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DOS CUENTOS *

JUAN CARLOS CUCALÓN DEL CAMPO

 

 

 

 

EL SABOR DEL BEBO

Desde el filo gris azulado de montañas sobre el horizonte, sin cambiar su rumbo, el hombre pelícano se atravesó una lengua de océano sin detenerse en ningún risco, ni para zambullir el buche, hasta el balcón del escritor.

El pasamano en la baranda de la terraza se estremeció durante unos segundos cuando el hombre pelícano detuvo su vuelo. Sacudió las alas un poco hacia atrás sin extenderlas, y estiró el cuello sacudiendo el pico. De inmediato, brotando de su propio buche, se completó su cuerpo de hombre conservando las alas con su plumaje intacto hasta la media espalda y las nalgas, Uh juh, se dijo el escritor.

Así tenía que ser. Tal como él se lo repetía cada vez que algo como esto le pasaba,   porque a él no se le podía aparecer un ángel cualquiera, de esos de melena rubia y  piel pulidísima con enormes alas gordas, de cisne; a él, uno exhibicionista de pico negro, largo y filudo.   Con un movimiento escéptico, levantó las manos del teclado y apoyó la barbilla sobre su mano derecha, mirando hacia el balcón;  dando  crédito del brillo crespo del mar se dispuso a vivir su alucinación.

Alargando sus piernas del pasamano al piso de la terraza, la figura del hombre pelícano se fortaleció. Dio dos pasos largos intentando caber en su piel, como las mujeres que afirman sus pantis, pero a él antes de afirmársele nada, se le sacudió el sexo y con el pico agitado pretendía gesticular o pronunciar algo diferente a un graznido. Batía las alas  y pestañeaba con intensos guiños. Abrió el pico y con ronco tartamudeo se dirigió al escritor, Pe, pe, per, permiso, permiso, y se sentó en el primer banquito que encontró, cruzó las piernas y se apoyó sobre sus alas contra la pared. Me, me vas a pe, perdonar, empieza a salirle más claro, Hace mucho que mi pico no pronuncia palabras de tu idioma, Uh juh, contestó el escritor.

Ya vas a empezar..., replicó el pelícano, Uh juh, tan sólo dame una oportunidad. Tú no sabes lo difícil que es hacerte esta visita, tanto  o  más aun  de  lo que para ti resulta pensar que no soy otra de tus alucinaciones. No estoy en tu mente, vine volando desde playa Rosada.  Ahora me recuerdas, ¿verdad? Uh juh.

¡Sé que te acuerdas!, continuó ese ángel feo, Te haces el que no me recuerdas... Nos hemos espiado desde hace mucho  y  me he mostrado a propósito, he llegado a arriesgarme frente a otros, que  creyeron compartir tu visión. El escritor intentó decir algo, calló.

Está bien, sé por qué prefieres olvidar la primera vez, en playa Rosada, te trae recuerdos de aquél amor que te traicionó...

Parecía que se iba a levantar pero solo reacomodó sus alas contra la pared y continuó. En ese momento te la pasaste muy bien, ni te preocupaba la posibilidad de que una ola repentina anegara la estrecha cuevita en la que se restregaron. No me vengas con que te has olvidado... Cuando te percataste que los observaba, no tuviste pudor, alzaste la vista hacia mí desprendiéndote de la oreja deseada e, irguiendo tu pecho y tu abdomen, me regalaste el ángulo perfecto para comprobar la penetración... ¿Ibas a decir algo?

El escritor abandonó su posición inicial, incorporándose sobre el escritorio.  Inició un gesto con el que quería significar algo, pero el intento se convirtió en un bostezo. Dio algunos pasos hacia atrás y los recaminó hacia el visitante. Comprobó que el hombre ave no era etéreo, le cerró con una mano el pico y con la otra le tocó los hombros y las alas y el pecho bajo. Uh juh, dijo confirmando la corporeidad de este ser con masa y tono muscular, sin errores de construcción mítica como los de  las antiguas enciclopedias de deidades y seres fantásticos. Aquí todo estaba en su lugar. Se retiró un paso y reintentó el gesto pero, otra vez, se desató el bostezo sin poder controlarlo. El hombre pelícano aprovechó el acercamiento e introdujo su índice en las fauces del escritor. ¿Me crees?

