home.jpg

 

P5

¿UNA CULTURA TÓXICA?

VANESA GUERRA & CARLOS SOUZA

 

vmalmsten@hotmail.com

 

A fin de milenio, trillada imagen de nuestros tiempos, la cultura nutre nuevos cuerpos para enfermarlos mejor.

 

-Fragmentos de un discurso violento-

El maleficio de la cultura, o la sociedad interactiva, ha impuesto en lo cotidiano las siguientes equivalencias: Tiempo = dinero = información = imagen = vacuidad = vértigo = borramiento = malestar.

Otra mala noche... en realidad, hace tiempo que no duermo bien. Desayuno una aspirina, por si acaso. Café y mujer que me ve pasar. Rápido, estoy en zapping, vivo al borde, por las dudas. La mejor sonrisa, una imagen. El trabajo hace lo suyo, pero debo estar bien. Debo ser productivo, estar al tanto, no perderme nada, anclar sobre estas arenas movedizas...

Por favor, dame un corsé que me sostenga, que me apriete bien así puedo reconocerme; dame cualquier cosa que ande por ahí, no sé qué, pero dame algo, algo que me vista los huecos, que me abrigue el vacío... Dame algo, dame más.

 

-La cultura del vértigo: el presente es la imagen-

El presente es igual a las imágenes que se aparecen ante nosotros todos los días. El presente que nos toca vivir es una suerte de zapping.

La incapacidad de detenerse deja su huella en esta década y, como era de esperar, los años noventa gestan un sujeto distinto, crean otra concepción del tiempo y del espacio, del cuerpo y de sus contextos, de lo legítimo y de lo ilegítimo. Cambios, explosiones e implosiones testimonian que el embate de estímulos no cesa:

Consuma, no deje de hacerlo, no puede dejar de hacerlo, no hay margen para poder tomarse un respiro. Cómprese un cuerpo nuevo, llame ya. Consuma, no se vacíe. Usted ahora es un barril sin fondo ¿acaso no se dio cuenta? ¿No ha comprendido aún que el presente se autodestruye inmediatamente como las cintas imperativas de Misión Imposible...?

La cultura del vértigo promueve un estilo de vida tóxico, una satisfacción inmediata de los deseos o de cualquier cosa u objeto anhelado, como simulacro de completud para las almas en pena. Igual no hay garantía; la satisfacción no llega.

El hombre ha vuelto a crear su propio hombre, como siempre sucedió, con los vértigos singulares y esa clara sensación de clima enrarecido. Pues ¿cómo se inscribe la historia en un mundo que sólo cotiza el instante?

Señores, la imagen no tiene infancia, es biografía de nadie, lo más cercano al ilusionismo: aparece y desaparece, no le debe cuentas a ninguno. A la imagen se la puede llevar el viento.

Nuestros tiempos modernos ponen sobre el tapete un "presente despersonalizado que tiende a borrar el pasado y la historia"*: ya, aquí y ahora. Sin embargo, si el pasado no se inscribe, formando parte del presente, retornará bajo el signo del malestar en cualquiera de sus formas.

La paradoja: no se puede pensar el presente como una unidad temporal desentendida del pasado y del futuro. Nadie es hijo del instante. Renegar de la historia de cada sujeto es una manera refinada de renegar de la muerte, de lo perecedero de cualquier ser. –¡Oíd, mortales! No somos un eterno presente.

–...¡Que la muerte le siente bien! No se deje sorprender: tenga hoy su parcela. El romanticismo inoportuno de morir en un bello pueblo ya no tiene compradores. Si usted muere, muérase bien, muérase con confort... ¡y siéntase como en el jardín de su casa...!

Los relatos históricos nos demuestran que toda nueva época cultural lleva en sus entrañas esa terrible certeza de la historia universal concluida: "¿Y ahora hacia dónde vamos?". No obstante, siempre ocurrió así, y la desorientada pregunta ya se reedita década tras década. Algunos pensadores, en la urgencia por brindar palabra ante tanta angustia, proponen ubicar en los orígenes de todo movimiento histórico un período de posmodernidad, cuestión que ya no hará referencia a un tiempo cronológico sino a un concepto metahistórico. Esto significa que se trata de algo que forma parte indiscutida de toda época: más allá de los tiempos que se vivan, en todo inicio habrá incertidumbre y pluralismo.

