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EL DESPERTAR DE LA SUBJETIVIDAD: PLASTICIDAD SIMBÓLICA ESTEBAN LEVIN

ESTEBAN LEVIN

estebanlevin@lainfancia.net

www.lainfancia.net

 

 

Resumen: Se muestra el trabajo clínico con niños desde una posición ética que resalta el devenir subjetivo y la condición deseante; ello  frente a las vertientes de intervención de corte clasificatorio, que diagnostican y pronostican precozmente produciendo una estigmatización. Se considera la condición corporal como condición subjetiva y se propone que esa partir de la experiencia corporal donde se  estructura una ética del deseo. Se plantea que cuando la experiencia significante se transforma en un acontecimiento se produce el anudamiento entre la plasticidad simbólica y la plasticidad neuronal, derivando en un despertar de la subjetividad.

Palabras clave: gesto, plasticidad simbólica, subjetividad, tacto, escena, musicalidad.

Los que trabajamos en la clínica con niños estamos muy preocupados. Nos encontramos con diagnósticos y pronósticos precoces que estigmatizan el desarrollo y la constitución subjetiva, por ejemplo:

Los padres de Martín, 2 años y 8 meses, concurren con su hijo a una entrevista con una neuróloga especialista en problemas del desarrollo infantil.

A los 10 minutos, Martín quiere agarrar unas galletitas que la mamá de ex profeso había colocado en el escritorio, entonces extiende la mano pero en ese momento la doctora coloca la suya antes, evitando que la tome. Ante este gesto, Martín sin mirarla se retrae y se acurruca claramente inhibido en los brazos de su madre. La doctora insiste con el gesto tomando las galletitas y pretende al mismo tiempo que Martín las agarre, le demanda que busque nuevamente las galletitas que antes quería. Ella insiste e insiste, el pequeño en un gesto claramente defensivo no le responde. Reitera su insistencia y finalmente exclama:

-“Tenemos que hacer más estudios pero su hijo es un TGD. ¿Ve esta actitud? No vuelve a buscar las galletitas, no me responde, no responde a mi pedido. Además el retardo en el lenguaje es signo del mismo problema. Sí, sí, es un niño TGD y tiene que hacer la terapéutica y el entrenamiento correspondiente. Ahora tomaremos unas cuantas pruebas para ver cuál es el tratamiento conductual adecuado. Igual no se preocupen, todo eso lo paga la obra social, con el certificado de discapacidad que van a obtener sin problemas con este diagnóstico”...

Agustín es un niño de 2 años que posee un diagnóstico de Trastorno general del desarrollo no especificado. Con anterioridad habían recibido otro diagnóstico de espectro autista, ya que según ese criterio clínico tenía “trastornos cualitativos de la relación social, del esquema e imagen corporal, de las funciones comunicativas, del lenguaje receptivo y expresivo, de las competencias de anticipación y freno inhibitorio, de la imaginación y las capacidades de ficción, de la imitación y de la flexibilidad comportamental”. Frente a este verdadero catálogo y clasificación de trastornos, que a su vez requiere diferentes programas de modificación de conducta, los padres angustiados y desorientados deciden hacer otra consulta.

¿Qué efectos puede tener para los padres semejante diagnóstico? ¿Pueden tantos trastornos abarcar la problemática y el sufrimiento de un niño de 2 años? ¿Qué se evalúa y espera de un niño pequeño que todavía no habla?

El papá comenta preocupado que él se apegó mucho a su hijo ya que durante muchos años “era todo lo que quería tener”. La madre ya tenía otra hija de un matrimonio anterior y cedió el protagonismo de la crianza al papá, quien se ocupa de alimentar, cuidar y estar con Agustín.

Agustín cada vez se aísla más, no registra cuando lo llaman o le piden algo. En esa soledad desolada comienza a tener conductas repetitivas, como balanceos, estereotipias y movimientos sensorio-motores descontrolados (salta, corre, se agita, va y viene). Cuando tiene 16 meses, la mamá queda embarazada y al nacer la beba, niega su presencia. Se mantiene totalmente indiferente a ella, la ignora por completo. “Para Agustín-afirma la mamá-la hermana no existe, él está peor desde que ella nació”.

