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L10

DEVENIR NIÑO:
ANOTACIONES SOBRE LA EXPERIENCIA
DE LO INTEMPESTIVO EN UN CASO
DE “DISCAPACIDAD SEVERA”

OCTAVIO PATIÑO GARCÍA

 

Resumen: Se abordan fragmentos de un caso clínico de discapacidad severa, invitando a pensar la importancia del rasgo unario como inscripción de un porvenir. Se sugiere la experiencia de lo intempestivo como irrupción de un acontecimiento que anuncia el devenir niño, contra los diagnósticos que declaran la muerte del cuerpo. Se interroga si en los casos diagnosticados como “discapacidad severa” es posible pensar la constitución subjetiva remitiéndonos   a la experiencia del estadio del espejo y la identificación.

 

Palabras clave: rasgo unario, identificación, discapacidad severa, intempestivo, devenir niño.

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Daniel no recibía “atención psicológica” desde hacía más de un año, sólo se le daba “orientación” a sus padres por parte de la psicóloga a quien correspondía llevar el caso. Cuando ésta dejó de estar a cargo del proceso de Daniel, llegué a suplirla, entonces lo conocí, él tenía 8 años.

Según las últimas notas del expediente, Daniel era “candidato a no asistir a ningún tipo de escuela”. El diagnóstico médico decía: “Síndrome dismórfico en estudio, probable síndrome de Emmanuel, secuelas de hipoxia perinatal (síndrome de aspiración de meconio, hiperbilirrubinemia), disgenesia cerebral (hipoplasia de cuerpo calloso, polimicrogiria, heterotopias con IRM), cromosomopatía (cariotipo 47 xy mas marcador), luxación congénita de cadera resuelta a tratamiento conservador, micro pene, orquidopexia bilateral por criptorquidia bilateral, epilepsia parcial secundariamente generalizada, sintomática en control clínico farmacológico, comunicación interauricular (cateterismo fallido), rasgos autistas, déficit cognitivo a determinar, enfermedad por reflujo gastroesofágico + hernia hiatal, gastritis, retraso de lenguaje mixto, otitis media serosa bilateral, desnutrición de moderada a severa, lesión de plexo braquial derecho por electromiografía con lesión de cordón posterior en remisión, deficiencia de IgA.” Diagnóstico múltiple de “discapacidad severa” que determinaba la casi imposibilidad de construir un provenir en Daniel a no ser de su sola ligazón como apéndice atrofiado de los padres, al  que tendrían que soportar hasta donde se pudiera. 

La primera vez que lo recibí en consulta fue llevado casi arrastrado por su madre. Reacio al contacto de cualquier índole, retiraba sus manos; las alejaba de toda posibilidad de acercamiento, permanecía en huida. Mostraba estereotipias de las que se decía “no había nada que hacer”. Difícilmente fijaba la mirada en el rostro del adulto, más ocurría que dirigía sus ojos a sus propios pies, se jalaba los pants y procuraba una posición de sentado, con las piernas dobladas al estilo de la meditación de yoga, posición que efectuaba frecuentemente, sobre todo en las sillas al interior del consultorio. Cuando llegaba a mirar, sus ojos eran penetrantes, como punzones; y realizaba a la par muecas parecidas a las de un rostro atormentado. Daniel era perturbador para su familia y para algunos miembros del equipo médico y terapéutico, realizaba una especie de aullidos, gritos que a su madre le causaban pena, también hacía muecas, que hasta ese momento no eran pensadas más que como movimientos involuntarios, muertos, sin sentido;  decía su madre, “me dijeron que eso era involuntario”, entonces Daniel para su familia no mostraba sonrisas, Daniel, por lo tanto, no jugaba; para ellos, sólo estereotipaba.