De todas formas, los matices y los rasgos culturales que están a la orden del día esculpieron nuevos estilos para el malestar, nuevos cuerpos para enfermarse o, para decirlo de otra manera, nuevas mascaradas para hombres y mujeres.

Así, a pesar de la mirada inquieta que convocan los hechos sociales que nos envuelven, y de la curiosidad –que emerge como reliquia de tiempos no muy lejanos–, hay que comenzar a tener en claro que el "efecto vértigo posmoderno" ya no se reduce a tugurios under donde puercos con alas nos reciben engarzados a paredes en penumbras rojas. Muy por el contrario, estos lugares representan de manera artesanal lo cotidiano de un ritmo de vida, en el cual sin resquemores se puede destinar una hora sin pausas a un incesante zapping: pastiche de imágenes que se superponen sin decir nada. Ya lo saben, allí no hay texto.

Hoy la vida es un rayo. Un rayo que nos partió.

 

-El tiempo y sus vanidades: la cultura de la imagen-

La cultura de masas se apuntala en imágenes. Mazacote visual que designa, en su intento, demostrar qué pasa a nuestro alrededor. De todo pasa, y un poco de carnaval es el producto que nos queda, si es que algo puede quedar en ese paneo absoluto de lo cotidiano informativo. Por cierto, la imagen fue ganando terreno día tras día, permitiendo la instauración de cierta pereza, pues nada más confortable que una imagen nos envuelva y nos masajee la espalda, cuando no el cerebro.

"Somos soñados por los íconos de la cultura", plantea B. Sarlo, "libremente soñados por tapas de revistas, publicidad y modas". De igual forma, o por las mismas razones, comienzan a circular palabras que responden más a la estructura de la imagen que a la lógica del lenguaje.

La imagen fascina, completa, semblantea lo suficiente y lo necesario, planea sobre la superficie y nos lleva. Pero... ¿qué hay detrás de las imágenes, qué hay detrás de esa síntesis inmediata? Todo nos conduce a pensar que, tal vez, ahora seamos más efímeros de lo que nunca nos hayamos percibido.

–La gente no habla de nada.

–Oh, tienen que hablar de algo.

–No, no, de nada. Citan automóviles, ropas, piscinas y dicen ¡qué bien! Pero siempre repiten lo mismo, y nadie dice nada diferente—

Ray Bradbury

TV, TV... La TV, esa maquinita procreadora de imágenes apta para mostrar sucesos lejanos y simultáneos, que recibimos muy sentaditos en el aplacante sillón del living, se ha instalado en la vida de todos como una ventana más de nuestra casa; algo semejante, en peso y consistencia, a las "familias" que Ray Bradbury denuncia en su Fahrenheit 451. ¿Qué es el mundo sino sólo lo que se ve? Pues bien, si se ve existe: la imagen arma la realidad... claro, una realidad virtual. ¿Habrá diferencia? ¿Dónde está lo virtual?

Hoy, por cierto, la información procede en modo inmediato y nuestra privacidad se comparte con las imágenes del planeta, generándonos una percepción del mismo en el orden de la unidad mundial. Lo que resta es sostener que los hechos, sean remotos o recientes, "se incorporan a la realidad diaria, configurándola en una suerte de tiempo presente permanente" (F. Fevre), pues ¿qué historia, o cuál trama, se traza en una hora de zapping noticioso?

El mundo se llenó de ojos y codos y bocas... Cámara rápida. Libros más cortos. Condensaciones. Digestos. Formato chico. La mordaza. La instantánea. Cámara rápida. Clic, pic, ya, sí, no, más, bien, mal, qué, quién, eh, uh, ah, pim, pam, pum. Resúmenes. Resúmenes, resúmenes. (Ray Bradbury).

