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L1

LA NO TAN TRISTE
Y PATÉTICA HISTORIA
DE BILLYBABY & BOBBY FUZZ


OSCAR HERNÁNDEZ

 

Erase una vez, una rata y un perro, yacían tirados en una habitación casi desértica, los olores variaban desde cerveza rancia y tabaco, hasta pies sudados.

-He tío, ¿tienes hierba?- dijo Billybaby, el perro.

-No cabrón, no podemos fumar aquí, de por sí, ya debo un par de meses de renta- contesto la rata llamada Bobby Fuzz.


RottenLung era el casero de Bobby, era un viejo asno llegado desde España, el pobre dejaba mal parada a su raza entera; cada primavera Rotten se ocultaba en su casa, no salía durante mucho tiempo, pues no deseaba que el resto de los burros vieran que lo que debería ser su mejor cualidad, era en realidad de corto alcance, era pito corto pues.

Pese a ello, Rotten, nunca desaprovechaba ni un solo momento para espiar o acosar con estúpidas invitaciones a Salmuera, una comadreja que rentaba junto a Bobby, ella tenía una cara bastante estilizada, con unos tremendos labios que parecía que darían excelentes mamadas, cosa que el viejo asno nunca descubriría. Salmuera se paró frente a la ventana abierta de Bobby.

-¿Tendrán algo de fumar?- Billy sacó una cajetilla de sus vaqueros, y sin decir nada, extendió el paquete a Sally, como le decimos los amigos.

Sin invitación, y como ya era costumbre, Salmuera entró con los chicos, miraban una película sobre una tal Jessica People, una conejilla casada con el recientemente fallecido Robert People, un humano, aquellas criaturas tan narcisistas y torpes, aunque resultaban bastante graciosos, quizás sea por lo estúpidos, por ello es que algunos, como Robert, se dedican a la comedia.

Billy decidió marcharse al terminar su cigarrillo. Antes de salir tomó un ácido muy leve, se marchó con la idea de haber dicho algo en forma de despedida aunque no supo si lo notaron.

Sintió la noche mezclándose con la tierra, sus pies echaban raíces, los brotes salían marchitos, confundiéndose con su piel, vibraba con ellos. Noche púrpura, negruzca de nubes difuminadas.

Llegó a la estación del tren que lo llevaría a casa, para llegar a los andenes había que cruzar la zona comercial, al entrar pudo escuchar el zumbido de ventiladores y refrigeradores, era un pasillo alumbrado por una luz blanca, no existía nadie más. Sólo había una larga cadena de almacenes, cada uno tenía la leyenda “todo barato”. Todos estaban cerrados, aunque pos algunos huecos de la cortina de metal se filtraba la luz encendida dentro, uno tenía una luz en falso. Todo barato se repetía continuamente, sin fin.

Entró a los andenes y abordó un tren. El ruido seguía continuo y Billy podía sentir las aspas del ventilador revolucionando, giraban sobre su cabeza. Había algunas personas en el vagón, caras lánguidas, ojerosas, unas cuantas con verrugas, otros intentando dormir, o con sus teléfonos.

En frente de él, había un lagarto tremendamente gordo, de respiración pesada, y una sonrisa invitadora, cínica, colmillos filtrándose por su hocico cerrado, conjugando con unos ojos amarillos. Con su garra acariciaba la pierna de su hembra, ella sonreía estúpidamente con los dientes amarillos, y los ojos mirando en todas direcciones y a la vez a ninguna. La boca entre abierta permitía sentir un aliento pútrido, Billy casi podía verlo.

Al fin llegó a sus estación, bajó y sintió la mirada de aquellos animales persiguiéndolo, cuando volteó, chocaban sus lenguas, aquel aliento; el viejo gordo no quitaba su ojo de él.

Saliendo, sintió el deber de vomitar, casi impuesto, y se inclinó sobre un bote de basura, tosiendo, con una pata metida en la garganta. El dolor llegó a su abdomen y sus ojos lagrimeaban, solo conseguía babear en abundancia. Se rindió.

Billy entró a su minúsculo apartamento, estaba inmaculadamente drogado. La T.V. estaba encendida, sólo emitía ruido blanco, estaba en volumen bajo, pero el ruido era ensordecedor, hasta que descubrió que el ruido no solo era de la T.V., a su alrededor volaba una jodida mosca, era enorme. Billy sintió asco, desde niño les tuvo pavor a las moscas, un asco que se vuelve sudor frio, y las venas se tensan queriendo escapar del cuerpo en cualquier dirección presionando contra la piel. Los ojos lentamente buscan, sin desear encontrar, la fuente del horror. Sentía las gotas deslizándose por la piel, una piel ahora de hierro, pelaje de púas de cristal fino, el aire le pesaba, respiraba amoniaco que incineraba sus pulmones y en cualquier momento sabía que iba a estallar.