Daniel era en extremo delgado, un chico de piel muy blanca, la saliva le escurría por las comisuras de la boca, mojándole el pecho y dejando algunos charcos entre sus pies. La madre me comentó aquella primera vez refiriéndose a él:“¿es necesario que venga? No sé si usted necesite verlo, de todos modos no hace nada, esto que ve es lo que es”. “Esto que ve, es lo que es”, “esto” una expresión remitida a lo extraño, a lo ominoso, un objeto que “es lo que es”. Objeto que se traduce en constatación de ser-este-objeto, petrificación en la mirada que no libidiniza, que sólo “ve lo que ve”. Daniel es capturado por una mirada que lo arrincona en un lugar de objeto, “es lo que es”, petrificación del organismo, la carne grave que está enferma.

La madre cercó a Daniel en la coagulación de lo meramente orgánico, haciendo serie con los diagnósticos médicos, lo mostraba como la carne viviente que “era lo que era”, como el sólo fluir de intensidades tendientes a la abolición, flujos de una carne enferma destinada a la muerte, negada para la vida. Había en la madre un tono lacónico, plano; un apresuramiento respiratorio; un “no querer estar ahí”. “Se lo dejo”, dijo; lo sentó en la silla y salió,  me quedé a solas con él.

Daniel subió sus piernas, las cruzó, y comenzó a jalarse el pants, dando una especie de pellizcos a la tela, sus dedos semejaban unas pinzas, jalaba y  soltaba. Mientras lo hacía, permanecía agachado. Le hablé por su nombre, pero ni se inmutó, su movimientos eran repetitivos, se tocaba los pies, se arremangaba el pants, lo tomaba con los dedos en pinza. Me acerqué a tocarle la mano, la retiró inmediatamente. “Daniel”, le decía yo, “Daniel”, para llenar el silencio que su huida dejaba y que me provocaba incertidumbre. Un sentimiento de aislamiento me angustiaba. Entonces  hablé a sus manos “hola manos, hola, ¿qué están haciendo?”  Le hablé a sus pies, “¡pies de Daniel¡, ¡pies de Daniel¡, ¡hola¡,”. Llevé mis manos a hacer lo mismo que él, me senté frente suyo similarmente y jalé mis pantalones,  luego jalé los de él de la misma manera como él lo hacía; Daniel quitaba sus manos.  Advertí que ese era un modo posible de atravesar la huida, de darme ahí en el construir del lazo transferencial,  hallarme en el trayecto que él procuraba con alguna cosa del mundo, aun así siendo sus pies y manos, cosas del mundo, tendría yo que arreglármelas para acercarme a ellos, entrometerme en la inercia de ese goce primordial de órgano revolcado en la repetición.

El cuerpo real como cero, el cero-órgano, ser-órgano, la carne grave no parecía transitar a un mínimo de imaginarización, atisbar un rasgo de juego, pero sobre todo, no poder ligar sus miembros en función dado que la imagen corporal no está aún constituida. Recordemos con Lacan que la imagen se constituye en la experiencia del espejo, por identificación. Es el suceso en que el “infans”, se anticipa desde su insuficiencia, para jubilosamente situarse en el marco formativo de la mirada del Otro, mera exterioridad, que le conforma en su devenir precipitado.…el estadio del espejo es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación; y que para el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se sucederán desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad, y a la armadura por fin asumida de una identidad enajenante, que va a marcar con su estructura rígida todo su desarrollo mental..1

La precipitación de la insuficiencia a la anticipación ocurre en un armado ficcional que produce el Otro, una ortopedia, una prótesis que coagula la imagen, pero que es fundamental como constitutiva de la subjetividad. Trayecto de la imagen fragmentada del cuerpo, o mejor dicho, de la experiencia de la fragmentación, a la imaginarización de ligaduras.

