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L1

POEMAS DE RENÉE FERRER 1

 

 

EL AURA DEL BOSQUE

El bosque ilumina los ventanucos
desde las sombras fosforescentes de la noche en duelo,
ilumina las compuertas del alma con su aura de fuego;
desde lejos y cerca y casi encima  
los pinos coronados con la diadema de una luz malsana
han protegido su candor bajo el firmamento estrellado,
sumidos en la calma de la faena cumplida.

Ah, la insensata placidez
de las horas nocturnales
que caminan de putillas,
como si nada, en el reloj del oprobio.

Sombras evanescentes se diluyen remontándose
hacia un cielo aterido de distantes luciérnagas
como un pañuelo acongojado que se aleja diciendo adiós,
y en los huecos vacíos
abiertos en los bordes de la partida
una lágrima se ha quedado llorando para siempre
después de la muerte.

Desde los campos dormidos tras las espinas del encierro,
en las barracas desveladas por el cansancio,
ojos desorbitados retienen el resplandor de los árboles
doblegados por la mansedumbre del viento
que se ha puesto a sollozar al descampado.

El eco de los gritos no termina de resonar 
como cascos de corceles desbocados
que dan coces en las sienes de la cita siniestra.
Y entre los troncos de pie
una procesión que no cesa gasta el sendero
con el arrastre de sus plantas
en el territorio de una memoria indeleble.

Caminan como fantasmas
hacia la incógnita sin rostro del futuro
con una piedra de silencio en la garganta,
el incauto silencio de una confianza traicionada  
o el clamor estrangulado del espanto.
Desde el bosque domeñado por la congoja del amanecer
un estertor de llamas, heraldo del desdén,
ilumina las techumbres
frente a un umbral de colmillos relucientes
que aúllan al filo de la luna como perros hambrientos.

Y en la noche que sucede al día y a la noche
y al día y a la noche y al día,
la vida se hace humareda en las fauces de la fragua maldita.

No te quedes con los ojos prendidos
a la imagen de las construcciones abandonadas
en el territorio de la tristeza,
busca tu propio sendero en la savia del árbol de la vida,
en las horquetas donde pernocta el alma en ascenso
y se entibian los nidos en el invierno.

Desde las chimeneas altas como centinelas en desuso,
ellas parten de esta tierra pasajera
hacia la casa del mañana,
ceñidas por los velos de la liberación;
recorren paso a paso, desdicha a redención,
el itinerario asombroso que conduce a Tu encuentro.

 

 

EL TIEMPO QUE SE FUE

De aquellos ojos absortos frente a las velas encendidas,
de aquel mantel bordado con migas de pan ácimo
en las noches del viernes,
solo queda un rescoldo en el fondo de las ojeras,
imponentes cavernas donde se amontonan
los días sonrientes del ayer,
las exiguas pertenencias de un hoy enrarecido,
dobladas dentro de una valija de cartón
con un nombre pintado en letras grandes.

De aquel vestido colgado en la percha de la espera,
sabiendo que él vendría a buscarla para el baile
antes  de las nueve,
de aquel camino de regreso a la casa
por las aceras de la ciudad
donde se desmoronan los besos
en la avidez entreabierta de los labios.
De los besos amparados por el reloj de la torre
a un costado de la plaza  asediada de aromas,
con su gallito cantor y los apóstoles dando vueltas
en pacífica ronda mientras cantan las horas,
solo queda este bosque abandonado de trinos,
y el contorno de los campos de tréboles en flor,
ninguno de cuatro hojas,
la sombra de los pinos
cubierta por la mortaja gris de la barbarie.

Después de aquellas horas
inclinada bajo el círculo de la lámpara devorando palabras,  
mientras los techos se cobijan debajo de las nevadas
y las llamas del hogar iluminan los cuerpos
trenzados sin palabras sobre el piso,
solo queda el canto mutilado tarareando
el silencio irremediable,
las risas desprevenidas del entonces,
antes de conocer la perversa aurora.

 

 

DAME LA MANO

Extiende hasta la mía tu manecita aterida de miedo,
caminemos juntas tal cual llegamos al mundo
el día de nuestro nacimiento,
cuando danzó el corazón de nuestros padres
alrededor de la cuna.

Abandona tus dedos en la tibieza de mi mano
para que yo los cubra de consuelo,
y entra conmigo,
pequeña y dulce flor,
a la antesala de esa vida que nos espera
más allá de la asfixia y del ultraje.

No temas amanecer convertida en velamen
que sube hacia las nubes surcando el infinito,
con las alas de tu alma en días de vendimia.

Camina asida a mí,
como enredadera que se ciñe al ramaje
de los árboles en primavera,
y levanta tu carita triste
para que ellos se miren en tus ojos
tras el insomnio atormentado de sus noches
y, alguna vez, cuando todo termine,
los vean entrar victoriosos al supremo resplandor.