Hubiera podido decir muchas cosas inteligentes pero el escritor tenía algo más que apatía y aburrimiento. Uh juh, pensó decir, pero calló. Él seguía convencido de que otra vez su fantasía lo alejaba de lo verdaderamente  importante, el trabajo, su trabajo. Convéncete, idiota, soy real, le dijo el hombre con pico. Pero el escritor ya no escuchaba nada, giró sobre sí mismo contemplando a su alrededor los vestigios de sus días de encierro, Uh juh.  Botellas, papelillos, hayaquitas, tabacos, todo lo  reunió en un tacho, mientras trataba de ignorar la presencia en su estancia. Tuvo que hacer a un lado una de las alas del pelícano para salir al balcón y arrojar directamente al mar lo recogido.

No soy producto de tu borrachera, entiende, yo vine por mi gusto. No puedes rechazarme.

Regresó al salón con el tacho vacío, de un puntapié lo empujó a un rincón. Se acercó hasta su alucine lo contempló fijo, lo volvió a tocar. Hubo un dejo de sonrisa en su expresión, a lo que el pelícano contestó con un alegre ji. De la cintura, con las dos manos, lo atrajo hacia sí. Apoyó el hombro en el pecho y dejó que le rascara la cabeza con el pico; le rodeó la espalda con el brazo izquierdo y con la mano derecha clavó el más profundo puñetazo que podría, con su huesuda  mano, haber propinado el escritor. Se batieron confusas y enormes las alas que hicieron bailar la lámpara. El ángel se inclinó pero no cayó. 

El escritor volvió a su mesa tomó la caja  redonda de lata y, de entre cogollos y cisco de hierba, sacó una calilla grande y la encendió. Fumó a grandes bocanadas, tragándose el humo. Luego, cerró los ojos por un buen rato y lentamente dejó escapar un hilillo de humo enredado en su ya clásico Uh juh.

Cuando abrió los ojos, tenía al ave hombre casi sobre él. Se sorprendió un poco y de inmediato se tranquilizó con otra bocanada. Ofreció el bate al visitante y éste lo tomó pacientemente con el pico, aspiró varias veces hasta que ardiera por completo. Sostuvo el aliento, saboreando el producto, catándolo  y el residuo lo roció por toda la habitación.    Qué curioso, ¿tú tambien le compras al Bebo? Interrogó el pelícano a lo que el escritor contestó en tono afirmativo, Uh juh.

 

 

Miedo a U2
JUAN CARLOS CUCALÓN DEL CAMPO

A Ingrid María Icaza Ruperti
Porque creyó en mí.

I

            No soy jesuita, hincha sí, pero nada de jerarquías  eclesiásticas. Por autodidacta y libre pensador es que conozco esto y que me llamen vago, diletante, hedonista, cínico y, por qué no, nefando.  Porque yo haven't found what I was looking for...   ¿Miedo a U2?!A saber! Sí, así es, siempre, cuando los dedos llegan, el cerebro se vacía.  El protagonista ¿era? no, decía… no me acuerdo. 

Era adolescente y había pedido por primera vez a sus padres dinero para comprar una camisa a su gusto.   Cara, no convencional, poco conservadora para el momento, sus padres no la  vieron hasta que llegó el paquete a la casa. Arde, uy, como arde, en su totalidad mi piel.  La prende un ardor desde adentro y hace al resto del cuerpo crepitar y torcerse como los tizones de un fogón, mas ellos, porque es su final felicidad y la mayor expresión de ser, pues, lo disfrutan, supongo; para mí no representa goce, la antesala del infierno, con la paila, si es eso lo que me toca.