Sin embargo esto no es sin la introducción del rasgo unario. El rasgo unario es de antes del sujeto, “en el principio fue el verbo”, esto quiere decir, en el principio fue el rasgo unario(…) singularidad del rasgo: esto es lo que hacemos entrar en lo real, lo quiera éste o no 2. Y quiera o no lo real de cuerpo, rasgo que atraviesa la carne afirmándose en ella desde la exterioridad que le confirma el Otro a partir de su carencia. Hacerlo entrar en lo real de la carne, in-corporarlo. Sin embargo ¿cómo pensar el ingreso del rasgo unario en lo orgánico cuando hay un daño en lo real? ¿Cómo comenzar a contar para otro si aún no hay Uno que posibilite el dos, el tres, la diferenciación de  no ser lo otro? El momento de Daniel estaba en el cero de su carne, de su biología trastocada en lo real y sentenciada a muerte ya por el diagnóstico que no hacía contar a Daniel para un devenir niño.

Durante varias sesiones que siguieron después de esa primera, llevaba a cabo yo intervenciones similares, pero casi siempre a partir de lo que Daniel realizaba, intentaba arrancarle algo parecido a una demanda. Invertí la demanda, una inversión, una versión distinta para posibilitar alguna variación, una ruptura, un pliegue, un resplandor posible ante la inercia del goce primordial. Introducir algo del orden del significante, un rasgo. Pero obtener un cuerpo por la incorporación del lenguaje se paga a un precio alto pues esta operación negativiza el goce primero, goce original y “real”, goce que suponemos reino sin límites en el “cuerpo-organismo” de antes del lenguaje.3 El trabajo clínico con Daniel, no sería sin angustia…

Daniel continuaba jalándose las mangas de los pants, mojándose el pecho con la saliva que le escurría de la boca, encharcando el suelo bajo suyo, balanceándose hacia sus costados con sus piernas recogidas sobre la silla, dándose golpes con la mano en la boca, haciendo muecas…

En alguna de las sesiones posteriores, comencé a balancearme con él, me vi llevado con su movimiento a pensar “construyamos un ritmo”, una melodía; en suma, ¡faltaba música! 4 Tararee una canción que surgió de no sé donde, intempestivamente me sorprendió el estar cantando y meciéndome con él dentro de una melodía que tenía su nombre: “Daniel quiere bailar ahí, Daniel canta lalala, ¿dónde está Daniel?, ¿dónde está Daniel?”  En ese momento Daniel hizo un cambio en su modo de mirar, me miró distinto, hizo una mueca que advertí sonrisa, y seguí la canción, ahora cantando “Daniel me mira, Daniel ríe, ah,ah,ah…ah,ah,ahhhh”, volvió a hacer la mueca, que entonces yo le demandé como “dame tu sonrisa”, “sonríe Daniel, sonríe Daniel, ah,ah,ah,ah,ah,ah”, comenzó a moverse con mayor intensidad mientras me miraba; se asomaba el gesto de mirar, de sonreír, de bailar. La escena se había construido para alojar los gestos por venir.5 Esto no ocurrió en una sola sesión, sino en lapsos de tiempo variables al fluir de las  sesiones, en tiempos que pueden llamarse con Lacan, lógicos. Le decía a Daniel cuando lo recibía en la puerta, “¡Hola Daniel, vamos a jugar otra vez!” o “¡Vamos a cantar, a bailar¡”, etc. Él se dirigía hacia la silla mientras yo lo sostenía de su mano, apoyándolo a caminar.

