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QUÉ HAY DEL TOXICÓMANO
EN LA ÉPOCA DE LA ADICCIÓN GENERALIZADA

EUGENIO DÍAZ *

 

Un poco más de satisfacción

La actualidad es una época en la que la búsqueda de un poco más, de una dosis más de satisfacción, que orienta las vidas de los sujetos de la modernidad cínica, promueve un derecho al goce del consumo que nos define como “todos consumidores”. Consumidores más que ciudadanos. Es decir, del lado del “tengo derecho”, y no de una dialéctica entre derechos y deberes que permita nombrar un deseo propio que ponga a distancia el capricho.

Vivimos en una época cuya medida fundamental parece ser la del ideal de la satisfacción. Se trata de la puesta en primer plano de una satisfacción inmediata, sin retornos, ni incidencias, casi sin historia. Del aquí y ahora, o del tiempo puntillista en términos del sociólogo Zigmund Baumann.

Consecuencia de este empuje al derecho caprichoso que el capitalismo busca imponer, es lo que el psicoanalista Eric Laurent ha llamado, un “hedonismo conformista de masas”.

Hedonismo que no es más que una ilusión, en el sentido de lo ilusorio. Creer que el sujeto puede mantenerse siempre en el principio del placer, es un sueño que suele tener consecuencias de fragilización subjetiva.

Como en el caso de un hombre consumidor por vía intravenosa de cocaína y heroína y usuario habitual de una narcosala. Allí, encontraba, dice, un lugar limpio, sin riesgos, un lugar homeostático podemos decir. Después del uso del material a su disposición se iba a trabajar y al salir volvía otra vez. Este ideal de mantenerse en un placer sin consecuencias, obviaba que al acecho estaba una dosis más, que acabó llevándole con un gran deterioro a una comunidad terapéutica.

Una relación con el objeto que el sujeto creyó poder planificar, controlar, calcular. Engaño que nunca es sin consecuencias. Como señaló Freud: “en el núcleo mismo de toda tentativa de alcanzar la felicidad, se encuentra siempre la muerte”.

La última película de Costa-Gavras, Arcadia, muestra de manera excelente este vínculo.

El protagonista, Bruno Davert, es un alto ejecutivo que lleva años dedicados a satisfacer a los patronos y accionistas de la compañía. Debido a un proceso de deslocalización, de la noche a la mañana es despedido junto con otros compañeros. En principio la medida no le preocupa. Aún se considera joven, cuenta con una preparación excelente y cree que no tardará en encontrar otro puesto de un nivel similar. Tres años después, aún sin trabajo, sólo tiene en mente volver a su bienestar anterior y salvaguardar el futuro de su familia. Desesperado pasará a la acción, decidiendo liquidar a los que considera sus competidores, incluido al ejecutivo de la Corporación Arcadia, el último obstáculo entre él y el puesto laboral que ansía.

Así, en cada ocasión que pasa al acto, Bruno Davert, dice a su familia, “a partir de ahora todo irá bien”. El final por su parte evoca la repetición siniestra (la pulsión de muerte). La cámara enfoca a una mujer que le mira, con la misma mirada desesperada de la del protagonista en su recorrido a los infiernos de Arcadia.

Recordemos que Arcadia, es un mito de la antigua Grecia que habla de un lugar imaginario donde reina la felicidad, la sencillez y la paz.

 

Los objetos adictivos y la pulsión de muerte

El “todos adictos al consumo de masas”, hace que cualquier objeto, incluso cualquier vínculo, pueda ser considerado adictivo: el sexo (Serge Cottet) “…condenado hoy a sufrir la suerte del hiperconsumo y de la economía del mercado…”, el trabajo (Workaholics), la comida, las compras, el juego, las medicaciones, internet, los multimedias y ahora las redes sociales, los móviles, hasta el deporte, incluso el amor. Son las llamadas socio-adicciones.

Pluralización del objeto adictivo que nos enseña que más que una sustancia, el objeto es un semblante.