Recuerdo que en un cuadro, el de los pecados, en, ¿la Compañía de Jesús o San Francisco?, la Compañía, el nefando se paga dentro y fuera de la paila.  Demasiado tropical para el medio.  Mucho colorinche para ropa de hombre.   Se veía linda, le dijeron todas sus primas, y todas las mujeres que la vieron se la alabaron, lo bien que le lucía, porque le resaltaba, que el pelo, que su piel tan blanca, que le ponía luz a su sonrisa. Él amó su camisa y su mundo tuvo que aguantársela.

Siempre me ha intrigado esa pintura híper retocada, porque de seguro no es como fue; me refiero a los colores y uno que otro castigo adicionado según las modernidades que han ido creando nuevos pecados o reformulando los antiguos. El nefando siempre estuvo.  El diccionario dice: repugnante, indigno, repulsivo, torpe como si se tratase de vómito  o de algún desfogue fisiológico que requiere de absoluta intimidad o secreto, qué sé yo.  Hasta la mitad del siglo veinte en el Aguilar y el DRAE se incluyó  la aclaración de la existencia del Pecado Nefando como sustantivo, pero nada de explicar en lo que consiste esa falta; había que recurrir a un sacerdote u otro entendido.  Ni los guías turísticos que mostraban la obra sabían de qué se trataba; incluso la mayoría lo confundía o acolaban con otro un poco más a la derecha y arriba que, sin alcanzar la esquina, rezaba Nefálico: esto condena la sobriedad, todo lo contrario al alcoholismo.  Raro que el dogma castigase a quien no se permitía beber, mas estaba dedicado casi en exclusividad al feligrés abstemio acérrimo que se negaba a beber del vino de la consagración aunque sea un sorbo que, por cierto, el representante de Cristo purifica santificando cualquier grado alcohólico al convertirlo en la sangre de nuestro señor.  La mayoría creía, y supongo que sigue creyendo, que el nefálico señalaba a los degenerados sexuales adoradores del falo, equivocados.  Bueno, en cuestión de pecados la gente o se confunde o simplemente no quiere saber qué están haciendo mal, ¿no? Nadie se acerca al confesionario con el cuento de, Acúseme padre que ayer cometí el nefando siete veces, y, si así fuera, el cura, ¿le pide explicación?, simplemente abomina al pecador y le impone la pena.   

De puños y cuello anchos que llevaban la misma franja de listones de colores pastel, tropicales, desplegados desde el turquesa al amarillo a la izquierda y al rojo a la derecha, y que además recorría verticalmente, sobre el bolsillo corto y alto, todo el costado izquierdo, la camisa de mangas largas. El fondo era un celeste agrisado que, mágico, al verlo de soslayo exhibía aristas de violeta.  No llega a guayabera vanguardista, opinó el padre y no le dio más importancia.  Los hermanos no cesaron de burlarse.  A la madre tampoco le gustó y por eso se abstuvo de comentarla.  El la usó, como dijese la Jane Austen con Pride and Dignity, por orgullo y la exhibió con dignidad. Vaya usted a saber cuál Pride y cuál Dignity, o fue ¿pride y prejudice?

Imaginar, por un nefando chiquito, un rosario más los misterios gozosos; por uno reiterado, además de los rezos de rigor, se exigiría purgar la carne con cilicios, raro también al tratarse, derecha y arriba, de un pecado venial, de los que comete la carne, como la gula o cualquier otro exceso.  No se entiende.  Nadie explica la vergüenza ni reclama tampoco; pero, de que el público se entera, eso sí, y que no dicen nefando para nada, eso también; en la calle se lo llama con infinidad de nombres, todo depende del interlocutor.  Además, se lo endilga sin comprobarlo solo por las apariencias.  Sí, solo por el look ya se señala al pecador nefando-practicante. Qué asco, sin saber si quiera si lo lleva a cabo o solo lo desea.  Desearlo es igual que pensarlo que es pecar y se pena con la misma severidad sobre todo a los reincidentes que hasta sueñan con el nefando.

