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C8

CAPITULO PRIMERO
DE LA NOVELA MADERA NEGRA


CARMEN VÁSCONES (*)

 

ENTRE AFINAR FINAL SIN FIN AÚN EL PASE SIN TESIS ACASO ANTÍTESIS

“La insondable decisión de ser”

J.Lacan

Inicio de otro presente así ha sido. Algo ya no.
Madres y ellas.
El corte a historia sin engendrar.
A medio camino una discusión no resuelta con algo de yo.
No hay tiempo para desandar.
Suficiente alboroto esa desnudez de la palabra contigo.
El diván y los diarios han sido un desprendimiento.
Un dejar en paz a las entrañas de la muerte.
La vida cuenta.
Esbozo del paso por un grano de arena.
Un desembarazar la duda y la grieta del prójimo.

CV.

Recuerdo la primera vez cuando fui al análisis. Fue porque las imágenes se fragmentaban en ¿la fantasía o en la memoria? ¿Era un espacio que daba o se ocultaba? ¿Era una línea blanca que se oponía a la negra o era una zanja al filo del borde de la costura mental? ¿Era una fisura y trozos de lienzos? ¿En secuencias o caóticas? ¿Era lo que no y que sí? ¿Cortados con qué? ¿Desprendidos, casi como engrampados o basteados en alguna parte por el recuerdo o el olvido?

El asunto del caso era sin nada de eco; es que eso graficado en la captación de ese momento se hacía hilachas, pedazos, trozos, algo así. Era una sensación extraña esos retazos en levedad de una angustia soberana de insomnio.

Estos trocitos en contacto conmigo están relacionados con esto de armar, desarmar, descoser vestidos y hacerme uno nuevo de los mismos restos. Mi madre del sobrante de su tela replicaba su modelo para cuerpecillo mío. Cuando nos mirábamos al espejo un metamorfoseo.

Réplica en miniatura descuadra escena.

Si alguien decía hermoso combinado, o que linda la chiquitina, automáticamente empezaba a rasgar la tela, a estirarla hasta hacerla romper. Trac trac trac. La ira era incontenible. Destempla. Templo. Templada. Contempla.

Sin consideración silencio se daba. Nada de rabieta. Mudez total hasta desaparecer en mi propia boca. No había queja, ni hambre, ni sed. Sólo una sensación de frío extraño. Constipación. Resfrío. Escudo de gripe. Alergia a la mañana.

¿Quién va a ar(ropar)me? Armarte como puedas. Arro...ya no.

Si el inconsciente no tiene contenido, disque está estructurado como lenguaje ¿parchado? Desierto de saber. Descarto de un tajo dogma en relato. Abro espacio a una espontánea presencia.

Vida sin incógnita. Olor de luz. Estragos. Ruido del tiempo. Huella sin señal. Ensaña olvido o recuerdo. Sañas en el conflicto. Señas sin señalamiento. La muchedumbre como un túnel errante coloca y descoloca entrada y salida hacia dónde...

Esa lengua que me habló mi madre, me ignoró, me refregó. ¿Me fregó? ¿Regó? Calló. A la misma que le hago un espacio, un quite. Doy lugar a algo nuevo en esos restos. Ella me hacía esos trajes, ¿qué traje? ¿Me distraje?

¿Qué traigo de nuevo en esta franja sin hueso? ¿Anda salivosa?

Era su modelo, no su copia, el cuerpo parecido, disfrutaba mi cintura. Cosía a sus muñecas, claro, no fui su favorita ni nací bella, no le alimenté su narcisismo, qué digo, al contrario, el mío la provocaba, tacatacataca la máquina de coser Singer. Chocamos.

La costura perfecta menos yo.

Se ensaña el grito. La grieta de la mirada abierta hace una mueca dentadamente filuda. Se nota fisura de la marca por donde pasa el hilo, que sostiene costura desprendible. Falta remate. Imperdible. Perdible. (Perdí) ¿Di? ¿Di algo? Constante sin constancia. Conste. Constata. Mancha corporal. Algún rato marcha hacia el mar. Se disemina.

Disléxicamente afásica entre ausencia y presencia dibujo palabra escogida y la recorto con sus eslabones sueltos. Qué dice aquí me dice. Callo. Pienso en el fondo de la tela, la mancho de lodo, le pego flores, hojas, me acuesto en el lienzo y estampo mi forma. Me miro en espejo y parezco una estatua salida del delirio. Me baño en mirada incomprensible.