La mosca se posó sobre la pantalla de T.V., se confundía con la intermitencia aleatoria de los puntos blancos y negros. Billy tomó una libretilla que estaba cerca, y golpeo a la mierdecilla infame, objeto de sus devaneos, el insecto dejó un rastro de sus vísceras en la pantalla y el resto cayó fulminado en la oscuridad, y una cosa inerte reposaba sobre el piso, con sus alas trituradas, maltrechas, y las patitas dislocadas, apuntando a diferentes direcciones errantes.

Billy se acercó en cuclillas y estudió el cadáver, apestaba. Detenidamente contempló el cuerpecillo negro, húmedo, y las alas cristalinas que reflejaban el espectro cromático. La movió con un palito que recogió del suelo sucio, y descubrió que la cabeza de la mosca portaba un rostro humano, era el de una mujer hermosa, caucásica de cabellos castaños, ojos negros, perfectas pupilas obsidiana, rodeadas de lóbulos blancos, ojos esterilmente bellos, con la mirada de un amante esperando el último beso, aún brillantes, ojos donde el negro y el blanco marcaban su inmaculado territorio, perfectamente delimitados e intactos, pero se apareaban en armonía sinfónica, un tablero de ajedrez de mármol y azabache donde los peones danzaban paganamente en sacrificio a la bruja. Sus labios femeninamente gruesos daban la impresión de siempre estar húmedos, y de ellos manaba un hilito de sangre y baba, escurriendo por el mentón hasta tocar el suelo.

Su mirada parecía apuntar a Billy, rencorosa y agradecida simultáneamente, llena de deseo, en ella Billy encontró su reflejo, su pelaje lanudo, ocre, y ojos completamente negros e inexpresivos, a tal grado que lo hacían dudar sobre quien era realmente el cadáver, con la lengua de fuera, mostrando sus colmillos, ordinariamente obsceno, gesto tan característico de los caninos.

Se echó sobre su cama, no podía soltar la idea de masturbarse, recobraba su temperatura, que aumentaba, y se disolvía en el sudor. Deslizó sus patas hasta llegar a sus genitales, el sudor favorecía la fricción, se masturbó en recuerdos difícilmente diferenciables de la realidad.

Cuando el perro se fue, Bobby miró de reojo a su compañera, que tenia idiota y melosamente recargada en el pecho, deslizó un dedo por los labios de Sally, a penas rozándolos, eso lo excitaba. Sentía su piel, erizándose, bajando por el cuello, palpaba su respiración. Llevaban cogiendo algunos meses, normalmente cuando Billy se iba comenzaba su desesperación.

Salmuera se enderezó y miró en dirección donde estaría Bobby, pero sin mirarlo. Él la tomó por el mentón, y se dirigió a su boca, ella retrocedió y quitó la mano de Bobby de su cara, colocó la suya donde ahora debería estar la boca de él. Esta vez sí lo miró, había terror en su mirada, un terror que nada tenía que ver con el chico mirándola, ni con la tradición genital iniciada hace meses.

Era miedo puro, absurdo.

La mirada de Bobby se fue en blanco, todo a la mierda, todo residuo en sus ojos eliminado. Mierda, ella se fue, se levantó sin decir nada, tampoco con motivo para hacerlo, abrió la puerta, salió y cerro.

Él se quedó ahí, en aquello blanco que le quedaba, comenzaron a ordenarse trazos de carbón, el segundo exacto en que Salmuera retrocedió con su mano, con sus ojos travesándolo, los labios temblando, el resto de su cara con una tranquila expresión.

Recobró su lugar frente al televisor y miró su película. Mientras, el viejo Rotten veía a Sally mover el culo al bajar las escaleras, y se pajeaba tras la ventana.

En este mismo instante cualquier otra persona estaría follando, compartiendo caricias, enamorándose, gente alistándose para ir al trabajo, sonrientes, llenos de éxito, leyendo un buen libro, todos ellos diciéndose de forma simultánea (tal vez) que sienten de forma única y diferente, 6 millones de voces simultaneas. Por supuesto ellos no lo saben, eso es algo que quizá solo yo sé, yo que no tengo alguna historia que contar, ellos, Billy y Bobby cada uno en su lugar, mirando ficciones que nada les garantiza ser mentiras. Hay algo que no encaja, todas aquellas personas de continuidad ordinaria parecieran gritarles que es su mundo, que así lo han decidido, que era mejor que ni lo intentasen.

Porque a pesar de todo sienten miedo, aunque la noche sea lo más seguro que les queda, el miedo los obliga a abrazarse a los barrotes de la ventana, les quita la sabana por las noches, la noche que con tantas metáforas estúpidas visten de mujer, aunque sean estúpidas son ciertas,  y sus tormentos se anuncian, y las noches largas se anuncian y se prolongan, noche llena de angustia y seguridad a la que el insomnio neurótico le hace el amor.