A ocasiones especiales la dedicó, para  eventos de grupos distintos y así  poder presumir de estreno cada vez.  La tercera ocasión que se la puso, para un cumpleaños de una turquita amiga del mall, le presentaron al primer muchacho que, antes de nada, alabó su buen gusto; el protagonista, agradeció intrigado y sorprendido más cuando, al unísono, comprobaron que llevaban exactamente el mismo modelo de zapatos.  Qué gracias. A mí me hace gracia, castigo por pasarla, Bien bonito, diría Paquita la del barrio,  ¿Qué nota? Pero claro, si  aquí uno viene es a sufrir, no a andarla pasando bonito, habrasevisto,  éste es el valle de lágrimas, pues.  Y el que no llora, el tango lo dice clarito.   Se miraron los pies, se miraron las caras y rieron.  Fue la primera  vez  que sintió un apretón de mano tibiamente sostenido tres segundos de yapa por  debajo de la línea de la cintura y que le pellizcaron  el cuello con algo de picardía.  Aceptó  una palmada y otra apretada en el hombro.

Aun así existen los que les da el optimismo, ese…: al mal tiempo buena cara y una sarta de imbecilidades que cultura y religión hacen creer, pobres.  Nunca me conformaré con eso de que “como no fuera yo uno d esos ignorantes felices para no sufrir por lo que me impone el intelecto”.  Hay también los que, intelectuales y todo, les importa un culo los prójimos limitados y, ocupando el ángulo del cinismo, lo consideran selección natural. La culpa no es de nadie, es un proceso que nos trasciende frente al cual poco o nada podemos hacer. Con nefálico o sin nefando, el hombre ha olvidado cual fue el entorno que lo convirtió en lo que es.  Será la naturaleza cojuda, el planeta es el ente al que le debemos la existencia, es como comerse a la madre, será eso el nefando, se tratará de una conducta edipica.

No se volvieron a tocar en toda la noche y,  aunque los dos participaban de grupos distintos, se las arreglaron para permanecer espacialmente cerca, capaces de  amplio control visual. Coincidieron algunas veces sobre las bandejas de bebidas que ofrecían los camareros.  En una de esas, ¿Tú vives al sur, verdad?  A mí me lleva un amigo y el carro va vacío.  Gracias, yo tengo como regresar.  Igual la idea le prendió, lo pensó  mientras bailaba y atendía los pasos, el ritmo, y a ese otro bailar, el de las miradas.  ¿Quién sería el amigo del carro?  Todos los que lo acompañaban lucían muy pelados.   El planeaba regresar  con los padres de un compañero de  clase, pero deseó.

En el cuadro, cada pecado tiene sus diablitos verdugos, completa un amplísimo catálogo de fetiches, es curioso, y hasta cierto punto disculpable, que fuera el único cuadro en toda la iglesia al que no se velaba; sin atril, ni siquiera una piedra o un cajón para candelas se le ha puesto, incluso el de las ánimas del purgatorio tiene su hinchada.  Al oscuro infierno, que es una sola llama, nadie le pone ni un fósforo, menos una vela.

En la despedida salieron juntos y mientras esperaba a sus amigos en  la calle,  Si quieres ven que nosotros también vamos al barrio.  Ok, gracias.  No hubo vista atrás, caminó los tres metros y se subió al jeep.  El chico que conductor lucía como de la edad de los enamorados de sus primas mayores,  supercool, pantalón de lino con sandalias.   Gruesos rizos morenos con destellos  brillantes le hacían un hongo la cabeza que giró,  ¿Vas al barrio, no?  Sí.  Muchas gracias, hasta El Oro.  Está linda tu camisa. Gracias.  Pero el de los apretones, con una sonrisa, sentenció,  Yo la vi primero. Y, como Jesús del Gran Poder, ninguno.  Al menos yo no he visto otro más velado, más paseado, trajinado, armado y desarmado, porque eso sí que los franciscanos de modas y estilos no saben es nada.  Para eso están otros que les dan haciendo el favor, qué más les queda a los jesuitas que vestirlo bien bonito de violeta y dorado.  Pero eso sí, a la hora del nefando, la culpa es de la carne, Yo la vi primero, no es culpa del intelecto.

