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CASO LUANA Y LA LEY DE IDENTIDAD.

Marcelo Augusto Pérez *

 

www.psicocorreo.com.ar

 

"For to thy sensual fault I bring in sense,
Thy adverse party is thy advocate,
And 'gainst myself a lawful plea commence:
Such civil war is in my love and hate,
That I an accessory needs must be,
To that sweet thief which sourly robs from me.

William Shakespeare / Soneto XXXV

El Caso Luana tomó relevancia porque es el primero en documentarse (es decir: en adquirir identidad jurídica) sin judicializar el trámite, es decir: directamente por Ley y porque se trata de un niño de seis años a quien se presume de transexual.

El caso se enmarca en la Ley de Identidad de Género Auto-Percibida.  Y creo que hay que partir de este último significante para abrir algunas preguntas.  Me parece que se parte de un sofisma, al menos desde la perspectiva psicoanalítica: ningún sujeto es poseedor de una auto-identidad. Esto, social o jurídicamente, puede sostenerse; pero desde el punto de vista de la Estructura no es así.  Lo que la psicología llama “personalidad” es interpretada por Freud y por Lacan como siempre ajena, por eso el conocimiento siempre es paranoico: llega del Otro.  Partiendo de aquí (es decir, desde el lugar donde los significantes son del Otro y el sujeto deberá apropiarlos) deberíamos entonces resignificar esto de la auto-percepción. Si bien se entiende a simple escucha (“me veo el pene pero aún así me percibo mujer”) no es fácil de aclarar sobre todo en un artículo como este que sólo pretende, insisto, abrir más preguntas.  Para ir por la autopista: el mecanismo de renegación inconsciente está justamente caracterizado por el “lo sé pero aún así no me importa”; es decir: no es fácil de entrada para el sujeto hacer coincidir lo simbólico con lo real (el significante con la anatomía) y de hecho no tiene porqué serlo: niño, niña, hombre, mujer, gay, transexual, son sólo significantes.

El tema de la identidad es un problema que ha obsesionado al sujeto desde siempre, porque tiene que ver básicamente con el lugar de pertenencia, que siempre se lo dona el Otro. Desde pequeño, el sujeto encontrará su lugar en los significantes que lo representen. El sujeto, esclavo del significante, va por el mundo representado por el Otro: ya que estos significantes es el Otro quien los aporta. Esto, entonces, no es nuevo. Pero es necesario un introito para aclarar diferencias.

Identidad no es lo mismo que identificación: identidad es una igualdad algebraica (x=x), identificación es un mecanismo inconsciente de apropiación –de incorporación- de significantes. En la identificación siempre ocurre que el sujeto queda dividido extrayendo del Otro un rasgo. Mientras que la identidad apunta a querer ser el mismo (es decir: la pretensión de ser todo para el Otro, en una especie de simbiotización); con la identificación se incorpora una parte del Otro y se debe aceptar que uno no es ese todo-falo que lo completa; a pesar que, inconscientemente, la identificación intenta ese nexo fálico.

El sujeto puede creer que con su YO conforma una unidad hegemónica, compacta y definitivamente evolucionada; pero no es así: va, siempre, de la insuficiencia a la anticipación; y nunca hay una concordancia plena entre el imaginario y el real, porque lo simbólico no puede subsumir ese hiato. Como enunciaba Paul Valéry: “Uno se cree el mismo, pero nunca es el mismo; ese mismo no existe”.  Diferenciemos identificación de identidad. La identidad, al ser una igualdad absoluta, pretende llegar al punto donde dicha igualdad se salde: Yo, sujeto dividido, soy IGUAL a todos: por lo tanto in-diviso. Es decir que la (ley de) identidad pretende “arreglar” el problema de la identificación. Por eso socialmente se construye este otro nuevo significante: género.  Pero por más que sigamos agregando significantes, el hiato entre lo sexual y lo simbólico no se cubre nunca.

De ahí que llega la Demanda del sujeto a pedirle al Estado (al Otro) una respuesta.   La ley-simbólica (del deseo, de la castración) por un lado y la Ley orgánica-jurídica, que debe garantizar por el derecho social del sujeto, por otro. Si la identificación toma significado social, el sujeto puede llegar a perder su singularidad en afán de ser un in-diviso. Como sabemos con Lacan, un significante representa a un sujeto para otro significante. Y también sabemos con Saussure que un significante se caracteriza por ser lo que otros no son. Es decir que el significante designa la pura diferencia.