 

De la estereotipia al gesto

Cuando Agustín entra al consultorio junto a sus padres, reproduce las mismas acciones, se mueve de un lado para el otro por la sala, el escritorio, el balcón, la cocina, el pasillo, el baño, parece no mirar nada. Toca una pelota, luego un papel, un autito, un muñeco y al instante lo suelta. Se mueve, busca otra cosa, agarra una pelotita y comienza a balancearse con ella en la mano. Ante esta actitud, intento frenar el movimiento para relacionarme con él. Le pido la pelota, le tiro otra, lo llamo, intento compartir ese movimiento alocado pero “indiferente” gira y sigue caminando o balanceándose estereotipadamente. Toca una cosa, otra, mueve un sonajero, un lápiz, una cuerda y así, sin detenerse continúa moviéndose, aprieta su mano, la tensiona, se crispa y sigue sin pausa el movimiento.

Frente a esta movilidad intento demandarle un gesto, relacionarme con él, a partir de cada objeto que toca. Sin embargo, el toque es inconsistente y se pierde en el trajín de cada movimiento. Al terminar la sesión, muchos juguetes y cosas del consultorio permanecen desparramados, dispersos. En esa “realidad fragmentada”, sin escenario ni escena, terminan las primeras sesiones con Agustín sin encontrar todavía el modo de relacionarme con él.

En esta intensidad e incertidumbre me pregunto ¿de qué modo constituir un gesto al estereotipar? ¿Cómo abrir una demanda frente a tanta fragmentación? ¿Es posible entrever un diálogo a través de la mirada, el rostro, la palabra y la gestualidad?

Durante varias sesiones, deambulando con Agustín, procuro relacionarme con él y comparto la desazón, el quehacer caótico y la indiferencia que no deja de asediarme. Hasta que en una sesión, Agustín hace un movimiento para dirigirse a la cocina y le tomo la mano. “Qué linda mano”, exclamo con mi voz y la actitud postural que lo acompaña. La crispación y tensión parece ceder, el tono baja y parece abrirse. Comienzo entonces a acariciarle la mano, hablándole, cantándole de este modo: “Hola, hola, hola mano, hola, hola dedos”, y a medida que voy recorriendo los dedos, lentamente voy creando una canción que nos cobija y habita pues al mismo tiempo que toco su mano y Agustín se acomoda a ese toque, soy tocado por él. Ese diálogo sensible y vivaz, se estructura entre toques, que se alejan del tacto en sí mismo para acariciar palabras, imágenes, gestos que en ese instante se producen. Surge lo intocable del toque en la intimidad del encuentro.

Pensemos ese movimiento gestual ya que en ese momento levanto la mirada que acariciaba la mano junto a la tonalidad de la voz, la melodía y la canción y me sorprendo con la mirada y el rostro de Agustín que me mira...En ese umbral levanto el rostro y allí estamos, juntos, en ese espacio “entre los dos” que se produce en escena: “Hola, hola Agustín”. Me mira, lo miro. “Hola, hola Esteban”, siento que enuncia desde la gestualidad de un rostro que se empieza a abrir a un otro.

Entreveo la postura relacionándose con la escena en el placer de las miradas y la tristeza de una historia que no alcanza a descifrarse ni a traducirse en palabras, y sin embargo, en una pausa, en un silencio, son las palabras encarnadas en las melodías, en los timbres de voz  y el gesto los que constituyen e instalan un puente entre esa sensación, ese afecto y la experiencia infantil que vamos descubriendo.

Esta experiencia del toque sutil en lo intocable, del rostro abierto al otro rostro, que mira la mirada del otro y se reconoce en ese espacio-tiempo, irrumpe de repente, sin aviso previo y se transforma en un “verdadero” acontecimiento que nos estremece y conmueve. La experiencia sensible del encuentro de los rostros es un acontecimiento implanificable e improgramable. Surge de la demanda y el deseo del otro.

En este sentido llama a una respuesta anudada a una relación evidentemente transferencial, “marcante”, que como efecto de ese acto, de esa realización provoca una huella que transforma de allí en más la acción en la espesura de un gesto, el ver en la riqueza de la mirada, el ruido en el sabor de la melodía, el toque en la tenue caricia.

