solos. A veces formando parte de las jorgas de niños y niñas. Íbamos y veníamos por los caminos de arena clara, las quebradas de tierra colorada y los esporádicos bosques de eucaliptos. O metidos en el grupo que se juntaba, en la mañana, para bajar a la piscina. O, en la tarde, para explorar los alrededores del pueblo. O, en la noche, para cantar en torno a una fogata, capturar luciérnagas y ver el cielo estrellado.

Había un niño que tocaba el acordeón. Otro que recitaba. Otro famoso por sus trampas para cazar torcazas, tórtolas y tucurpillas, todas aves de la misma familia pero de tamaños diferentes. Y había también un niño que nadaba como un pez. Yo no sabía hacer nada de eso. Tampoco nadar. Cuando me tiré desde el tablón me sacaron del agua medio muerto.

Y eso de imitar a los animales no atraía a nadie. Incluso papá y mamá se pusieron una vez en aprietos cuando me dio por contestar, con relinchos, a las preguntas de alguna de las tías.

--¿En qué grado estás, chiquito?

Y yo relinchaba.

--¿Cuándo aprendiste a relinchar?

Y yo relinchaba.

--¿Te gustan mucho los caballos?

Y yo relinchaba.

--Basta, hijo, no sea majadero —dijeron a una voz mis padres.

Pero yo, entre puchero y puchero, no dejaba de relinchar.

En otras ocasiones, ladraba o maullaba. Y, según creía, mi obra maestra era balar. En eso lograba confundir hasta a las mismas ovejas. ¿Dije que mi pobre atributo cautivó a Susi? Ella también era una niña distinta de las demás. En vez de jugar a la macateta o a la rayuela, prefería treparse a los árboles conmigo.

Yo solía llamarla, desde la cerca de tela metálica, medio oculto entre las matas de supirrosas y cucardas, con tres graznidos.

--Anda, Susi, el pato te busca —decía su mamá.

Y yo me sentía muy humillado al ser descubierto así.

En los luminosos atardeceres de aquel verano polvoriento, la encontraba en la puerta de su pequeña quinta y nos íbamos a caminar por el pueblo. Casitas iguales. Calles de tierra reseca. Pencos de un verdeazul acerado. Ásperas higuerillas. Ramas solitarias cargadas de alcaparras. Hornos de cal.

Hornos de pan. El parque también reseco. La iglesia con el Cristo milagroso. Las gentes del pueblo y sus compañías inevitables: un niño descalzo, un atado de leña, una vaca, un burro con costales de cal viva.

Creo que era la felicidad: el cielo azul, los ventarrones que agitaban los árboles, las mismas vacaciones, y Susi que caminaba a mi lado contándome cosas acerca de sus padres, de sus amigas, de su vida en esa ciudad del interior del país que solo muchos años más tarde yo conocería.

Siempre sentado en el portal, estaba el Profesor, como le decían todos. Paralítico, viejo, apergaminado y seco como el mismo paisaje del pueblo. Y dispuesto a repetir a quien tuviese cerca, el eterno discurso: que ese clima era excelente para el reumatismo, que “las aguas salutíferas”, ricas en hierro y otros minerales, que las minas de cal, que los posibles yacimientos de carbón de piedra, etc. Y parecía que tanto palabrerío no era, para el viejo, sino un modo de convencerse de que no había perdido su vida allí, en vano, en el último lugar del mundo.

La piscina estaba junto al río, al fondo de un encañonado imponente. Y uno podía ver, en esos acantilados o farallones fantásticos, todas las edades de la tierra. Franjas de cal, de arena, cangahua, de tierra azul, o tierra rosada. Allá arriba, muy arriba de las altas paredes de la montaña, asomaban magras chilcas y algarrobos alargados por el viento. Cien metros abajo, en cambio, proliferaba el verde. Y, en medio del río, entre las piedras redondas, apenas cubiertas por las aguas amarillas, había, de trecho en trecho, negros, enormes, algunos trozos de lignito, corroídos por el tiempo. Según el Profesor, eran las muestras irrefutables de que en la región abundaban yacimientos de carbón mineral, destinados a cambiar, en el “promisorio futuro”, el destino del país. “Salutífero” y “promisorio”, eran sus palabras claves. Entre otras más raras aún.