Después de todo, ¿es acaso el infierno un lugar tan temible? ¿Será? Tal vez no sea en realidad más que el paraíso de aquellos a los que la naturaleza ha creado diferentes para que gocen habitándolo. ¿Cómo será?

 

II

            Vaya, no sé. Yo aquí l que vine a hacer fue a fumar un madurito. Pero no hay madura que valga ya, el polvo está turísimo, ya no hay la manteca de antes, no, ya no hay.

Haya o no haya, del pecado, el madurito nada.  Qué estoy haciendo.  Nadie sabe, yo no sé.  Triste situación la del cojo…, diría mi padre, quien siempre dejó los puntos suspensivos; triste, triste, pensaba yo cuando lo oía y creía que el cojo era el cojudo ser humano.  Comprendí, y la gente que nos contemplaba reía sin entendernos.  Eso nos deleitaba pero manteníamos la pose.  Serios, circunspectos.  Desarrollamos un lenguaje de euforia en la mirada que, proyectándose dura, escondía complicidad y sonreía.

Si alguien me mira así, con ese efecto, me enamoro.  No, no me enamoro con frecuencia, y es por lo mismo que bromeando les digo a los panas, cada vez que veo un pelado bueno en la calle o donde sea, “Me he enamorado”. En realidad me burlo de mí.

Que es del maduro, triste situación la del cojo. Nunca antes he estado en una de estas reuniones callejeras, siempre pensé que todo debería ser más oscuro, mucha tele, creo.  Bueno, aquí  estamos bajo dos reflectores de valla publicitaria, hay dos postes de luz en la cuadra, tres automóviles mantienen su luz encendida, nadie se oculta.  No es una esquina elegante, es un portal de casa mixta, de dos pisos, junto a un aborto en cemento de locales comerciales diurnos.  Todo bien.

Llegó Flaquitillo, condición típica de los dealers del polvo, sobre todo este tipo de intermediario. Flaquitillo era falquitisimo, cadavérico y, hasta antes de recogerse la capucha, espectral.  No miraba, hablaba y contabilizaba.  A la chiva y, Ni te conozco, si te he visto no me acuerdo.  Le entregué la grifa y los lillos a uno de los remones, el menos jalón, para que nos roleara algunitos. Ahora sí, se hace la rueda y los madureros nos descubrimos, el resto se pistolea y ni nos mira.  No se fijan.  Los cojos.

¿Estaremos siendo muy crueles?  ¿Es la crueldad la creación más humana?  La naturaleza no es cruel, es justa equilibrada.  La justicia y la normalidad humanas son crueles.  Ésta es la diferencia entre los pistoleros machos y los madureros filósofos, peripatéticos, discursivos o contemplativos.

Éramos siete, cada cual chupaba largo una vez y lo pasaba por la izquierda, rito es rito, mientras los temas variados se exponían libremente comentándoselos igual si se conocía o no los por menores que lo generaron.  En dos rondas se consume y se guarda la chicharra, deliciosa y cruel, para el dueño de los teques.

Daddy never presented us.  We have not been presented, me dijo el dentista a mi derecha mientras exhalaba profusamente todo el humo contenido.  Sé que ando zarrapastroso y por lo colorado no luzco con mucha pinta local, pero la plena es que me cabrea que la gente piense que soy extranjero o cualquier cosa, porque me han dicho de todo.  No, We have not, pens’e decir, no lo digo, me hago el desentendido.  Callo y me llega el maduro y un vasito blanco de plástico como un dedal fuera de escala. La interna reacción fue no, qué chucha por afuera, los agarro, pego un buen jalón profundo, que hace caer la columna de ceniza despedazándose mudamente sobre mi pecho hinchado, y me bebo todo el licor del dedal.

