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LA INFANCIA DROGADA *

MARCELA ALMANZA **

 

Resumen: La autora cuestiona las posiciones normalizadoras que intentan forzar al niño a una estandarización tanto por medio de procedimientos conductuales como de administración de fármacos. Advierte sobre los riesgos de la sobre-diagnosticación bajo el nombre de trastornos con su consecuente implementación de drogas reguladoras de conductas. Remite a la idea de “niño generalizado” anunciada por  Lacan como denuncia ante la economía de mercado que intenta borrar toda singularidad bajo un ideal imaginario de universalización.  Ante ello invita a pensar la propuesta ética del psicoanálisis que concibe  ante todo al niño,  como un sujeto de palabra.

Palabras clave: infancia, palabra, diagnóstico, TDA, psicoanálisis


En el mundo actual, es evidente que cada vez hay un mayor número de niños que consumen psicofármacos. Esta es una cuestión que, particularmente en la Ciudad de México, se verifica día a día tanto en la consulta con un analista en el ámbito privado, así como también en  instituciones educativas y de salud mental.

La proliferación creciente de diversos diagnósticos aplicados a la infancia bajo el nombre de trastornos (como los de déficit de atención con o sin hiperactividad, adaptativos, de depresión, de comportamiento, de contacto, etc.) y las consecuencias que esto acarrea,  sugiere pensar ciertas cuestiones desde el psicoanálisis de orientación lacaniana.

Se trata de ubicar, no solo qué lugar toman los psicofármacos altamente recomendados para combatir estas “patologías”, sino también las “terapias” de neto corte conductista a las que son conminados estos niños, y cómo a cuyos padres – desde el ámbito escolar o la medicina- muchas veces se desaconseja recurrir a otra opción (como el psicoanálisis) por considerarlo ineficaz o contraindicado para arreglárselas con estos niños difíciles de controlar; niños comúnmente nombrados como distraídos, agresivos, rebeldes,  impulsivos, maleducados, afectados por comportamientos desviados del ideal social y que no se ajustan a los criterios de normalidad esperada.

En esta vía, podríamos decir que se pretende hacer de lo insoportable de la infancia, de ese real en juego indócil a las normas, al bien común, un observable a ser clasificado y debidamente modificado por la acción específica del fármaco: una infancia drogada...
Frente a estecontexto acuciante, los psicoanalistas asumimos una posición ética que nos diferencia de otros discursos imperantes en el campo social.

Actualmente, por ejemplo, hay millones de niños que consumen metilfenidato, un estimulante incluido dentro de la gama de psicofármacos recetados por los neurólogos infantiles para combatir las conductas asociadas a un diagnóstico tan frecuente como el TDA.

Se ha comprobado científicamente que, utilizado en exceso, esta droga puede ocasionar efectos secundarios semejantes a los producidos por la metanfetamina y la cocaína, y es por ese motivo que, oportunamente, el Consejo Internacional de Narcóticos de la Organización de las Naciones Unidas recomendó a los gobiernos mantener una vigilancia máxima para prevenir el sobrediagnóstico del déficit de atención e hiperactividad en los niños, así como también el sobretratamiento médico injustificado.

Con respecto a este diagnóstico, aunque se afirme que es un trastorno de base neurobiológica que se manifiesta por grados inapropiados de atención, hiperactividad e impulsividad (que no se ajusta a la edad cronológica del niño), y se suponga que es la falta de dopamina la responsable de los síntomas que este diagnóstico presenta, hasta el momento los estudios científicos no lo han demostrado concluyentemente.

Entonces, si este cuadro se reconoce solo por sus síntomas, los médicos –y a otro nivel también la familia y el sistema educativo-  realizan lo que con frecuencia constituye un diagnóstico altamente subjetivo si el paciente manifiesta un número suficiente de índices que cumplan con el criterio especificado por los manuales de psiquiatría. 

Así, los niños son sometidos sin duda alguna a un abordaje múltiple que incluye: tratamiento farmacológico y cognitivo-conductual (educación para padres, técnicas de entrenamiento en habilidades sociales y académicas para el niño) y otro tipo de intervenciones como terapias sistémicas, del lenguaje, del aprendizaje, etc., es decir, técnicas de condicionamiento.