Llegó el momento que cuando él llegaba me extendía la mano y se impulsaba al consultorio. Ahí advertí más claramente una demanda, me estaba convirtiendo en alguien que existía para él. Un día se me ocurrió poner música en una grabadora de juguete que traía melodías integradas y continué el juego, Daniel repentinamente extendió las manos hacia la grabadora, seguía yo acompañando sus movimientos con canciones, sus movimientos ahora ya hospedados por mí como gestos, como acontecimientos de escritura del cuerpo, escritura en el tiempo del porvenir de lo que sería,  un más allá del cero.  “Daniel quiere la grabadora ah, ah, ah, ah, ha...”, etc. Se la acerqué y la coloqué sobre sus piernas, la tocó, la tomó,  hizo un gesto y la arrojó al piso, la levanté, y la hice funcionar nuevamente, Daniel se movía con la música, bailaba, bailábamos, la volvió a tomar y la arrojó al piso nuevamente, la volví a in-corporar, es decir, la trasladé al plano de su cuerpo mientras le decía, “se ha ido la música, ahora regresa”, comenzó a reír. Cuando él la arrojaba, él gritaba, cuando yo se la regresaba él reía, advertí algo en el orden del  fort-da.6 Recordemos que Freud en “Más allá del principio del placer”, en el juego de su sobrino con el carretel, logró advertir que el juego anunciaba el pasaje del niño por la experiencia de la renuncia a la satisfacción pulsional de la madre, es decir, el juego del fort-da, permitió la aceptación de la partida de la madre. El carretel era jugado como sustituto de la madre, lo que retornaba era la experiencia de la gozosa reaparición de la madre, ahora metaforizada en el (da). Hacerlo desaparecer, alejarlo, para regresarlo implicaba una experiencia afectiva que articulaba la experiencia de construcción subjetiva,  fort-da, se fue - acá está, delineaba la experiencia que Lacan enunciaría como la experiencia con el objeto a. Ahora bien en Daniel el juego se hacía presente, tener el objeto musical, arrojarlo, verlo regresar para bailar, y arrojarlo otra vez. Algo del orden del objeto se hacía presente ahí, algo del orden de la presencia del objeto que no sólo causaba angustia, sino que ahora podía separarse, para poder ser regresado jubilosamente. Daniel gritaba y hacía caer la grabadora, el sonido podía irse y venir, su grito acompañaba la caída, la voz caía con el objeto, y regresaba con la música propiciando baile y sonrisa. Lo intempestivo del gesto de arrojar el objeto anunciaba algo de otra dimensión que estaba enlazado a una cierta demanda en acto. Daniel marcaría un nuevo tiempo de ahí en adelante, otra rítmica, una variabilidad en la intensidad de sus efectuaciones, advertencias de un acontecer, movimientos del armado del espejo.

El rasgo unario como significante musical. Era ese rasgo musical el que Daniel introdujo como fragmento mío, articulado en el juguete musical. Retroactivamente pensé que yo me había hecho existir como Uno para él, que armé la escena para que algo del orden del rasgo unario pudiera atisbarse y en el porvenir  lo hiciera contarse. Ser para otro es una manera de decir hacerse Uno para el otro, Uno que se juega dándose para que el rasgo se pueda inscribir. Lacan en 1961 nos dice …nada es pensable propiamente sin partir de esto que formulo: el uno como tal es el Otro.7

Siendo Otro para armar uno, pero también armaje de uno para inscribir lo Uno del trazo. Guadalupe Trejo, quien realiza un maravilloso trabajo clínico con niños lo escribe de esta manera: Es el Otro con su cuerpo y mirada quien sostendrá al cuerpo y la mirada del que advendrá Uno. 8

Daniel,  podía demandarme la música, separarla de su cuerpo, hacerla venir otra vez, y en la separación la sonrisa era más clara, su mirada miraba, ya era mi rostro un rostro a  ser mirado, un rostro a quien demandar, y su rostro, el de un niño que demandaba jugar.

¿Por qué no habría de pensarse el devenir niño, más allá de la discapacidad, en lo que el psicoanálisis nos ha mostrado como los tiempos para constituirse sujeto? El psicoanálisis puede dar cuenta de cómo la materialidad de la letra se imbrica con la materialidad de lo orgánico en el surgimiento del deseo y la constitución del sujeto que lo implica. Las leyes que rigen esta imbricación –y léase aquí, privilegiadamente, la ley de prohibición del incesto–, cuando el material orgánico viene con alguna falla más o menos importante, no son diferentes a las habituales.9

Quizá habrá que pensar en la materialidad del significante también en su rítmica, en su musicalidad. Lo musical como significante que se introduce como rasgo unario, lo que hace contarse a Daniel como niño del juego, del baile, de la suma de ahí en más.

Continué el trabajo en sesiones individuales, Daniel ahora se dirigía a mi consultorio jalando a su mamá, se soltaba de su mano y me daba las suyas, me miraba el rostro, sonreía, comenzaba a bailar.