Un día, Susi le contó lo de mis habilidades de imitador.

--A ver, niño, empiece a actuar —me dijo, sin sonreír, porque nunca sonreía.

Y yo me esmeré con mis imitaciones. Susi aprobaba con risitas nerviosas, cada gruñido, canto o maullido míos, mientras el Profesor, grave y atento me escuchaba en silencio.

Cuando acabé mi repertorio, comentó:

--Lo felicito, niño. Tiene usted un brillante porvenir como imitador de animales.

Y calló. Tenía los labios salidos y apretados, y los ojos fijos en un punto imaginario. Meditaba.

--Pero hay un ave cuyo canto no podrá imitar.

--Él puede imitar a toda el Arca de Noé —protestó Susi.

Entonces el Profesor dijo un nombre que ya no recuerdo.

--Es un ave que vive en las grutas y que solo sale de noche —añadió—. Su canto es distinto del de las otras aves. No tiene voz. Solo canta con el pensamiento. Su canto es telepático. Un mesié que vino al pueblo, hace treinta años, me lo dijo. Se llevó a su tierra algunas parejas para estudiarlas bien. Dijo que me iba a escribir contándome los resultados de su investigación pero nunca lo hizo.

La voz del Profesor sonaba cansada y vacilante, como si tratara de recordar algo muy lejano.

--La gente del pueblo —suspiró—, dice que ese canto solo lo escuchan los enamorados. Si es así yo solo creí oírlo una vez. Pero hace siglos. Nunca más. Nunca más.

El Profesor hizo un ademán que bien podía servir para apartar una mosca o un mal recuerdo y volvió a su explicación.

--Yo creo que es un ave antediluviana. Ésta es una región que habitaron dinosaurios y mamuts. Todos lo dicen. Hace tiempos encontraron el esqueleto intacto de un mamut. Pero igual, si no lo dijeran o no hubiesen encontrado al mamut, cualquiera ve que aquí debe de haberse iniciado el universo: estos volcanes, estas aguas minerales, todo el hierro, el carbón, la cal, la piedra, los paisajes abruptos, lo dicen. Y hasta las mismas noches estrelladas, tan puras que uno puede ver todo el firmamento aquí reunido. Por eso digo que se trata de un ave antediluviana. Porque esos animales no tenían voz. Se llamaban telepáticamente. Tenían, en el cerebro, una glándula para eso. Nosotros también la tenemos, pero ya muy atrofiada y torpe y solo a veces logramos usarla. Los científicos, en lugar de hacer bombas atómicas, deberían encontrar la manera de reanimarla.

Cuando nos despedimos del Profesor, Susi y yo fuimos a la piscina y les contamos a los otros niños la existencia del extraño pájaro.

En la mañana siguiente, la expedición a las grutas estaba armada. Alguien llevaba una lámpara petromax, otro una linterna, otro una escopeta de aire comprimido, otro una red para cazar mariposas.

Fue un fiasco. Las grutas no eran muy profundas o se estrechaban pronto y allí no había nada más que murciélagos y unos cuantos helechos a la entrada. Dos niños capturaron un murciélago y lo llevaron hasta el vestidor de la piscina. Lo crucificaron en la puerta de madera y le pusieron un cigarrillo encendido en el hocico para que fumara.

Los otros niños celebraron la ocurrencia y entre bromas y risas se burlaron también, de paso, de Susi y de mí.

Solo una niña regordeta, cuyo nombre tampoco recuerdo, con los ojos llenos de lágrimas, nos espetó con voz angustiada:

--Ahí está el pájaro telepático de ustedes, malvados.

Ese episodio nos unió aún más. Y en el crepúsculo de aquel día, Susi y yo volvimos a las grutas. Entonces vimos salir de ellas una bandada de extraños pájaros silenciosos, grandes, veloces, negros contra el cielo de color naranja.

--El Profesor nunca miente —dijo Susi—. Pero no debemos contarle a nadie nuestra comprobación —añadió.

Así empezaron los secretos.