 

-Los buscadores de estímulos-

Inevitables consumidores de imágenes, como si fuéramos seres holográficos posibles de hacernos presentes en cualquier lugar del planeta, viajan nuestra voz y nuestra figura, ya no en el orden del viaje astral que revive la new age, sino en el vertiginoso terreno de la tecnología que nos sorprende en este fin de siglo: los chateadores, navegantes de mares virtuales y virtuosos que contándose penas y glorias se afirman en la imagen porque el cuerpo no da abasto.

–Consuma, consuma realidad virtual, consuma realidad, sea otro, sea virtual... La inercia no se detiene: deme su imagen, quiero saber quién anda por allí. Velemos el cuerpo: somos chatarra de la noche a la mañana, distráigase. Aproveche, obtenga insumos, hay para todos los gustos, no se quede afuera, no puede quedarse afuera... haga amigos en la Red. ¡Cómprese un guante y tóquele algo a esa mujercita de Hong Kong!

 

-Dame margen-

Definitivamente, el margen se ha borrado de un plumazo. Lo marginal –entendido en cualquiera de sus formas– no hace de contrapunto ni de referencia: convive con nosotros y, en plena interacción, genera esta cultura. La marginalidad pudo pensarse hasta la década del sesenta, donde los grandes movimientos de masas permitían un modo particular para la fluidez de los lazos afectivos y la reacción ante un suceso social determinado. Luego, el fenómeno de masas se transformó en algo virtual. Si las masas son virtuales, ocupan todo el espacio. El universo virtual no tiene bordes. Lo que no pertenece a él, no existe. Lo masivo es el acto de la comunicación, de la información; lo que unifica es la muestra de hechos que acontecen en cualquier lugar del mundo, o las transacciones instantáneas: millones de dólares cruzando el océano en pocos segundos... Por decirlo de manera más precisa, el planeta queda unificado allí donde un hecho social traspasa los límites geográficos y las distancias que separan a las diferentes audiencias. ¡¿Hecho social?! Una puesta en escena. Globalicémonos, internacionalicémonos. Amasémonos.

Hoy cada uno dice: soy un individuo, ¿y luego qué hace? Lo que hace todo el mundo: zapping en su televisor o shopping en las tiendas, comprando lo que la publicidad incita a comprar. (C. Castoriadis)

 

-Existencia tóxica-

–Quiero todo lo que veo, no puedo dejar de tenerlo; cuando lo consigo, otra novedad se impone en el mercado, y es mejor... La compraré con la tarjeta de crédito...

La toxicidad virtual genera adicciones reales. Una cultura tóxica es una sociedad insaciable, que ha generado un dispositivo devorador de objetos-estímulos. Se trata de una modalidad de vida que encuentra el soporte en los estímulos que consume: imágenes.

Esta cultura se consume a sí misma, como la aspiradora de Pink Panther, que succionaba a la bella pantera y luego a sí misma, desapareciendo de escena. Por eso decimos que hay existencia tóxica, pues es condición el consumir-se para existir.

¿Qué consume la anorexia? En primer lugar, madres de grandes bocas; en segundo término, modelos top, lolitas flacas y divinas. ¿Qué consume el stress ejecutivo? En primer lugar, angustia; en segundo término, notebooks, Internet, celulares de todo tipo o tamaño y la imagen vapuleada del yuppie con poco tiempo. La cultura promociona, como siempre lo ha hecho, determinados tipos de patologías. Para decirlo de modo sencillo, ciertas patologías se nutren muy bien de esta cultura, convirtiéndola en un destacable complementario patológico. No somos culturalistas; simplemente planteamos lo que se respira a diario. La anorexia, hoy, no es la misma que en la década del setenta; el stress –palabra vacía, palabra-imagen– no es igual al de la década del ochenta; la adicción –tema que nos interesa de modo particular– no es igual a la de la época del Flower Power. Si la patología cambia o se modifica, inevitablemente tendrán que reformularse los elementos teóricos que permiten a la práctica clínica abordar estos malestares. Aquellos profesionales de la salud que renieguen de los cambios se transformarán, por la velocidad de los tiempos, en piezas seriadas aptas para cualquier museo.