Sesiones más adelante lo involucré en un taller con 6 niños más que tenían diagnósticos de igual manera múltiples, pero coincidían por la referencia médica de “rasgos autistas”. Daniel comenzó las sesiones con angustia, advertía la presencia de los otros como amenaza, se retraía en su silla para no ser tocado. En una de las sesiones me buscó parándose de su silla, intencionalmente me dirigí a otra niña del taller y le día la pelota con la que alguna vez jugamos Daniel y yo. Me impresiono la reacción de Daniel, que enfureció y se dirigió a golpear a la niña, quitándole la pelota, luego se sentó y me ignoró cuando me dirigí a él, yo le hablaba y el giraba la cabeza hacia otro lado, miraba a la niña. Recordemos que la rivalidad implica el reconocimiento del espejo como alienación, puesto que hay deseo de separación, ¿o tú o yo?, el niño ya se cuenta como uno distinto a otro que se sitúa como amenaza, además de experimentar la amenaza de una mutilación del objeto amado, in-corporado. Esa niña de la cual hablé hace un momento, quien no es especialmente feroz, se dedicaba muy tranquilamente- en un jardín de la campiña donde se había refugiado, a una edad en que apenas caminaba- a darle en la cabeza con una piedra bien grande a un vecinito compañero de juegos con el cual precisamente, realizaba sus primeras identificaciones. El gesto de Caín, para realizarse del modo más espontáneo, hasta diría del modo más triunfante, no requiere gran culpabilidad. Ella no experimentaba ningún sentimiento de culpa: Yo romper cabeza a Francisco. Lo decía con seguridad y tranquilidad. No por ello le auguro el porvenir de una criminal. Sólo manifestaba la estructura más fundamental del ser humano en el plano imaginario: destruir a quien es la sede de la alienación.10

Advertí que Daniel experimentaba la envidia, la rivalidad, la disputa, que había la agresividad que el espejo producía. La organización pasional de su yo podía atisbarse Esa forma se cristalizará en efecto en la tensión conflictual interna al sujeto, que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro: aquí el concurso primordial se precipita en competencia agresiva; y de ella nace la triada del prójimo, del yo y del objeto.11

Es así como advierto que Daniel está en el proceso de hacerse de las marcas significantes en el proceso subjetivante.  Algo del orden del don se muestra aquí, de la musicalidad significante del involucramiento, que lo toca, transmisión de mi deseo en la libidinización de  los objetos en su trayecto a hacerse juguetes, el despertar de una demanda de juguete y no sólo la repetición mortificante del goce de la cosa. Con Lacan podemos decir que el deseo viene del Otro, mientras que el goce está de lado de la Cosa.12 Daniel puede transitar del goce de la cosa al atisbo de deseo de jugar, y digo atisbo porque es una progresión, está implicado en el tiempo lógico. El rasgo unario trasciende al cero, inscribe su canto en la carne grave, pulsiona al dar la palabra, la musicalidad.  Ellos no se imaginan que las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir, pero que este decir, para que resuene, para que consuene es preciso que ahí el cuerpo sea sensible, y que lo es, es un hecho. Es porque el cuerpo tiene algunos orificios de los que el más importante es la oreja, porque no puede cerrarse, por esa causa responde en el cuerpo lo que llamé la voz”. 13

Lo orgánico es una superficie a escriturar, una gran oreja que no puede cerrarse, abierta a las inscripciones, la inscripción es de palabra, el cuerpo es apalabrado, “te doy mi palabra” justo con su vacío, el agujero, la cavidad que hace la resonancia del eco. Las pulsiones dice Lacan siguiendo a Freud, son nuestros mitos, mitifican lo real, mienten en el sentido de que son el pasaje imposible entre lo real del organismo y el cuerpo escriturado, están apalabradas, y como la palabra, entrañan una imposibilidad, la de su objeto. Por ello mienten sobre lo real, son un montaje.

