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DE LA FALLA EN EL SABER
AL DESEO DE SABER

SUSANA DICKER

 

Resumen: ¿Cómo goza un hombre con una mujer?, ¿Qué quiere una mujer?, ¿Qué soy yo en ese goce, que me es lo más singular y extranjero al mismo tiempo? 

Palabras clave: goce, mujer, hombre, deseo, saber, inconsistencia del Otro.

Falla en el saber sobre lo sexual en el ser parlante que es también impasse ante el sexo y al acercamiento al Otro sexo, potenciada en púberes y adolescentes cuando, en su desorientación, buscan en la generación de sus padres una respuesta que abra una vía hacia ese saber. Y encuentran allí a hombres y mujeres sumergidos en sus propias tribulaciones ante el deseo y el goce, caídos también para ellos los modelos que fueron referentes para sus propios padres… o bien son atiborrados de información desde una supuesta educación sexual o desde la democratización de la pornografía.[1] Un impasse de estructura pero potenciado por las vicisitudes del ser sexuado en una época de inconsistencia en el Otro.

Como psicoanalistas sabemos que cada quien construirá su propia solución ante este impasse, una solución que –en el mejor de los casos– no será por la vertiente de la impulsividad, del goce sin medida ni de la ruptura del lazo al Otro. Pero sí por la posibilidad de construir ciertas ficciones o hacer uso de ciertos semblantes que permitan instaurar un vínculo diferente con el Otro, soportar su inconsistencia y encontrar allí la oportunidad para una posición más responsable respecto al deseo y al goce.

No es novedad que, en lo actual de nuestra clínica, nos enfrentamos con el plus de gozar en el lugar dominante, la satisfacción inmediata en lugar de la temporalidad del deseo y que hace de ella, cada vez más, una clínica de los actings out y del pasaje al acto como respuestas fallidas del sujeto, donde la certeza se instala como defensa a una falta de saber. Es allí donde encontramos a niños y adolescentes cuando, ante la velocidad de las ofertas y demandas del Otro de la actualidad, entran en la inercia de una adaptación que ofrece una supuesta brújula a su desorientación pero que, más allá, los dispensa de enfrentarse a lo que Lacan designa como un rechazo primordial a un saber sobre el sexo. Rechazo que, en Problemas cruciales para el psicoanálisis, define como “ese lugar que podemos llamar un lugar de pudor original, por relación al cual todo saber se instituye en un horror insuperable a la mirada de ese lugar, donde yace el secreto del sexo. Este, en su esencia de diferencia radical, permanece tachado y se rehúsa al saber.”[2] Un Lacan para quien no hay ningún significante que pueda responder al sujeto sobre el sexo. Es esta una articulación fundamental entre sexo y saber, inmanente al concepto de inconciente, pero también al camino de la subjetivación que no es otra cosa que la posición que el sujeto va tomando respecto al deseo y al goce.

Lacan concibió una clínica que no retrocede ante lo imposible; más aún, lo convierte en el núcleo de la experiencia analítica y la hace inédita. Allí donde ese imposible se viste de obstáculo, allí mismo ofrece la vía para ir más allá de lo terapéutico. Lo indica ya la concepción freudiana de la sexualidad como sustrato del síntoma, sexualidad traumática pues padece de un desarreglo esencial efecto del significante sobre el cuerpo, un cuerpo libidinal afectado por el inconciente, modelado por un circuito pulsional que se crea a sí mismo como objeto, dibujando un vacío y sosteniendo una ausencia que lo es de nada. Cuerpo del parletre escrito de marcas donde se articulan significantes y contingencia, pero también el consentimiento del sujeto. Lo que hace traumática a esa sexualidad humana es su supuesto estatuto autoerótico que no es sin el Otro, sin el cuerpo ni el goce del Otro, sin un discurso que enmarque ese encuentro y que pueda transmitir al falo como significante impar (que) introduce una oposición que es oposición con su propia ausencia (…) introduciendo una ausencia donde no la hay,[3] habilitando el reconocimiento de una diferencia sexual y de una imposible complementariedad. Nuevamente lo imposible como obstáculo y oportunidad en tanto allí donde no hay relación sexual hay un menos de goce y un resto, plus de goce que, hecho causa, es la vía de acceso al Otro sexo. Novedad lacaniana, más allá de Freud y de la falta fálica. Pero no es la única. En los ’70, los conceptos de sexuación y posición sexuada serán el resultado del consentimiento del sujeto como elección de goce.

Un consentimiento que no exime al ser sexuado de cierta ajenidad con el propio goce y que hace oportuno el encuentro con un Otro deseante, soporte de sus preguntas, que habilite una vía significante para construir un saber que, a nivel inconciente, no será otro que la respuesta siempre anticipada del fantasma y el síntoma, soluciones posibles ante la falta de saber o el horror a saber.

Retomando el planteo inicial de que las condiciones del Otro en la actualidad potencian el no saber sobre el sexo, cito a L. Naveau [4] cuando sostiene que la adolescencia se caracteriza por una relación particular al saber. Al respecto rescata las tres funciones del complejo de Edipo: separación, interdicción y autorización como funciones del padre, soporte del mismo como significante, semblante, operador que permite al sujeto –aquí el niño o eladolescente– encontrarse en lo que dice y en lo que le dicen. Para ello es condición que haya un no al goce en exceso para que pueda haber un sí: el no es el que permite el sí (…) el que abre las puertas y da al sí su autoridad fecunda. Dimensión del N del P que invita ir más allá del él a condición de servirse de él. Aquí enfatiza L. Naveau que saber servirse de él es un saber. Es saber dirigirse a un saber nuevo y saber pasar por otro que tiene ese saber.

Si, como leímos en Lacan, un padre puede encarnar un consentimiento de amor y de deseo en relación a una mujer, indicará una vía para el encuentro con el Otro sexo y para soportar sus vicisitudes. Y, más allá de la incitación al goce sin medida que le llega desde el Otro de la actualidad, un hijo de ese hombre podrá ser protagonista de una dialéctica entre el goce, el deseo y el amor.

Resta pensar la oferta del dispositivo analítico como un espacio que se abre para estos jóvenes donde poder construir, en transferencia, un saber sobre el propio goce, del cual hacerse responsable. El encuentro con el dispositivo analítico, como posibilidad para tramitar su no-saber sobre el sexo, no es sin efectos a nivel de la subjetividad, allí donde, citando a Lacan: “Sujeto, saber y sexo son estos tres polos donde se constituye nuestro orden subjetivo”. [5]

 

 

REFERENCIAS

1 Laurent, E. (2011): Conferencia: El orden simbólico en el siglo XXI. No es más lo que era ¿Qué consecuencias para la cura?
2 Lacan, J (1965): Problemas cruciales para el psicoanálisis. Clase del 19 de mayo. Inédito.
3 Cazenave, L (2001): “¿Cómo adviene el sexo al niño? ¿Cómo accede el niño al sexo?” En Sexuación y otras investigaciones (p. 32). Pequeño Hans. Tres Almenas- Argentina.
4 Naveau, L. (2004): “¿Qué autoridad hoy? Más allá de los complejos familiares, el malestar en la cultura”. En Psicoanálisis con niños, clínica lacaniana (Silvia Salman comp.). Grama, Bs. As., p. 40.
5

Lacan, J. (1965): Problemas cruciales para el psicoanálisis, clase del 19 de mayo. Inédito.

 

 

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