De pronto me río de la actitud que de todas formas ha sido cordial del dentista, quien no esta tan mal, y pienso en el gordo dueño de la casa mixta que comerciaba muchachos salitrenos para todo servicio; cruzo el maduro de frente y, conteniendo la respiración, Mucho gusto, y le doy mi nombre.  Se prende otro y la rueda sigue.  Tenemos para un buen rato porque se han ido dos de los remones, se volvieron pistoleros o, más bien, es que los pistoleros no quieren compartir con ellos y, si no hay pan, se han ido, ¿no? Están también un par de pintores conocidos, seres demenciales de un submundo que ellos mismos se construyen, poca gente tan libre como ellos. Dos estilos distintos, obviamente.  Como lo suponía, sigue llegando más gente con más material y se dividen como nosotros, pero los madureros no competimos, nos agrupamos en una sola rueda y compartimos, los otros rivalizan.

Seguimos girando y creo que ésta ya n es ni mi grifa ni mi polvo, según mis cálculos hace un par de maduros, éste y el anterior, debe haberse acabado mi  dotación. Claro, mi remón roleador, que mudo ha permanecido a mi lado, me lo recuerda y, por qué no, luego alguien más pondrá, pero igual hago una insinuación para armar una vaca, bien.

Ya vendrá Flaquitillo.  Súper bien, no hay que esperar, los recién llegados que lucen incalificables y jóvenes, piden grifa del ruedo y ofrecen su base del loco Freddy.  Todas las manos extendemos nuestros remanentes, chicharrillas, chicharrotas, paquetitos, funditas, entre todo para unos cuatro o cinco.  Así que le pido a mi remón oficial que nos consiga más. Y se va sin decirme nada, sin pedirme dinero, al infierno.  Lo ofendí, qué cruel es el lenguaje.

Mientras las conversaciones se entremezclaron, el flujo de discusión se tejía en todos los niveles, era un todos contra todos, permanente.  El dentista se me presentó como Alberto y llevo conversando con él como media hora, ni me acuerdo de qué, yo le respondo con frases hechas de la conocida comedia Tendamos la Cama, puede que resulte, adoro las sorpresas.  La historia de la pareja que trajo los últimos teques suena muy interesante, parece que son primos y mormones, discuten asuntos de su fe, sobre las esposas de Joseph Smith; encima de ello hay una receta de mouse de nisequé, arrasa Thalía, se venga una gata, y el grandilocuente discurso del dentista, arde, uy, como arde.

Yo no quiero oír, no quiero ver.  Aquí, bajo tanta luz y el fuego del neón que nos hace brillar artificiales, el gordo es una gorda; el dentista, loca rodada; el marido de la gorda entra y sale para pegarse unos toques coquetos y a controlar a las descontroladas.  Lo máximo son los mormones que no logran ponerse de acuerdo, ¿nunca lo harán?  Seguimos en la rueda y aparece mi remón favorito con tres mugas tucas, Me des dos dólar, me dice viéndome a los ojos, la mirada dura, bien dura.  Bacán. El polvo sigue turro y la rueda continuará.

 

III

            Mackensie dijo que el cojo de la esquina del castillo de Alavedra, el que es igualito a Jaén el pintor, como si fuera su hermano gemelo, tiene el polvo más creativo de todo Guayaquil y del otro también, ese que te paniquea y te deja sacado. Dice, además, que puedes seleccionar la calidad y el tipo de trip según tus intereses.  A saber, me dije la primera vez que lo oí.