Un buen ejemplo de ello, son los anuncios publicitarios, que empujan una y otra vez a lo adictivo como modelo. Uno entre muchos posibles, es el de una conocida marca de refrescos. Se ven sujetos dormidos, que sólo despiertan y se mueven con la nueva fórmula de extra de cafeína de la bebida. Sujetos que se mueven además al compás.

Encontramos en Arcadia un guiño de su director que apunta también ahí. Cada vez que el protagonista se pone en camino para liquidar a sus contrincantes, se cruza con un anuncio publicitario, lencería, cuerpos semidesnudos de mujeres, sobre todo mujeres, aunque también relojes, coches. Lo que nos indica el lugar primordial del objeto intercambiable en la época del más de satisfacción.

Ahora bien, conviene no obviar - a efectos de lo que orienta nuestra intervención y la lógica de nuestros dispositivos asistenciales-, que lo que abre la vía de la adicción no es el objeto en sí. Lo que abre la vía de la adición es gozar del objeto para evitar la dialéctica con el otro. Y eso, evitar la dialéctica con el otro, en términos freudianos se llama pulsión de muerte. Una modalidad de goce que sitúa al ser hablante fuera del lazo con la vida.

Así es, en el sentido de evitar la dialéctica con el otro, como se puede leer el caso de un joven de 17 años que atiendo en la consulta y que ha recorrido algunos dispositivos de salud mental y adicciones por su precoz relación adictiva con las drogas. Toxicómano, como él mismo se nombra, desde la primera raya de cocaína que tomó a los 14. Toxicómano, ciertamente, puesto que lo que se desvela en las entrevistas que mantenemos, es que justo en el momento en que se avecinaba el encuentro con la sexualidad, la cocaína se convirtió en su verdadero partenaire. Uso toxicómano de la droga, puesto que es su modo de cortocircuitar el encuentro, que teme traumático, con el otro sexo.

 

Plus de goce y superyó

La oferta de vida –entre comillas- que el capitalismo realiza lleva, como acabo de señalar, a una relación del sujeto con el goce que no pasa por los vínculos sociales. Plus de goce es el término que Jacques Lacan acuñó -tomando la plusvalía que Marx describió- para nombrar este goce fuera del lazo.

Y si bien es cierto que el capitalismo no lo ha inventado –el plus de goce- lo está llevando a sus últimas consecuencias, haciendo de él el modo de satisfacción “top”.

La relación que desde ahí se promueve no es entre sujetos, sino del sujeto con el objeto de consumo. Lo que genera entre otras cosas un nuevo tipo de subjetivación, incluso una nueva modalidad de miseria “que no es sólo ya la privación de las necesidades, es también estar a solas con el plus de gozar frente al eclipse de lo simbólico”. (Alemán) El sujeto de hoy parece encontrarse reducido al silencio del objeto. (Lacadée)

Así, nuestra cultura al sustituir las narraciones, las novelas de construcción de la persona, por una performance de la satisfacción sin medida ha mutado en beneficio si podemos decirlo así, de un nuevo superyó, que no está tanto del lado de la culpa - recordemos que el superyó es el término que Freud propuso para referirse a la conciencia de culpa- como de un imperativo de goce, más feroz si cabe. Goza, es la voz que más se oye y se ve. Goza, no hay nada imposible.

 

La operación neurocientífica

Las toxicomanías, se nombran hoy en las investigaciones y en los informes llamados así mismo como científicos, por ejemplo el de la OMS de 2004, como neurociencias del consumo.

Este desplazamiento no es sin consecuencias, puesto que permite poner al descubierto a “las dependencias de sustancias psicoadictivas”, subtítulo del mentado informe, como un paradigma de lo que en otro lugar he llamado, las políticas de reducción de la subjetividad.

Si el término toxicomanías, permitía situar cierta posición del sujeto en relación al tóxico- las manías por una sustancia-, poner el acento en lo neuro haciéndolo equivaler al sujeto mismo (todo el sujeto es genética), tiene efectos de estigmatización, de desresponsabilización, y por tanto de reducción máxima de lo subjetivo.

Como señala el médico y experto en Biofísica, Inmunología y Nanomedicina, Javier Peteiro, en su impactante libro El autoritarismo científico: “…En la perspectiva reduccionista (del sujeto a la genética), hay un riesgo serio de eludir el auténtico problema de la libertad y la responsabilidad humana.”