Uno de esos era el de treparnos a las copas de un par de árboles gemelos que habían crecido en medio de un llano desierto. Eran muy altos y se balanceaban con suaves ritmos. Las copas se alejaban y juntaban con los bruscos cambios de los ventarrones. Y nosotros, allá arriba, creíamos cabalgar en los grandes reptiles de las peroratas del Profesor. Llevábamos piedrecillas del río y semillas de eucaliptos y capulíes, y las dejábamos caer para verlas empequeñecerse y desaparecer antes de que llegaran al suelo.

También conversábamos en aquellas alturas, con fragmentos de frases medio perdidas entre el ruido del viento y de las hojas, mientras las copas de nuestros árboles se acercaban y alejaban.

Así le conté a Susi que yo había ido a ese pueblo por pura casualidad. Primero porque le habían recetado a la abuela aquel clima para su reumatismo y, luego, porque mi mamá estaba en la clínica, allá en mi ciudad, muy enferma, y papá no podía dejarla sola. De lo contrario nos hubiésemos ido, como siempre, a la playa.

Allí también Susi me preguntó un día:

--¿Sabes el gran secreto?

--¿Cuál?

--El secreto de la vida.

--Nunca lo oí.

--Esta tarde te lo enseño —dijo.

Nos juntamos luego del almuerzo. Y fuimos al río. Avanzamos por una orilla, recogiendo, de paso, helechos y florecitas azules y amarillas. A veces yo le regalaba guijarros redondos y ella los guardaba en el monedero rosado que siempre llevaba consigo. Y proseguíamos el camino. En un momento, encontramos un pequeño vado. Había abundantes aglomeraciones de un óxido muy oscuro y algo aceitoso. Ella dijo que servía para las picaduras de mosquitos y añadió que no faltaba mucho para llegar. El sendero empezó a estrecharse. Había poco espacio entre el río y la húmeda ladera cubierta de arbustos. Tuvimos que quitarnos los zapatos. Yo me arremangué el pantalón cuanto pude y ella se recogió la falda por detrás, sosteniéndola por delante, como hacían las lavanderas de la parte ancha del río.

Tenía las pantorrillas mucho más doradas que los pies y los muslos. Se lo dije. Ella se rió y comentó que eso nos pasaba por no ir con más frecuencia a la piscina. El agua nos llegaba hasta las rodillas y, a veces, más. Sentía la arena y las piedras del fondo escurriéndose, entre los diminutos remolinos. Luego el río dobló en un recodo. Allí se abría una pequeña playa rodeada de grandes chilcas, arbustos densos y algunos sigses. Al fondo había un pequeño salto de agua.

--Es aquí —dijo Susi—. Ahora tenemos que escondernos y esperar.

Él era quizá menor que ella. Luego de besarse, se desnudaron y bañaron en el salto de agua. Luego fueron a la hierba y empezaron a hacer aquello que yo no había visto nunca ni tenía idea de que se hiciera.

--Vamos ya —dijo Susi.

Yo —por cierto— no quería moverme de mi escondite.

Entonces Susi no pudo contenerse la risa. Aterrada, la pareja huyó por un lado y nosotros por otro.

Ya en el pueblo, sentados en una de las bancas de piedra del parque, Susi me explicó lo que, a su vez, le había explicado su hermana mayor.

--Pero de lo que vimos, no le dices ni una palabra a nadie. Ése es otro gran secreto —me advirtió.

La escuché entre intrigado y algo molesto. Ella tenía los mismos diez años que yo y también pasaba al quinto grado.

Pero sabía muchas cosas más y, frente a ellas, mis imitaciones me parecieron tonterías inútiles.

--Nunca más volveré a imitar a los animales —le dije.

--¿Por qué? —me preguntó y yo creí ver en su carita pecosa algo como un reclamo y una contrariedad. No supe qué decirle y ella pronto lo olvidó.

--Mañana nos vamos en bicicleta a las ruinas de los Incas —dijo—, te las voy a enseñar. Y pasado mañana, iremos a caballo al cráter del volcán.

Pero no hubo ruinas incas ni cráter del volcán. Porque esa misma noche, llegó papá de la ciudad. Mamá había empeorado y la iban a operar. Venía a llevarme a donde ella. Mamá se lo había pedido. Partiríamos al amanecer.
Jamás vi una cara tan triste como la de mi padre, en esa noche. Era la cara misma de la desolación. La abuela trataba de consolarlo y le hablaba de Dios y del Cristo milagroso y de los santos del cielo. Pero ella lucía tan triste como él.