Él se despertó, ya entrada la tarde, el se levanta, con el televisor aún encendido, en mutis, tan callado que escucha el aire filtrándose en los tímpanos. El sujeto se aproxima, directamente al fondo del apartamento, y una capa de arena fundida se topa con él. Él busca, él sabe que en el exterior habrá algo, objetos, como personas, ruidos, ajenos. Encuentra una calle vacía de ellos.

Siento el silencio formulado por pisadas, voces, aullidos, alaridos, exclamaciones, preguntas, ordenes, sentencias, sonidos musicales, cantos melodías, otros hablando, buscando comunicación, palabras que de inmediato rebotan en ellos mismos, mis ojos saben que la calle puede estar vacía. Tengo asco, vómito, los malestares pueden estar relacionados en perfecta naturaleza con la fisiología, consecuencia de la abstinencia, deshidratación e insomnio, pero no es suficiente saberlo, ni sentirlo. Mira, desde el tercer piso de un viejo edificio, de cualquier barrio de la ciudad, estrellas fugaces, queriendo emitir luz, aunque se pierde en el espacio. No ha negociación, hay palabras que atraviesan mi boca, e imagino que entiendes, solo porque tienes orejas. Busco excusas.

Mucha fanfarronería y no encuentro contar algo ¿ves?, no sirve.

Entra a la cocina, busca la caja de sal de uvas, la encuentra, abre y toma uno, con la otra mano toma un vaso, prepara el brebaje, con medio vaso de agua basta, agita un poco y lo bebe. Él sabe que es en vano, se siente de la mierda y punto.

Sale del apartamento y se dirige al punto de reunión acordado el día anterior. Se encuentra con su amigo, se miran a los ojos y reconocer su complicidad, su hastío, sus ganas de matar. Con aquella comunión encienden cada uno un cigarro y se dirigen a una tienda de autoservicio para buscar las provisiones de la fiesta que Bobby dará esa noche.

Llenan el carrito con cerveza, doritos y botellas de whisky. Será suficiente pues han acordado con el viejo Rotten unos cuantos gramos de hachís, a condición de que el viejo asno vaya a la fiesta. Ya sabían que al viejo solo le interesa presentarse para ligar a Salmuera, o cualquier cosa que brincara por ahí, acto bastante inútil. En la última fiesta, para la cual compró su boleto al mismo precio, el burro fue encontrado frente al retrete, completamente ebrio, mirándose el pitito y llorando.

No habían pasado dos horas en la fiesta cuando se acordó encender la mierda que Rotten había conseguido. Colocaron una bolita de hachís en una manzana previamente preparada para el acto. Bobby miró medio segundo a Sally mientras calaba la manzana, cerró los ojos y se dejó ir. Circuló el sacro objeto por los asistentes, cuando Rotten estuvo jodidamente alto se esfumó hacia su apartamento, como las predicciones habían dicho, se escuchó que cayó derribando consigo lo que sea que estuviese a su paso.

Billy se apartó con una amiga, de una amiga, posible gorrona, ella era una perra, la había visto un par de ocasiones en otras reuniones, y se dijo “meh, ¿por qué no?”. No le gustaba, pero se le antojaba, su amiga se le antojaba, hasta su mano se le antojaba. Tras algunos minutos de charla sin sentido, y posiblemente sin lógica, Billy ya estaba sobre sus labios.

Bobby se sentó junto a Sally, ella estaba en el piso.

-Hey.

-¿Cuánto tiempo te vas?

-No lo sé.

Sally lo miró con ironía –Vales madre.

-A la mejor ni eso, te quiero.

-¿Enserio?

-No.

-Qué carajo contigo.

-No te azotes.

-No lo hago.

La mierda del burro estaba muy fuerte, frente a ellos estaba un tipo jurando que todo esto era una farsa, una puesta en escena para dejarlo en ridículo. Junto a las bocinas, tres cabrones abrazados cantando Stairway to heaven de Led Zeppelin.

-¿Y por qué no nos despedimos?- insistió Bobby.

-Vale.

-Bueno.

-Adiós.

-Adiós.

Sally se fue con lo que quedaba de sus amigos. Bobby buscó la manzana, no la encontró, buscó a Billy para pedírsela, tampoco, sabía que él la tenía, supo dónde estaría él, carajo. Extrajo de su bolsillo una pequeña pipa de madera, la cargó con más hachís y procedió a fumar.