Todo ello, marcado por una ambición científica que quiere predecir todo lo que concierne a lo humano, “abriendo – añade Peteiro- un camino hacia el autoritarismo científico que dirá lo que es bueno, lo que es malo, y no sólo lo que debemos hacer sino incluso cómo debemos ser desde la manipulación genética y conductista”.

Un autoritarismo científico, que ha sustituido en buena medida a la religión como ideología dominante. Es habitual escuchar la utilización de la palabra evidencia científica como coartada para justificar la exclusión de todo aquello que no pueda ser medido. Mala traducción de evidence, que no es evidencia, algo que no necesita ser demostrado, sino prueba, algo que hay que comprobar.

Entonces, el término neurociencias del consumo no es para nada inocente en el intento de liquidar todo lo que no es controlable: la pulsión, el deseo, la subjetividad.

Este autoritarismo de nuevo cuño junto con el narco capitalismo, en alianza con la técnica   -cuya voluntad es cancelar lo imposible- y el mercado, hace como señala Eric Laurent, que lo más difícil de nuestra civilización sea el tratamiento de las adicciones.

 

Nominación

Es en este contexto de adicción generalizada, y de autoritarismo científico, que nos preguntamos qué lugar para el toxicómano, aquel que usa la nominación, “soy toxicómano” para tener un lugar en lo social, aunque sólo sea como resto. Pero también qué lugar para los tratamientos de las toxicomanías, en particular para las instituciones que se sustentan en la dupla prohibición-trasgresión de las sociedades disciplinarias. Dupla que parece haber sido sustituida por otra: cifra-evaluación.

Tales preguntas apuntan a tomar en cuenta la subjetividad y por tanto la responsabilidad del sujeto que hace de su relación al objeto una práctica adictiva. Pero también la de los profesionales y las instituciones que se dedican al tratamiento de las adicciones. De los profesionales digo y no de las escalas cuantitativas o de las terapias tipificadas para trastornos formateados, cuya nominación es una etiqueta que implica un pronóstico segregador, que es representado hoy por aquellos que creen que en nombre de la salud, todos estamos enfermos o podemos estarlo y por tanto que todos debemos ser evaluados, protocolarizados y en consecuencia, tratados y por medicados, incluso preventivamente.

Parafraseando a El Roto en una de sus excelentes viñetas gráficas: “Si queda una persona sana es porque la ciencia no es perfecta”.

Se trata por el contrario de que los profesionales no colaboremos en reducir al sujeto a un mero cálculo estadístico y de que no dimitamos de la responsabilidad de acompañar a aquellos cuya práctica de goce les empuja a un destino fatídico. Que no dimitamos de  acompañarlos a que estén en disposición de trasformar esa práctica en una pregunta por su elección, en una época donde el objeto de consumo y la evaluación -únicos lugares donde encontramos hoy al sujeto toxicómano-, se han convertido en algo más importante que la trasmisión de lo simbólico (Lacadee).

Se trata, más allá de los modos de separación del sujeto con la droga, que las palabras tengan un lugar. Puesto que el hombre piensa con ayuda de las palabras y es en el encuentro entre esas palabras y el cuerpo donde reside el inconsciente y donde cada uno construye su propio síntoma.

La nominación, tal como la entendemos en psicoanálisis, habla de cómo cada sujeto incorpora las palabras primordiales de su historia, para con ellas realizar su particular tratamiento del goce.

Sin eso tenemos al toxicómano de hoy, y a los sujetos en general, abandonados en lo que nos parece una nueva nominación de la fragilidad: niños-clientes (Lacadee), que “condena, como anticipó Jacques Lacan en los años 50’, al hombre moderno a la más formidable de las galeras”.

 

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* Ponencia presentada en el marco del IV Symposium Nacional Sobre Adicciones Vitoria-Gazteiz, en la Capital de Ávala, España, los dias 11, 12 y 13 de mayo de 2011. “Lo recreativo, lo social y la ficción de las drogas”

 

 

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