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DE LA INTELIGENCIA DE LAS ESPECIES

ABDÓN UBIDIA (*)

 

 

Para Ana María Shúa

Una vez al año yo visitaba la ciudad. Era una de esas ciudades del trópico pobre. Plana y grande, desproporcionada, una zona opulenta rodeada de pantanos habitados por seres precarios, la perfecta cuadrícula de sus calles centrales como tejida sobre la húmeda planicie. Un ancho río de aguas turbias. Gabarras. Barcazas. El aire lúbrico acariciando los cuerpos sudorosos. Había un malecón con edificios altos. Se veía un cerro pardo. Luego la zona comercial. La zona de los bancos. La zona de los hoteles. En el horizonte plomizo reverberaban montes bajos y yermos. Me alojaba -los últimos años- en un hotel con vista a un parque. En el parque había un árbol inmenso, copioso, con una colonia de iguanas que apenas si se movían como al compás de las lentas palpitaciones del follaje (causadas por los remolinos del viento tibio y putrefacto que venía del puerto). En el lobby, un hombre me dijo, quizá en el ánimo de agredirme cuando supo a qué compañía representaba, que ese ficus gigante era uno de los pocos árboles de su especie que aún quedaban luego de la tala de los bosques. Y que esa era, tal vez, la última colonia de iguanas de ese tipo en toda la costa. Esto me impresionó mucho. Cuando supe que debía permanecer en la ciudad una semana entera hasta lograr un nuevo cupo aéreo para volver a mi país, pedí que me cambiaran de habitación. Desde el restaurante del hotel había visto que el extremo de una rama del enorme ficus -con una iguana que en días apenas se había movido de allí-, casi rozaba uno de los ventanales del séptimo piso. Su quietud contrastaba con la rapidez de sus congéneres. Debía estar enferma. El recepcionista, con una sonrisa esquiva, me dijo que tenía suerte, que esa habitación estaba desocupada. No pude dormir en toda la noche. Las cortinas del ventanal estaban corridas. Pero al otro lado, muy cerca de los cristales, como venida de la propia noche, mirando dentro de ella, con sus ojos redondos de reptil inmemorial, la luz amarilla que se proyectaba en las cortinas, estaría la iguana. Me levanté varias veces. Traté de leer pero no pude concentrarme en las aventuras de un agente secreto de pacotilla. Dejé el best seller y encendí el televisor. No había canales locales. Las emisoras cerraban sus programaciones apenas empezaba la madrugada. Cosas típicas de los países del trópico. Dejé la pantalla encendida y vacía. Me acerqué a la cortina, Pero no la descorrí. Volví al best seller. Luego al periódico. Luego a los cigarrillos. Así transcurrió la noche. Ya entrada la mañana me duché y fui al restaurante. En efecto, la iguana seguía aferrada a la misma rama. Bajé a la calle. Deambulé por la ciudad. Portales atosigados. Ventas ambulantes. Vitrinas con las mercaderías más dispares. Las gentes, cetrinas y menudas, comprando, vendiendo, caminando. Alguien me empujó y huyó. Quizá trató de robarme la billetera. O el reloj. Me sentía más extranjero que nunca. En verdad la ciudad me era hostil. Algunas veces me habían estafado. Y quién sabe si me seguían para asaltarme. Sentí un ligero vértigo y las manos se me humedecieron. Pensé visitar la sede de la empresa. Invitar a algún ejecutivo a almorzar. O a una de las secretarias. Como otras veces. No lo hice. No estaba para zalamerías fingidas. Ni quería contagiarme con una de las pestes del trópico. Entré a un bar. Salí. Deambulé por las avenidas. Y, como siempre, me perdí. Pasado el mediodía tomé un taxi y retorné al hotel. Fui directamente a mi pieza. Un aroma a lavanda me recibió. Estaba arreglada y, por cierto, con las cortinas descorridas. Me acerqué a la ventana. La abrí. Tenía frente a mí el árbol. Y en el árbol, muy cerca, al alcance de mi mano, la iguana. Fingí no verla. Traté de volver la mirada hacia el lado derecho. De auscultar la arquitectura entre gótica y moderna de la iglesia de color amarillo pálido que se alzaba a un costado del parque. No lo conseguí. Contra mi voluntad mis ojos buscaron los ojos de la iguana. No eran rojizos como lo había supuesto. Eran de un verde desvaído. La pupila tampoco era redonda sino alargada y vertical. Examiné luego el cuerpo oblongo, escamoso, atravesado por una cresta de espinas. Algo menos de un metro. La cola adornada con anillos negros. Los brazos casi humanos. La piel parecía no pertenecerle: lucía ajena y superpuesta como el traje de un buzo. Y estaba manchada por una amplia combinación de celestes, pardos, anaranjados y amarillos. Saqué medio cuerpo por la ventana corrediza. Siete pisos abajo caminaban gentes apresuradas. No me atreví a tocar la cabeza triangular erguida sobre el cuerpo aletargado. Me conformé con pasar la mano a unos centímetros del hocico entreabierto semejante a la boca de un pez. Casi