Esa esquina sí que  ha tenido de todo y tendrá más, podría estar incluida en el cuadro de la Compañía, es el time square de la ciudad.  A toda hora sucede de todo, nadie tapina su nefando.  Todo bajo control, todo bajo todo.  Esa esquina es hasta subterránea, no se diga súper aérea, espacial con tanto ovni voladazo cruzándola.  Allí, viendo de frente al castillo está el cojo.  No digo que no haya creído el cuento de Mac, yo a él no lo cuestiono; el caso es que el polvo siempre ha sido la misma mierda triquiante y lo único que lo sazona razonablemente es la grifa.  No podía imaginar, entonces, que existiera opción en la tendencia de traba, sobre todo eso.  Cómo es que decides pintar o escribir o hacer el amor y el man te da la precisa, la que te hará trabajar y, sobre todo, quedar bien.

En la otra esquina, la del Barricaña, todo fue tejer el mito, cómo tenían a la fiel copia del protagonista, y además él mismo, Jorge Jaén , aceptaba y entraba en el juego, adoptando pose con la rodilla recogida y el gesto torcido para parecerse más, decía Cuánto, habla rápido, cruzha. Ahí la cosa era representación, aunque Jane lo requeté conocía al supuesto gemelo y a su mercancía, él podio dar fe.

No me interesa saber el nombre del cojo, prefiero contemplar su muñón. Tiene su nota, es único.  Claro que es asqueroso y perturbador, si no sería otra cosa, prótesis, bastón, qué sé yo; es u asco, repugnante nefando con caché.  Un no sé qué gerencial en aquella lanza achontada que le cuelga, siempre bamboleante, desde la rodilla hasta una cuarta del piso.   Supe de una pareja que, contra natura, le pidieron paquetes para poder tener un hijo y l consiguieron: Guitig lo bautizaron, ¿a quién le importa el nombre?

Se ha reubicado en el portal de la última casa vieja de madera con paredes de sincha y zinc, llena de murciélagos, la de la gorda ex peluquero.

¿Dónde comenzó la suerte del cojo? En una botella rota con la que le cortó la nalga a otro cojo; cuando el nuestro tenía pata y nombre.  Tuvo que escapar y un día el cojo llegó salido de ninguna parte y se paró en la puerta de la peluquería cual si fuera guardián.  Nadie lo conocía.  Julio lo enfrentó primero pero se cayeron bien.  El cojo ya tenía la cara de diablo que tiene hoy y la gorda, que entonces flaquita y pelona, era súper fetichista, lo único que le queda.  Sexo, droga y rocola los acercó.

Nunca ha tenido un trabajo que se pueda llamar empleo.  Él siempre se las ha arreglado para no necesitar, siempre había quien le costeara las básicas angustias.  Nunca mantuvo a nadie.  Así ha sido desde que se lo conoce, todos están de acuerdo.  El cuento de Mac, de que te consigue la mezcla precisa, también es antiguo. Comenzó en la época de la peluquería cuando el Julio cortaba pelo y aun no era la gorda.

Era de un mansito de esos esquineros que, pluto, decía siempre que quería matar a alguien  pero el trago lo ablandaba y con las manos limpias se iba a dormir.  Hasta que le dijo el cojo: Si de verdad quieres matar a alguien, yo te hago un preparado que te dará todo el coraje que necesitas.  Desde entonces, los que necesitan el impulso de la ola van donde él y llegan salvos a la arena.

Comenzó mezclando tragos y liando pitos para las mariguaneras amigas de Julio, después se hizo el pusher y hasta medio putón, cachero, machuchin dizque.  Te conseguía de todo, con sus conexiones. Las dotes de alquimista para la psicodelia  parecen haber sido congénitas, como el ritmo para la danza característico de su raza.  La bola se riega rápido.  Al cojo lo conoció todo drogo de la ciudad, hasta el protagonista.  La tía Lola lo mandaba ver con chofer y todo; se lo llevó  varias veces a Las Alturas para exhibirlo como rareza, desnudo, en uno de los cuartos orgiásticos de la casa de hacienda.