Me importa nada lo que piense.

La imagen se desprende del tiempo.

Se diluye enigma.

Tampoco fui su compañera esperada. Estaba demasiado ocupada pariendo. Yo miraba esos seres; nos alejábamos cada vez más. Sólo que no quería perderme de vista. Me ponía de ayudante. Ella, cogía las tijeras, cortaba las piezas de los pañales, poco a poco desenrollaba la tira ancha impecable. Los montoncitos de pedazos, una vez cosidos los filos, iban a lavarse, darles una hervida, pasarles plancha ¿de carbón o eléctrica? y ya, listos. Sólo esperar que llegue el siguiente hermanito quien será...

Si me le escapaba del control, ¡saz!, que daba; me caía encima y me envolvía en su cinta métrica, pretexto para corregir(me). Tenía que caminar erguida, la compostura, la postura ideal.

Cruzo las piernas, estoy sentada en el sofá verde, a la niña todavía le falta crecer, le sobra espacio entre el piso y sus zapatitos. Está impecablemente limpia. A la mami le encanta que todo brille. Que todo quede intocable.

La señora se echa polvo cuando sale de fiesta en toda la cara, remata en la punta de la nariz. La boca se la dibuja toda roja. La niña trigueña, de ojos malagueña, toda cabizbaja la mira disimulada mientras troza funda de empaque.

Cuando sale a la fiesta o la reunión con el marido, la pequeña va directo al tocador, coge lápiz de labio, se lo emboca. Se mira, se ríe, como que se le ocurre algo, se acerca despacio al espejo, lo besa, se encanta con esa sombra colorada pequeñita que queda como tatuaje, se emociona tanto con ese rasgo lleno de rayitas rojitas como pelitos de sangre que se le ocurre algo que no demora, vuelve al lápiz y a la forma que asoma atrás del espejo, se pone mucho, se mira, se recrea, va de nuevo, se repite el acto hasta agotarse de pinta y besa, pinta y besa. Ese es. Esa es. Eso es. Esa soy. Esa no soy. ¿Yo dónde estoy?

Ya no me veo. ¿Dónde te metiste? ¿Estoy aquí? ¿Estoy allá? ¿Acá no hay nadie? Sigue hasta el infinito de su aguante. Queda caído y destapado el restito labial dentro del metal dorado dando contra al reflejo. (Mi boca no se pegó nunca con la de mi mamá.) La chiquita da la espalda, no le importa tiempo desecho en un juego sin sombras. Sale toda sonrojada.

Deja al tocador sellado de sus labios.

Huellamente. Se desvanece el drama en el hueco del sentido. Sólo bache. Disipo el pesar. Continúa la angustia como un candil con su tenue mecha. Alrededor, la oscuridad filial.

Memoria de una ruta irreconocible.

Silencio huero. El tictac se descascara. Vaya asunto la ignorancia. Aprendí a no ser condescendiente, no hubo descendiente, diente de leche sí, mudé algún día.

De casa de caña a la de cemento, de alquiler a la propia; de cocina de fogón a cocina de kerosén a hornilla de gas. ¡Cómo pasa el momento!

El inconsciente se chamusca.

De plancha de carbón con piquito de gallo a plancha eléctrica encima de sábanas y la mano toda cauta rodando en la tabla que sostiene el oficio; sí me gusta éste, hasta que desaparezca toda arruga.

La púber al fin dibuja árbol en la imaginación. Sólo su mente sabe los tonos de la sombra y del verde que quiere y no. ¿Será con frutos? ¿Tendrá ramas? ¿Será como el que asoma parecido a siluetas estiradas haciendo creer que la noche se venga de quién la mira?

¿Qué sería sin la señora Esperanza contándome historias? Se pone bajo sus faldas oliendo el vapor de lo impecable. Trapos limpios y planchados amontonándose en orden. El ama de casa revisa. Controla. Hasta corrige deberes.

La zurda es un problema. Inadaptable amoldarse al patrón. Rompe la letra en el cuerpo que se va estirando para dar con una adolescente que se avecina. Todavía no. Hay que esperar que se escurra la sangre entre sus piernas.