 

El fulgor, lo intempestivo

Un corte en la inercia, alojar el torbellino del órgano y trazar rutas que devengan demanda no se logra sin crear la escena 14, dispositivo para el espejo, en el plano de las intensidades donde el sujeto pueda devenir, que no sólo emane el cacho de carne agujerada, mala, deformada. La primera castración, la primera pérdida es la del cuerpo, ese que no puede ser  lo que satisface, el velo fálico del cuerpo que completa a la madre. En Daniel advertí un “¿no soy yo?” Cuando lo cambié por Luz en el grupo de niños, su enojo, su violencia me mostró que había él ya reconocido la importancia de las presencias y el dolor de las pérdidas, pero además la experiencia de sufrir lo demasiado presente; sí reconocía a un tercero es porque ya contaba, se advertía el pasaje del Otro, en que me jugaba yo como Uno, al Uno que era él. 

Freud en 1925,  nos dice que el juicio de atribución es el que hace posible el  reconocimiento, que sólo ocurre cuando lo percibido fue afirmado primordialmente (Bejahung) por el principio de placer y a la par, algo de ello fue rechazado (Ausstossung) en lo real.   La función del juicio tiene, en lo esencial, dos decisiones que adoptar. Debe atribuir o desatribuir una propiedad a una cosa, y debe admitir o impugnar la existencia de una representación en la realidad…Lo no real, lo meramente representado, lo subjetivo, es sólo interior; lo otro, lo real, está presente también ahí afuera… El fin primero y más inmediato del examen de realidad (de objetividad) no es, por tanto, hallar en la percepción objetiva {real} un objeto que corresponda a lo representado, sino reencontrarlo, convencerse de que todavía está ahí.15

Reconocer lo que está ahí, ya es el eco de un decir, el rasgo unario ya hace función de resonancia. Es por ello que Lacan acude a la idea de trazo o rasgo unario, significante primordial que es afirmado, para luego ser buscado en el retorno identificatorio. El trazo unario es el soporte de aquello de lo que yo partí bajo el nombre de estadio del espejo, es decir de identificación imaginaria.16

La incorporación del rasgo, significante que es unidad con resonancia y no unificación, posibilita la inscripción de una huella, rasgo a contarse y a diferenciarse. Este rasgo, hace posible que el sujeto cuente, es el sustento de la identificación. Huella que hace eco del porvenir, el niño se cuenta entre los otros desde una diferencia. Daniel rivaliza, porque ya demanda jugar, rivaliza porque ve amenazado su objeto de amor. Daniel puede jugar, busca las pelotas, las golpea con ritmo, la arroja y las festeja en su regreso, toca mi rostro, sonríe.

A más de 2 años de que trabajo con él, Daniel ubica donde está el consultorio dentro del enorme Centro de Rehabilitación, aún no esté yo ahí, dice su madre, trata de abrir la puerta, quiere pasar. Cuando lo llego a encontrar en los pasillos, se detiene si me mira, me da la mano, sonríe.

Daniel puede mirar, hay furor en su mirada, sonríe, toma una pelota y juega, Daniel ¡puede jugar! he insisto en ello cuando le habían declarado todo lo contrario; Daniel juega, quita las pelotas a otros niños. Busca, busca, no sólo encuentra como antes a los objetos-mano-pants-saliva, en la volcadura del trayecto que era su inercia, ahora busca, se dirige a…,

El trabajo clínico con niños con “discapacidad severa”, no sólo es construcción, sino deconstrucción, ¿de qué? del movimiento ciego, del goce ciego de la estereotipia, de la muerte misma sobre la carne que lleva encima el diagnóstico como juicio del Amo, es escuchar el canto del ritornelo, es sorprenderse ante lo intempestivo de lo que anuncia un devenir niño, se hace obra. Pensemos con Deleuze, No sólo la escultura, sino toda obra de arte, así la obra musical, que implica estos caminos o andaduras interiores: la elección de tal o cual camino puede determinar cada vez una posición variable de la obra en el espacio. Toda obra comporta una pluralidad de trayectos, que sólo son legibles y sólo coexisten en el mapa, y cambia de sentido según los trayectos que se eligen. Esos trayectos interiorizados no son separables de unos devenires.17