El acontecimiento sorprende por lo imprevisto de la realización, del acontecer que rompe y quiebra el orden o el desorden imperante y obliga a una transformación, a una nueva configuración del cuerpo, de la imagen corporal, del espacio como lugar de relación, del tiempo como historicidad.

En el origen, sin duda, el inconsciente es cuerpo, espacio y tiempo que se entrelaza en la singularidad del acontecimiento que realiza y crea cada sujeto. Agustín y Esteban se miran los rostros, se encuentran en esa perplejidad por unos instantes, suficientes para habitar un espacio que no podría sostenerse sólo; ocurre entre ambos. Allí se juega el deseo de donar al otro y el don del deseo, encuentro que irrumpe sorprendiendo y marca la diferencia y la plasticidad.

En ese espacio donde la mirada deviene gesto, el eje del cuerpo se acomoda al rostro y éste acaricia el sentido. Lo intocable del toque se hace sonoridad convocante y la voz se entrelaza en la sensibilidad. Nuestra función es dar lugar a que el acontecimiento suceda y como tal desaparezca ya que lo esencial está en lo que sucede. Para que la experiencia se transforme en acontecimiento, el don del deseo se transmite en el acto mismo de mirar y reconocerse en el rostro del otro sin esperar reciprocidad. Se le ofrece un lugar deseante que lo cobije, lo habite y lo aloje, al mismo tiempo que genere la intimidad necesaria para la emergencia de la subjetividad en escena.

Nosotros consideramos que la condición corporal es condición subjetiva y responde a una ética del deseo que se estructura desde la experiencia corporal de un sujeto. Desde una posición diferente a la de quienes piensan la conducta y lo metodológico desde una perspectiva técnica y moralista que determina anticipadamente cuál es la respuesta o la experiencia normal y cuál es el déficit, según criterios estandarizados y clasificados siempre previamente a cualquier singularidad e historicidad. El niño pasa a ser un instrumento, un apéndice del método.

En la intimidad de la escena con Agustín, del rostro de uno al rostro del otro, hay un pasaje único donde se pierde la cara (como organismo) y aparece el rostro (como gesto). Los ruidos y sonidos se metamorfosean en voz y la palabra cantada deviene melodía infantil y abre la curiosidad por lo que vendrá en un próximo encuentro.

Agustín me mira, nos miramos rostro a rostro. La cara se ha perdido como órgano y sucede el gesto. Agustín, sin dejar de mirarme, acerca la mano y toca la barba, es un toque curioso, tierno, acompaño la gestualidad con palabras “sí, esta es la barba, hola barba, hola Agustín, hola Esteban”. El gesto crea la caricia y la caricia el gesto, la presencia y la ausencia, la discontinuidad entre toque y toque se articula en la palabra melódica. De este modo adquiere consistencia el escenario que se encarna en el rostro, en lo corporal. Concomitantemente la postura, el tono y la sensibilidad propioceptiva se acomoda a la escena y genera la experiencia infantil que produce plasticidad simbólica y anuda la neuroplasticidad entrelazada al campo del Otro.1

Sostenemos una posición que lejos de esquivar o excluir el sufrimiento, la historicidad, la sensibilidad y el azar, nos incluimos en él para rescatar la singularidad de cada gesto, de cada rostro. En esa alteridad surge la ética como respuesta móvil, plástica a la problemática que nos presenta cada niño y su familia. Agustín, mirándome, toca mi barba, al mismo tiempo es tocado por ella, por la mirada y la palabra. Doble espejo de miradas, toques y palabras que se sustentan en la experiencia infantil, productora de subjetividad.

El rostro del Otro representa la humanidad de una demanda y un interrogante que ni los ojos, ni la cara, ni el cuerpo alcanza a responder y sin embargo, no es sin ello que la experiencia de rostro a rostro, de lo corporal abre las vías para el nacimiento de un sujeto. Por ello, la relación con la infancia, con la propia y la del otro sin duda tiene que estar viva. Sólo de este modo, la punta de los dedos de Agustín tocan el rostro y lo intocable se juega en esa imagen donde él puede reconocerse. La piel se configura entonces como superficie de apertura pero los dedos como tales, como órganos, se pierden tan pronto como aparece allí un sujeto. Éste hurta la organicidad y crea la trama deseante que lo convoca a la novedad de lo nuevo, al origen que en tanto tal está perdido y a la vez no deja de ser recuperado como memoria imperecedera, aquella que jamás se recordará del todo pero que nunca podrá olvidarse.