La letra patuleca escribe de atrás para adelante, de derecha a izquierda, de arriba para abajo, de abajo para arriba. ¿Por qué hay que hacer como los demás? ¿Por qué tengo que parecer que parezco a la letra de la copia? ¿Por qué tengo que escribir de izquierda a derecha, y no salirme de la línea?

¿Por qué me rompen la hoja?

¿Por qué me ponen rojo en la libreta?

¿Y ahora?

Yo no estoy en esa historia y sin embargo qué. Me embarga. Descuento lo que cuento:

Le horrorizó que descuarticé a la muñeca que caminaba sola; pero no se inmutó cuando descuaringaba a la pequeña por malcriada. Fui su víctima por desobediente y vaga, no me dejaba aniquilar.

La culposa y la culpadora tienen furia, la culpa parece perro con mal de rabia.

–Repite hasta que aprendas, de aquí no te mueves–. Peluche que llegaba lo botaba por la ventana.

No se olvida nunca cuando le saqué los ojos. Flotaron en el escusado, metí las manos, los saco, me los metí en el bolsillo del vestidito, salí al patio, y los hice rodar hasta que se perdieron. Los huecos en esa mirada dejaban vacía la expiación de mirada inmóvil. Suficiente con los de ella, parecían ojos de búho encandilando soledad de esa infancia.

Yocasta se arranca la vida; Edipo se los perfora; incesto, cesto, esto. Casto. El yo castra la razón cuando está enredado en enigma: la esfinge es la muerte del deseo cuando aciertas pregunta que te hunde en marasmo de una memoria desterrada en el cuerpo.

Con cuencos vacíos el juguete yace ahí desaparecido y aparecido. El recuerdo se esconde en el olvido; éste destapa de vez en cuando fragmentos, los pego con goma para imaginar una secuencia del relato. ¿Dónde está la reina coja? -No me dejo coger-, dice la niña, se burla del cuento así sea cuando empieza o termina.

Le aburre la misma historia.

La muñeca sin cabeza flota en lavacara. A la niña le lavan la cara para que no se duerma, sigue sentada escribiendo vocales, dibujando bolas y palitos. Pintando sin salirse del dibujo, borrando hasta hacer un hueco en el papel y pegar con saliva trozo salido. Igual no es igualito. Desigual, reacción. Se da cuenta de situación.

La chiquilina sólo quiere que no se caiga restito. Qué cosa, qué sorpresa, lo inesperado; esta vez no se molestó, hizo como que quiso reírse cuando el pedacito del papelito salió volando como ala de polilla cuando choca en la luz.

Y el hueco allí, inamovible en el real, en la imagen que instaura un superyó sin yo. La hojita perforada y el restito y qué. Sólo veo en la retrospectiva, cae lento, yo infraganti con trampilla a la vista. Tenía cinco años y ya embarcada en una preparatoria sin escape.

Se saca los aretes y disfruta tanto echándolos por el guáter, baja la manija, y queda con cara de oráculo cuando ve en el torbellino desparecer lo echado. Nada qué hacer. La madre se harta de la conducta. (No sé qué quieres, eres una niña mala) No más muñecas, nada te mereces, a todas las matas.

No se dan cuenta de qué es lo que la horroriza. Se toca los huequitos en las orejas. No le gusta que le pongan nada ajeno a su mundo. La rebelión empezó tan prontamente. ¿Estuvo en la infancia? Claro que sí. Claro que no.

La letra inamovible del espanto adentra la comisura. A propósito de cabezas, descabezamientos, guillotinazos y símbolos de controlar tronco y extremidades dejándote sólo hasta el cuello, donde la imagen se recorta, se vela, se pega espantosamente ¿En el hemisferio izquierdo o derecho?

Vamos, cuenta más. La compañera de la escuela me invita a entrar a su casa. Caminamos hasta la cocina, mis ojos se pegan a lo que ven, no puedo creerlo, el pichón entre los dedos de la señora ahogándolo en una lavacara llena de agua, se hacían burbujitas inentendibles, con la otra mano le apretaba el pico; me desesperé, como siempre, la lengua se me pegó al paladar, el cuerpo se me puso rígido, los pies estaban como congelados, me sentía adherida a las tablas del suelo.

La pesadilla no se borra.

