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C2

QUIMERA

LIVINA SANTOS JARA *

 

El aroma a café recién pasado la arrancó del letargo de un sueño vacuo. La inminencia de la migraña la apremiaba a abrir los ojos, a despertarse bien, enseguida. Una mano de Rodrigo presionó ligeramente la suya. Despacio, le ayudó a mover cada uno de los dedos. Se miraron y sonrieron. Desayunaron en silencio, como siempre, con el televisor encendido para ayudarla a terminar de despertarse mientras bebían café negro con un par de tostadas. 

Se levantó lentamente, balanceando el cuerpo con gemidos sordos mientras se dirigía al baño. Rodrigo sabía que al salir Sofía revitalizada de la ducha, él debía cerrar sus oídos sin dejar de asentir cada tanto, sobre todo ante la menor pausa.

–¡No me estás oyendo, no me estás oyendo! –reía Sofía y seguía hablando sin prestarle atención–… lo que importa es que me lo saco del sistema, lo digo y mágicamente todo cobra sentido, queda tan organizado… –la oyó decir a la vez que movía las manos en su característico gesto al indicar un orden. 

Esa mañana, como cualquier otra, se despidieron con varios besos, como si no quisieran separarse.

Sofía era animista por naturaleza. Antes de acostarse a dormir daba vueltas de aquí para allá hablándole no solo a él, sino también a los objetos y a cualquier animalito que se hubiera metido a la casa. Él amaba la gracia con se dirigía al cosmos para hablarle como si se dirigiera a un gigante, mirando un poco hacia arriba y hablando con temor y reverencia. Cada noche colocaba una jarra y un vaso de agua sobre el velador, y en ocasiones la jarra debía ser llenada por segunda vez. 

–¿Dónde guardas toda esa agua que tomas? –le preguntaba Rodrigo sin dejar de sorprenderse después de los pocos años de convivencia que ya tenían.

A Rodrigo le complacía cuando Sofía recostaba la cabeza en su barriga, porque significaba que quería oírlo. Consideraba innecesario hablar de su propia vida, pero con ella había descubierto el efecto terapéutico de rememorar, de dejarse llevar por los recuerdos y a la vez dejar que los recuerdos retrotraigan de manera vívida momentos casi olvidados, gracias a las palabras. Cuando él hablaba, Sofía guardaba un silencio memorioso. Él había visualizado la escucha de su mujer como un canal a través del cual se colaban las palabras hasta llegar a una recámara con paredes llenas de pequeños cajoncitos donde ella iba guardando los detalles, todos bien clasificados. Si Sofía rompía su silencio era solo para establecer relaciones. Un detalle de una historia contada años atrás volvía a salir a la luz a través de su boca para establecer relación con esta nueva historia que ahora le contaba. Era fascinante, como armar un rompecabezas de su propia vida. Creía percibir un mejor entendimiento de sí mismo, de sus reacciones un tanto violentas en algunas ocasiones, de cierta rabia contenida, de rencores guardados, incluso de sus persistentes silencios.

Sofía lo animaba a contarle acerca de sus amores pasados. Decía que eran parte de su historia, que gracias a su historia él había llegado a ser quien era, ese hombre al que ella amaba. Que los amores previos los habían formado en una manera de amar, de confiar y desconfiar, así que ese pasado podía ayudarlos a comprenderse más. Esa parte no le gustaba. Él solía hacer un repaso muy breve al referirse a otras mujeres de su vida, porque así podía pedirle a ella que hiciera lo mismo cuando hablara de su pasado amoroso. Los celos le dolían. Prefería el desconocimiento.

Las noches se cerraban cuando dejaba de entender las palabras de Sofía. Comenzaba por ponerse en evidente manifiesto su anomia, que en el día o disimulaba bastante bien o la convertía en una broma, hasta alcanzar la etapa de la afasia. En ese momento él no podía evitar reír un poco, resultaba tan gracioso verla gesticular y emitir sonidos carentes de sentido. Cuando él reía, ella comprendía y reía también. Se despedían con varios besos, varios que duermas bien y un ojalá mañana no amanezca con migraña dicho en voz alta para sí misma. Entonces caían en un sueño profundo hasta que él se levantaba y llevaba el desayuno a la cama.