En un cuarto, Billy se acostaba con la Amiga, tendidos en la cama, caló un poco más la manzana e invitó a su acompañante. Se acercó a su boca, sintió su respiración, sintió su respiración. Un poco más cerca. Sus labios, su lengua, sabían muy bien, la recostó, ya tenía la pija dura y le empujaba los pantalones, entre las piernas de ella arremetió su pelvis, ella gimió. Pasó sus manos por su cuello, comenzaron a desvestirse, los pelajes mojados, muchas texturas, sabanas ásperas, el colchón aguado, la oscuridad, el aliento alcohólico, lo disfrutó, aunque ella no le gustaba.

A ver, ven, que te juro que ya sabía que esto pasaría, no te rías, que es verdad,  Señorita. Y no me mires así, que mira que besas rico, tienes buen sabor. Que ya tenías rato que te me antojabas. No me hagas preguntas difíciles. Es que no lo entiendes, ya era un rato, pero es el viaje no’mas. O sea, pues, no me creas lo que te pueda decir, no te creas que porque garabateo poesía soy alguien que gusta de cosas melosas, o que soy un buen hombre. Ni decente soy. La verdad es que miento mucho. Pero besas rico. Es que es el viaje, el pedo que traemos, igual tus preguntas difíciles son parte de ello, no te claves, ni le busques. Que esto se lo pude haber dicho a cualquier otra. Y no te lo tomes personal, que yo sé que tampoco te gusto, pero estoy bien güey, porque te digo cosas que no’mas en pedo me salen, igual y no eres tú a la que le estoy hablando, y enserio no lo tomes personal. Ven, no te vayas, no te pongas eso aún, vuélvete a acostar. Me gusta tu amiga. Ven, enserio no te vayas. No. Es que te juro que le gusto a tu amiga. Cuando tuerce su labio, y me mira como llamándome idiota. Se me antoja su boca, se que huele a rosas, lo noto cuando me acerco a ella y desvía la mirada. Me han dicho que no sabe reír. Te lo juro Señorita. Sé que siento que me mira, porque desvía los ojos y entre abre la boca. Ella sabe lo que me provoca, me pierdo, me siento zonzo, y neta que me atonta, que se me traba a lengua, y digo pura babosada y se burla de mí, por idiota. Enserio que me trae re-loco, pero tú no te vayas. ¿Por qué te vestiste? CARAJO.

Al despertar, solo estaban Billy, Bobby y Sally. Bobby sólo se puso una camisa limpia, y despertó a Billy, su autobús saldría en un par de horas, ambos emprendieron la salida. Tras salir Billy, el otro tomó sus maletas, previamente alistadas.

-¿Te la cogiste?

-No, ¿Y tú?

-Nel.

-Pudo ser peor.

-No mames.

-Enserio, te la pudiste haber cogido.

Les dolía la cabeza y el estomago, no dijeron más en todo el camino hasta la central de autobuses, ni en la sala de espera. Llegó la hora.

-Cuídate cabrón.

-Tú igual- se dijeron mientras se despedían.

-No te cojas a Sally.

-No prometo nada.

-Jajajaja, te veré en un par de semanas.

-Okey- Decirse más sería inútil, estaba por demás. Bobby abordó su autobús, y Billy salió de la central, necesitaba dormir.

Sally comenzaba a despertar, tenía que ver a su madre en cuestión de horas. En el dormitorio encontró la manzana, ya sin droga, la guardo, se imagino comiéndola en la noche. Salió del apartamento de Bobby, sabía que Billy vendría por la tarde para ocuparse de los restos que el ahora viajante dejó.  Entró a su morada y dejó la manzana en la mesa, tenía que descansar más.

Billy no soportó el calor, la luz, la gente, nada. Caminaba cubriéndose del sol con una pata. Su amigo partió hace unos minutos. Cruzó la avenida que daba entrada a la central, con su pata sobre la frente, nunca vio lo que venía, y el impacto lo arrojo fulminantemente sobre otro vehículo, rebotó para aterrizar en el concreto, ya inerte. Por primera vez la mirada de su cuerpo expresó algo, ahí quedó, arrollado cómo muchos otros perros de la ciudad mueren, con la lengua de fuera, fluidos escurriéndose por lo que ya no era su cuerpo.

-Carajo hija, huele a encierro tu casa, podrías limpiar.

-Si Madre, lo haré.

-Cabrona, ve tu cara, apestas a alcohol.

-…

-Una viene hasta sin desayunar, ¿Para encontrarte así? No me chingues.

-Lo siento, voy al baño, salgo y nos vamos ¿okey?

-Pero no te tardes, me da asco tu casa, y más con el hambre que traigo.

Sally entra al baño, cierra, se sienta, y se hace pendeja. A su madre ya le rechina el estomago, no hay nada en el refrigerador, ve la manzana, solita, sobre la mesa. La muerde, una, dos, cuatro veces.

-¿Hija?- muerde de nuevo- ¿Te vas a comer esta manzana?

 

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