Llego a la casa, desplumo el recuerdo, cojo lápiz, anoto en un papel algo que se escabulle entre tantos instantes perecederos. El ave agoniza y agoniza y agoniza. En tal recuerdo está que se mueve, patalea y lucha.

La mirada inamovible de esos “objetos” no va conmigo, nunca me han gustado, parecen pupilas muertas. Mirada petrificada. Ojos vacíos de emoción. Párpados despegados del dominio del deseo.

Antifaz de la faz de todo feto que fuimos. Efecto que detecto. Tacto. Sus manos abrochan los corchetes de la blusa lila. Al fin algo útil haces. Creces. La otra va envejeciendo. Ya te tocará tu turno...

Las dos teníamos una mirada sin reciprocidad. Nunca nos deleitamos mirándonos. La evitaba, la seguía al descuido. Cuando la miraba de frente, era una alerta, un estado de espasmo atrincherado en boca del estómago. Nada de hambre. Se me contraía la emoción. Estómago se me congelaba tanto que parecía barco varado en neblina de un cuento.

Como el pavo que tenía cara de pavor cuando la cabeza desprendida era tirada, y como juego nos la echábamos al descuido entre los hermanos a pesar de la bulla que molesta a los mayores; la expresión de asco era inconfundible pero incitante.

Después de atizarnos con el quién aguanta la broma entrábamos en suspenso, sospecha de que se nos vengue, nos persiga y nos caiga a picotazos. A veces uno de los nuestros la cogía y la ponía debajo de la almohada, ya todo oscuro, nos metíamos debajo del toldo –el grito–, las risas, salir, prender la luz, mirar eso frío e indiferente. Y corre otra vez a la cama, porque los adultos venían. Nada pasó. ¿Qué pasó?

Pasos y más pasos.

Excluida la sombra, el telón cae sobre el fuego. Desactivación de la defensa. El represor va atado. Mira de seguidilla a su reemplazo. Le sigo la pista.

Inconmovible el afecto. ¡Ah!, lo esculpe el artesano: lo vacía del espanto. La angustia danza. La voz de Callas, ola envuelta en el huracán, desciende y se aplaca hasta escurrirse en violín de arena.

Venían los pleitos: obligarme a comer; era un martirio ese momento. El bocado se me atragantaba. Sin deseo, quedaba como toque de queda dentro de mí, la mudez absoluta, me refugiaba en la guarida de mí vacío. Sin ganas, el alimento pasaba. Fui desganada, comer no ha sido mi pasión, ha sido una necesidad. Aprendí a disfrutarlo. Eso es ya otra historia que algún rato la tocaré. Si me apetece. Andas Aderezando delitos de la vida o desprendiéndolos.

Quizás se zurza el inicio del dolor. Quizás la cicatriz tenga epílogo.

Errabunda fuga brutal acaso no devuelvo al remitente. Desenvuelto, vuelto, envuelto parece un penitente malestar del cuerpo excluido en calabozo del síntoma.

Tomo literalmente la realidad para dar con exilio.

El sistema: aparición de la muerte.

¿Ser mujer está relacionado con apetito? Los hombres la ven como un bocado apetecible, codiciable. “Un cadáver exquisito”, una fenómeno materia, se sabe a qué sabías qué sabor tienen tus pensamientos en el cuerpo...

El miedo se goza a sí mismo. Derríbalo. El libreto del monstruo, un camaleón. –Corte–. Alimento a la mujer que hay en mí. Organizo, desecho, rompo, echo a la basura. Hora de ocuparme de mí. Desocupo con ganas los nudos del fantasma. Dejo a la tristeza vacía en la matriz de la nada.

Meretriz bacante la muerte intacta.

La niña está cogida de los pies por su padre, el cabellito cuelga al piso, hay un tanque lleno de agua, la madre se queja de que está harta de que no coma, tiene que aprender ahora o nunca, incita, excita, provoca furia, el hombre camina, se detiene frente al recipiente profundo y lleno del líquido, no se intimida, la hunde. La sensación de asma descomunal hace de velo. El ahogo. Alergia a la vida.

La historia: una prueba de que soy resistente.