no se movió. Y sus ojos prehistóricos apenas si parpadearon. Debía estar enferma. Confundida en el extremo de esa rama equivocada. Acaso presentía la muerte y por eso ya no le interesaba ocultarse. Alcé la vista y localicé, en ramas distantes, otras dos iguanas más. En lo profundo del follaje divisé, durante un segundo, el fragmento de otro cuerpo que se deslizaba velozmente hacia el centro del ficus. Pensé en lo asombroso que era tener ante mí el último reducto de una especie casi extinta. ¿Cuántos individuos poblarían el árbol? ¿Veinte? ¿Cincuenta? No muchos más, por cierto. Más asombroso resultaba aún el encontrar congregada, en un mismo lugar de confinio, a toda una especie. Volví a una vieja idea: “Los individuos no somos individuos. Somos partes sacrificables de las especies. El verdadero individuo es la especie”. Cerré la ventana. Salí. El ascensor me dejó en la planta baja. No encargué la llave en la recepción. Una muchacha se me insinuó en el lobby. La ignoré. El portero no tuvo tiempo de acercarse a la mampara de cristal pues la abrí de un empujón. Crucé la calle. El parque estaba guardado por una valla vieja de hierro forjado. Di un rodeo hasta una de las puertas. Era el parque más antiguo de la ciudad. Tenía una fuente de piedra y una glorieta con columnas de hierro fundido pintadas de verde. Después estaba el ficus. Un tronco enorme con las raíces a flor de tierra. Allá muy arriba, por entre las tupidas hojas, habría muchas pupilas ojivales que acaso me estarían vigilando. Un petirrojo salió del ficus y se disparó hacia una palma. Solo bajé la cabeza cuando me sobrevino un vahído. Me dolía el cuello. A mi lado cuatro o cinco niños —lustrabotas y vendedores de caramelos— me pedían dinero. Los alejé con una imprecación. Luego me puse a contemplar el viejo tronco del ficus. Bastaría una sola motosierra para acabar con todo de una vez. Sentí un escalofrío. Estaba descompuesto. No era difícil que a alguien se le ocurriera semejante idea. Resolví serenarme. Caminé las pocas cuadras que me separaban del malecón. Luego me dejé ir hasta el muelle de madera. Allí tomé una de las lanchas que cruzaban el río. Volví al hotel ya entrada la noche. La ventana de la habitación seguía abierta. El resplandor de la calle encendía vagamente los contornos del ficus. No prendí las luces. Debí dormirme unas cuantas horas. Y cuando me desperté continué tirado en la cama sin ánimo de levantarme. Solo lo hice al amanecer. Y, por supuesto, fui hasta la ventana. El reptil no se había movido de su sitio. Parecía un guardián exhausto. O un fugitivo en pos de un imposible asilo. Di media vuelta y fui hasta el baño. Subido en una silla destornillé el tubo niquelado de uno de los toalleros. Regresé armado con él. Primero fueron los movimientos amenazantes. Luego los bruscos empujones. Después la necesidad desesperada de herir la piel escamosa. Pero la iguana moribunda no retrocedió. Permaneció aferrada al extremo de la rama con sus garras filudas. Entonces acerté, con toda mi fuerza, el golpe final en la cabeza triangular del reptil. Creí oír algo como un piar de pájaros que salió de la boca siempre silenciosa. Quizá solo fue una idea. De cualquier forma ese cuerpo se aflojó y cayó a la calle, en esa hora del amanecer todavía solitaria, con el ruido de una fruta que se aplasta. Hubo un silencio. Luego pude percibir la agitación que recorría todo el árbol. Temblores de hojas, palpitaciones. Abaniqueos de ramas. Hasta alcancé a ver un par de iguanas que corrieron en direcciones opuestas. Me pasé la mano por el rostro mojado de sudor. Y permanecí asomado a la ventana sin animarme a mirar lo que quedaba allá abajo, en la calle. Fui al baño. No conseguí colocar el tubo en su lugar. Me duché largamente. Luego salí del hotel. Fui al malecón. Me metí en uno de los saloncitos flotantes. Pedí cualquier cosa. No probé bocado. En otras circunstancias, me hubiera animado a hacer un poco de turismo por los pueblitos de los alrededores. Ahora no. Estar sentado en ese saloncito mirando los arbustos acuáticos —lechuguines les decían—, que flotaban a la deriva en las aguas turbias del río, era casi lo mismo que quedarme encerrado en el cuarto del hotel. De todas maneras me restaban cinco calientes, húmedos, interminables días antes de que pudiera tomar el avión de regreso. Pero, ¿qué significaba regresar? Sentí, de pronto, como un abismo, la presencia del vacío en mi vida. Era el mismo vacío que me había invadido, hacía unas horas, antes de matar a la iguana, cuando me acerqué a la ventana del hotel y tuve el deseo violento de saltar por ella. Volví a mi cantaleta interior: “¿Y si los individuos no fuésemos sino células sacrificables de las especies?” Después de todo yo mismo podía considerarme un individuo sacrificado por algo que nunca alcanzaría a comprender bien. Yo