 

Del ruido mortal al eco musical.

 

“La otra voz, la que el silencio nos deja oír, se llama música”

Vladimir Yankelevich

En este último tiempo he estado pensando en una experiencia clínica que no deja de sorprenderme. Juan es un niño de dos años diagnosticado como un TGD no especificado. Cuando intento relacionarme con él lo nombro a través de una melodía que surge en ese instante: “Hola, hola, hola Juan. Hola Juan”. La sonoridad rítmica, el tono, la cadencia melódica parece abrirse al encuentro deseante con ese niño que no habla ni realiza gestos ni juega. La voz se entona en un canturreo que se amplía hasta el nuevo encuentro.

Carlos, a los dos años, con su diagnóstico de TGD hace rayas, líneas que no llegan siquiera a ser un garabato. Son rayas que se fragmentan y se cortan, no hay figuras ni dibujos, tampoco hay sonidos ni palabras. Decido rayar junto a él el pizarrón pero al hacerlo comienzo a cantar y hacer de las rayas una figura, una cara, un rostro cantado. La melodía emerge sin aviso previo y cantando en un tono convocante digo: “Hacemos la carita, le hago un oji...to y ahora el otro oji...to y ahora la na...riz, también le hago la bo...ca y ahora el peli...to”. Carlos mira el dibujo, la carita. Por primera vez me mira francamente y toma mi mano para que vuelva a realizar el dibujo. Al volver a hacerlo ya en esa complicidad, el cantar dibujando unifica la escena y la experiencia se va complejizando en el espacio compartido entre los “dos”.

Graciela, una niña de dos años con una enfermedad neurometabólica, sólo repite un único y desolador ruido: “E, E, E”. Sin comunicarse ni relacionarse con otros, se mueve poco y estereotipadamente. Pronuncia solamente el “E, E, E” inconsistente. Graciela comienza a registrar mi presencia cuando jugando con el “E, E, E” invento un sonido, usando diferentes tonos y ritmos melódicos, que con el tiempo se transforma en una demanda, en un “EH. EH, EH” diferente. Ella modifica las posturas y la actividad sensorio-motriz en función de ese otro EH que la llama, la nombra en ese instante fecundo de la experiencia escénica.

¿Cómo podemos pensar esta singular sonoridad convocante? ¿Es la musicalidad en sí misma quien convoca al sujeto, o es el deseo que se inscribe a través de lo musical? ¿Por qué cautiva a un niño que no habla ni gesticula ni juega? ¿Cantar implica construir un espejo sonoro que unifica la experiencia? ¿Cuál es la relación entre la voz, la intimidad de ese canto y la plasticidad, tanto neuronal como simbólica?

Me he dado cuenta que al trabajar con niños con severos problemas en la estructuración subjetiva y el desarrollo psicomotor, al querer o intentar relacionarme con ellos, espontáneamente e inesperadamente lo hago con una cierta musicalidad, un canturreo, una melodía que sostiene y sustenta el intento de un decir, una mirada, una gestualidad que acompaña esa sonoridad cómplice e intensa, la cual bordea el decir, la palabra se torna tierna, seductora, erógena, hasta llegar a desaparecer como letra en sí para dar paso a un recorrido rítmico-pulsional y en este sentido evidentemente relacional .

Muchas veces me encuentro procurando acercarme a ese niño pequeño, cantando, canturreando una canción sin contenido fijo y preestablecido. En realidad invento una canción rítmica que nos arrulla a través del tono musical. La cadencia, la entonación, los acentos y las síncopas que abren un espacio entre nosotros, un tiempo de silencios y énfasis, de pertenencia que surge en ese instante conformando el nos-otros. De este modo, sin duda, la voz cantada cumple una función invocante, invoca la relación en el mismo momento en el cual se va instituyendo como tal. Los trazos, los dibujos de esa musicalidad comienzan a escucharse en una dimensión libidinal como efecto y causa de dicho encuentro. Lo propio de esa experiencia se produce en el eco que esa melodía invoca y al mismo tiempo evoca.

