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C5

LA NIÑEZ

PABLO BOYÉ

 

 

 

Una pelota. Un oso.
Un barquito de papel.
Que la lluvia traiga ese olor a chocolatada caliente y la misma película repetida una y otra vez; siempre nueva, siempre diferente.
Los ojos como dos grandes bóvedas que aprisionan cada instante.
Y el mundo, un instante.
Los pies sumergidos en los charcos, en el pasto, en las ciudades de tiza dibujadas sobre el patio. La música, a cada momento, en todas partes.
Dibujar con las palabras a gusto lo que se quiera. Saber que el tiempo no tiene tiempo o por lo menos no ese tiempo indescifrable que marca el reloj de la cocina.
Irse a dormir, sí, pero con el juego de mañana en la punta de los dedos.
Y cada objeto, cada momento, con una historia nueva para narrar.
Y cada cosa, también; cada cosa en su lugar: la cabeza allá, muy lejos, donde nada es de nadie y nada se toca, mientras las manos acarrean el barro de la plaza y el moretón que mañana ya no duele.
Soñar, siempre, ese algo más que hay en todas las cosas y odiar que los gatos, los perros, y hasta esa mariposa, todos, guarden un secreto.
La vida: fulgor de una sonrisa silente.
Y sufrir con el dolor del mundo -porque cada instante es el mundo.
Vivir sin saber que para eso hay que respirar. Un anhelo nuevo cada mañana antes de zambullirse en el día que despunta: sol de primavera o lluvia de verano. Olor a tierra húmeda y a triunfo de la enredadera avanzando por sobre las paredes de la casa.
El otoño y el invierno, aunque arropados y tiernos, siempre un poco tristes. Desventurados.
Nada como el sol y una galleta marinera. Una manguera chispeante. La calidez del pan de la panadería que manda saludos al dar la vuelta por la esquina.
Y llorar cuando los otros lloran. Y hacer reír con la propia risa. Y la espontaneidad de un abrazo que nunca se prolonga demasiado.
Demasiado no existe.
Ya.
Y otro -otro abrazo-, pero en otro lado.
Más cerca.
Acá, un poco más acá, en esta fibra de tiempo y transitar, donde de todo esto algo queda.

 

 

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