Llevamos al organismo a mentir, a introducir ahí un mito, a poetizar en lo que conduce a una verdad singular. El cuerpo pregunta, ¿cómo escuchamos a la carne? Habrá que responder que guardando silencio, que la sonoridad del cuerpo atraviesa la carne y hace emerger el fulgor, el relámpago que deviene canto, mirada que busca, mano que se extiende demandando tocar, caricia que provoca al infinito. En el darse ahí y regresar sin nada se posibilita lo imposible, ahí en el aleteo del sueño del colibrí, ahí se inscribe el tiempo del devenir niño, ahí, en lo intempestivo que el amor produce.

 

BIBLIOGRAÍA

Coriat, Elsa. En línea: Psicoanálisis y discapacidad.© Copyright ImagoAgenda.com / Letra Viva. http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=292

Deleuze, G. (1996) “Lo que dicen los niños”, En: Crítica y clínica. Editorial Anagrama, Barcelona

Freud, Sigmund, (1925) La negación. En Obras completas. Amorrortu Editores, Buenos Aires.

(1920) Más allá del principio de placer, En Obras completas. Amorrortu Editores, Buenos
Aires

Lacan J. Escritos I. México Ed. Siglo XXI “El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica.”,“La agresividad en  psicoanálisis.”

Escritos II, Editorial Siglo XXI, México. “Del Trieb de Freud y del deseo del psicoanalista”

Seminario La Angustia, clase 2 del 21,  nov. 1962

Seminario La identificación, clase 3 del 29 de noviembre de 1961)

Seminario Los escritos técnico de Freud, Clase 13, 5 de mayo de 1954

Seminario  Le Sinthome clase del 11 de mayo de 1976

Seminario Ou pire…clase 9 del 10 de mayo de 1972

Monribot Patrick ¿Qué curación del cuerpo en análisis? Revista Freudiana # 37, Barcelona 2003

Levin Esteban, El despertar de la subjetividad: plasticidad simbólica, En: ErranciaRevista de psicoanálisis, teoría crítica y cultura. FES Iztacala UNAM, Núm. 8 Marzo 2014

(1995) La infancia en escena. Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor. Buenos. Aires Nueva Visión.

(2003) Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo. Buenos Aires. Nueva Visión

Trejo Guadalupe, (2012) ¿Autismo infantil? Clínica de intervenciones subjetivantes. México Ed. Trillas.