 

 

ANTES DEL AMANECER

Las fauces del viento atormentan el bosque
mancillado de humareda y de silencio.
Más acá de la alambrada,
la noche cubre la techumbre de las barracas
sometidas a la nevisca.

Los ojos de la muerte espían los contornos y las sombras
desde las casetas solitarias con el gatillo presto;
sobre las vías del tren pululan los espectros
con un aire de ausencia,
y en los camastros,
la fiebre tendida sobre la paja seca
agiganta el cráter de la desolación.
En los senderos del bosque sollozan los espectros,

Dónde está la danza de las llamas 
en la salamandra de la sala liberando el espíritu del fuego,
mientras brama el invierno por las calles desiertas;
dónde las mejillas ardientes con la mirada fija
en las estampidas de la ensoñación y el deseo,
el calor tensando la piel de las rodillas,
ahora que tengo las manos congeladas;
dónde el chisporroteo de la alegría
sin la marca oprobiosa en la frente
recorriendo el mercado y las esquinas del gueto.
Por las calles vacías pululan sin rumbo los fantasmas.

Me refugio en los brazos de aquel fuego
que iluminó mi ventana la noche en que te amé,
ahora que estoy inmersa en la oscuridad,
esperando la tenebrosa luz de la mañana.
Y si la muerte no me quiere,
llevaré esta estrella brillando como un tesoro en la frente.

 

 

AQUELLOS  GRITOS

Un tropel de cuchillos se dispara en desbandada,
tajeando la quieta soledad de la tarde.
La taciturna soledad de la tarde sangra sobre el bosque
un estertor de voces sentenciadas.
Desde la herida abierta solloza el aire en calma,
la distancia, la noche, la inconsolable aurora.

Un tropel de cuchillos raja el cansancio de la tarde
con un filo sonoro,
los ojos desquiciados por el asombro de la muerte,
las manos aferrando en otras manos una hilacha de vida.

Con los gritos postreros se atolondra el aleteo
de los pájaros que se alejan, 
y en la temblorosa cercanía del barracón
el taconeo de las botas
resuena como cascos de diablos galopando.
No muy lejos,
en los límites del descampado,
en una postal rebosante de malvones floridos,
habitan los inquilinos del bestiario.

Bajo el techo de las casas requisadas
sonríen los verdugos en torno a la mesa familiar,
acariciando la cabeza de sus iños,
que se despiden correctamente antes de irse a dormir.

La muerte azuza el aleteo de los pájaros
con un tono en clave de terror.
Ya la tarde se ha ido envuelta en humo y frío,
y en la noche constelada
las voces martillean la distancia ,
claveteando en el viento su última oración.

 

 

CEMENTERIO DE PRAGA

Las rosas elevan una declaración de aromas
sin lenguaje de espinas
en el hueco vacío de las tumbas sin nombre.
Con la presencia del colibrí aleteando su señal bendita,
declaman la consagración de la vida
desde la salida del sol hasta el crepúsculo del alba.

Benditos seamos los ausentes,
los que partimos hacia nuevos designios ignorando el camino,
los que tuvimos un lecho de rosas preparado para nosotros
en las laderas del camposanto;
santos son los campos donde florecen las rosas que nos esperan
al borde de los senderos del universo.

Las yacijas se quedaron huérfanas;
nos fuimos antes que se cumplieran las vueltas del tiempo,
sin decir adiós a los que amamos.

Pero las rosas elevan hasta el cielo la celebración de la vida,
desafiando el mandato de la desolación;
esparcen el eco de nuestros nombres
en el aire perfumando la tarde
desde el íntimo santuario de sus pétalos,
corroborando nuestra existencia.

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1 Poemas enviados a Errancia por Renée Ferrer de su más reciente libro, aún sin publicar, “IGNOMINIA” Tras Las Huellas Del Holocausto. Renée Ferrer nació en la ciudad de Asunción, Paraguay. Es poeta, novelista, cuentista, dramaturga Cuenta con una abundante obra  traducida al guarani, francés, inglés, alemán, sueco, rumano, portugués, italiano, albanés, árabe, chino. Ella se ha consolidado como la más prestigiosa escritora de Paraguay, por su relevante obra poética, la cual en el año 2011 la hizo acreedora del “Premio Nacional de Literatura” otorgado por el Honorable Congreso Nacional de la Nación, a su poemario Las moradas del universo, en reconocimiento a su contribución a la Literatura Paraguaya. A nivel  internacional ha sido merecedora de importantes reconocimientos por su obra en prosa y su poesía. Errancia agradece a Renée Ferrer la pasión en su escritura y lo puntual de su temática en una época como la actual en el que los mercaderes, que operan los Mercados, pretender que es posible hacernos olvidar lo que de nuestra historia, y la de los verdugos de nuestra humanidad, es  imposible soslayar o dejar de lado.

 

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