En una de esas apareció un español pintor,  y le cago la vida, ¿cómo?, otra vez al mundo del mito. Pues de esa relación, de su intimidad, nunca se pudo saber nada.  Ellos tenían su lenguaje críptico, pero, que existía esa relación, existía.  No es que el cojo haya cambiado o, al menos, desajustado su rutina, no.  Simplemente fue que desde entonces el pintor contaba en sus decisiones.  Hasta en la que lo llevó preso.  Pero si cuento eso, esto ya no sería cuento si no novela, ¿qué hacer? ¿Abreviar?

Cómo podría abreviar lo enorme, magnificente, acogedora y cálida, serenadora y agobiante a la vez, capaz de almacenar, cien paquetes, en sus propias palabras, de la nalgatoria de la bruja negra, eso es imposible.  Cómo recortar la descripción de la única rival del cojo.  Que te consigue tu deseo, pero que te deja resaca maldita, dicen, no la he probado porque soy fiel a mi cojo.  Por eso abreviare, lo contaré todo.

Todo lo que sé, porque tampoco es que me la sé todita, si no soy dios, ni angelito siquiera, acaso me escapo del cuadro del purgatorio.  Supe, decía, que una madrugada, cuando ya el cojo había parado la venta, los sorprendió la policía.  Él estaba limpio, como siempre, y cagaron al pintor.  Cana.  El cojo se convirtió en su guaricha, le llevaba la comida, los cigarrillos, el trago y la droga y hasta las armas con las que trató de enseñarle a defenderse.  Antes de los tres meses, durante una visita, se armó un pedo que porque el cojo no repartía lo que llevaba para el español.

En el asalto lo cosieron de fierros y a Gerardo lo asesinaron.  Sus heridas sanaron, menos una en el pie derecho  que se gangrenó y lo amputaron.  De ahora en adelante, el cojo se agria para el resto de su vida y se pierde un tiempo.  Regresará, pero convertido en un mito.

Por qué nos encanta eso de construirlos, cuando deberían hacerse solitos. Lo visto, claro.  Para quedar bien debería decir, de cuando en vez, que suena más distante que de vez en cuando, pero lo visito tan a menudo cuanto puedo y me hace narrar, mucho, buen material.  Ni un minuto necesito, a veces con veinte segundos me basta.  Ve el billete y, de entre los dedos de su único pie, disimulados, recubiertos con papel de empaque opaco, me entrega los paquetes que son de papel manteca azul.  Un tuco café, que escondo en el cuenco de la mano, como si se arrancara uno de esos dedos de piel curtida. Me llevo un trozo del cojo y cuento.

Me ha ido educando, en el arte de la ubicuidad en el instante del negocio, siempre enojado y reclamándome por mi comportamiento inocentemente indiscreto, que lo ponía nervioso, aunque no lo aceptaba.  Una sola vez me dijo que no quería monedas, ni más, siempre billete, cuando, No te me tires de una, vigila la sapada, vacila bien, ni más, ahora nos saludamos y nos hacemos conversa y en la despedida es todo. El verde se cruza con el tostado.  Camino despacio y me entrego al fuego de lo claro, sin pena, orgulloso y otra vez en la multitud, en este time square soy yo el protagonista.

 

* Nace bajo el signo de Piscis con la estrella da inicio a la Era de Acuario y vive un periplo entre la literatura C y el arte conceptual.  Dirige talleres de creación literaria y de lectura; escribe crónica para revistas de papel cauché entre clases de historia y apreciación cinematográfica. Su fuerte es el “cuento” que ya le ha dado desde el Pablo Palacios y el Luis Félix López, algunos primeros premios. Performativamente ha sido, Diablo Vegetal, Andy Wharhol, El Rodaballo de Grass, La Dolorosa Lotera y el Clítoris Oráculo  más grande de Guayaquil, entre otras taradeces. Errancia agradece a Juan Carlos Cucalón del Campo su escritura y participación en este número.

 

 

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