La madrugada de la primera noche que olvidó tomar la medicina, un golpeteo en el corazón despertó a Sofía. Otro, al cabo de un rato. A la mañana siguiente no hubo síntomas de migraña, sino apenas un ligero dolor de cabeza. Recordó la falta de aire que le produjo el golpeteo en el corazón y se lo contó a Rodrigo mientras desayunaban.

Ese día, mientras manejaba, recién cayó en la cuenta de que la noche anterior no había tomado la Xanax y que el médico le había advertido de la necesidad de reducirla poco a poco, precisamente para evitar ese tipo de síntomas. Se sentía más alegre, más despierta, y pensó que tal vez había llegado el momento de olvidarse de las pastillas para siempre. Después de todo, aquello que la había perturbado había desaparecido ya de su vida y el miedo a desgracias inminentes habían dejado de atormentarla.

A la noche siguiente el sobresalto fue menos intenso. A la siguiente casi nada. Una semana después su corazón la dejó dormir tranquila. Despertaba alegre antes de que Rodrigo abriera la puerta con la bandeja del café y las tostadas, las articulaciones dolían cada vez menos y si no abandonaron el ritual del café fue solo por eso, porque era ya un ritual que empezaron a disfrutar en medio de conversaciones banales, agradables.

Una mañana Sofía abrió la charla con un sueño que había tenido. Recordó entonces que desde muy pequeña había iniciado el hábito de contar sus sueños a su familia durante el desayuno. Con el transcurrir de los días, recordó también que las pesadillas nocturnas habían desaparecido años atrás gracias a las Xanax. Las pesadillas estaban volviendo, pero no quería volver a la dependencia de las pastillas.

Una mañana Sofía se despertó a la par con Rodrigo, pero se quedó esperando el café en la habitación. Tenía una sensación desagradable. En la espera, se dedicó a recrear el deseo de Rodrigo por otras mujeres. Una, otra, otra. Trató de meterse en su cabeza para vivir esos deseos. Hilvanó detalles de las historias que lo convirtieron en el hombre que es, y lo despreció. Sus silencios le supieron a vileza. No respondió a su sonrisa cuando entró con la bandeja del desayuno. Resoplaba. Por un momento la habitación giró hasta hacerle perder el equilibrio. Estaba pálida, sudaba, el corazón le latía a mil. Rodrigo quiso ayudarla. Sofía lo rechazó, lo miró con odio, sin poder entender el sentido de esos cinco años juntos.

Los desayunos en la cama menguaron hasta desaparecer. El final de los recuentos de las pesadillas de Sofía cada mañana se empataban con reclamos propios de una mente febril. En repetidas ocasiones el desayuno fue interrumpido por una patada a la bandeja, que la mandaba volando por los aires. 

Sofía se negó a volver a tomar la medicina que hasta entonces Rodrigo había tomado como una mera adicción inocua. No quiso volver a tomarla pese a que volvió a sumirse en los ya olvidados momentos de prolongada aparente ausencia. Rodrigo no sabía si su parloteo cotidiano con cuanto la rodeaba lo continuaba llevando a cabo dentro ese silencio que se fue apoderando de ella. Sintió que, así como la bandeja del desayuno voló varias veces por los aires esparciendo café, azúcar, tostadas, tazas, platos, cucharitas y demás, la recámara ubicada en algún lugar del cerebro de esa mujer a la que había llegado a amar tanto por la paz que le proporcionaba había colapsado y todos sus pequeños cajoncitos se habían abierto a manera de disparos, hasta dejar toda la recámara de su cerebro confusa, muy desordenada.

Hasta cierto punto, hubiera sido pertinente hablar de lo defraudado que llegó a sentirse Rodrigo. Pero el silencio se apoderó de ellos, como si con él cerraran el paréntesis que habían abierto en sus vidas.

 

 

 

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Livina Santos Jara, (Guayaquil). Narradora y catedrática. Formó parte del Taller de Literatura de Miguel Donoso Pareja. Ha publicado cuentos en revistas del país. Consta en las antologías: "Nueva narrativa ecuatoriana" (Hispamérica, Gaithersburg, Md. USA); El lugar de las palabras (Quito); Antología de narradoras ecuatorianas (Quito, 1997); Cuarenta cuentos ecuatorianos (Guayaquil, 1997); Antología básica del cuento ecuatoriano (Quito, 1998). Agradecemos a esta importante escritora ecuatoriana la generosidad de compartir en Errancia su escritora. 

 

 

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