En este contexto, ¿quién da un lugar a la palabra de cada uno de estos niños? Desde el psicoanálisis, sabemos que un niño es, ante todo, un ser hablante; un sujeto de pleno derecho, que más allá de su edad cronológica o de los síntomas que lo aquejan, deberá responder por lo que dice y por lo que hace, es decir, tendrá que hacerse responsable de su goce.

Dice Eric Laurent “Es particularmente seductor para cualquiera que ocupe el lugar del Otro en relación a un niño, el darle una respuesta. ¿Hará lo mismo el analista? Toda la cuestión que se juega entre psicoanálisis y pedagogía reside en este punto. Ningún analista tiene que responder a partir de un saber que pueda inducir en el analizante, por ese rodeo, una identificación a cualquier ideal. Si hay respuesta del analista, ella se articula tan solo a partir del acto analítico.” 1

Asumir esta posición ética, la del bien decir, es ir en el sentido contrario de aquellos ideales sociales que, por un lado, promueven una masificación de las conductas para designar bajo un nombre común lo que no es más que propio: la modalidad de satisfacción pulsional de cada quién.

Por otro lado, dan lugar a la idea de una supuesta inocencia infantil, de una pasividad desde la cual al niño no le quedaría más opción que –tomando una expresión de E. Laurent-  “tragarse la píldora.” 2

En este sentido, es muy interesante verificar clínicamente cómo cada niño, en tanto ser hablante, responde a los imperativos del mercado no desde el universal sino desde su fantasma: están quienes permanecen literalmente “drogados” en relación al Otro, y los hay quienes frente a una supuesta realidad inexorable pueden decir que “no”. Esto habla de posiciones subjetivas; singularidad que el mercado pretende borrar.

Como dice Ana R. Najles en su libro “El niño globalizado. Segregación y violencia, “El imperio del mercado ha transformado nuestro mundo en un espacio global, lo cual no deja de tener consecuencias sobre cualquier ser hablante, ya que el vertiginoso avance de la ciencia y de la tecnología sutura con modalidades cada vez más apremiantes al sujeto, en función del ideal de universalidad promovido por ese discurso…”. 3) Y articula la expresión “el niño generalizado”, acuñada por Lacan en 1967, que significa tomar al ser hablante como objeto dejándolo sin palabra y sin responsabilidad.

Si el abordaje terapéutico de los observables de la conducta asociados a estos  diagnósticos privilegia la vertiente del sentido, dando lugar a la proliferación de diversas técnicas para que el niño reingrese –a cualquier precio- en el circuito universal de lo útil, para que no se note la “diferencia” entre lo normal y lo que no lo es, aquí se produce una paradoja.

Muchas instituciones educativas, bajo un pretendido sesgo no segregativo, acogen a estos “niños problema” (apartados de otras, por no cumplir con los estándares pedagógicos tradicionales) y los aloja en ámbitos escolares diferenciales, produciendo, a su vez, renovadas segregaciones pues redobla el desconocimiento por la causa subjetiva que el psicoanálisis se propone develar y que la ciencia pretende obturar.  Lo mismo ocurre con otras instituciones de tratamiento de la infancia, con las complejas  consecuencias que todo esto acarrea para el niño.

Si, como dice Lacan, el psicoanalista debe poder responder al malestar en la cultura de su época para ir en el sentido contrario de los mecanismos de segregación y de exclusión, deberá inventar los modos posibles de ofertar el psicoanálisis, aún en aquellos ámbitos donde se pareciera vedar su aplicabilidad.

Alojar ese real sin ley en el dispositivo analítico, en cada contexto donde ejercemos nuestra práctica, cada vez y en cada caso, abrirá las puertas a la invención frente a lo insoportable. 

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Publicado en la Revista Pharmakon #13, Publicación de grupos e instituciones de toxicomanía y alcoholismo del Campo Freudiano, Grama ediciones 2013. Errancia reproduce aquí el texto con el consentimiento de la autora, a quien agradecemos su generosidad.

** Psicoanalista, Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL), de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Co- Coordinadora del Módulo de investigación “Cuerpos toxicómanos”, que se lleva a cabo en la Sede de la NEL México DF.
1 Laurent, E.: ¿Cómo se analiza hoy?, “El psicoanálisis con los niños”, Manantial, Bs. As., pág. 196.
2 Laurent, E.: Ciudades analíticas,“¿Cómo tragarse la píldora?”, Tres Haches, Bs. As.
3 Najles, A.R.: El niño globalizado - Segregación y violencia, Plural, Bolivia, pág. 21.

 

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