mismo, con mi vida a cuestas, dedicada por entero a vender porquerías en colonias remotas, a pesar de los remordimientos y el disgusto, ¿no era un ejemplo vivo de ese sacrificio? “Dios mío, qué edad más horrible es ésta”, me dije pensando en que había arribado a un punto de mi existencia en el que las mentiras eran imposibles y sí las comprobaciones más extrañas. “Soy un abandonado de mi especie. El individuo más solo del mundo", me dije, con la convicción de haber sido utilizado hasta el agotamiento. “Me reproduje y trabajé y ahora no le encuentro sentido a nada de eso”, añadí. Entonces una grieta de luz se abrió en mi corazón. “¿Y si trato de escapar?”, me dije. “Hasta cuando pueda hacerlo”, añadí. La observación de la comunidad de iguanas me había ayudado a entenderlo todo de una vez. La iguana que maté ya no pertenecía a su especie. Era un ser que ya no la servía. Condenada a morir de vejez o debilidad, su destino estaba sellado. De alguna manera ella lo sabía. Pero más allá de la iguana y de sus congéneres, estaba ese ente que existía entre ellos, sobre ellos. Vamos a ver si puedo explicarlo de una vez. Me refiero a la Especie. Arrinconada por los hombres en ese árbol, yo había tenido la oportunidad de verla, físicamente, como una totalidad. Era como un dios que sabía disponer a su arbitrio de las vidas de los individuos. Se materializaba en ellos pero no de una forma definitiva. Sabía más que ellos y los obligaba a vivir, a reproducirse, a construir nidos para sus crías, a comer lo que tenían a su alcance. De seguro que ya se habría ingeniado
una manera de sobrevivir al acoso humano. Acaso ya existirían iguanas mutantes que se refugiarían en alcantarillas y demás. O en las aguas contaminadas del puerto. En todo eso yo entendía la fragilidad de la vida concreta de los individuos. La conciencia del mundo no estaba en éstos. Estaba en la especie. Ella era la portadora de la verdadera inteligencia, del verdadero saber. Esa iguana expuesta a la muerte, extraviada al extremo de una rama peligrosa, alejada de los suyos, olvidada de ellos, sin ánimo de luchar por su vida, me lo había enseñado bien. Su especie se había desentendido de ella. Su vida o su muerte ya no importaban. Esa iguana también había sido utilizada hasta el agotamiento. Ya no era necesaria. Quién sabe qué mensaje de expulsión habría recibido. Yo también, como ella, había recibido el mío. Fue un clamor profundo, un mandato que no podía ni quería comprender, algo que si hubiese tenido voz, hubiese dicho esto: “Tu existencia ya no importa. Ya no tiene sentido. No debes defenderla. Puedes morir, si así lo quieres”. ¿Dije ya que cumplí con todas las reglas humanas? ¿Que tuve una mujer, unos hijos en los que apenas si me reconozco, una casa, un trabajo exigente? ¿Dije que un día tuve la sensación de haber cumplido aplicadamente con todo lo que había sido dispuesto para mí? ¿Dije que un día me sentí exhausto, vacío y estafado? No sé cómo el espíritu de mi especie logró comunicarse conmigo. Pero creo que ese era el mensaje de expulsión que me había enviado. Ese sentimiento. Esa convicción. Si yo hubiera muerto, mi especie -como se sabe, la más inteligente de todas-, seguiría poblando el planeta, expandiéndose, depredando, eliminando a otras especies, lanzándose a los cielos y alcanzando las estrellas. Mi muerte no alteraría nada de esto. Sentado en una de las mesitas del salón flotante, frente a un plato ya frío, mirando los lechugines que vagaban a la deriva por las turbias aguas del río, se me ocurrió de pronto, la idea de escapar, de salvarme. Una cosa era cierta: volver al hotel, a la espera del avión, a mi país, a mi casa, a mi trabajo, era como aceptar una muerte ya dispuesta para mí. Entonces lo decidí. Llamé al salonero y le pagué. Caminé hasta el muelle. Esperé. No tenía prisa. Por fin, balanceándose en las pequeñas olas, atracó la barcaza. Del otro lado del río estaban los pueblitos miserables. Y más allá las montañas. Y luego lo que quedaba de las selvas tropicales. Horizontes no me iban a faltar. En cualquier pueblo o camino, iba a encontrar una mujer, un trabajo acaso odioso como todos los trabajos. No importaría. Me juntaría con la mujer, la amaría y tendría hijos con ella, haría una casa, trabajaría. Y cuando el mensaje maldito, el vacío, tornara a aparecer en mi vida, volvería a irme en pos de otra mujer, otra casa, otros hijos, otro trabajo. Quién sabe si así, con tantas vidas distintas, vividas siempre como oportunidades nuevas y desesperadas, lograría -fugitivo y anónimo- postergar ese fin que ya había sido decretado para mí: permanecer en el seno de mi especie todo el tiempo que fuera posible. Desde una baranda de la barcaza de madera, atestada de gentes menudas y pobres, yo miraba los lechugines que flotaban a la deriva en las turbias aguas del río.