Sin aposento. Parte desecha. Recicla. Falla el guardián del texto. Se nota el gesto del silencio. El simulacro de la regla. Barrera. La respiración crea un vaho, moho, empañamiento por ratos al espejo. Desaparezco. Borrón momentáneo. Aparezco. Parezco. Ruidoso movimiento. Chillido de ave de rapiña. ¿Cómo? ¿Quién es?

En vientre el feto ausculta una salida, está atrapado en los límites, hay que crecer, esperar, conoce el corazón suyo y de la madre, templa cordón, depende a tiempo completo, no lo puede cortar, ecos de ruidos descubre, gruñe cuerpo que la sostiene, está contenida, pasa rápido el pulso entre las dos, ritmo y estridencia, una telilla envuelve el líquido amniótico y lo que soy.

Se dilata la espera.

–No aguanto–, algo inquieta siente que se contrae su existencia. Golpea. Estoy de cabeza hacia un túnel. La mujer con la redondez de su vientre está sola en la contracción que viene y va, se mete a la cama, saca la calzonarias, se acomoda, se santigua, su rostro ambiguo se ruboriza, puja, calla las punzadas del parto, sale el agua de su vulva, abre lo más que pueda las piernas, se muerde los labios, se agarra a la cama de fierro, como que se desgarra, algo asoma, la cabecita, no para de pujar, resoplar, soplar hasta que expulsa a la niña, otro impulso más, sale placenta. Sin necesidad de golpe en la nalguita, la nena da tal berrinche; la madre extenuada la mira, no sabe calmarla.

Dos mujeres bajo el toldo.

Un foco prendido en todo el espacio apenas ilumina; la noche y el pueblo bajo un cielo aún con estrellas reflejándose en el río.

El padre llega tarde con el doctor. Corta cordón, da atenciones a las dos. El hombre emocionado sin atinar qué decir a su mujer va directo donde la recién llegada, la coge desnuda, sebosa, llena de sangre, la lleva a la luz, la mira con ternura.

La abraza, la calienta contra su pecho.

En la camisa blanca se pega la forma de la criatura. Deja de llorar la nacida. La lleva donde la parturienta, se la entrega, le ayuda a limpiarla, vestirla, la coge. Incómoda, pide le alcen la almohada, la joven mujer saca su pequeño seno, lo pone en la boca que demora en reaccionar, se inquieta, nada; el padre le toca la cabecita, le empuja su cuerpecillo al de la progenitora, se pega y despega ese primer momento. La niña succiona.

El reo amortigua la violencia al no tener nada que hurtar en la matriz femenina. El deseo lo ajusticia: te elijo. Nada de queja.

La sentencia del tiempo parece una vedete de turno en la letanía de la lista que corre cada mañana cada tarde cada presente; hasta que: Algo no perpetuo se descuelga del eslabón.

La letra inamovible del fantasma se reduce a una cadena sin condena.

¿Quién está listo para vivir?

¿Me alisto?

Soy una en la cuestión de la vida.

Suya. Mía. A mí...

 

 

   
* Poetisa ecuatoriana. Nacida en Samborondón (cantón de la provincia del Guayas, Guayaquil, Ecuador), en 1958.  Estudió psicología clínica en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil. Ganó premio por su obra en la II Bienal de Poesía "César Dávila Andrade. Obra publicada La muerte un ensayo de amores. Con/fabulaciones. Memorial a un acantilado. Aguajes. Un solo de mujer, Falopio o memoria del deseo. El actuante o una vida innominada. Hilo de agua. Luna aborigen, libro de cuentos, de ensayos y de investigación sobre creatividad, psiquismo y la “educación imposible”. Poética de la muerte. Ultraje. Soledad pagana. Entre otros títulos y los de Antologías Colectivas. Uno de los rasgos de su poesía, el abordaje del tánatos, eros y la inevitable ruptura de la palabra con el lenguaje. Cada voz traduce otra lengua poética o núcleo del caos creador, imposible de atrapar jamás, lo real del horror, eso un lugar común y no; la literatura y la vida un apartar la alienación, una salida creativa o salvoconducto de lo insoportable: la vida misma y sus in/consecuencias. A Carmen Váscones le tenemos que agradecer no solo su colaboración en cada errancia, sino su inagotable entusiasmo de convocar a poetas y escritores a sumar escritura a este proyecto. A qué dudar que la errancia es de quienes participan con su letra y la trabajan.

 

 

 

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