La musicalidad en el ritmo del arrullo convocante, deseante, mueve al cuerpo, a lo corporal y la postura. El eje del cuerpo se acomoda a la sonoridad y la gestualidad emerge en función de ella conformando un espejo sonoro, simbólicamente plural. Se inscribe así el placer en el encuentro musical como imagen sonora que unifica una cierta realidad, por lo menos, aquello que al cantar invoca, convoca y nombra a un otro. Se trata de un goce musical que conforma unidad frente a la fragmentación propia de la “patología”, o el “síndrome”, o el “diagnóstico-pronóstico”.

Graciela es una niña de dos años. Presenta una enfermedad neurometabólica, lo que le ha ocasionado severas dificultades motoras. No camina, tiene escasa visibilidad, no habla ni puede tomar objetos. A nivel sensorio-motor, se presenta inquieta e inestable, realiza acciones sin gestualidad ni sentido. Se sienta y se mueve arrastrándose de un lado al otro sin detenerse frente a un objeto, una llamada, un gesto o una mirada. Es muy difícil relacionarse con ella. Sus manos llaman la atención, están lastimadas ya que constantemente se rasca el dorso de ellas hasta sangrar y sacarse la piel. ¿Cómo abrir una experiencia, un hacer y un escenario diferente en la complejidad  y el padecimiento en los cuales se encuentra Graciela?

Durante las primeras sesiones, intento relacionarme con ella. Le presento objetos, acompaño los movimientos, la ayudo a ubicar su postura, evito que se golpee contra la pared o algún objeto. Graciela babea, se mueve en forma inestable y permanece indiferente. El único ruido que realiza notoriamente es el “E, E, E” en forma monocorde, constante, sin ningún sentido ni variación. Es un “E, E, E” solitario y aislado, que aparece en algún momento y vuelve a desaparecer. Luego continúo la acción sin diferencias. De pronto vuelve a reproducirse el “E, E, E” ensordecedor y asfixiante

¿Cómo un ruido E, E, E se puede transformar en un sonido en relación a un otro? ¿Cómo establecer una relación diferente con Graciela? ¿Cuál será el modo de generar una demanda si ella no demanda? ¿Es posible anticipar un sujeto a tanta acción fragmentada sin representación?

Habían pasado algunas sesiones y no encontraba el modo de relacionarme con Graciela, de romper la imagen petrificada de una presencia congelada, excesiva, estática e indiferente que ella generaba. En un momento se mueve para un lado, para otro, con la monotonía exasperante del “E, E, E”. La miro y comienzo a cantar: “Y Graciela hace Eh, hace Eh, hace Eh. Y Graciela hace Eh, hace...”. Paro el canturreo, surge un silencio. La incertidumbre de la espera...Graciela lentamente gira el eje corporal, orienta la mirada y exclama: “EH”, este EH era diferente, concordaba con el matiz de la melodía que acababa de inventar. Sorprendido, continúo intentando. “Graciela hace Eh, hace....” Silencio. Ya como espacio de relación, de escucha y tal vez como un motor rítmico, entonces escucho de parte de Graciela el “Eh”. Con asombro, sonriendo en la complicidad del encuentro, exclamo: ¡Qué bueno! y continuamos con la canción.

En un momento posterior, con el mismo ritmo y cadencia canto: “Y Graciela dice Sí, dice sí, dice sí. Y Graciela dice sí, dice sí, dice...”Silencio y escucho: “YH”. Afirmo el sí y continúo la melodía: “Y Graciela dice sí, dice...” Y responde: “YH”. Lo vuelvo a cantar y a dejar el espacio, el silencio, el ritmo necesario para que ella lo complete y al hacerlo acentúo la última sílaba para dar lugar a la relación, a la subjetividad que emerge en el espacio del “entre-dos” de una relación que comienza a jugarse en la sonoridad y la voz del otro que anuda y unifica lo sensorio-motor. Es una melodía, casi un arrullo que nos conmueve, nos mueve al reencuentro con la voz y la melodía del otro.