Dice Lacan en la clase 11 del 28/02/62 de su noveno Seminario sobre La Identificación: “…adelantado por Freud en lo que se llama el narcicismo de las pequeñas diferencias, es lo mismo que lo que yo llamo la función del rasgo unario; pues no es ninguna otra cosa que el hecho de que es a partir de una pequeña diferencia -y decir pequeña diferencia no quiere decir otra cosa sino esta diferencia absoluta de la que les hablo, esta diferencia ajena a toda comparación posible es a partir de esta pequeña diferencia en tanto es lo mismo que la I, el Ideal del Yo, que puede acomodarse toda mira narcisística; el sujeto constituido o no como portador de este rasgo unario es lo que nos permite dar el primer paso en lo que constituiré el objetivo de la siguiente lección, a saber, retomar las funciones de privación, frustración, castración.”   Como se sabe también leyendo el Grafo del deseo propuesto por Lacan, al final de la travesía, el sujeto sale identificado con el Ideal. Y ese Ideal, es del Otro; de allí su matema: I(A).

Por otro lado sabemos que un niño es síntoma de la pareja. Es decir que viene a ocupar un lugar en la falla del Otro.  También recordemos que todo síntoma es portador de goce y de deseo (que poco vale diferenciar en este contexto). De allí concluimos que el deseo es deseo del Otro y así su ruta… Bien: ¿entonces?

Un niño no está aún en condiciones de poder-saber-hacer-algo-con-su-síntoma; es decir: con su modo de goce. Es cierto: grita, habla, demanda, incluso ya puede ir a los primeros escalones escolares; pero –como en el caso Luana, cuya demanda parece enunciarse a partir de los dos años- no podríamos decir que está convenientemente cerrado el fantasma y la Metáfora Paterna subyacente.  Es decir que, aún, es un perverso –o acaso un psicótico- de hecho.  ¿Qué pasa con la Ley en este trayecto? Acá está el problema ya que no existe ley-escrita que pueda salvar la falla de la metáfora paterna.  Y con la castración hay que saber-hacer-algo; lo que se pueda, lógico: aún en estado de vulnerabilidad hiperlábil.

¿Qué hicieron los padres de Luana? Recurrieron al Estado. Es decir: a un Padre aún más Amo que el que la institución vincular pudo habitar… Ahora: ¿quién es el verdadero Amo? ¿El Estado que responde con una intervención que intenta solucionar una demanda; o el Otro (el Otro de Luana) que demanda un acto a modo de suplir la falla –el hiato- entre el verbo y lo sexual?

No podemos pedirle al significante más de lo que puede darnos; ni tampoco al Otro. Esa falla es estructural y cada sujeto tiene derecho –harto más que obligación- de hacer con ella lo que pueda. La herida de nacimiento no se cierra nunca. Por más que el Estado, la ciencia, los dispositivos médicos, etc. pretendan clausurarla. Intentar inscribir (y escribir) la relación sexual que no existe es un dato que la ciencia de hoy  nos tiene acostumbrado. Lacan plantea que la identificación se hace a la falta: es decir, a lo imposible de ser escrito, por eso no hay armonía entre el lenguaje y el goce. De allí que Freud nos legó sus tres imposibles: educar, analizar y gobernar.

Es obvio que el Estado con cualquier procedimiento jurídico intenta un acto; un acto de nombramiento: es decir, colocar un significante donde no hay. Sin embargo, y en este caso de Luana, el significante Manuel existió, pero –portador de la falla lenguajera- no alcanzó para suturar el hueco entre simbólico y real. Lo que intenta el Estado, jurisprudencia mediante, es otorgar homogeneidad entre la identificación y la identidad del sujeto.

La distinción lacaniana de la identificación imaginaria (yo ideal- Ideal-ich) y la identificación simbólica (ideal del yo- Ich-ideal), la resume Slavoj Zizek cuando enuncia que la primera es una identificación ‘constituida’ y la segunda es ‘constitutiva’: “para decirlo simplemente, la identificación imaginaria es la identificación con la imagen que representa ‘lo que nos gustaría ser’, y la ´identificación simbólica’ es la identificación con el lugar desde el que nos observan, desde el que nos miramos de modo que nos resultamos amables, dignos de amor. (…) La identificación imaginaria es siempre identificación en nombre de una cierta mirada en el Otro. (…) [y entonces] Lo que hay que plantear es: ¿para quién actúa el sujeto este papel, cuál es la mirada que se tiene en cuenta cuando el sujeto se identifica con una determinada imagen?” (Zizek Slavoj “Identidad e identificación”. En El sublime objeto de la ideología, Siglo XXI México, DF. 1992. P. 147) El mismo autor, en otros de sus célebres textos (“Visión de Paralaje” FCE. Argentina, 2006) versará sobre esto en función ‘la insoportable luminosidad de no ser nadie’ acotando esa “brecha de paralaje” producida en el sujeto cuando queda por fuera del Ideal (del Otro) es decir: de la mirada del Otro.  (Hoy los facebooks y redes similares connotan esta dimensión trágica: si no estás no existís. Y si estás con tu hermosa fotito es para que la identidad se coagule, para que el sujeto se aliene a sí mismo por su permanente condición de minusválido; de allí que se espera un toquecito de manito (“me gusta”) o un “sos hermoso”.)