La existencia tóxica implica un modo de vida en el cual el malestar se impone como cultura, como alimento, como pan nuestro cotidiano. Si el imaginario cultural se ha modificado, las consecuencias están más allá de las mascaradas. Sabemos que el malestar es parte de cualquier cultura, en toda época; no obstante, descuidar la singularidad del estilo en cada tiempo, o las formas que tiene para articularse, es un modo ligero de olvidar la condición humana.

 

-La adicción, el adicto: un sujeto tóxico-

Una cultura que podríamos pensar como un tóxico existir, cronifica e intensifica ciertas patologías relacionadas con lo adictivo. ¿Quién es el adicto? Pues bien, por lo planteado, la cultura promueve un sujeto atado al consumo; pero eso no es todo. Adicto significa sin dicción; responde a la idea de sin palabra. Mas ¿qué clase de palabra? Por lo pronto, podemos decir que se trata de una palabra que lo represente ante los demás y le permita establecer un lazo con los otros.

No obstante, pareciera que los adictos no pueden sostenerse en sus palabras. No hay ningún acto de fe: la materialidad de las mismas es semejante a aquellas del dicho, esas que se lleva el viento. Entonces, son palabras fláccidas, demasiado etéreas, sólo golpecitos sonoros.

Ubicamos en todo adicto una carencia de palabra que ponga en relación su cuerpo y su historia: esto es, que produzca un cuerpo apalabrado, algo bien diferente a una palabra-imagen que lo envuelve en mueca.

El adicto es un ser sin palabras que tejan tramas, sin tramas que soporten historia; por lo tanto, sin herramientas para generar un lugar de donde asirse. El adicto se encuentra en la utopía, el adicto puede estar en ningún lugar; por eso decimos que vive la levedad de un sitio impreciso. Pues ¿dónde está el adicto sino en la utopía tóxica que el paraíso-droga propone e impone...?

Si hiciéramos la descripción fenoménica del mismo, pondríamos el acento en que presenta ante los otros un característico sentimiento de "poco amor" para sí mismo. O sea, el adicto es un "ser-daño", ser-dañado, empobrecido, incapaz de postergar el impulso por un pico de placer urgente. Es un sujeto regido por la ley del aquí y ahora, que desestima el futuro más cercano o el pasado más inmediato.

La consecuente angustia desmesurada ante la frustración de sus impulsos es la representación más acabada del adicto arrojado a un tiempo inexistente, inexistente para él: un futuro imperfecto no inscrito en sus posibilidades.

Por demás, también observamos un aislamiento afectivo, particular estado de ánimo que representa la figura del distanciamiento y el repliegue, fortaleza-prisión que lo mantiene preservado del mundo, en un fallido intento de tomar contacto.

Sin embargo, esto último no sólo responde al efecto de una sustancia química en la sangre; la sustancia utilizada, en realidad, pone al descubierto, en tanto que le otorga mayor consistencia, a esa cobertura o protección.

Es importante señalar que la estructura adictiva precede al acto específico de ingerir una sustancia química. Lo que la representa es una falla a nivel del lenguaje, en su punto de articulación con lo social. Como hemos planteado, la palabra en el adicto es palabra-imagen, palabra-ruido, maraña que nada ordena ni organiza. Relato afectivamente llano que barre con las emociones de cualquier orden, instaurando un presente permanente que lo convoca a una rara eternidad. Y allí donde la palabra fracasa, aparece el cuerpo soportándolo todo; y el cuerpo, a la larga o a la corta, se arruina. Por cierto, las patologías psicosomáticas, que se multiplican día a día, responden al mismo origen. Es ante esto que sostenemos que la modalidad cultural que rige nuestros días soporta y nutre estructuras tóxicas en todas sus formas. Pues la cultura del vértigo atenta contra la trama subjetiva: agua y aceite. La cultura de la imagen favorece el silencio, otorgando lugar a muecas corporales que intentan algún decir.

 

-La mueca-

–¡A consumir, que se acaba el mundo!

–Dame más, que está todo bien...