La musicalidad en esa intensidad transmite una sonoridad íntima. Ella se constituye en la originalidad de la demanda. Apenas escucho y escuchamos la melodía no recrea y ubica en otra posición, en otro lugar diferente del cual partimos. Es una partitura abierta a lo pulsional y a la multiplicidad. Graciela pasa del ruido ineludible a la sonoridad del encuentro afectivo con el otro. En este trayecto se pierde el ruido como E, E, E y surge el Eh, Eh, Eh como preludio de los posibles fonemas y representaciones.

En este sentido lo musical, como sonoridad invocante y convocante, preserva y se sustenta en un enigma que se produce entre la caída y desaparición del ruido y la aparición del sonido donde Graciela aparece deseante.

Esta musicalidad corporal, gestual, móvil amplía el horizonte relacional, a través de ella se transmite la herencia afectiva, el don que habilita el erotismo del cuerpo y fuerza a la apertura de nuevas experiencias lo que implica, también, nuevas redes neuronales y simbólicas. Al inventar este caso con Graciela en la escena, somos creados por aquello que inventamos. Somos sensibles al otro en el devenir de la experiencia escénica que indudablemente nos transforma sólo si nos dejamos transformar por ella. Es allí donde emerge el enigma de lo inesperado.

Los matices musicales revelan y develan lo corporal y lo corporal pone en escena a la música como enlace que subjetiva la relación hasta hacerla existir en el compás de un sonido que no deja de concluir, en un enigma que vuelve a recomenzar de nuevo en otro acorde. En un pentagrama singular e intransferible que conforma la intraducible del propio ritmo pulsional-musical.

En sesiones posteriores, Graciela, gracias a una nueva medicación, mejora a nivel del control corporal y del equilibrio tónico y alentada por la relación con los otros se lanza a caminar, a explorar, descubre entonces nuevas posturas y aparecen gestos dados a ver, a leer en la relación que establece con los demás.

En otra sesión, camina y explora el consultorio. Al llegar al baño, golpea la tapa del inodoro, hace ruido: “TA, TA, TA, TA”. Resuenan los golpes. Retomo la melodía, la musicalidad: “Y Graciela hace TA (golpeo la tapa), hace TA (golpeo), hace TA (golpeo), y Graciela hace...” Realizo la pausa, hago el silencio, la síncopa para darle lugar a su sonido a la respuesta, al acople musical o la nota “azul” que ella sola puede tocar. Graciela ubica el cuerpo frente al mío y golpea la tapa: “TA”. Continúa así la melodía. “Sí”, exclamo. “Y Graciela hace TA (golpeo), hace...” Y ella responde: “TA”, golpea y toca TA.

El TA tocado por Graciela transforma la tapa del inodoro en un instrumento de percusión. Percute la tapa y ella deviene tambor, sonoridad, musicalidad. Entre toque y toque se juega el entre-dos de la relación. Entre el TA (de ella) y el TA (mío) suena la melodía sin palabras, que identifica quien está tocando. Por supuesto no importa tanto lo tocado, el sonido en sí, sino quien enuncia esa sonoridad escuchada por otro. Componemos una musicalidad escénica, una experiencia compartida se genera.

El eco de esa composición resuena en lo invisible, en el sentido de lo inasible, de aquello que nos convoca en la complicidad de una cadencia, de una sonoridad que se produce y escucha al mismo tiempo que se comparte y se enuncia sin enunciado ni significado previo o preestablecido. Es un decir jugado que nombra.

La experiencia sonora como escena es fugaz, dura un instante y la cosa, ruido se pierde en sí misma y emerge el eco de un recuerdo, el afecto que se desplaza de encuentro en encuentro, de nota en nota. Conforma así redes de sentido.

Esta nueva experiencia es probable que produzca nuevas sinapsis neuronales que modifiquen o favorezcan la expresión genética. Esa capacidad neuronal para modificarse  en respuesta a la experiencia es lo que se denomina plasticidad neuronal, justamente al articularse en este ejemplo en la experiencia compartida con el otro, donde circula el afecto libidinal, la plasticidad que denominamos simbólica se anuda y articula produciendo nuevas asociaciones tanto neuronales como simbólicas. Sin duda se produce un efecto sujeto, el despertar de la subjetividad.