Hay preguntas que no son fáciles de responder: por ejemplo, ¿se puede decir que un niño de 2 o 4 años es un niño transexual, que ya tiene una convicción que defina su identidad? Y aún así: ¿alcanza  con decir que si un transexual no se opera o no cambia su nombre “se psicotiza”? No deberíamos confundirnos en este punto preciso, al menos los que se dicen analistas que repiten este enunciado: ¿qué quiere decir que un sujeto se psicotice?  Un neurótico nunca va a abandonar su estructura (una vez constituido el fantasma y reparado en todos sus avatares identificatorios) ni un psicótico se transformará en neurótico. Si yo a un niño le pincho un globo, puede ser que el niño comience a llorar, a patalear, incluso que golpee; y esto dependerá de su estructura y no es garantía de que un neurótico no termine matando; pero un neurótico no se va a transformar en psicótico por más que realice un acto de locura.  Ya sabemos que locura no es psicosis (la locura es fenoménica, se observa por la conducta y las acciones del sujeto; la psicosis es estructural: se escucha en el orden de la metáfora paterna). Como dijimos al comienzo, niño/a padre/madre, son puros significantes. Como puta, noche o bombero.  Ahora: en principio nadie se psicotiza porque no puede ser bombero. Al contrario, la asunción de la función paterna (profesor, jefe, etc.) puede sí generar algún tipo de desencadenamiento; porque el título imaginario (el diploma, pongamos) no es el simbólico. Un sujeto desencadena una psicosis si su estructura es pre-psicótica y al llamado del Otro no puede responder; no se deja de “psicotizar” porque se le regale un nuevo significante con el presunto afán de transformarlo en neurótico.

Cabría preguntarse qué pasará si en unos quince años, Luana vuelve a tener conflicto con su identidad y quiere volver a modificarla. Ya sabemos que el significante Amo está estrechamente vinculado al goce puro. De allí que el goce-absoluto (el Amo Absoluto) es la Muerte.  Creo que es este Destino que la Ley debe proteger. De la muerte real, no de la simbólica.  La simbólica es, obviamente, la mismísima castración y –lejos de ser iatrogénica- sirve para salvar al sujeto justamente de la angustia que produce saberse mortal: es decir (y no es una paradoja) de saberse castrado.  Me parece venturoso pertenecer a un Estado que escuche las demandas más intrínsecas del sujeto (que hacen a su esencia misma) y actúe en consecuencia; pero el tema no puede agotarse en una ley escrita, como decía Slavoj Zizek hay que preguntarse para quién actúa el sujeto ese papel: acá se juega el narcisismo (es decir: la buena imagen) de ambos. Creo que no se puede desvincular la demanda del deseo (del Otro): no es el niño quien recurre a la Ley, es la madre.  Bien se puede argumentar que el niño sufre; sí, claro: como todos los seres de este mundo. Entonces se puede insistir y reclamar por la “ley antisufrimiento”; pero ahí ya sabemos que hacemos agua.

Acá el problema radica en que el niño es un niño y la renegación de la castración es el mecanismo típico en esta etapa. Los niños son perversos por definición y los perversos no aceptan la Ley, o –como se dicen a nuestra criolla- hacen la suya.  La madre, deseo mediante, recurre a puerto seguro: el Estado, Padre Benefactor, que deberá encargarse de adecuar la falta con el significante. Su “falito” (mellizo, en este caso) cae (llora, pide) e ipso facto ella cae: no es nuevo, es la dialéctica en que se encuentra todo sujeto; pero no se sale tan fácilmente. Esta problemática no la tiene sólo Luana y su madre: la tienen todos los hablantes sujetados a la castración. Por eso Freud nos recordó que el Malestar ES la Cultura, es decir: constitucional del sujeto, y que no hay cultura sin falta. Y toda falta conlleva un malestar consecuente.

El psicoanálisis –que se maneja con dimensión topológica- no se lleva muy bien con la hegemonía que lo social instituye –que se maneja en superficies tridimensionales-; de allí que “todos los hijos son iguales” es un fantasma meramente neurótico: nos puede hacer sentir bien pensar así (sobre todo si uno tiene hermanos de los mismos padres) pero es tan imposible sostenerlo como imposible es hacer de dos, uno. Por supuesto que el amor lo intenta; pero nadie podría atreverse a decir que hay amores sin fallas, aunque sea una posible solución sinthomática.

 

*

Psicoanalista

 

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