¿Más porque nada alcanza? Nada alcanza y bordeamos la paradoja. ¿Dame más nada que me consuma...? En realidad es: Dame más para que me perciba, dame algo, cualquier cosa, que me construya, que me permita reconocerme.

El aturdirse o la sobreestimulación es lo único que confirma la existencia. No es casual que en estos tiempos el aburrimiento se haya generalizado y estalle repentinamente en cuadros de angustia si no hay algo inmediato que distraiga o atrape. Más y más: pareciera que todo se pierde en ese agujero negro que lo constituye. Por eso, la sobreestimulación es el modo de conservar y percibir el ser. Así, el malestar del exceso nunca es registrado. Por el contrario, el exceso da lugar a que emerja algo parecido a la percepción de sí, bajo costo de ofrecerse a un Otro devorador.

 

 -La sociedad violenta o la furia del silencio-

El hombre ha robado el estéreo: ¡Pum! Nunca más robará.

El hombre puteó al colectivero, malentendido. El chofer del ómnibus baja con un fierro en la mano y le destroza la cabeza. Nunca más puteará.

Cientos de episodios similares leemos en diarios, o invaden nuestra visión por TV. ¿A qué responde tanta furia? Fenómenos observables en la vida de los adictos son aquellas manifestaciones hostiles sobredimensionadas ante el hecho que las motiva. La película El amor y la furia lo muestra bien: el hombre sólo quiere un par de huevos fritos, tiene hambre, pero la mujer se niega. Pues claro, fritos quedaron sus ojos. Puro impulso: la palabra no tuvo acceso como mediadora, no encontró lugar, no hubo terreno. Es la furia del silencio, la mordaza de lo simbólico, la imagen plasmada en acto.

La violencia, la agresividad, resultan una consecuencia de esto que mencionamos. De manera proporcional al embate de estímulos que dan consistencia y percepción del ser, la descarga, en tanto que no está mediatizada por la palabra, irrumpe en el mundo. Es esta una constante en la vida del adicto, como si se tratara de un modo de la homeostasis que lo preserva. El acto de alguna forma instaura una huella, supone una marca, deja una impronta –nefasta en estos casos– como contrapartida de un silencio imposible, pero que se impone como cierto.

La cultura del acto, la cultura del impulso, la cultura por decreto, desmiente la historicidad subjetiva y sostiene la levedad de los seres hechos de aquí y ahora "en aras del culto a la imagen y a la superficie" (Rojas-Sternbach). El acto violento, la furia, la agresividad son, inevitablemente, la contrapartida.

 

-La estética de la imagen o el canto de las sirenas-

La estética cultural genera trampas. En una sociedad que ofrece poco lugar para legitimar emociones sin que ello signifique una amenaza, que impone la estética del siempre joven y bello para conseguir trabajo, que quiebra la seguridad del mismo, en tanto que el concepto de empleo es concepto muerto; en una sociedad en donde se ha modificado el concepto de retribución laboral y se cena showman de risa ligera a falta de proteínas, la clínica psicológica cotidiana alerta que el nivel de adicción en la Argentina es bastante alto y no sólo afecta –como reza la vieja creencia– a jóvenes con tiempo libre.

Estamos dentro de una sociedad del descarte, donde la inercia por devorar lo actual nutre, en la cual el hastío impera hasta lo insoportable si el vértigo se detiene.

Mundillo mega-dinámico en donde se crean y se recrean situaciones o escenas que posibilitan una inyección constante de novedades, como si fuera un elixir del rejuvenecimiento inmediato que sostiene viva a gran parte de la población.

Por cierto, hay poco para muchos, y esos pocos se deshacen lentamente o de manera instantánea.

La adicción tiene su estética y encaja bastante bien con la cultura; es una buena hija, obediente para con los ideales que semblantea. Tal vez sea por esto que a la OMS le llevó un buen tiempo decir formalmente que la adicción era una enfermedad. En fin: reconocimiento contemporáneo.

A modo de epílogo cabe una idea más: ¿qué oculta en lo tóxica nuestra cultura? Consumir la creencia de la implosión de la palabra. Decimos creencia. ¿O acaso usted supone que la palabra puede desaparecer?

 

.

 

REGRESAR