Cuando una experiencia significante se transforma, por sus efectos, en un acontecimiento se produce el anudamiento entre la plasticidad simbólica y la plasticidad neuronal, lo que provoca en el niño cambios en la herencia simbólica y en la genética. La plasticidad simbólica a partir del acontecimiento, fuerza al niño a ubicarse en otra posición a nivel del deseo, del cuerpo, la demanda, la imaginación y el pensamiento. El nivel neuronal se enriquece con nuevas sinapsis, redes y circuitos neuronales más tenaces, intensos y firmes que confirman la propiciación subjetiva de dicha experiencia, que pone en escena el deseo del niño y la imagen corporal que el mismo conlleva. 

“Y Graciela dice Sí, dice sí, dice...” Tratemos de pensar ese silencio convocante, esa melodía inconclusa que llama, invita e invoca al otro. Es un hueco en el sonido, una apertura a la intensidad de intimidad de lo que el otro escucha para continuar cantando. Es una respuesta subjetiva al escenario que el otro demanda y sostiene.

En el trayecto clínico que se inaugura con la musicalidad de la experiencia compartida, nos une la resonancia de un lazo sonoro que nos invita a oírnos por fuera de cualquier técnica musical, de lo afinado o no del canto, más bien nos lanzamos al vértigo rítmico de la gestualidad sensible que nos devuelve el espejo sonoro del otro. Imagen sonora que identifica un espacio y un tiempo diferente, una experiencia que se ubica más allá del cuerpo carnal, mecánico o funcional. Se repite el canturreo y produce subjetividad en el acto mismo de la realización escénica. La musicalidad a la cual hacemos referencia crea deseos, constituye un campo deseante donde emerge un sujeto sólo después de dicho acontecimiento. La sonoridad como acontecimiento deja una huella, una marca significante que se encarna en lo corporal. Es decir, lo pulsional es efecto de ese encuentro sensible e intenso con el Otro. Graciela es sujeto en relación a la demanda musical, o sea, al deseo que se deja entrever a través del cuerpo y la gestualidad cantada.

La música en relación con Graciela se hace. Es del orden de la realización, de lo que se produce. No es un gesto elíptico o metafórico, es un hacer que se ejecuta en el espacio acústico, en el devenir de un tiempo compartido con el otro. En ese acto, el silencio es precursor de un nuevo encuentro que, por un lado, resignifica el anterior y por el otro anticipa el posterior.

Al cantar “y Graciela dice sí, dice...”, y Graciela responde: “YH”. Ese silencio es el telón de fondo que sostiene la relación y el deseo. Crea una discontinuidad al decir de Walter Benjamin “una dialéctica en suspenso”, y da lugar a la existencia de un otro como sujeto. En este sentido el silencio se constituye en un estrépito que corta el ruido y busca al otro hasta alcanzarlo, es lo opuesto al mutismo. Justamente se conforma como silencio musical. Silencio privilegiado, alusivo, que alude al otro.

“Y Graciela dice...” ¿Qué sobreentienden los puntos suspensivos? Una clave musical que genera un pentagrama donde las notas se relacionan con otras a través del afecto amoroso que ellas enuncian, tocan en lo intocable y dan volumen a la escena, al murmullo, a la otra sonoridad que se deja oír en la escritura sin palabras que no deja de cautivar y a la vez relanza a Graciela al encuentro de la otra voz donde ella existe como sujeto.

La musicalidad no existe en sí misma o como método para relacionarse con otro. Sólo tiene lugar cuando se hace en la singularidad de esa relación que da pelea, que lucha contra lo irreversible de un diagnóstico-pronóstico o de un síndrome prefigurado y establecido por un déficit.

En la clínica recibimos a un niño y damos lugar a que un acontecimiento suceda. Graciela comienza a decir sus primeras palabras, sus primeros cantos. La plasticidad juega su juego. El despertar de un sujeto aparece en escena.

 

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1 Véase Levin, Esteban: La experiencia de ser niño. Plasticidad simbólica, Editorial Nueva Visión, Buenos Aires, 2010

 

 

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