 

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Abdón Ubidia Quiteño, 1944 ( Premio Nacional Eugenio Espejo 2012 por su obra literaria y cuatro veces merecedor  del Premio Nacional de narrativa ―dos veces José Mejía y dos el Joaquín Gallegos Lara), escritor y editor, autor de cuentos y novelas de carácter urbano como Ciudad de invierno (1979); más de 20 ediciones, una argentina), Sueño de lobos (1986), declarada El mejor libro del año, y La Madriguera (2004), seleccionada al premio Rómulo Gallegos, Callada como la muerte (2012); ha escrito también cuentos fantásticos como Divertinventos (1989), El Palacio de los espejos (1996) y La Escala humana (2008) y libros de ensayos como El Cuento popular ecuatoriano (1977), La poesía popular ecuatoriana (1982), Referentes (2000); Lectores, credo y confesiones (2006), Celebración de los libros ( 2007), La Aventura Amorosa (2011) y obras de teatro como Adiós Siglo XX. Quizá sea el autor más editado y traducido de su generación. Algunos relatos y libros suyos han sido vertidos al inglés, alemán, portugués, ruso, italiano, griego, etc. Ha escrito numerosos artículos, prólogos, presentaciones y ensayos sobre la literatura ecuatoriana.  Es presidente de Editorial El Conejo de Quito, que ha editado casi un millar de títulos. Ha dictado Conferencias en casi todas las universidades de Ecuador y muchas del exterior como New Mexico University, New York University, Bingamton University, Universidad del Bío Bío, en Concepción, Chile; Glendon College de York University, de Canadá; University of South Florida, entre otras. Invitado frecuente a ferias y congresos de escritores, abrió, como escritor latinoamericano, con los presidentes Correa, de Ecuador y Santos, de Colombia, la Feria del libro Bogotá 2011. En su juventud formo parte del célebre grupo Tzántzicos. Ha recorrido su país como recopilador de leyendas coordinador de talleres. En el 2013 presentó en Atenas, la traducción griega de su novela Ciudad de invierno. En el 2014, en Madrid y Barcelona, la edición española de La Aventura amorosa. En 2015, en Atenas, la traducción griega de DiventiNventos. En 2016, Quito, una ciudad dos miradas, con Ruby Larrea. En 2017, en Roma, Silenziosa come la morte, la traducción italiana de Callada como la muerte. También en 2017, en Atenas, la traducción griega de La aventura amorosa. En el 2018, La hoguera huyente. Con Eskeletra, La Enmienda, y con Cactus Pink, en 1019, Elogio del Pensamiento doble.

 

 

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