Ya muy entrada la noche, y como no teníamos sueño, papá me propuso caminar un rato por el pueblo. A esa hora, ya todos dormían y la única luz que había era la de las estrellas, un resplandor plateado que apenas dibujaba los contornos de los caminos y de las casas del pueblo.

Entonces papá, mientras caminábamos, me habló de los astros y de las constelaciones. De su infinito número y de sus infinitas distancias. De los años luz y de nuestra pequeñez. Era su tema. Distinguió a Orión y a la Osa mayor. A Venus y a Mercurio.

--Entre esos millones de millones de estrellas y planetas debe de haber alguno similar al nuestro. Pero, de seguro, que estarán más adelantados que nosotros y ya habrán descubierto la vida eterna.
Calló con un suspiro. Y caminamos un buen rato en silencio oyendo el rumor del viento entre los árboles y, de vez en cuando, el canto de las lechuzas.

--A Marte —comentó de pronto— se lo reconoce por su color rojo. Y a Venus por su brillo.

Pero yo no alcanzaba a ver nada de aquello. Ni Marte ni Venus. Ni la vía láctea, ni las otras galaxias lejanas, ni el negro, profundo, infinito cielo, constelado de estrellas que acaso ya no existían sino en su remoto fulgor.

Tenía los ojos llenos de lágrimas y apenas si lograba adivinar algo del camino.

Pero no lloraba por mamá. Estaba seguro de que iba a salir bien de la operación, como en efecto ocurrió, porque no era justo que a ella le pasara nada malo. Lloraba por Susi. Nunca más la iba a ver. Eso también lo sabía. Y no tenía modo de decírselo. Ni de despedirme de ella.

No sé cómo me calmé y logré que papá me siguiera y tomara mi camino de siempre. Yo tenía una idea fija en la cabeza. Así fue cómo nos acercamos a la casa de Susi. Entonces empecé a llamarla con el pensamiento, tratando de imitar aquel eco que creí adivinar mientras los extraños pájaros salían de su gruta, en ese atardecer inolvidable, allá en el río.

Entonces, también, cuando pasamos frente a su casa, pude comprobar que había escuchado el clamor de mi pensamiento y pude verla, asomándose a los cristales de su ventana, apenas iluminada por la luz de las estrellas, y haciéndome ese gesto de adiós que tampoco olvidaré jamás.

Nunca más volví a imitar, de viva voz, a los animales. Y nunca más, a pesar de los años transcurridos, de las idas y venidas de mi caprichoso corazón, tampoco logré imitar ese canto telepático sino un par de veces, solo un par de veces más, en toda mi vida.

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Quiteño, 1944 ( Premio Nacional Eugenio Espejo 2012 por su obra literaria y tres veces merecedor  del Premio Nacional de narrativa ―dos veces José Mejía y una el Joaquín Gallegos Lara), escritor y editor, autor de cuentos y novelas de carácter urbano como Ciudad de invierno (1979); más de 20 ediciones, una argentina), Sueño de lobos (1986), declarada El mejor libro del año, y La Madriguera (2004), seleccionada al premio Rómulo Gallegos, Callada como la muerte (2012); ha escrito también cuentos fantásticos como Divertinventos (1989), El Palacio de los espejos (1996) y La Escala humana (2008) y libros de ensayos como El Cuento popular ecuatoriano (1977), La poesía popular ecuatoriana (1982), Referentes (2000); Lectores, credo y confesiones (2006), Celebración de los libros ( 2007), La Aventura Amorosa (2011) y obras de teatro como Adiós Siglo XX. Quizá sea el autor más editado y traducido de su generación. Algunos relatos y libros suyos han sido vertidos al inglés, francés, portugués, ruso, italiano, griego, etc. Ha escrito numerosos artículos, prólogos, presentaciones y ensayos sobre la literatura ecuatoriana.  Es presidente de Editorial El Conejo de Quito, que ha editado casi un millar de títulos. Ha dictado Conferencias en casi todas las universidades de Ecuador y muchas. En el 2013 presentó en Atenas, la traducción griega de su novela Ciudad de invierno. Errancia agradece a este humano y cordial hombre de letras, el enorme privilegio de compartir con nosotros su escritura.  

 

 

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