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RERENCIAS

1 Lacan J. (2005).El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. En Escritos I. México Ed. Siglo XXI. p. 87.
2 Lacan, J. Seminario La Angustia, clase 2 del 21,  nov. 1962.
3 Monribot Patrick ¿Qué curación del cuerpo en análisis? Revista Freudiana # 37, Barcelona 2003
4 El trabajo clínico de Esteban Levin, es el fundamento para pensar estas líneas que escribo. Agradezco  su generosidad, su compartir la experiencia del trabajo clínico con niños con plurideficiencias. La transmisión de su trabajo ha dado frutos en mi práctica clínica cotidiana con niños diagnosticados con “discapacidad severa.” Agradezco también a Erika Patricia Ciénega, me haya mostrado la ventana para asomarme al quehacer clínico de Esteban.  Cito a Esteban: “Me he dado cuenta que al trabajar con niños con severos problemas en la estructuración subjetiva y el desarrollo psicomotor, al querer o intentar relacionarme con ellos, espontáneamente e inesperadamente lo hago con una cierta musicalidad, un canturreo, una melodía que sostiene y sustenta el intento de un decir, una mirada, una gestualidad que acompaña esa sonoridad cómplice e intensa, la cual bordea el decir, la palabra se torna tierna, seductora, erógena, hasta llegar a desaparecer como letra en sí para dar paso a un recorrido rítmico-pulsional y en este sentido evidentemente relacional.” En: El despertar de la subjetividad: plasticidad simbólica, ErranciaRevista de psicoanálisis, teoría crítica y cultura. FES Iztacala UNAM, Núm. 8 Marzo 2014
5 Esteban Levin (1995) La infancia en escena. Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor. Buenos Aires. Nueva Visión.
6 Freud nos dice: “Ahora bien, este buen niño exhibía el hábito, molesto en ocasiones, de arrojar lejos de sí, a un rincón odebajo de una cama, etc., todos los pequeños objetos que hallaba a su alcance, de modo que no solía ser tarea fácil juntar sus juguetes. Y al hacerlo profería, con expresión de interés y satisfacción, un fuerte y prolongado «o-o-o-o», que, según el juicio coincidente de la madre y de este observador, no era una interjección, sino que significaba «fort» {se fue}. Al fin caí en la cuenta de que se trataba de un juego y que el niño no hacía otro uso de sus juguetes que el de jugar a que «se iban». Un día hice la observación que corroboró mi punto de vista. El niño tenía un carretel de madera atado con un piolín. No se le ocurrió, por ejemplo, arrastrarlo tras sí por el piso para jugar al carrito, sino que, con gran destreza arrojaba el carretel, al que sostenía por el piolín, tras la baranda de su cunita con mosquitero; el carretel desaparecía ahí dentro, el niño pronunciaba su significativo «o-o-o-o», y después, tirando del piolín, volvía a sacar el carrete] de la cuna, saludando ahora su aparición con un amistoso «Da» {acá está}. Ese era, pues, el juego completo,el de desaparecer y volver. Las más de las veces sólo se había podido ver el primer acto, repetido por sí solo incansablemente en calidad de juego, aunque el mayor placer, sin ninguna duda, correspondía al segundo."La interpretación del juego resultó entonces obvia. Se entramaba con el gran logro cultural del niño: su renuncia pulsional (renuncia a la satisfacción pulsional) de admitir sin protestas la partida de la madre. Se resarcía, digamos, escenificando por sí mismo, con los objetos a su alcance, ese desaparecer y regresar.” En: Más allá del principio de placer, (1920) Obras completas. Amorrortu Editores, Buenos Aires. p. 14-15
7 Lacan, J. Seminario La identificación, clase 3 del 29 de noviembre de 1961
8 Trejo Guadalupe, (2012) ¿Autismo infantil? Clínica de intervenciones subjetivantes. México Ed. Trillas. p. 118
9 Coriat, Elsa. En línea: Psicoanálisis y discapacidad.© Copyright ImagoAgenda.com / Letra Viva. http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=292
10 Lacan J.Seminario Los escritos técnico de Freud, Clase 13, 5 de mayo de 1954
11 Lacan J. (2005) La agresividad en psicoanálisis. En: Escritos I, Editorial Siglo XXI, México, p. 106
12 Lacan J. (2005) Del Trieb de Freud y del deseo del psicoanalista, En: Escritos II, Editorial Siglo XXI, México.p. 832
13 Lacan, J. Seminario  Le Sinthome clase del 11 de mayo de 1976
14 “Nuestra observación y trabajo con niños recién nacidos, lactantes y niños con transtornos psicomotores, nos ha llevado a considerar y rescatar lo sensorio-motor desde otra posición, donde el sujeto aparece en su dimensión dramática, escénica y subjetivante… Nos planteamos sustentar lo sensorio-motor como escenas estructurantes de la motricidad, la gestualidad y el cuerpo de un sujeto durante la primera infancia” Esteban Levin (2003) Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo. Buenos Aires. Nueva Visión, p. 20-21.
15 Freud, Sigmund, (1925) La negación. En Obras completas. Amorrortu Editores, Buenos Aires. p.255
16

Lacan J. Seminario Ou pire…clase 9 del 10 de mayo de 1972

17

Deleuze, G. (1996) “Lo que dicen los niños”, En: Crítica y clínica. Editorial Anagrama, Barcelona

 

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